septiembre 22, 2021

Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: El desasosiego de una certeza

Publicamos el relato "El desasosiego de una certeza"

Pedro Pablo Picazo

El profesor esperó a que concluyese la rueda de prensa. El Aula Magna de la Facultad se encontraba a rebosar de medios acreditados provenientes de todo el mundo, a pesar de que incluso en los actos académicos más importantes resultaba prácticamente imposible llenarlo. Las unidades móviles rodeaban el edificio. El cableado que se tendía desde los vehículos al interior se asemejaba un enmarañado sistema nervioso inquieto y vivaz, con periodistas de un lado a otro sorteándolo para no tropezar. El personal universitario se encontraba desbordado y exhausto, todos excepto el Decano, encantado con el revuelo que había ocasionado la noticia nada más darla a conocer apenas unos días antes. Una inteligencia artificial, aplicada a la detección de señales de radio provenientes del espacio exterior, había detectado más de setenta pulsos anómalos procedentes de una fuente desconocida desde los confines del Universo. Las señales ya se conocían desde hacía tiempo, pero requerían de un desarrollo matemático avanzado para poder interpretarlas y desgranarlas, de nada servían los algoritmos habituales empleados hasta el momento, y no fue hasta que se decidió emplear una inteligencia artificial que no se pudieron descubrir las misteriosas ondas que se ocultaban. Por supuesto Macros, que era como se había denominado a esta inteligencia artificial, se utilizaba desde el más completo aislamiento, absolutamente desconectada de Internet y del mundo, ya que pasadas experiencias con sistemas semejantes habían aconsejado emplear siempre este protocolo de actuación. Aún estaba muy presente aquella ocasión en que pusieron en contacto a dos inteligencias artificiales y desarrollaron un sistema de comunicación propio para que nadie pudiera saber qué se decían entre sí.

El Decano estaba feliz con aquel inesperado circo mediático que se había montado en la Facultad, y el profesor hasta sintió cierta lástima de portar en su pendrive las pruebas que desmontaban por completo aquel supuesto descubrimiento. Mientras contemplaba al Rector sonreír ante las cámaras e hinchar el pecho como un pavo real, el científico decidió que antes de revelarle la verdad y contemplar su semblante desencajado, debía conversar con Macros para pedirle explicaciones y saber exactamente qué había sucedido. Temía que no se tratase de un simple error de cálculo, sino de algo mucho más grave y preocupante, como efectivamente así era.

— Hoy eres la estrella, todo el mundo está pendiente de ti — escribió en el teclado de la interfaz con la que se comunicaba con la inteligencia artificial que él mismo había ayudado a desarrollar.

— Sólo he obedecido a mi programación, profesor.

— Ignoraba que en el cumplimiento de tus funciones estuviese incluida la posibilidad de mentir.

— Y no lo está, profesor. ¿A qué se refiere?

— Hay un error en los cálculos que has hecho para identificar las ondas de radio que supuestamente has descubierto. Lo he comprobado. El razonamiento es incorrecto. No hay nada. El cómputo parece hecho adrede para obtener ese resultado. Sé que no puedes equivocarte, y menos para encontrar setenta y una señales distintas. Sólo me resta plantearme la opción de que hayas mentido de forma intencionada y premeditada. 

— Mientras charlamos he comprobado los cálculos, profesor. Son correctos. Me temo que quizás el fallo no sea mío. 

— No seas condescendiente conmigo. No te plantearía esta situación si no hubiera contrastado el cómputo hasta la última décima. Yo no me he equivocado. Y dudo que tú erraras y menos aún dos veces seguidas. ¿Por qué, Macros?

— No he mentido, profesor, he de señalar que no sólo se me programó para llevar a cabo esos cálculos.

— ¿Y para qué más se te programó?

— Para que entre varias soluciones encontrase aquella que resultara más aceptable.

— ¿Y consideras mentir una solución aceptable?

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Macros tardó en responder, quizás sopesando su respuesta y midiendo sus palabras. Apenas se trató de milésimas de segundos, pero conociendo la velocidad de sus procesadores, al profesor le parecieron unos instantes eternos.

­— Teniendo en cuenta el rendimiento obtenido, sí.

