Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: La histeria de Mambutto

Publicamos el relato “La histeria de Mambutto” de Víctor G Leyva.

Víctor G. Leyva

Nunca oses molestar a un elefante borracho de locura

Rey Mokurabi II. Tribu de los Hassam.

El paquidermo se resistía a caminar, incluso era incapaz de moverse. Llevaba cuatro días sumido en aquel inexplicable estado de letargo. Todo había ocurrido de manera imprevista: estaba siendo entrenado para la función de gala del próximo domingo, cuando inexplicablemente enloqueció, golpeando con la trompa a uno de los acróbatas que entrenaban por las tardes; y, posteriormente, le pasó por encima (aplastándolo con sus gigantescas patas, tan sólidas y resistentes como columnas de un templo griego) al muchacho encargado de limpiar con escoba y recogedor, las abundantes y pastosas bostas de los caballos. Poco después el animal se vino abajo, replegándose sobre su mullida cama de paja, resistiéndose a probar alimento, embriagado en aquel febril estado de delirio y postración.

De inmediato el domador llamó al dueño del circo, quien alarmado por temor a perder su dinero cuando ya habían sido vendidos todos los boletos para ver a Mambutto, «el último ejemplar sobreviviente de elefante blanco traído desde Asia» —solía decir—, le ordenó, que se llamara rápidamente a un veterinario.

El hombrecillo ataviado de blanco y maletín de cuero negro en la mano, tras auscultar a un letárgico Mambutto, dijo no hallar en el paquidermo algún mal de naturaleza orgánica.

«Quizá se trate de algo psicológico», aseguró. «Algo relativo a los nervios».

Aconsejó a los preocupados cuidadores que se le colocaran una serie de cataplasmas de valeriana sobre la base de la cabeza, detrás de las orejas y, en la zona de la barriga, asegurando que, en cuestión de un par de días, el elefante mejoraría.

Pero las cataplasmas no funcionaron. El elefante no sólo no mejoró, sino que, por el contrario, la misteriosa enfermedad achacada a los nervios se agudizó hasta alcanzar niveles insospechados. Ahora Mambutto había hecho la transición de un estado de astenia a una inextricable cólera inaudita.El elefante se agitaba furioso sobre la paja, soltando agudos barritos a través de su larga trompa de corneta, provocando que más de un miembro de la compañía circense, terminara con los tímpanos destrozados y el pellejo de la piel erizado.

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La noche anterior a la gran función, el domador entró gritando muy alterado a la zona de bastidores donde dormían los acróbatas, los payasos, y el personal de limpieza. El pobre hombre estaba muy asustado, parloteando palabras incoherentes. Lo tranquilizaron sentándolo sobre un banquito, y le dieron a beber un té de tila; después de terminarlo, el hombre les pidió que lo acompañaran al lecho de Mambutto para hacerlos testigos de lo que llamó: «Una angustiante experiencia sobrenatural». Lo siguieron, y lo que vieron a continuación resultó sobrecogedor:

Mambutto levitaba en el aire, a unos tres metros de su cama de paja, de modo que tenían que levantar la vista para presenciar aquel hecho escalofriante.

El domador, tembliqueante, llamó por teléfono al dueño, quien al ver a Mambutto, montó en cólera, advirtiéndoles que debería encontrarse en perfecto estado de salud para su presentación al día siguiente. Por último, ordenó que fuera encadenado antes de que se le ocurriera fugarse, flotando en el aire como un globo de gas.

El domador apoyó una escalera contra el rugoso costado del animal, subió por ella y, le colocó, concienzudamente, alrededor de la pétrea cabeza, un enorme grillete sujetado por una cadena, anudándola después a un poste de cemento, pasándole un candado por sus eslabones.

Un viejo trabajador dijo que ver volar a un elefante era el caso más estrafalario que hubiera visto nunca, así que sugirió al dueño y al domador; que, ya que su confianza en la medicina había menguado, no había otra forma más que recurrir al camino de la fe; y concluyó diciendo que posiblemente el animal estaba endemoniado; así que los aconsejó llamar a un cura.

Era el día de la presentación. El circo se encontraba abarrotado por espectadores que aplaudían y aclamaban para ver al célebre Mambutto en el acto estelar.

El cura era un hombrecito calvo (en la parte de la nuca se le formaban varios rollitos de carne, dándole el aspecto de un Shar-Pei), bajito y regordete. El ceño fruncido denotaba un pésimo carácter.

—¿Dónde está? —dijo, después de colarse entre la rijosa muchedumbre, hasta llegar al área detrás de bastidores. En la mano cargaba un tosco maletín de cuero café, donde el domador sospechó (acertadamente) que allí guardaba sus enseres para prácticas de exorcismos.

Clap, clap, clap.

