septiembre 22, 2021

Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Los señores del carbonífero

En Cronistas Ómicron, A de Fénix Balder comparte su relato “Los señores de carbonífero”.

A. de Fénix Balder

Doscientos noventa millones de años han transcurrido sobre la faz de la Tierra, pero gracias a la enciclopedia galáctica los anales del cosmos prevalecen atemporales e impávidos ante los inconmensurables abismos de los eones y pársecs. Archivos metafísicos que remontan a los bibliófilos oníricos a la era de las plantas, de los altos niveles de oxígeno, de los gigantescos árboles de silicio que tocaban las nubes, así como muestran el devenir en los mares de falcatus y helicopriones, mientras que en la tierra reptaban arthropleuras y volaban meganeuras:

       Los niveles tróficos y la belleza de la naturaleza transcurrían en el mundo, hasta que un día, el cielo fue cimbrado por ondas gravitacionales que anunciaban la apertura de un vórtice que se abrió en medio de las tres lunas con las que en aquel entonces contaba la Tierra. Creció y creció hasta formar una maravillosa espiral multicolor que eclipsó la luz del Sol, lanzando bruscamente de sus entrañas rayos junto a tres kilométricos cilindros metálicos relucientes que quedaron suspendidos tras su viaje a través del tiempo y el espacio. Rápidamente el vórtice colapsó tras ellos mientras que las naves gigantes tomaron impulso hasta adentrarse a la atmosfera terrestre.

       Los brillantes cascos de las naves se contorsionaron y se separaron hasta que adquirieron la apariencia de una especie de calamares metálicos que surcaron las nubes y las copas de los árboles. Exploraron la troposfera, el océano, así como las selvas de las entonces Euramérica y Gondwana.

       Con sus tentáculos las naves alienígenas tomaron muestras de las aguas, de las plantas, de la fauna, y su sabor les resultó bueno. El clima terrestre era perfecto para ellos y el Sistema Solar como paso de descanso y reabastecimiento en su ruta por la Vía Láctea también era bueno. Así que mandaron un mensaje a casa dando informe de su hallazgo, por lo que un par de años después otro vórtice espacial se desplegó entre las tres lunas, esta vez trasportando varias docenas de naves cilíndricas que luego tomaron forma de calamar y se esparcieron por el espacio interplanetario. Pasó el tiempo y cada nave que regresaba a la Tierra, traía remolcando entre sus tentáculos asteroides metálicos que otras de sus compañeras trituraban y separaban sus ricos elementos en la órbita terrestre. Gracias a esos materiales, con el paso de los años los alienígenos construyeron una monumental ciudad portuaria en forma de anillo de cientos de kilómetros de circunferencia, complejo que levitaba al borde exterior de la atmosfera terrestre. Ciudad que vista desde tierra ocupaba gran parte del cielo, de día era resplandeciente y de noche iluminaba majestuosa el firmamento.

       Todo en el universo es finito y el poder desde luego no es la excepción, y cuando ese poder convierte en abyectos a sus poseedores su ocaso se precipita, esa, es la única constante de los archivos del cosmos.

       La ciudad levitante en si misma era una puerta estelar que conectaría a la Tierra con otras regiones de la galaxia. El día de su inauguración cientos de calamares metálicos fueron estacionados a su alrededor y formados en escuadrones esperaron la primera apertura, mientras que en el centro del anillo de la ciudad varias ondas de energía comenzaron a ser perceptibles, de pronto un estallido de luz fue el comienzo de un vórtice expansivo que creció y creció hasta llenar el vacío del anillo, su trepidar fue tal que dispersó de golpe todas las nubes que estaban por debajo, el cielo se estremeció con un estampido sónico, la superficie del mar vibró y las ramas de los árboles fueron sacudidas.

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   Los brazos espirales del vórtice rotaban mientras que salían de su centro filas interminables de naves cilíndricas que fueron recibidas con pirotécnica, coloridos rayos láser y destellos lumínicos de las formaciones de calamares que movían su tentáculos rápidamente en señal de bienvenida. Así comenzó la expansión por la Vía Láctea de lo que fuese la más grande potencia militar que gobernó con mano de hierro la galaxia durante todo un ciclo de precesión de los equinoccios.

