Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Final feliz

Publicamos el relato "Final Feliz" de Carlos Enrique Saldívar.

Carlos Enrique Saldívar

Mi nombre es Ariana. Nací con el poder de la videncia. Esto es: ver el futuro, un día antes, lo que va a suceder. Horas antes. Momentos antes. Mis padres descubrieron mi habilidad cuando yo tenía cuatro años. Me golpearon hasta casi matarme, me pusieron en un saco viejo y me tiraron al río. Un hombre llamado Calvin, un borracho de los alrededores, los vio. Se lanzó al agua y me salvó, curó mis heridas y me tomó a su servicio. Durante doce años viví con ese hombre. En el circo ganábamos mucho dinero. Bueno, él lo ganaba. No me trataba muy bien, me pegaba, me sometía. Por eso no le dije que la noche de Navidad sufriría un derrame cerebral. No murió de inmediato, siempre me arrepentiré por haberle permitido sufrir así. Cuando Calvin me dejó, intenté abrirme paso en el mundo. Empero, los superdotados comenzaron a proliferar, los psíquicos, los saltadores, los que ponían ideas en las mentes. Era un mundo peligroso. Para todos. El gobierno ordenó nuestra cacería. No usaba ya mi talento. Conseguí empleo de camarera en un bar. Nunca fui una joven bonita, pero hacía bien mi trabajo y me iba bien. Adquirí un pequeño cuarto en la zona más pobre de Lima; era una vida mediocre, aunque por entonces sin miedos de ninguna clase. No obstante, sentía que algo me faltaba, solo una pequeña cosa que me daría cierta estabilidad y compensaría todos los sufrimientos por los que había pasado.

Ocurrió el día menos pensado, era un cliente del bar, bastante simpático, me invitó a salir. Su nombre era Antonio. Tenía una cosa que me atraía mucho, nunca pude definir qué era. Me dejé llevar por sendas inexploradas aquella noche, había bebido de más y no puse reparos cuando me condujo a su pequeño departamento. No fue solo hacer el amor durante horas, fue también que me dijera al amanecer que le parecía una chica preciosa y que deseaba seguir frecuentándome. Sentí una gran dicha La alegría no duraría mucho tiempo. Ese día mientras almorzaba vi mi muerte, junto a él, en su auto. Un choque. Vomité lo que había consumido y me encerré en el baño. Lo pensé durante casi una hora hasta que me obligaron a salir para atender a los clientes. No le dije nada al joven que quería, sencillamente no pude hacerlo. ¿Qué hubiera pensado de mí al enterarse de que yo era una mutante? Sentiría asco, repulsión. Me odiaría. O tal vez no. No lo sé, el caso es que no sería lo mismo en adelante.

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Me había invitado a cenar aquella misma noche. Cancelé la cita. Permanecí horas arrellanada sobre mi cama, esperando… y todo se dio según como lo había previsto. Me enteré por las noticias al día siguiente. Él murió solo. Yo sobreviví, sola también.

Tal vez lo que sucedió después se trataba de un castigo divino bien merecido.

Una punición por ocultar verdades, por mentir. Por nacer.

Todo se pondría feo como las entrañas de un demonio.

Sucedió justo un mes después, cuando aún mantenía la pena por lo ocurrido. Al levantarme a las siete de la mañana, vi mi futura muerte otra vez. Me asaltaban en un callejón, me violaban y apuñalaban en los genitales. Me aterré. No salí de casa ese día, llamé al trabajo y alegué enfermedad.

No acabaría con tanta simpleza. Volvió a suceder al día siguiente, esta vez una escalera de fierro caía sobre mi cabeza y la partía. Tampoco en aquella ocasión me atreví a salir de mi hogar. No sabía el lugar exacto de la catástrofe ni el momento de la tragedia. La imagen no era lo suficientemente nítida y solo ocupaba un pequeño espacio a mi alrededor.

