Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: El erial dentro de tu corazón 

Publicamos el relato “ El erial dentro de tu corazón” de José A García.

José A. García

Primera parte: Escape

La sed quema mi garganta. El sol irradia en el cielo como si fuera pleno mediodía, y lleva horas en la misma posición sin moverse ni un milímetro sobre mí. Ya casi no puedo ni moverme, lo siento como el peso del universo entero sobre mis hombros. El calor que abraza mis piernas es tan intenso como el que quema mi nuca. Tal vez si caminara sobre arena sería más sencillo, pero lo único que tengo a mí alrededor es asfalto y más asfalto hasta donde llego a ver, que tampoco es tanto.

            Respirar y tragar son los peores dolores que sentí en toda mi vida desde que comenzara aquella caminata sin sentido.

            Huía. Al menos es lo que creo recordar. Hacia dónde, eso no puedo asegurarlo.

            Debo esconderme, pero en medio de todo ese asfalto gris mis verdes ropas resaltan a kilómetros de distancia; si el sol se decidiera a seguir su curso y llegara la noche, o se hiciera más fácil avanzar, tal vez tendría una leve oportunidad.

            Escucho un pesado aleteo a mis espaldas, ya no quedan dudas. Una vez más, como sabía que sucedería cuando comencé tan desigual intento, me han encontrado. Mi esperanza, mi maldita esperanza era llegar a algún sitio sin tener la menor idea de si ese lugar existiría o no.

            Tras el aleteo llega una detonación. Fuerte, poderosa, cercana, casi dentro de mi cabeza. Luego una segunda. Y una tercera.

            El cuerpo de la bestia que me persigue cae delante de mí golpeando el asfalto como el peso muerto en que acaba de convertirse. Sólo entonces puedo girarme y ver quién ha sido mi salvador. Algo que tampoco me alegra demasiado: es uno de ellos. Uno de los desclasados, los descastados, a los que les han arrancado las alas.

            Se acerca a la bestia caída y dispara una vez más.

            —Todo por aquí suele tener, como mínimo, tres cabezas —dice—. Con la primera piensa; con la segunda actúa; con la tercera se arrepienten —agrega levantando uno a uno sus largos y nudosos dedos—. Saber en qué ocupan las otras, aquellos que las tienen, es todo un misterio.

            Con mis propias armas inutilizadas días atrás entre el calor y el fragor de la persecución me arrodillé en el asfalto sabiéndome derrotado. Mi salvador me miró y escupió sobre el cadáver abatido.

            —Esta cosa tenía cinco cabezas. ¿Qué fue lo que hiciste que enviaron algo semejante en tu persecución?

            —A… agua… —logro murmurar.

            Me tendió un pellejo lleno del ansiado líquido y lo sentí arder en mi garganta lacerada con el sabroso e irrepetible dolor de la vida que se escapa. No intenté movimiento alguno con tal de que no me ultimara allí mismo; bebí y bebí sin saber si sería mi último trago, pero mi salvador no me interrumpió.

            Al contrario, se concentró en el cuerpo de la bestia abatida, esa mezcla de lagarto gigante, pájaro de mal agüero, murciélago desproporcionado y pesadilla. Con un pequeño cuchillo, realizó varios cortes que restregó con hojas de saguaro y me las acercó. Las mastiqué sin dudarlo porque conocía las propiedades de esa sangre. Mientras lo hacía arrojé mis inútiles armas al asfalto en señal de derrota, de entrega, de renuncia a mi propia vida.

            —Una vez todo esto fue nuestro —dijo. No supe si se refería a las bestias, el asfalto, el desierto que nos rodeaba, el sol, o el calor—. En el futuro volverá a serlo.

            —Sí, por qué no —murmuré.

            Cuando me miró supe que sabía que no comprendía sus palabras.

            —Dentro de ese erial que queda de lo que alguna vez fue tu corazón también lo sabes. O lo entenderás algún día, cuando comiences a recuperarte. ¿Qué es eso que ya sabes? Esto: Ellos —escupió al suelo y señaló en la dirección a mis espaldas— se  dicen humanos. Pero, cuando llegaron, para nosotros eran, apenas, presas. Y volverán a serlo.

            El odio, el resentimiento, deformaba sus facciones, tensionaba sus músculos.

