Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Proyecto basura espacial

Publicamos el relato "Proyecto basura espacial"

Manuel Serrano Funes

Cientos de miles de toneladas de basura recorren el espacio poniendo en peligro astronautas, naves y satélites.

            —Este es el negocio.

            —Ya, ¿y cómo lo harás?

            —Estoy en ello. Por lo pronto tengo que hablar con tipo que dice saberlo.

            —Sí, pero no te lo dirá.

            —Yo pongo la pasta y él la idea.

            —¿Sabes en qué consiste?

            —Todavía no. Mañana lo veo en una dirección de Albal.

            El lunes a las nueve de la mañana estaba en la dirección señalada. Resultó ser un bar-restaurante en un polígono industrial. Más de doscientas personas almorzaban y hablaban a la vez de tal manera que el ambiente estaba cargado de voces. En el extremo más alejado de la barra se encontraba mi contacto. Lo reconocí porque estaba solo y parecía que espera a alguien. Me acerque.

            —Soy Marcial —dije a modo de saludo.

            —Hola, soy Miguel, ¿nos sentamos?

            —Como usted quiera —Aunque no pretendía almorzar sino hacer negocios, pero lo primero es lo primero.

            Miguel, antes de ir a a la mesa fue a la barra para pedir los bocadillos. Yo solo quería un café.

            —Espero que no le importe que haya pedido por usted —dijo a modo de disculpa.

            —Faltaría más.

            —Niña, tráete ajoaceite.

            Aquello debía de ser la guinda del pastel o la espoleta del colesterol.

            —De beber ¿vino y gaseosa? —dijo la chica.

            —Sí.

            Apareció la camarera con una botella de vino abierta y, a todas luces, rellenada y dos vasos. En el siguiente paseo trajo aceitunas y cacaos (así se llama en esta parte de España a los cacahuetes). Y el tercero y definitivo fueron lo bocadillos que parecían dos transatlánticos en medio de la mesa repletos de embutido y patatas fritas. «Menos mal que no llevaba morcilla», pensé.

            —Bon profit —dijo Miguel.

            —¡Que aproveche!

            Dimos cuenta de los bocadillos sin hablar de nada importante. Solo alabábamos los bocatas. Yo calculaba mentalmente las horas que necesitaría de gimnasio para deshacerse de las miles de calorías que me estaba metiendo entre pecho y espalda.

            Poco a poco descendía el barullo. Los trabajadores volvían a sus quehaceres y estábamos casi solos. El personal del bar recogía las mesas y las preparaba para el horario de comidas.

            —Niña, —llamó Miguel— tráete dos cremaets.

            A esto no puse ninguna objeción, aquella mezcla de café, licor calentado y quemado, azúcar en abundancia, una ralladura de limón y unos granos de café crudo, me gusta muy de vez en cuando.

            —¿No habrá traído un Farias? —preguntó Miguel.

            —¿Un qué?

            —Da igual. Es usted muy joven. Un purito o al menos un cigarrillo.

            —Solo fumo rubio.

            —Vaya fastidio.

            —¿Si quiere compro un paquete?

            —No, déjelo. Vamos al grano.

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            En cuanto el comedor quedó despejado y limpio, Miguel sacó un papel arrugado y mostoso del bolsillo de la camisa de franela. Sin quitarse el palillo de entre los dientes, extendió aquello y lo alisó con las manos: para él debería ser el mapa secreto del cofre del pirata. El Santo Grial. Me miró:

            —Esto es —dijo reclinándose hacia atrás.

            ¡Os juro que era un cazamariposas gigante!

            —Será una broma, ¿no?

            —No. Es una realidad.

            —Esto es un cazamariposas.

            —Veo que ha entendido el concepto.

            —¿Usted cree que soy idiota y estoy para perder el tiempo?

            —No señor. Ni una cosa ni la otra. Si me deja, me explico. El principio es el mismo pero, he aquí la diferencia, con ciertas matizaciones. La primera: el receptor irá impulsado sobre un satélite para cazar la basura. En realidad, el arco que ha interpretado con un cazamariposas es un sistema de potentísimos imanes alimentados por placas solares. Crearan un campo magnético que atraerá a todas las partículas a su alcance, las conducirá hasta su posición y, al pasar la zona de influencia, serán recogidas por un sistema de campo magnético contrario y depositas en un contenedor especial.

            Cuando el contenedor esté lleno, regresará a la Tierra, como una nave normal y corriente. Se reciclará todo lo que se pueda y lo que no sea factible, se puede vender como reliquia del espacio exterior.

            —Interesante —dije.

            —Sabía que despertaría su interés.

            —¿Y la tecnología?

            —Está toda aquí —dijo tocándose la cabeza.

            —Veamos: no ha probado que funcione. Solo es teoría.

            —¿Quién ha dicho que no la he probado? —Se mostró molesto.

            —Si me dice que la lleva en la cabeza como Gaudí su Sagrada Familia…

            —¿Lleva móvil? —cortó seco.

            —Claro.

            —Ponga en el buscador: Recogida de residuos en el espacio. El futuro de los basureros espaciales.

            Le hice caso. Tecleé toda la parrafada y de pronto aparecieron más de dos millones de entradas. En al primera se mostraba un artículo con la fotografía de un hombre maduro que mostraba un prototipo a escala de lo que a mí me había parecido el cazamariposas.

            —¿Este es usted? —pregunté extrañado.

            —Exacto.

            —¿Hace veinte años?

            —También es cierto.

            —Entonces, ¿por qué lo ha puesto en marcha ya? —De repente, aquel abuelete comilón se había convertido en un científico famoso.

            —En aquellos años nadie me creyó. Incluso llegué a perder mi puesto de investigador por insistir. Por eso no lo he puesto en marcha hasta ahora.