Y ocurrió otra vez, y otra. Cada día me veía morir al día siguiente. Siempre evitaba mi muerte, por supuesto. Tenía tanto miedo al dolor. Pero no tardé mucho tiempo en percatarme de que no servía de nada encerrarme como un ratón en mi madriguera, mi destino no era vivir. Cada vez que deshacía el mundo posible donde mi fallecimiento tenía lugar, una realidad nueva se creaba. Moría a diario. Y ninguna de las formas de deceso era agradable. ¿Acaso la muerte puede ser sublime? Tal vez sí. Posiblemente lo que venía después era algo placentero, divino. A lo mejor todos íbamos al mismo sitio: al infierno. O penetrábamos en la más absoluta inconsciencia. ¿Cómo saberlo? No era posible conocer nada sobre los secretos de la mortalidad, he allí el gran temor a que nos atrape.

Renuncié a mi empleo. No salí de mi habitación durante semanas. Me consumí en vida. Mis muertes eran cada vez más terribles. Además comencé a fallecer junto a otras personas. Veía al ómnibus que me llevaba, por ejemplo, chocar contra una movilidad escolar. O en un incendio, junto a cinco familias, en un edificio desconocido.

Pensé en el suicidio y en acabar con mi vida de una vez, no obstante, medité sobre el dolor de nuevo y en las consecuencias posteriores ante tamaña falta. Mis penas se multiplicaron. La locura rondaba mi mente, parecía querer clavar sus garras en mi materia gris. Me atrapaba por instantes, casi siempre era capaz de recuperar la calma, aunque luego aquello volvía con más fuerza, caminaba a mi lado, por las paredes de mi sala, por encima de mi cuero cabelludo.

Hasta que cierta tarde me vi morir de un modo tolerable. Durante una explosión en un centro comercial. Sería rápido, indoloro. Y lo más importante: no me iría sola.

Setenta adultos y nueve niños se marcharían conmigo.

Se veía tan reconfortante. Lo sería.

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Sucederá hoy.

Anoche soñé con Antonio, el chico de mis sueños, un sueño mismo, que hubiera muerto de todos modos, aunque le hubiese advertido mil veces la desgracia que le aplastaría.

No. No es tiempo de llorar por la leche derramada.

Mi destino ya está trazado y solo tengo una opción: seguirlo.

He salido a la calle, libre, decidida, rogando más suerte para una vida próxima, porque ahora he cambiado el panorama de mis reflexiones.

Esta existencia no puede ser tan cruel, no, a menos que existan nuevas oportunidades, lo sé, confío en ello. Lo leí en aquellos gruesos libros.

Aunque me siento distinta, estoy tranquila, feliz.

Muy, muy feliz.

No habrá visiones tristes nunca más.

Hoy moriré. Como debí hacerlo seis días después de aquella mañana en que predije que mi tío, el hermano menor de mi progenitor, fallecería torturado por unos criminales. Aquella noche en que penetré en la oscuridad y sentí un océano cubrirme, cuando oculté a mis padres que encontrarían la muerte al día siguiente, cociéndose a balazos el uno al otro. Cuando no les dije que yo sobreviviría a su agresión porque no estaba destinada a morir bajo sus manos.

Es curioso, ya no puedo recordar muchas cosas.

Qué precioso día. El sol ha salido y parece que me da la bienvenida.

El cielo, los parques, las calles, nunca se han visto tan hermosos.

FOTO: Robin Higgins en Pixabay

Carlos Enrique Saldívar

Perú, Lima, 1982. Estudió Literatura en la UNFV. Es director de las revistas virtuales El Muqui y Minúsculo al Cubo. Es administrador de la revista en línea Babelicus. Publicó el relato El otro engendro (2012). Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010) y El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016), Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018, 2021), Muestra de literatura peruana (2018), Constelación: muestra de cuentos peruanos de ciencia ficción (2021) y Vislumbra: muestra de cuentos peruanos de fantasía (2021).

Blogs: http://babelicus.blogspot.com/ y https://el-muqui.blogspot.com/

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