            —Sólo sé que sentía que debía huir de allí —dije.

            —Es un buen comienzo —respondió—. En algún momento sabrás si fue suficiente.

            —¿Suficiente para qué?

            Comenzó a alejarse sin responder.

            Me levanté sintiendo mis piernas temblar por el anterior desgarrador esfuerzo y lo seguí lentamente. Al pasar junto a la bestia muerta noté que era verdad, que tenía cinco cabezas. Cuatro despedazas por los certeros disparos de mi salvador y la última ausente sólo reconocible por una herida de quemaduras cicatrizada desde hacía tiempo. No era, pues, la bestia que me persiguiera antes. Si creía que había comenzado a comprender algo de lo que sucedía, me di cuenta que no era para nada así.

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Segunda parte: Los creadores de páramos.

—Sé no lo creerás, pero esto —dijo quien lo guiaba extendiendo una mano y señalando hacia el frente, pero también todo lo que quedaba detrás, junto al camino recorrido, a los costados, arriba y abajo— solía ser un vergel.

            Mirando la desolación de la tierra quemada, arrasada por el fuego, el sol y el viento que no dejaba de soplar, era imposible pensar en que algo allí podría haber sido diferente en algún momento. Aquello no era un desierto como otros, en toda la extensión no se adivinaba ni el menor atisbo de vida, solo había desolación, vacío y muerte.

            —Un bosque de árboles de todos los tamaños y colores —continuó, recordando, mientras miraba la nada—, aves con plumas indescriptibles, animales con pelajes inigualables, ríos de agua clara cargada de peses… El viento llevando y trayendo los aromas de los frutos junto con el acre olor del humo de las hogueras… —como si parte de ese humo que solo existía en la memoria hubiera entrado en su ojo, una solitaria lágrima escapó de él.

            El sol golpeaba de lleno contra la tierra reseca y quebradiza allí donde no eran las rocas las que le hacían; lucía como si se le hubiera arrancado hasta la última posibilidad de albergar algo diferente a la nada.

            —Que… —intentó articular pero la mandíbula, y el resto de la cabeza, seguía doliéndole tras la caída y el golpe—. ¿Qué sucedió?

            Por suerte quien lo guiaba entendió la pregunta sin que tuviera que decir mucho más, porque no habría podido hacerlo ni aunque lo quisiera. El dolor, como oleadas de nauseas, apenas le permitía pensar en otra cosa.

            —Como en tantos otros lugares similares, llegaron ellos.

            “Llegaron ellos”, dos palabras que eran suficientes para comprenderlo todo. 

            Hacía tanto tiempo que sucediera que parecía un cuento de hadas, uno con un final tétrico y atroz. De un día para el otro, sin poder explicar cómo ni por qué, surgieron ellos. A falta de una comunicación directa se los llamó “Los creadores de páramos” porque eso es lo que hacían: aparecían en un lugar que, como este que ahora miraba, era un vergel, asentaban sus desproporcionadamente grandes máquinas en ellos y, cuando se retiraban, no dejaban nada detrás más que vacío y desolación. Algo peor que un desierto, algo peor que una erupción volcánica, un terremoto, un tsunami, o una explosión nuclear; ninguna de esas cosas tenía tal poder de devastación porque, a pesar de que destruyen, siempre dejan algo detrás, siempre algo queda. En cambio, allí por donde pasaban los creadores de páramos, nada volvía a renacer, jamás.

            Los manchones vacíos de devastación se encontraban diseminados a lo largo del mapa del mundo conocido; se decía incluso que había otros similares en los lugares aún por conocer, pero nadie podía afirmarlo.

            —Sigamos —dijo quien le guiaba—, quiero llegar antes del anochecer.

            Miró al cielo y el sol del mediodía de devolvió la mirada. ¿Cuánto más pensaba internarse en aquel desolador lugar? ¿Dónde quedaba el refugio que le prometiera? ¿Tendría algo de agua?

            Arrastrando los pies sin levantar el más leve polvillo, intentó avanzar. El cansancio se sumaba al dolor que lo acompañaba a cada paso. Sin embargo, a pesar de lo dificultoso que se le volvía pensar, había algo en ese breve diálogo que le molestaba mucho más que el calor que sentía bajo toda la ropa que cargaba y el sudor picándole en partes del cuerpo que no sabría nombrar. Algo que no podía dejar de pasar, algo que le sonaba tan extraño como cada cosa desde que lograra escapar de su encierro.