            —¿Ha calculado el coste?

            —Varios cientos de millones de euros.

            —Necesitaremos más socios.

            —Eso es cosa suya. Yo pongo la idea y usted el dinero.

            —Supongo que dirigirá usted el proyecto.

            —Supone bien.

            Pasaron tres años hasta que la idea estuvo preparada. Conseguí interesar a varias empresas de telecomunicaciones. Miguel se retiró a un pueblecito aragonés y construyó un búnker. Durante un año trabajó en los planos con dos ayudantes. Cuando estuvieron perfectos, pasamos al proceso de fabricación. Dos años después volaba en el espacio nuestro invento. El costo resultó ser casi un treinta por ciento mayor.

            El día del lanzamiento, Miguel no quiso estar. Se volvió al búnker y se aisló. Yo no pensaba perdérmelo. En el centro de control estábamos los técnicos, los inversionistas y yo, además de una nutrida representación de los medios de comunicación internacionales.

            A la hora establecida se pusieron en marcha los impulsores y el cohete se elevó entre aplausos. Al día siguiente ya estaba en órbita y dispuesto a empezar su misión. Solo hacía falta que se abriera el cazamariposas y comenzara la recolección.

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            Miguel había llegado al centro de control. Estaba más tranquilo. Era su invento y no podía dejar de estar para ver cómo funcionaba,

            —Estoy muy nervioso —me dijo en voz muy baja.

            —Todo irá bien, no se preocupe.

            —Es hora de ver para qué ha servido tanto esfuerzo. —Y apretó el botón que abriría el cazamariposas.

            Un zumbido extraño anunció que algo no iba bien. Volvió a apretarlo: a la segunda se abrió. La cámara enfocó la salida:

            —¡Oh, Dios mío! —dijo cubriéndose la boca con las manos: las piezas magnéticas salieron disparadas del compartimento y se unieron a las basura.

            Había sido un fracaso. Solo nos quedaba esperar que regresara la nave y comprobar en qué habíamos errado. Miguel estaba destrozado. Los técnicos se lanzaron al rescate de la nave.

            Dos días después, mientras se desmontaba tornillo a tornillo nuestro fracaso, apareció en la prensa y televisión la noticia del lanzamiento de un satélite para la recogida de basura espacial. ¡Era idéntico al nuestro!, ¡Nos habían plagiado! ¡Nos habían robado!

            Del tercer día se encontró el fallo: al programador «se le había olvidado» introducir la secuencia de comandos para que los electroimanes se configuraran en su posición. Miguel se enfadó muchísimo y máxime cuando le dijeron que fue su sobrino el que había supervisado aquella tarea. Unos días después apareció el ladrón con el informático atribuyéndose el invento.

            No quise hacer más sangre. Pero él sabía de mi insistencia para que llevara el proyecto a registrar.

            —En cuanto lo registre, lo plagiarán —decía—, además hay que perfeccionarlo…

            —¿Y si …?

            —No va a pasar nada. Uno de mis ayudantes es mi propio sobrino y además cobran demasiado, ¿dónde van a ir con este proyecto? —decía él.

            Pero ahora las cosas habías cambiado. Estaba abatido y deprimido. Se volvió al búnker y trabajó sin descanso intentando mejorar el diseño.

            Un día me llamó:

            —Necesito que vengas. He encontrado algo importante.

            El fin de semana siguiente me presenté en el búnker:

            —Veamos, creo que me han seguido y me están controlando, incluso dentro del búnker —dijo asustado—. Por eso no uso el móvil ni Internet.

            —¿Está usted bien? —me asustó.

            —Perfectamente.

            —¿Qué ha encontrado?

            —Hay un error grave en mis cálculos —dijo extendiendo sobre el suelo una sábana de papel continuo llena de fórmulas y anotaciones—. No calculé con exactitud el peso del contenedor de regreso. Los paracaídas no son suficientes y los flotadores tampoco. Tanto si cae en tierra como en el mar, se destruirá.

            Tras un mes de recogida de residuos estelares, la compañía anunció a bono y platillo el regreso de la nave contenedor. Cientos de cámaras estaban preparadas frente a las costas de Cabo Verde. Eran la seis y dieciocho de la mañana cuando los potentes prismáticos enfocaron aquel veloz punto que volaba libre hacia el mar.

            —Atención —se oyó desde el observatorio de Almería—, el artefacto desciende a gran velocidad. Viene en cada libre. Se han reventado los paracaídas. Prepárense para el impacto.

            Apenas diez munidos después se hundía en Océano Atlántico después de provocar una gran ola. Los flotadores no consiguieron sacarlo.

            Pasada la conmoción del momento, un grupo de buzos se sumergieron para comprobar los daños. Bajaron cuarenta metros, pero no lo vieron, Solo encontraron restos de plástico nadando a diferentes profundidades.

            Un submarino no tripulado encontró los restos del contenedor en las profundidades de la Fosa de Cabo Verde.

Fue un fracaso absoluto.

            A nosotros solo nos queda volver a intentarlo subsanados los errores. Aunque solo necesitamos inversionistas.

FOTO: Photo by NASA on Unsplash

Manuel Serrano Funes

España. Maestro desde 1979. Colaborador de: Revista digital «Valencia Escribe», Revista digital «El callejón de las 11 esquinas» y Colectivo Letras & Poesía. Algunos de sus relatos: Arco iris tejido, Iguales, Marineros tristes (XIV Certamen de poesía  Julián Martín Carrasco. Ayuntamiento de Béjar), Chencho y su bolero, Cacol, el caracol viajero, Otoño Aliñado, Hilo de amor y otros relatos y poemas.

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