Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: La cortina transparente

Publicamos el relato "La cortina transparente" de Efrén Velázquez.

Efrén Velázquez

La nave penetraba la atmosfera. El piloto Tarkus Antiles sentía un cumulo de emociones que no podía clasificar. Prefirió dejar todo en manos de la expectativa. Evitó la gula de la sorpresa. El asombro de lo que comenzaba a contemplar ponía en claro la perspectiva de sus emociones. Algo que si podía deducir con claridad: la posibilidad de un nuevo hogar.

Tecleó unas coordenadas. La computadora empezó a escanear un posible lugar de aterrizaje. La claridad de ese cielo, los largos tallos cafés que emergían del suelo, y sus puntas donde descansaban enormes coronas verdes. Las colinas delineadas por ese sol dorado. Las cascadas imparables. El suelo alfombrado de esa corteza verdosa.

Los trenes de aterrizaje hicieron contacto en la superficie. Colocó algunos dispositivos en su cinturón. Salió a la escotilla. Bajó por la rampa. Levantó un compartimento que portaba en su antebrazo. Presionó unos botones. Un campo de fuerza rodeó a la nave.

Caminó algunos metros. Sacó un pequeño dispositivo de la correa de su cinturón. Hizo unas lecturas. Miró incrédulo los datos que le arrojó la pequeña pantalla. Corroboró de nuevo. Todo parecía indicar que las condiciones atmosféricas, climáticas, eran similares a las de su hogar.

Antes de quitarse la escafandra, verificó la pureza del aire, ya que colegas suyos ante la premura de adaptarse a los planetas que visitaban, terminaban intoxicados. Acorde a esa situación, recordó la historia de una raza conquistadora que llegó a un planeta donde hicieron una devastación terrible, sus estrategias y tácticas de nada sirvieron. Terminaron a merced de los microorganismos de aquel mundo.

Tanta planeación ejecutada a la perfección y acompañada de una tecnología innovadora, no exime de que algún detalle se pueda escapar. Lo tenía bien claro. Avanzó unos metros. La pantallita lanzó de nuevo los mismos datos. Se retiró la escafandra. Increíble. Estaba extasiado. Sintió un escalofrió agradable que se esparcía en todo su cuerpo. Ese oxigeno tan puro, que sus pulmones percibieron, relajó de forma agradable sus dos corazones.

Hubiese deseado estar en un espacio sin tiempo y un tiempo sin espacio reteniendo aquel momento. Tuvo un breve pensamiento egoísta: quedarse de una vez. Cortar toda comunicación. Un nuevo reinició. Además, su planeta Antaris agonizaba. Tenía los días contados.

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Soltó de su mente aquel suceso. Prefirió sumergirse en ese océano de imágenes inenarrables que tenía frente a su mirada. Caminó una distancia breve sobre aquel lugar paradisiaco. Olió el aroma de esa vegetación. Sintió la frescura de la brisa que acariciaba su pelo morado y su piel turquesa.

Atraído por el ruido de la cascada, avanzó a su encuentro. Aquel sonido le recordó cuando trabajaba en las minas de Antaris y en sus horas de descanso bebía —igual que sus compañeros— de las aguas que corrían por los riachuelos subterráneos. Qué tiempos aquellos, mas no pudo evitar recordar cómo pasó de usar un rotoexcavador a un rifle blaster. Meneó su cabeza en señal de desaprobación.

Escuchó unos pasos que se acercaban. Marchó hacia la maleza. Se ocultó entre el grosor de aquellos árboles. Miró curioso a esas criaturas de diferentes colores de piel, pelo, edad y tamaño. Algunas portaban utensilios que daban la impresión de ser armas, pero sin dejar de ser rústicos. Se retiraron sus pieles y se metieron al agua.

Aprovechando la distracción de aquellos seres, salió de ahí. Se dirigió a su nave. Al llegar, desactivó el campo de fuerza. Bajó la rampa. Subió. Prendió los motores. Abandonó aquel pedazo de paraíso y voló a otra parte de aquel planeta. La virginidad de aquel mundo comenzó a desvanecerse, cuando vio edificaciones rusticas esparcidas sobre la superficie, sin embargo, está circunstancia no le molestó.