            —Creía —murmuró pero se interrumpió, intentó escupir y luego tragó algo rasposo y pegajoso que le lastimó la garganta antes de volver a intentarlo—. Creía que no quedaba nadie que hubiera visto esa época.

            Sin dejar de caminar, quien lo guiaba respondió:

            —Tampoco soy tan viejo como aparento.

            —¿Entonces cómo sabes que este lugar era un vergel?

            —Aquí solía vivir mi pueblo, antes de ellos —continuó sin dejar de caminar—. Mi gente tenía un dicho: “si alguien lo recuerda, podrá volver a ser”. Aunque no lo haya visto, mientas siga recordando lo que me contaron que había aquí, algún día volverá a ser un vergel.

            —Eso no es posible… —dijo mirando a su alrededor.

            —¿Recuerdas cuántas cosas se decían que eran imposible antes de que ellos aparecieran? Todo volverá a ser, tal vez no lo veamos, pero sé que lo hará. ¿No lo crees así?

            Miró una vez más la muerte, la desolación, el vacío que no dejaba de crecer en ese erial y no supo qué respuesta dar.

            En silencio continuaron caminando bajo el rayo del sol de mediodía.

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Tercera parte: La rosa de terciopelo

Luego de atravesar el páramo entre el calor del sol golpeando contra su nuca y el calor del suelo reverberando sobre el resto de su cuerpo, agotado por tanto caminar y más sediento de lo que recordaba haber estado nunca, encontraron el refugio anunciado por su guía. Una profunda grieta en la tierra abierta como una boca tan sedienta como la suya disimulaba la empinada entrada. El pedregullo se desmoronaba al pisarlo, pero sosteniéndose de las cercanas paredes no había peligro de caer, allí dentro el sol no llegaba y el exceso de calor desaparecía rápidamente.

            Al encontrarse al final del camino, quien le guiaba rompió su silencio.

            —Lo veo en tus ojos —dijo aunque le daba la espalda—, quieres saber cómo encontré este lugar. Pero eso es sólo parte de los misterios que encontrarás aquí.

            —Mientras dentro tengas agua, nada me molestará.

            —Las cosas que verás luego de esta puerta —continúo—, son los últimos restos de mi pueblo.

            —Mientras dentro tengas agua, nada me molestará —repitió él dándose cuenta de que la tierra de una de las paredes había sido reemplazada por una gran roca negra circular.

            —Lo que verás aquí —dijo quien le guiaba como si se tratara de un rito de iniciación más— no puede ser comentado fuera.

            Asintió en silencio para que quien le guiaba se apresurara, dejara de hablar, corriera esa pesada roca y le diera, por fin, algo de beber. El ardor del sol que antes sintiera sobre su piel se había desplazado hacia su garganta.

            La roca fue corrida descubriendo el interior de una oscura caverna. Quien lo guiaba penetró primero aquella oscuridad y desde allí lo invitó a entrar. Por un largo instante dudó en aceptar esa invitación. Pero el ruido del agua al caer en el interior de una jícara de cerámica y la luz que inundó la caverna cuando el guía accionó la manivela de un antiguo dínamo, lo decidieron. La sorpresa de la luz lo encandiló momentáneamente, pero el agua era su único interés. 

Extendió las manos y tomó la jícara que se le ofrecía.

            —Bebe despacio —dijo quien le guiara, pero no atendió a su recomendación, se atragantó y comenzó a toser con fuerza, con dolor—. Te lo advertí. Despacio.

            Miró con rencor a quien le guiara, pero algo más llamó su atención. Algo que se encontraba sobre una improvisada estantería de roca en la altura de una de las paredes y ya no fue capaz de mirar otra cosa.

            —De todos los secretos y misterios que se guardan en este lugar —dijo quien le guiara al percatarse de su mirada—, este es el más importante de todos.

            Se acercó al estante de roca, levantó los brazos y con mucho cuidado tomó aquel objeto para bajarlo. Lo contempló mientras parecía murmurar algo, como su le pidiera disculpas por sacarlo de su reposo, como si se trata de otro momento místico. Miró hacia el techo de la caverna, luego a su izquierda y a su derecha y se volvió.

