septiembre 18, 2021

Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Enseñanzas paternales

En Cronistas Ómicron, Carlos Enrique Saldívar y Benjamín Roman Abram nos traen su relato “Enseñanzas Paternales”.

Carlos Enrique Saldívar y Benjamín Roman Abram

El día después del fin del mundo solo podíamos agradecer que nuestro satélite tuviera una amplia estación para cobijarnos, pero luego de seis años la inmensa mayoría no solo extrañaba la Tierra, sino que su salud estaba muy resentida, así que se iniciaron los preparativos para retornar a su parte menos contaminada de acuerdo con los sensores.

—Papá, por favor, quedémonos en la Luna, en esa parte del planeta hará mucho frío.

—El Polo norte será el mejor lugar para nuestro hogar —contestó—. No te condenes a una comodidad que al final doblegará tu cuerpo por la notable disminución de gravedad, sin embargo, podemos revertir el daño y llevarnos muchas enseñanzas de aquí. Además, no te olvides de lo principal, los recursos son limitados, casi toda nuestra alimentación proviene de la reserva que dejaron los militares para emergencias, pero los alimentos concentrados no durarán mucho más. Los vegetales no se dan bien, están perdiendo nutrientes en cada cosecha y la carne como tal, bueno… se acabó. En el polo iremos al Banco de semillas y respiraremos aire de verdad.

Pasado los años, ya en la Tierra, desde mi cargo de presidenta del polo comprendo muy bien a mi padre. No es el mejor lugar del globo, pero se puede vivir, implementamos terreno cultivable en plataformas con semillas genéticamente modificadas y resistentes al frío. Las doscientas cincuenta personas que viven conmigo dependen de mí. Nunca formé una familia por atender las necesidades de mi pueblo. Empero, nunca he dejado de pensar en mi gran amor: la Luna. Es raro, siento que el satélite me llama, con una ferocidad sutil y a la vez intensa. Solo he pasado poco tiempo allí cuando niña, y ha sido suficiente para que me adaptara a ese peculiar entorno, recuerdo que a veces salía de la base y con un traje especial adaptado me lanzaba a vuelos limitados, saltos elevados. Me escapaba y mi padre se enojaba conmigo; me cogía de la mano y retornábamos con premura. Qué días (lunares) aquellos.

No, yo debo volver a la Luna, aunque sea por nostalgia, para despedirme de ese sitio que me dio tantas alegrías. Mi padre ya no está conmigo porque se lo llevó un paro cardiaco. Se desvanecía en mis brazos, pude decirle adiós. Me marcho en secreto, no sin antes dejar que alguien ocupe mi cargo. Cojo la nave espacial que nos regresó a la Tierra y vuelo hacia el satélite. Pasaré una temporada allí, muy breve, eso sí, no quiero quedar como una irresponsable ante mis camaradas. Cuando vuelva a la Tierra, les explicaré mis razones y ellos entenderán. 

Mientras surco el cosmos, el ánimo me tiene en vilo.

Es un viaje corto, con mi tecnología: menos de un día.

Llego. Todo igual. La base. La gravedad. La diversión. 

Me establezco en nuestra antigua morada, papá, aún están ahí los libros que ya leímos, las copias de las fotos de mi madre, la mujer que tanto amaste, quien pereció durante un accidente cuando un vehículo terrestre no tripulado captó una señal, se accionó solo y la aplastó. Mujer de la cual me contaste extraordinarias historias.

Ha sido un día (según el tiempo terrícola) fabuloso, me recuesto para dormir, agotada.

No obstante, al segundo día, cuando salgo a dar un paseo, cuando doy saltos (los cuales me han encantado desde siempre) con mi traje espacial, surge una horripilante novedad: seres similares a buitres que se acercan a mí flotando velozmente e intentan atraparme. 

Con mi visor distingo sus múltiples ojos llenos de maldad. Son los verdaderos dueños del satélite y no quieren visitantes. Papá, ¿por qué no me dijiste que en la Luna vivían tan terribles monstruos? ¿Por qué no me lo mencionó nadie? ¿Por qué no fuiste un buen padre?

