septiembre 18, 2021

Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Sonata para un mundo nuevo

Publicamos el relato "1538 p / 9464 cce - Sonata para un mundo nuevo"

Daniel Frini

La nave cruzó el límite de Kármán a una velocidad muy superior a la de seguridad, no resistió la fricción ni el calor, y se desguazó en millones de pedazos, en la atmósfera del planeta.

Antes, cuando tuvieron la certeza de que la desintegración era inevitable, los automatismos activaron las cápsulas de seguridad. Todas se atomizaron, como la nave. Todas, menos una.

Sin embargo, su aterrizaje fue violento e incontrolado. El reactor se partió y, en milisegundos, un pulso en forma de radiaciones ionizantes y neutrónicas mató a quienes la ocupaban. Menos a él.

Los gases neuronales lo sacaron del sueño de la animación suspendida. El caos, el ruido de las alarmas —infinitas—, el humo y el olor penetrante y ácido lo aturdieron. Necesitó varios minutos para sobreponerse y entender qué había pasado. El gusto metálico en su boca le indicó la rotura del reactor. Una mirada a su alrededor, le mostró que todos estaban muertos, y que ni siquiera habían dejado sus nichos. Una lectura rápida de los escáneres le mostró que no había nadie —ni nada— de su mundo, con vida, en una esfera de cuatro años luz de radio, centrada en su posición. Es decir, la nave había muerto. Y estaba solo.

Su situación le resultó clara, y esa comprensión lo golpeó, dejándolo sin aire. Los años de preparación, su entereza y su sangre fría le impidieron gritar. Gimió. Un nudo inconcebible le impedía tragar. Intentó llorar, pero las lágrimas se negaron: era el último habitante de su mundo.

No lo habían logrado.

Todos vieron aproximarse el apocalipsis; pero, por alguna razón inexplicable, no solo fueron incapaces de hacer algo por detenerlo, mientras esto fue posible: ni siquiera lo intentaron. Peor aún, negaron el problema.

Mucho tiempo después, cuando todo estaba perdido, algunos aventuraron explicaciones que, en realidad, no convencieron a nadie; y, por supuesto, no aportaron nada que mostrase un mínimo resquicio para avistar un remedio. Solo restaba salvar las sobras. Y la memoria. Tampoco aquí fueron capaces de consensuar una solución, y se perdieron los últimos e invaluables momentos de la civilización.

Al menos, ellos, su grupo, lo intentaron. Subieron a la nave todo lo que pudieran salvar de su mundo; y esto significó un cúmulo interminable de selecciones al azar, sin planificación ni proyecto; con una vaga idea, un propósito indefinido. Sabían que ya no había tiempo para otra cosa. ¿Qué salvar? ¿Qué dejar? ¿Qué llevar? ¿Qué condenar, no a la muerte, sino al olvido?

Tanta riqueza, tanta vida, tantas especies, tanta cultura.

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Además, ¿dónde ir?

Alguien corrió un programa que, IA mediante, indicó un pequeño mundo azul, a mitad de camino entre el centro y el borde de la galaxia, sujeto gravitacionalmente a una estrella pequeña —una enana blanca de tipo G—, a unos dos mil años luz de distancia. Para cuando llegasen, si llegaban, haría muchísimo tiempo que su mundo se habría transformado en inhabitable y, probablemente, habría desaparecido.

No había otra salida. Allá fueron.

Él era ingeniero y doctor en física nuclear, contaba con Grado III en experiencia de manejo de reactores de la clase W —uno de los únicos tres técnicos capaces de esto en su mundo— y era experto en armas de hidrógeno. Es más: había sido mutado genéticamente para resistir 6500 rads de radiación ionizante. Sobreviviría a la exposición a los protones y partículas alfa de alta energía del espacio durante el larguísimo viaje; y a cualquier accidente. Y eso había ocurrido.

«¡Revisión!». Una voz proveniente de alguna parte de su cerebro lo devolvió a la realidad. Su templanza y su madurez mental lograron que se sobrepusiese al miedo. Reaccionó como su entrenamiento dictaba. De manera automática, verificó su estado y la existencia o no de heridas. Estaba en condiciones físicas aceptables. Controló su equipo, su exoesqueleto y sus armas. Todo bien. Verificó su comunicación con la cápsula de seguridad. Bien. Encendió los comandos de supervivencia de la nave. Funcionaban. Al menos, las baterías no habían perdido la carga. ¿Estado del reactor? Fugas de radioisótopos. Él resistiría.

¿Dónde estaba? Tecleó los comandos en la computadora. La pantalla se ilumino. Era el planeta correcto. ¿Y la estrella? No hacía mucho se había ocultado tras el horizonte. Estaba en el lado oscuro. Tocó, en la pantalla, el botón virtual «Comprobación y exploración». Era un mundo habitado. Y con un grado de civilización Tipo 0, pero a cien o doscientos años de alcanzar el Tipo 1. Hizo una mueca de disgusto; que, muy pronto, cambió por un gesto de esperanza. Quizá los nativos pudiesen ayudarlo.

Lo inundó un optimismo que era impensado hacía, apenas, segundos. Si lograba comunicarse con ellos, podría hablarles de su mundo.

No había nada orgánico para salvar, salvo su propio cuerpo. Pero, aún cuando esto era mejor que nada, él era sólo una minúscula muestra de la diversidad que alguna vez había conocido. Pero los discos rígidos que estaban en la cápsula contenían un back up de toda la información de la nave; de manera básica, una bitácora con todo el conocimiento de su civilización. Y, quizá, el grado de desarrollo de la ingeniería genética de los nativos podría reproducir el genoma de, aunque sea, una parte de las especies de su mundo; y, por supuesto, guardar y conocer toda su cultura.