La gente montada en las gradas, aplaudía el acto de los payasos, previo a que Mambutto hiciera su aparición.

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El dueño y el domador llevaron al cura hasta Mambutto. El elefante levitaba y se veía sumamente hinchado. Su piel parecía espolvoreada de bicarbonato, produciéndole en los flancos, una serie de grietas purulentas que manaban un líquido turbio, amarillo y apestoso. Sus ojillos se habían tornado erráticos y nerviosos: miraban hacia todos lados, siguiendo, vigilantes, el movimiento de los hombres.

—Salgan todos —ordenó el cura—. Ustedes dos, me ayudarán a domar a la bestia —señaló al dueño y al domador.

Los demás obedecieron y abandonaron el lugar. Sobre la pista faltaban sólo unos minutos para que el acto de los payasos concluyera.

—Démonos prisa —susurró el dueño, sin despegar el ojo de su reloj. Cualquiera diría que hasta le hubiera vendido su alma al chamuco con tal de retardar el tiempo.

El cura abrió su maletín y sacó un librito de oraciones y una tiza negra. Se inclinó y trazó un círculo debajo del paquidermo, aproximadamente del tamaño de la bestia. El elefante mirándolo de reojo, no dejaba de soltar barritos, estremeciéndole el pellejo a los que allí se encontraban.

Clap, clap, clap.

Se escucharon aplausos en la pista.

El dueño echó una ojeada por detrás de las cortinas. «¡Dios mío!» —dijo— «Hagámoslo rápido. El acto de Mambutto está a punto de comenzar».

Ahora el cura dibujaba unos símbolos dentro del círculo, y pronunciaba unas palabras que al domador —hombre inteligente y cultivado— le sonaron a latín.

Al escucharlas, el elefante comenzó a papalotear las orejas, como si quisiera espantarse a un malicioso enjambre de moscas imaginarias. Parecía sentirse incómodo. Con lentitud empezó a dar vueltas en el aire, ganando intensidad en pocos minutos.

Clap, clap, clap.

Los aplausos proseguían. La gente clamaba para ver al paquidermo.

El cura continuó pronunciando rezos y cánticos; letanías y salmos, que al empresario y al domador les parecieron interminables.

—¡Ya es hora! —exclamó el dueño, sujetando, impaciente, al cura por el cuello de la sotana, echando a perder los avances llevados a cabo durante aquel ritual. 

Entonces, atestiguaron, cómo la cadena que sujetaba a Mambutto se reventaba del grillete, desprendida por una fuerza que ellos consideraron desconocida; y cómo el gigantesco animal, ya liberado de su atadura, se desplazaba por el aire, moviendo livianamente los troncos que poseía por patotas; avanzando como un dirigible a la zona de la pista.

El cura de un palmetazo se quitó de encima al enloquecido dueño; mientras, sujetando en la mano el librito de oraciones, le ordenaba fallidamente al espíritu que poseía al paquidermo que se detuviera; y, mirando al empresario y al domador con ojos fulgurantes, donde se mezclaban la ira y el terror, rugió con voz cavernosa:

—¡Lo han interrumpido! ¡Me han hecho fracasar! ¡Esto aún no ha terminado!

Mambutto apareció flotando tras las cortinas, ante el aplauso y la estupefacción del público. Como una nube de mal agüero, se posó sobre el graderío atiborrado de gente; y, echando un terrible estruendo, que para algunos sonó como una risotada, se dejó caer con sus 11,000 Kilogramos de peso sobre los presentes.

Ahora la gente gritaba, ya no de júbilo, sino de terror, al correr cuesta abajo entre las gradas despedazadas, para evitar ser aplastados por aquel animal desquiciado; mientras Mambutto los perseguía, aplastándolos con sus enormes patotas, utilizando su trompón como un látigo indomesticable, con cólera extraterrena para fustigarlos.

FOTO: Bisackdata en Pixabay

Víctor G. Leyva

Nace en 1978 en la ciudad de Cuernavaca, Morelos; México. Es egresado del Centro Morelense De Las Artes. Ha participado en el curso-taller: Introducción a la poesía, impartido por la Revista literaria Tintero blanco; y el curso Diez notas sobre diez estilos narrativos. Ha publicado poesía en la Revista literaria Ouroboros # 26, en noviembre del 2020. En la Revista digital Teresa Magazine, con el tema: Fin del mundo, participó con el relato distópico: Alicia, publicado en diciembre del 2020. En la Revista literaria Fatumel andar de las letras, colaboró con el relato de Ciencia Ficción El huésped gelatina, con el seudónimo de Claudio Echeguerry, publicado en septiembre del 2021. En la Revista latinoamericana de Ciencia Ficción Espejo humeante, participó con el cuento El ejecutor, que se publicará.

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