Empero, tengo una oportunidad, este traje que diseñaste, papá, que yo mejoré gracias a tus enseñanzas en ingeniera mecánica y tecnología digital me permiten saber cuántas de aquellas cosas hay amenazándome. El visor me indica la proximidad, las lecturas me dicen cuánto tiempo tengo para regresar a mi antigua casa lunar para refugiarme, aunque ¿será suficiente con parapetarme allí dentro? 

Huyo y dos de esas bestias casi me cogen, mis saltos no son lo suficientemente rápidos, nada en este lugar lo es, la lentitud parecía entretenida al inicio, pero ahora daría lo que fuera por ser un poco más ágil en este mundo de menor gravedad comparada con la de la Tierra. Al menos en el planeta donde nací la contaminación cubrió el mundo, no obstante, los pocos sobrevivientes recapacitaron, vivíamos ahora en paz y yo tenía una posición de privilegio que abandoné, aunque por un tiempo breve, en busca de una distracción traviesa.

Siempre fui hiperactiva, mi papá me lo decía, y me contaba además que me protegería de lo que fuese, que la Luna tenía sus misterios, mas no había de qué temer. No comprendía a mi corta edad por qué él salía de nuestro hogar dentro de la estación a peregrinar en soledad por los parajes vacíos (en apariencia) del satélite, armado con dos pistolas láser. ¿Te ibas a cazar, verdad, papá? Porque deseabas mantener a raya a esas criaturas con el fin de que no se acercaran a nosotros y a los demás habitantes de la estación lunar.

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Uso la modalidad batalla de mi traje espacial y disparo rayos de plasma contra esos dos engendros. No sé si los he matado, caen a la arena lunar en tanto yo alcanzo la base y activo la cúpula protectora (ahora entiendo por qué teníamos dicha defensa en forma de domo).

Me rodean, ¿por qué ahora? ¿Por qué después de tanto tiempo? Creo intuir la respuesta debido a un cuento que me narró mi padre: esas cosas descansan bajo tierra, se alimentan de sí mismas, se reproducen por partenogénesis, todas son hembras, y salen cada cierto tiempo a buscar qué comer. Por eso el ser humano no regresó a la Luna durante décadas hasta que lo hicimos nosotros en el año 2051 y con una base militar, enviada de manera remota un tiempo antes. Un relato espeluznante que escondía una realidad cruenta. Papá, quien era el líder de los colonos, hizo un primer viaje de exploración y debió calcular que solamente unas pocas de esas bestias emergían de su letargo hacia la superficie por esa época. Debió calcular también que los seres surgirían en masa desde las profundidades justo días después de que retornáramos a la Tierra para estar a salvo.

Por eso insististe en que debíamos dejar el satélite, para arribar en el Polo norte.

Claro, parecían ser solo cuentos, y los de terror no se te acomodaban bien, padre, las historias de fantasía y ciencia ficción que me narrabas eran las que abundaban. No obstante, me has dado la pista para salvarme. Sé que no podré hacer nada contra millares o más de esas bestias horribles que claramente desean probar un nuevo manjar, lo que sí sé es cómo puedo encender la nave que me trajo hasta aquí y huir de este sitio macabro, el cual alguna vez me pareció muy hermoso. Tú me lo enseñaste, papá, el modo de desactivar el campo de fuerza, a fin de que el transporte espacial pueda elevarse. Porque para que mi nave consiga despegar debo anular la protección de la cúpula y eso me dejaría vulnerable durante cinco minutos. No puedo desactivar el domo protector desde el navío interestelar. Debo hacerlo desde el centro de mandos de la estación lunar, ubicada junto al hangar. Primero anulo el sistema de defensa, me muevo hacia la nave con rapidez, lo lograré porque hay un mecanismo en mi traje que no me hace más lenta, por lo contrario, me hace volar de modo acelerado en este espacio con oxígeno. De esta manera es como me aventuro a realizar mi escape.