Aferraba con ambas manos los extremos de un viejo frasco de café cuya tapa de original había sido reemplazada por un trozo de tela de arpillera atado con un cordón de yute. Como no tenía la menor intención de dejárselo se acercó unos pasos para que el visitante pudiera verlo de mejor.

En el interior del frasco había una flor, una rosa, de terciopelo.

            —Es única —dijo quien le guiara.

            —¿Qué es? —preguntó él luego de vaciar el contenido de la jícara.

            —Una rosa —respondió embelesado quien le guiara—. Tal vez la última que queda en todo el mundo.

            —No es real.

            Quien le guiara hasta aquel lugar lo miró con desprecio y se alejó hacia la pared.

            —Claro que no es real —respondió—. Es la idea de una rosa. Es lo que salvará al mundo cuando vuelva a ser sólo nuestro. Por eso mi pueblo la conservó, y ahora la conservo yo —agregó sin dejar de mirar el frasco—. Tú la has visto. Te ha llamado. Entiendes su valor. Su verdadero valor, su importancia en la futura restauración de nuestro mundo.

            —Sólo la miré porque es lo único diferente a la roca y la tierra aquí dentro. ¿Tienes más agua?

            —No mereces más agua si lo único que sabes es blasfemar.

            —Ni siquiera sé qué significa esa palabra.

            —¡Esta es la rosa que salvará al mundo! —las palabras de quien lo guiara estaban cargada de furia y odio, el mismo odio que usara para referirse a los creadores de páramos.

            —Falta mucho para ese momento —dijo él—, siglos, milenios, o tal vez más.

            —Y allí estará ella —quien lo guiara recuperó su compostura y devolvió el frasco de la rosa a su estante—, a diferencia de…

            El golpe de la jícara contra su cabeza le impidió terminar la frase. Al caer su cabeza contra la roca que formaba la pared y, por la forma en que quedó doblado su cuello, era evidente que no se levantaría.

            —Hablas demasiado —dijo él mientras contemplaba el resto de la cueva sin encontrar nada de verdadero interés.

            Llenó sus odres con el agua que pudo encontrar en un gran cántaro, jugó con las manivelas del dínamo hasta que las bombillas incandescentes comenzaron a fallar, abrió los urnas alineadas en uno de los rincones encontrándolas llenas solo con cenizas, revisó las armas buscando alguna que aún funcionaba y que resulta fácil cargar porque si en un principio había pensado en quedarse allí, descartó la idea rápidamente al ver que no quedaba más agua ni sabía dónde la obtenía su guía. Ahora era tarde ya para preguntarle, por lo que le convenía volver al páramo donde caminando podría llevar a algún lugar o morir en el intento. De quedarse en la cueva moriría sin más.

            A través de la grieta en la tierra sacó los pertrechos que había separado para llevarse; antes de partir, bajó una última vez. Miró el cuerpo caído de quien lo guiara sin sentir nada al respecto, un muerto más en un mundo rodeado de muerte. Iba a desconectar el dínamo cuando volvió la mirada hacia el estante de roca. Sabía que no le servía de nada y que no representaba nada porque no era nada. Sin embargo, no podía dejarla allí.

            Bajo el rayo del sol dejó caer el frasco a la tierra reseca donde inevitablemente se rompió. Levantó la rosa de terciopelo quitándole los restos de vidrio y la enhebró el ojal de uno de los botones perdidos de su abrigo. Cargó sus pertrechos asegurándose de que la rosa no se caería y comenzó a caminar, una vez más, bajo el sol sin dudas hasta morir en su sed según la ley del páramo.

FOTO: Ambroo en Pixabay

José A. García

Argentina, 1983. Escritor, guionista de historietas, blogger y profesor de historia. Publicó el libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde (2014) y diversas colaboraciones en publicaciones literarias, tanto dentro del género de la ciencia ficción como por fuera del mismo, de Argentina y España en formato digital y en formato papel. Actualmente se encuentra preparando una nueva compilación de relatos de ciencia ficción pronta a editarse, en algún momento, en el futuro, quizá muy lejano.

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