septiembre 18, 2021

Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Por orden de alcance

En Cronistas Ómicron, Maximiliano Guzmán comparte su relato “Por orden de alcance”

Maximiliano Guzmán

Samanta debe haberme delatado. Jamás pensé que sentiría tantos escalofríos al besarla por primera y única vez. 

Fue la costumbre, “oh señor que este en su gloria”, pero Papá fue lo suficientemente especulador con mis deberes de hijo que no tuve opción. Tenía que conocerla antes de que se marchase, antes de que Papá y Mamá la llevaran Al Otro Lado

Samanta siempre me tuvo celos, siempre creyó que yo era el favorito de los dos. Papá no tiene favoritos, no en la familia, por lo menos. Papá se dedica a miles de cosas, entre esas miles de cosas, redacta cartas a Neptuno, de las que espera ansiosamente respuestas hace diez años. 

No sé por qué nadie le responde. Ya dijeron por la televisión que había vida en otros planetas. Si hay vida en otros planetas, hay vida en Neptuno. Defiendo a papá en eso, aunque mamá se burla de su esperanza. Las cartas están escritas en su puño y letra, tienen su firma y no sé realmente lo que dicen, lo que cuenta en ellas. A veces creo que Papá cuenta sus secretos.

Mamá es una mujer reservada, trabajo durante muchos años en una cafetería. Creo que eso la llevo a ser tan reservada y un poco dependiente de nosotros. 

Como hijo yo me siento bien. Nací hace una década, se me cayeron cinco dientes y no me creció ninguno. Mamá me explico que eso era por algo genético, algo que Papá debía de encargarse en su momento pero no se encargó. Papá suele olvidarse los encargos, termina siempre durmiendo una siesta en el sillón del living. Cuando despierta, ya se olvidó lo que mamá le había encomendado y las cosas se amontonan. 

Ahora estoy mirando la lluvia en mi habitación. Juntando pedazos de esos muñecos que me regalo papá. Me dijo que los cuidara. Cuidarlos no pude. Empezaron a pelear, cada uno quería un lugar en el escritorio. Se peleaban por eso. No puedo asegurarme de que yo tuve la culpa, no pensé en que los muñecos también sentían celos. Menos mal que no adoptamos un cachorro, se hubiese excitado al verlos pelear, hubiese ladrado y mamá. Mamá no respeta mi privacidad, siempre tiene sus ojos en toda la casa. A veces puedo verla como me observa desde la cocina mientras estoy en la escuela. Pero me tranquiliza que mamá pueda observarme. Confío demasiado en mamá, creo que ese también es un problema. 

Por confiar tanto me he olvidado de pedirle a Samanta que se callara, que no dijera nada, que es un secreto de ambos. Mamá se enterara, pondrá el grito en el cielo. Papá tendrá que dejar de escribir sus cartas, de perder su tiempo en esa nebulosa donde cree que el cartero realmente lleva sus cartas hasta Neptuno. No tiene un lugar fijo donde enviarlas, creo. No sé si papá conoce alguna ciudad o pueblo de ese planeta. Debería preguntarle alguna vez, cuando esté solo y mirando televisión o haciendo llamados a su jefe, fingiendo estar enfermo. 


La llevaran Al Otro Lado porque no la reconocen. No reconocen como tal algo que tal vez pueda tener su propio reconocimiento, quizá pueda reconocerse frente a un espejo, pueda llorar por las noches cubierta en una sábana como lo hace mamá. Todavía hay una oportunidad de salvarla. A mamá ya no creo contar con el tiempo suficiente. Está harta de ser la cocinera aun afuera de la cafetería. Papá tiene que comer, nosotros con Samanta tenemos que comer, pero se pueden recalentar esos bistecs del supermercado, poner en ollas con agua hirviendo esas pastas secas. Hay opciones, pero mamá prefiere cocinar y llorar, cocinar y llorar y recordar mientras cocina para recordar mientras llora. 

Papá me grita desde el living, quiere que baje hasta allí, necesita contarme algo. 

Voy corriendo, trastabillando con los juguetes de Samanta que se encuentran entre mi habitación y la de ella. Sus juguetes me quieren más a mí. Por eso acampan afuera de mi habitación.  Por eso Samanta les ha dicho lo que ha sucedido está mañana. No quería ir a la escuela, dije que me sentía raro, que tenía nauseas, ganas de dormir hasta tarde. 

Me sentía mal pero no era de verdad. Era mi oportunidad. Samanta no entiende eso de las oportunidades, siempre tiene la suerte de regresar al vientre, de quedarse allí cuando mamá necesita afecto. 

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Yo desde los siete años que no regreso al vientre. Una vez que nació Samanta, Samanta se quedó con eso. A favor de ella, mamá a su edad debe tener un vientre incómodo, o por lo menos ese fue el consuelo de Papá cuando se enteró que mamá seguía con ese ritual. 

