Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Los usurpadores

Publicamos el relato "Los usurpadores"de Daniela Lomartti.

Daniela Lomartti

Santa Úrsula es una ciudad que se ha erigido sobre ráfagas de violencia. Algunos visitantes recuerdan las miradas de los citadinos: rostros que disimulan la pesadez de habitar en aquel lugar. 

Rafael recorre algunas calles diariamente para ir a la universidad. Su madre, que está preocupada por cubrir los estudios de su hijo, sale cada mañana para ayudar a Doña Francisca con las labores de la casa. 

—Rafael —dice la mujer— hoy no llevarás a la escuela más que treinta y cinco pesos porque Doña Panchita aún no me paga la quincena, mijo. 

—Está bien, má — responde el joven. 

Como cada día, Rafael sale de casa una hora después que su madre y camina hacia la avenida principal para tomar el camión que lo deja en la estación del metro más próxima. Aquella mañana, sin embargo, no imaginó lo que sucedería: no había camiones, ni taxis y filas de militares cercaban las casas. Uno de ellos volteó hacia donde estaba Rafael y ordenó: 

—¡¿Qué haces ahí?!  ¡Regresa por donde has venido! ¿No ves que esto es un caos? 

—¿De qué habla? —preguntó Rafael. 

—¡No hay paso! 

  —Tengo que ir a la universidad. 

—¡Lárgate de aquí! — exclamó el militar y, en un acto de desesperación, apuntó con su arma al muchacho. 

Rafael regresó a su casa. Escuchó un estruendoso ruido que provenía de afuera. En cuanto subió a su habitación, encendió su laptop y se puso a revisar con atención las noticias en la web, al fin se dio cuenta de que la ciudad y el país entero se habían convertido en un caos: “Marcianos invaden distintos países tercermundistas, su paso por la Tierra deja muertos y heridos”, “Ataque a Santa Úrsula por entes no humanos”. 

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Una terrible angustia lo invadió. Sus piernas y brazos perdieron fuerza, cayó al suelo. Fuertes golpes que provenían de afuera provocaron el crujido de la puerta de madera que protegía la casa, gritos violentos traspasaron las ventanas: 

—¡Abran! ¡Desalojen casas y edificios! —exclamaban las voces masculinas que exigían entrar. Rafael seguía inconsciente. Luego de unos minutos, un grupo de hombres armados irrumpieron con brutalidad destrozando la puerta. Entraron los hombres, sujetaron a Rafael con fuerza y lo sacaron de allí. Despertó por aquel abrupto movimiento. 

Al salir, vio el caos que reinaba en las calles, grupos de personas desorientadas y otras de ellas ultrajadas por los militares. Escuchó las órdenes mientras lo sujetaban: era necesario llevarse a esas personas a un lugar seguro y, cuantas más fueran, mejor iba a ser la respuesta de los usurpadores. «¿Usurpadores? ¿Quiénes son?», pensó Rafael mientras los hombres lo soltaban y se unía con el grupo de civiles que eran escoltados por los militares. 

 Se dirigieron hacia la avenida principal y caminaron por horas. Momentos después, escuchó los gritos de terror de personas y militares: “¡Nos han declarado la guerra!”, decían. Rafael aprovechó la distracción de los militares y corrió por una de las calles aledañas.

Llegó hasta una callejuela, en el fondo había una capilla abandonada y ahí se refugió. Escuchó rumores de dos hombres que estaban adentro.

—Artemio, ¿tú crees que nos están invadiendo? Pa’ decir verdad, yo no les creo. Ya ves cómo es el gobierno de canijo, nomás nos tiene jodidos y ahora nos atonta con sus dizques marcianos. ¡Puras mentiras! 

—Eres un loco, Ramiro. No te das cuenta de que estamos fritos. Ahora nos la van a aplicar, cuando vean que estamos aquí escondidos, van a matarnos. 

—No seas idiota. No vamos a morir, vas a ver que escaparemos de este infierno.

En ese momento, Rafael salió de entre las sombras. Cuando estaban a punto de presentarse unos a otros, un fuerte estruendo lo ensordeció: los militares abrieron las puertas y entraron por ellos. Los militares sujetaron con fuerza a los hombres y a Rafael, uno de ellos le dio un fuerte golpe en la cabeza hasta dejarlo inconsciente. 

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Más tarde, despertó en una bodega que resguardaba material de albañilería. Adentro, había un enorme grupo de personas, algunas llevaban puesto un traje especial, con máscaras de gas. Miró hacia el fondo, donde estaban otros trajes colgados, listos para usarse. Los hombres y las mujeres, que llevaban puesto los trajes y gafetes, ordenaron al grupo de civiles tomar uno de esos trajes y usarlo. 

—¿Para qué son estos trajes? ¿De qué nos debemos proteger? —, preguntó una muchacha con anteojos. A la que Rafael prestó especial atención. 

—De esos malditos químicos que arrojaron los marcianos. ¿No sabes que estamos en guerra? Esperamos la respuesta de los gringos, les pedimos auxilio.  

Las puertas se abrieron de par en par con un fuerte golpe y los militares aventaron al suelo a los civiles que traían consigo, como si fueran costales de arroz. Rafael pudo ver al fin a su madre y no dudó en reunirse con ella. 

Días después, la desesperación por conseguir alimentos y agua provocó peleas. La tensión fluctuaba en aquel lugar. Al mediodía, entró a la bodega un grupo de militares y se llevaron a las pocas jóvenes que había allí, entre ellas a la chica de los anteojos. Rafael se lanzó contra uno de los hombres para defender a la muchacha y recibió un disparo en el pecho. Su madre se arrojó sobre el cuerpo inmóvil. 

Semanas más tarde, los noticieros anunciaron que Santa Úrsula había desaparecido a manos de extranjeros y ahora solo quedaban algunos compuestos tóxicos en el ambiente. 

FOTO: Image by Javier Rodriguez from Pixabay

Daniela Lomartti

Ciudad de México, 1992. Seudónimo de Daniela López Martínez Estudia la Maestría en Filosofía Moral y Política en la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa (UAM-I). Escribe ensayo, cuento y minificción. Ha publicado diversos cuentos  de ciencia ficción y fantasía en revistas digitales. Es directora de la revista mexicana de ficción especulativa Anapoyesis: Literatura, Arte y Cultura.

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