       Pasaron los milenios, y la sed de conquista de los beligerantes alienígenos no tenía límite, miles de sistemas estelares fueron supeditados por su retórica demagógica que era apoyada por su poderío militar. Pasaron por la Tierra miles y miles de naves de guerra para reabastecerse, mientras que los soldados en la ciudad podían descansar y comer de toda clase manjares provenientes de todos los rincones de sus territorios ocupados, así como de los productos extraídos de los mares y selvas terrestres. También se comerciaba toda clase de los más extraños e indescriptibles productos, los trofeos de guerra saturaban las bodegas y las naves de carga. Pero una de las cosas que más gustaba a los beligerantes alienígenos era el deporte de la cacería, una práctica que realizaban con las extremidades desnudas para mantener la condición física así como para honrar a sus ancestros; luchaban cuerpo a cuerpo con arañas y escorpiones gigantes que llegaron a matar a muchos alienígenos, no obstante, eso los motivaba a no bajar la guardia y a seguir entrenando para salir victoriosos, lo que les daba el derecho de poder disfrutar de la carne de su presa junto a sus camaradas cazadores.

       Durante milenios los recursos y la fauna terrestre fueron mermando, los árboles gigantes fueron talados, así como los aires y mares fueron contaminados. Durante generaciones los beligerantes alienígenos se sintieron soberbios y seguros de su poderío, sin remordimientos del gran sufrimiento que traían a otros, una raza de soldados que a lo único que le tuvieron miedo fue a perder su preciado poder, por lo que implementaron en sus territorios conquistados una política de terror que sin saberlo sería la causa de su caída.

       Con el paso del tiempo sus enemigos se aliaron y se rebelaron contra ellos, así comenzó un conflicto que llenó de supernovas la Vía Láctea; conflagraciones que provocaron ondas gravitacionales que recorrieron la galaxia de extremo a extremo y no hubo un mundo que no fuera iluminado por la guerra, ni sacudido por las refriegas estelares. Paulatinamente las flotas de calamares metálicos fueron empujadas fuera de los sistemas estelares que habían sometido, hasta que el portal de la Tierra que una vez fue el tránsito de desfiles victoriosos, se convirtió en una pasarela de despojos, derrotas y repliegues vergonzosos.

       Pasaron unos milenios más, y un día, la ciudad levitante abrió su puerta a las estrellas por última vez para una retirada masiva de su mermada flota de miles de calamares que se aglomeraron desordenadamente para poder escapar. Unos chocaban con otros, quedaban atrás los dañados mientras que las luces de la ciudad comenzaron a menguar. De repente, una de las lunas estalló en mil pedazos por una tupida tormenta de rayos láser y pulsos de energía multicolor que se dirigían a la flota en retirada, los fragmentos de la luna golpearon espectacularmente las superficies de sus hermanas al mismo tiempo que se cernieron rumbo la atmósfera terrestre. El pánico se apoderó de la flota de calamares que se había convertido en una compacta masa que quería entrar de golpe al vórtice, mientras que otros trataron de alejarse del caos, pero fue inútil, la destructiva tormenta de energía los alcanzó y fueron exterminados brutalmente.

       También fue abatida la ciudad levitante que en medio de explosiones cerró su portal estelar para siempre mientras se precipitó hacia el océano. El bombardeo fue inmisericorde y arrasó la superficie terrestre llevando a las formas de vida casi a su total extinción, mortandad que quedó registrada en la enciclopedia galáctica y en los registros fósiles.


Pasó el tiempo, y los materiales de la ciudad se dispersaron por el globo formando nuevos continentes, así como betas de minerales que ayudarían a subsanar los agotados recursos del mundo. Y aquellos beligerantes alienígenos supervivientes que quedaron varados para siempre en nuestro mundo, ya no utilizaron la tecnología para su sustento por temor a ser nuevamente localizados y regresaron a un estado primitivo de vida como el de sus ancestros. Pasaron las eras, los alienígenas se reprodujeron, se separaron en familias y evolucionaron hasta convertirse en los progenitores de la casta de reptiles que gobernaría la Tierra por ciento sesenta millones de años.

FOTO: Imagen de Humpelfinkel en Pixabay 

A. de Fénix Balder

México. Pseudónimo de Alberto Balderas Molina.
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