Son multitudes de monstruos los que rodean el domo y quieren ingresar por mí, sí que quieren probar carne fresca. No tendré cinco minutos, tendré solo uno para apagar el campo de fuerza, llegar a la nave y encenderla. Lo hago. Ya estoy en mi transporte espacial, los seres golpean con furia mientras me elevo. Aquí viene tu enseñanza más valiosa, papá, la forma de activar un escudo de plasma desde la nave. Juntos lo diseñamos desde la Tierra. Con esa energía barro a todas las entidades que me atosigaban y quedan pegadas y, según los sensores, muy bien rostizadas entre el casco y el campo de fuerza, subo, asciendo hasta salir de la luna. Creo entenderlo todo, padre, tú sabías que algún día yo regresaría a la Luna, por eso me volviste una experta en sistemas de defensa estelar y en astronáutica. Claro, yo sentía que esa era mi vocación. Como toda profesional, mi huida no ha resultado complicada.

En cierta forma estabas convencido de que sobreviviría, porque sabías de mi temple, de mi valentía. Y creo saber por qué no me contaste nunca sobre aquellos extraños y terribles seres que, en mi vuelo hacia la Tierra, estoy dejando atrás: no querías que me criara con miedo, deseabas que tuviera una infancia feliz, para que así me centrara mejor en mi futuro, en mis estudios de ingeniería y astronomía, para convertirme en la mejor, para que lidere a la nueva civilización que me aguarda en la Tierra para indicarles el siguiente paso a seguir.

Gracias por tus enseñanzas, papá, tus secretos me llevaron a una sagaz aventura, al mismo tiempo, me convirtieron en la mujer que soy ahora: una que llegará a la Tierra con razones y ellos comprenderán, disfrutarán de muchas presas; construiremos más naves para ir de caza de vez en cuando como tú hacías, por eso es que tuvimos carne ese primer año y luego solo los insípidos vegetales del almacén los siguientes. Estableceré vedas para no exterminarlos y tal vez pueda adaptarlos a vivir aquí, sin que dormiten porque recuerdo que eran sabrosos. En el cuento que me narraste a aquellos seres los dejábamos en los huesos.

FOTO: Imagen de Siggy Nowak en Pixabay 

Carlos Enrique Saldívar

Lima, Perú, 1982. Estudió Literatura en la UNFV. Es director de la revista impresa Argonautas y del fanzine físico El Horla; es miembro del comité editorial del fanzine virtual Agujero Negro, publicaciones dedicadas a la literatura fantástica. Es director de la revista Minúsculo al Cubo, dedicada a la ficción brevísima. Es administrador de la revista Babeblicus (literatura general). Publicó el relato El otro engendro (2012). Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010) y El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2(2016), Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018) y Muestra de literatura peruana (2018).

Blog: http://fanzineelhorla.blogspot.com/ 

Benjamín Román Abram

Lima, Perú, 1970. Sus cuentos y reseñas se han publicado en diarios y revistas nacionales e internacionales como El ComercioCorreo (Huancayo). En las revistas impresas HeterocósmicaFabuladorUmbralBuensalvaje, etc. En revistas en línea: Escritores por escritoresCosmocápsulamiNaturaAgujero NegroPlesiosaurioZona libre. Sus poemas se encuentran en webs del género (La Ira de Morfeo) o publicaciones virtuales (Alfa Eridiani). Sus cuentos se han recogido en las antologías nacionales Se Vende Marcianos y Manuscritos de R´LYEH. Es autor de los libros de relatos En Envase Pequeño y Bioficciones. Ha dictado talleres de ofimática bajo un esquema de su creación denominado tecnoliteratura orientado a escritores para corrección avanzada de sus textos. También cultiva la poesía. Como bloguero, publica regularmente cuentos y reseñas literarias de su autoría.

Blog: http://masqueimaginar.blogspot.com/