Bajo las escaleras corriendo, bajo y me encuentro con toda la familia reunida. Ahora viene la parte del sermón. Ahora es cuando mamá me deja sin cena, cuando Papá toma una de sus herramientas y me recuerda lo que soy. 



Samanta ríe, Samanta ríe y quiero mirarla fijamente hasta que se ahogue, pero esos poderes no son de aquí. Papá una vez me dijo que conoció personas en su trabajo con esos poderes. Psis, me dijo que se llamaban, aunque varían sus nombres y apodos según los planetas del sistema. 

No estoy seguro que papá tenga claro que el único planeta que conocemos es el nuestro. 
No tengo dudas que papá confía en la televisión, allí suceden muchas cosas, se ven cosas extraordinarias, una vez vi a un “Hombre” caminar por una Luna. Eso sí es extraordinario, sobre todo porque no puede ser real. 

En la escuela nos enseñaron que nuestras Lunas y todas las Lunas no tienen superficie, que son lámparas vigías del universo. Que nadie puede tocarlas ni llegar a ellas, porque existen en imagen pero no en cuerpo. No tienen volumen ni peso. “Películas del hombre” llama mamá a esas ilusiones de la televisión.
 

A veces no quiere que veamos mucho con Samanta, tiene miedo que nos confundamos, que pensemos cosas que para nuestra corta edad, no son saludables. 

Creo que Papá tiene algo en sus manos. Puedo observarlo.

 Mueve despacio las manos, siento el olor de su transpiración. Ha sufrido una fuerte emoción. Papá transpira mucho cuando sufre grandes emociones, por eso mamá ya no lo quiere. Le asusta que algún día se derrita. 

– Tengo una sorpresa para todos – dice papá. Samanta se abraza a mamá, que lo mira desesperanzada, sabiendo que otra vez ha cometido la desidia de faltar al trabajo y quedarse toda la mañana en casa. 

– Necesitamos un cachorro – dice mamá. No creo que me haya oídos los pensamientos, pienso que no, no puede ser, mamá no es una Psis. Hasta lo que sé. 


– Hoy vino el cartero – dice papá y se le iluminan los ojos.


 Su cabello dorado parece levantarse con sus cejas blanquecinas. 


Nos quedamos unos segundos en silencio, esperando que termine de contar el hecho. 


Al parecer espera que nos finjamos sorpresa. 


Fingimos una sonrisa cada uno a su manera. 


– Han llegado las respuestas de Neptuno – nos dice y nos mira a los ojos. 


Eso sí es verdaderamente sorprendente. Respuestas de miles y miles de kilómetros. 
Alguien se atrevió a responderle una de las miles y miles de cartas que mando papá. 
Me acerco unos centímetros más a él.


 Mamá se toma la cabeza, sus cabellos tentaculares se retuercen de vergüenza.


Coincido con Samanta cuando piensa que mamá y papá deberían separarse. Que las cosas han cambiado mucho desde esta mañana. Quizá fue mi culpa haberla besado, haber cometido tal crimen de afecto. Sabía que no iba a tener oportunidad, que iba a ser desterrada por mal funcionamiento, pero yo quería o pensé que quería otra hermana, tengo bastante con Samanta, pero otra Samanta también daría alegría en casa. 
Papá toma cierta distancia y una bolsa Keats está detrás de él. 


– Allí tienen, todas las respuestas – nos dice y señala la bolsa atestada de cartas. 


Nos acercamos con él para que cada uno de la familia tome una de las cartas y pueda leerla en voz alta. 
Papá toma una carta con su mano derecha, otra con su mano central y la última con su mano izquierda. Las ojea y frunce el ceño. 

– No es lo que esperaba – nos dice y camina lentamente hasta el sillón. 


– No puede ser – repite y sentándose en el sillón, bebe un jugo Byron, para poder soportar tener que decirnos lo que ha sucedido. 


Pocas veces vi a papá tan absorto en la decepción. Después de todo, hay ciertas cosas que son inevitables en la vida cotidiana. 


Papá respira hondo, infla su gran estómago y lee: 

Querida gente de Neptuno, le escribo para contarles que aquí en La Tierra, son bienvenidos

FOTO: Pixabay

Maximiliano Guzmán

Soy de Recreo – Catamarca – Argentina. Estudié Dirección y Producción de Cine y Televisión en La Universidad de Córdoba. Nací el 8 de Enero de 1991. Mis influencias literarias son Philip K. Dick, Arthur C. Clarke, Raymond Carver, Manuel Puig, entre otros. Publico cuentos en Espacio Menesunda (bajo Seudónimo) y he publicado en Revista Gualicho.  Hasta la fecha no cuento con libros publicados.