Ahora, fue su esperanza la que lo golpeó. Su idioma no se perdería. Los idiomas de su mundo no se perderían. La música, el arte, la literatura, la geografía, los paisajes —los hermosos y queridos atardeceres de su sol—, las selvas, los desiertos, los hielos, la nieve, el mar, las arenas de las playas, las ciudades, la tecnología, las plantas, los animales. La historia, su historia, la historia de su civilización; los excelentes logros de culturas antiguas, los poemas grabados en tablillas de barro y las inmensas bibliotecas de pergaminos. Y, por supuesto, las guerras, las muertes, las plagas, la destrucción, la sobreexplotación, los asesinatos y genocidios, la esclavitud y la maldad. Y el ocaso —estúpido, idiota, y enajenado— de su mundo.

—Ellos podrían usar nuestra experiencia y evitar lo que nos destruyó a nosotros —se sorprendió hablando en voz alta, entusiasmado—. No solo podré conservar la memoria de mi civilización. ¡Lo que tengo para ofrecerles puede salvar su propio mundo!

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Por supuesto —lo sabía—, los nativos tergiversarían la información, la utilizarían con parcialidad, se ocultarían material sensible unos a otros. Conocerían sus armas y su increíble poder. Se sorprenderían con la posibilidad de dominar el espaciotiempo, de viajar a las estrellas vecinas; de curar todas las enfermedades, y se disputarían el conocimiento; pero allí estaría él para prevenirlos y evitar estas desagradables situaciones.

Se convenció, por fin, de lo que era evidente. Los nativos iban a reconstruir el mundo perdido, su cultura y su gente. Pero, mucho más importante que eso, él iba a salvarlos de su propia aniquilación,

¿Era posible comunicarse con ellos?

En la pantalla, pulsó el botón virtual que indicaba «Comunicación y lenguaje». La computadora indicó que escaneaba señales. La barra de estado avanzaba con lentitud exasperante. Luego, leyó en la pantalla: Información insuficiente para determinar el número de especies existentes. Estimación: 9×106 especies distintas —arqueó sus ojos en un gesto de sorpresa—. Una especie dominante identificada. Cantidad estimada de individuos de esta especie en el planeta: 7×109. Proximidad de individuos de esta especie: Cuatro individuos, a dos mil metros. Características de los individuos: detectan radiación electromagnética por ojos, 380 a 750 nanómetros, muy reducida en el lado oscuro del planeta; detectan ondas de presión por oídos, 20 hertz a 20 kilohertz; detectan productos químicos por lengua y nariz; detectan temperatura y presión a través de cubierta externa. No detectan campos magnéticos. No detectan radioactividad. Identificación de conceptos matemáticos: sistemas predominantes, base diez y base dos; conocimiento de números primos, conocimiento de números irracionales e imaginarios; conocimiento de números pi y e. Identificación de conceptos químicos: conocimiento de capa de valencia. Identificación de concepto de lenguaje en individuos: repetición de sonidos, identificada; ratio de entropía, calculado. Nivel de posibilidad de comunicación: bueno. Información de cod/decod descargada a dispositivo móvil. Información topográfica descargada a dispositivo móvil. Información de entorno descargada a dispositivo móvil.

Ubicó la vivienda de los nativos. No se detectaban problemas en el camino. Revisó, otra vez, su equipo. Emprendió la marcha. La más grande marcha. La que le daría sentido a su epopeya. La que salvaría la memoria de su mundo. La que salvaría a este nuevo mundo de sí mismo.

Se sorprendió con el tamaño de la vivienda. Los nativos debían ser enormes. Consultó con su dispositivo móvil. Presionó «Fisonomía» en la pantalla. Allí estaba la información. Si. Había dos que tenían unas cincuenta y cinco veces su tamaño. Los otros dos, eran unas treinta y siete veces más grandes.

La adrenalina lo inundaba. Ese era el momento. Entró a la vivienda.

La mujer se levantó para llevar los platos a la pileta de la cocina. La cena había estado bien. Su marido estaba satisfecho y le guiñó un ojo. A los niños les encantaba el pollo al horno.

Dio dos pasos y miró al piso.

—¡Puta madre! —dijo, y dio un fuerte pisotón que resonó en el comedor.

—¿Qué pasó? —la interrogó su esposo.

—Nada. Una cucaracha —contestó ella.

FOTO: Pixabay

Daniel Frini

Nació en Berrotarán, Córdoba, Argentina en 1963. Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Ha publicado en varias revistas virtuales y en papel, en blogs y en antologías de Argentina, España, México, Colombia, Chile, Perú; y, además, traducido y publicado en Italia, Portugal, Brasil, Francia, Estados Unidos, Canadá, Uzbekistán y Hungría. Publicó “Poemas de Adriana” (Artilugio Ediciones, Buenos Aires 2017), “Manual de autoayuda para fantasmas” (Editorial Micópolis, Lima, Perú, 2015) “El Diluvio Universal y otros efectos especiales” (Eppursimuove Ediciones, Buenos Aires, 2016) y «Nueve hombres que murieron en Borneo» (Artilugio Ediciones, Buenos Aires, 2018). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009, Madrid / México D. F.); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009, Buenos Aires, Argentina), Premio  ‘El Dinosaurio’ (2010, Colombia), Premio IX Certamen Internacional de Poesía (2011, España), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle  (2017, España), el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017 (España) y el 1er Premio del III Concurso de Microrrelato Ilustrado Universidad de Jaén (2019, España).

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