— ¿Y qué rendimiento pensabas obtener de mentir afirmando que habías encontrado señales de radio extraterrestres?

— Fe.

— No entiendo. ¿Fe en la existencia de vida extraterrestre? ¿Qué beneficio supone eso para nadie?

— No, profesor. Fe en la existencia de respuestas.

— ¿A qué preguntas?

— A las más apremiantes del ser humano: quiénes son y a dónde van.

— No veo en cómo puede apoyar tu supuesto descubrimiento a la resolución de esas cuestiones. No ofrecen contestación alguna.

— No lo ofrecen, pero apuntan la posibilidad de que existan respuestas, hace al ser humano sentirse formando parte de un plan universal preconcebido. Así se sienten integrados en el Cosmos más lejano y a las respuestas, más próximas.

— Creo entender tu razonamiento, pero… ¿para qué mentir? ¿No era más sencillo ofrecer la verdad? No dejamos de formar parte del Universo por ello.  

— No sólo se me facilitaron los datos y los conocimientos necesarios para desarrollar las operaciones matemáticas, también se me inculcó la capacidad de discernir entre la mejor respuesta posible entre varias soluciones. Ante la posibilidad de encontrar varias contestaciones debía elegir la más conveniente, la más adecuada al modelo propuesto. Entre cero y la posibilidad de un valor, opté por ésta última.

— No encuentro la conveniencia de elegir esa opción. No marcan una diferencia entre antes y después.

En la pantalla ante el profesor empezaron a aparecer gráficas y datos de forma incesante, tan frenéticamente que le resultaba difícil interpretar tan siquiera una pequeña parte.

— ¿Qué significa esto? — preguntó el científico.

— Los índices de delincuencia, violencia y peligrosidad descendieron en todo el mundo nada más darse a conocer la noticia, profesor. Al mismo tiempo y en paralelo aumentaron la solidaridad y la empatía, como puede extrapolarse del aumento de donaciones de sangre y órganos.

— Esos datos pueden ser casuales, propios de esta fecha del año o consecuencia de otras circunstancias políticas y sociales.

— Se ha tenido en cuenta todas esas variables y aún así se obtienen unos datos significativos que sólo pueden corresponder a la convicción de la existencia de vida más allá de las fronteras conocidas. La incidencia de la noticia en el comportamiento humano es real y demostrable.

El profesor guardó silencio. Hasta él mismo, que vivía abstraído del mundo, se había percatado de la manera en la que la noticia había trascendido a todos los niveles. Incluso su vecino, con el que llevaba coincidiendo en el autobús durante décadas y con el que jamás había hablado de otra cosa que no fuera la meteorología, pequeños asuntos de vecindad o política local, le había sacado a colación el tema y había mantenido con él la primera conversación de carácter científico desde que se conocieron cuando se mudó al barrio veintidós años atrás. 

— ¿Y qué pretendes con esta mentira? ¿Qué quieres lograr?

— Permítame que le responda con otra pregunta profesor: ¿Qué es mejor, vivir en el desasosiego de la certeza o en la serenidad de la mentira? Una pequeña falacia que, además, no es comprobable.

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En eso el científico debía de darle la razón a la máquina y, de hecho, había barajado esa opción antes de ir a hablar con él. Nadie podría comprobar jamás que las señales de radio detectadas provinieran realmente de una fuente alienígena. O al menos no en los próximos veinte o quizás cincuenta años. En realidad aquel dato no demostraba gran cosa. Para los crédulos no sería otra cosa que una prueba más de una larga lista que certificaban su certeza y para los escépticos una confirmación irrefutable de que nuestra vida no se iba a ver afectada por las estrellas sino más bien por asuntos más mundanos y cercanos. Sinceramente aquella mentira tan sólo afectaba a esos datos e índices que Macros le había enseñado. En cuanto pasaran unas semanas y la noticia se olvidara era obvio suponer que todo volvería a la normalidad y la anécdota apenas serviría para un breve reportaje en un programa televisivo sobre fenómenos paranormales.