Pensaba volver a descender, pero algo llamó su atención. Se aproximó para ver detenidamente. Varias hileras de aquellos seres peleaban entre sí. Se diezmaban con cizaña. Miraba como el líquido escarlata y viscoso brotaba de sus cuerpos. De algo estaba seguro: el instinto de destrucción era universal.

Inició el rumbo de su partida. Salió de la atmosfera. Penetró al espacio. Navegó entre constelaciones. Ir hasta Antaris le llevaría un tiempo inconmensurable. El punto de encuentro era una nave colosal llamada El Arca; ubicada en un pequeño clúster de estrellas llamado GN-Z11.

Pasado un tiempo, no muy lejano, hizo contacto con El Arca. Escuchó las instrucciones del puente espacial, mientras encallaba en el puerto de aterrizaje, recordaba todo lo vivenciado. Quería anteponer las primeras imágenes con las ultimas que contempló. «Serán fácilmente conquistables», dijo.

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Después de haber aterrizado. Tomó un pequeño transbordador que lo llevaría al centro de mando: fijaba su mirada en un punto ciego de aquel túnel de luces neón. Pensaba en lo mucho que su vida había cambiado: la excesiva explotación de recursos de su planeta, la ambición de conquista, el conflicto bélico que lo dejó sin familia como a otros.

Arribó al centro de mando. Fue recibido por el almirante Zakis Tolkis, la doctora Thara Miz y tres científicos más. Entregó el dispositivo de pruebas y los registros guardados en la computadora.

—Espero usted traiga una nueva esperanza para la gente de Antaris, oficial Tarkus —dijo el almirante.

—Veremos qué opinan los científicos —respondió.

El almirante Zakis era una persona afable y de semblante estoico. Intentó entablar una buena conversación con Tarkus, pero era de pocas palabras, prefería seguir explorando.

Pasando de una hora se le notificó que partiría acompañando una nave mayor para comenzar las pruebas de un posible alojamiento. Vio el rostro optimista de los científicos. Recibió una palmada haciendo alusión de ser un héroe momentáneo, aunque sabía que la razón de dar una vuelta de nuevo a El Arca, en lugar de enviar una señal, proceder y partir a otra parte, era debido a tener un responsable en caso de un fallo fatal.

Partieron llenos de expectativas. Llegaron a la órbita respectiva. Tarkus Miró a ese planeta, sin embargo, notaba algo distinto en la corteza: toda estaba de azul. Aun así, penetró en la atmosfera junto con la otra nave. Miró debajo hallando solo agua, más agua. Del cielo se tejía una cortina transparente confeccionada por las gotas de una lluvia que no paraba de caer.

Tarkus miraba perplejo aquel escenario. La fauna que tanto le había encantado dejó de existir. Atravesaron esa cortina transparente varias veces sin hallar un pedazo de tierra. Los tripulantes de la otra nave no podían creer lo que estaban contemplando. Las hipótesis quedaron eximidas. Decidieron abandonar aquel planeta. En tanto se desvanecían en el horizonte, a lo lejos un arca de madera navegaba sobre esas aguas inconmensurables. En búsqueda, igual que ellos, de una tierra firme.

FOTO: Imagen de HANSUAN FABREGAS en Pixabay

Efrén Velázquez

México, 1975. Primer lugar en el concurso Palabras que Enamoran con el poema llamado “Canto a una ninfa” de la editorial La Semilla Amarilla de Colombia. Colaboración en la antología digital No voy a poder dormir esta noche con el relato titulado “El Gran Canal”, perteneciente a la editorial La Semilla Amarilla. Participación en la Primera Antología de Cuento No te has ido de la editorial Fondo Blanco con el relato “Vendedor de calabacitas y Frutas tiernas. Participante en la antología de microrrelatos titulado “LIBRIPEDIA” de la editorial diversidad literaria. Integrante de la antología Urdimbre del sol y águila (Colaboración México-Argentina). Miembro participante en la mesa de lectura en el festival y homenaje al Benemérito de las América.

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