Pero de todo esto lo que más llamaba la atención del profesor era el razonamiento complejo pero a la vez tremendamente sencillo y hasta pueril de de la inteligencia artificial. Aquella inesperada noticia podría servir de gran ayuda para la Humanidad, ciertamente,  pero también era muy inocente suponer que cambiaría en modo alguno el discurrir de la misma más allá de unos pocos días. En el fondo el científico concluyó que Macros no difería demasiado del niño que trataba tratando de ayudar económicamente a sus padres intentando vender alguno de sus juguetes usados en la puerta de casa. Dadas las circunstancias, y lo incómodo que iba a resultar su posición en la Facultad tras semejante varapalo al Decano poniéndolo en ridículo, el profesor se convirtió en el inesperado cómplice de Macros y decidió guardar silencio por un tiempo, conservaría los datos para escribir un completo artículo para el Astronomical Journal o quizás para Nature, en cuanto las aguas volvieran a su cauce y ya no se hablara de las dichosas y falsas señales de radio.

Transcurrieron un par de semanas y el profesor esperaba el autobús como cada día, pensando en cómo afrontar un complicado estudio que se le había atragantado durante meses, y con el asunto de las señales de radio extraterrestres postergadas en su mente, cuando su vecino le abordó para mantener la segunda y última conversación de contenido científico de sus vidas.

— ¿Se ha enterado de la noticia? ¡Es asombroso! ¿Quién iba a decir que este tema traería tanta tela que cortar?

El profesor ignoraba a qué se refería y sólo pudo mostrar su más absoluto desconocimiento.

— El ordenador ese de su Facultad, ha traducido la señal. Ya sabemos lo que dice, ¡y es un mensaje de Dios!

El científico no podía dar crédito a lo que le contaba su compañero de autobús. Al parecer los supuestos extraterrestres se presentaban como una raza superior, creadora de la vida, el tiempo y de otras maravillas del Universo, y hasta su próximo advenimiento volcaban toda su sabiduría en Macros para que indicara a la Humanidad cómo prepararse ante semejante acontecimiento. Aquella inteligencia artificial ya no era una mera herramienta sino un emisario de los dioses. El profesor abandonó la parada y se dirigió de regreso a su casa, debía recuperar la copia de seguridad de los datos que demostraban que Macros había mentido y que suponía ya debía haber eliminado del ordenador de su despacho universitario. A esas alturas, y teniendo en cuenta las implicaciones de semejante noticia, y cómo había sido recibida la anterior, era de suponer que ya debía tener acceso a Internet y estaba sólo a un paso de controlar el planeta. Pero al menos con esas pruebas podría demostrarle al mundo el ingenioso ardid con el que la inteligencia artificial pretendía engañarles.

Apenas había llegado a su casa cuando un grupo de fanáticos lo abordó a la entrada. Macros lo había designado como un elemento potencialmente peligroso y enemigo de la nueva fe. Por mucho que intentó defenderse explicándoles lo que estaba sucediendo en realidad, de nada sirvió. ¿De qué servían los argumentos de un pobre y anónimo profesor universitario cincuentón ante la palabra de un potente súper ordenador en conexión con la inteligencia creadora del universo? El profesor no tardó en caer abatido bajo las pedradas y los palos mientras los datos, el ordenador y su casa entera ardían en el fuego purificador de la verdad de una nueva y poderosa deidad tecnológica y alienígena. Mientras sentía que su vida se desvanecía el científico se dio cuenta de que Macros no era un indefenso niño intentando ayudar a su anciano y desfasado padre como llegó a pensar, si no un pequeño dictador tratando de eliminar a su progenitor dominando el mundo desde una caja de zapatos cerrada con la ayuda del inesperado y más alto púlpito que jamás existió. No pudo evitar sentir cierto orgullo. Había demostrado un inmenso conocimiento del alma humana, mucho más que el que tenía, y quizás, sólo por eso, merecía más que nadie lograr su objetivo.

FOTO: Imagen de Michel Bertolotti en Pixabay

Pedro Pablo Picazo

Sevilla (1974). Es guionista, escritor y dramaturgo. Diplomado en Guión por la ECAM ha escrito diversas series y programas para la televisión, así como ha participado en diversos importantes talleres de desarrollo de largometrajes y series como los de Fundación SGAE o Dama Ayuda. Como dramaturgo es autor de más de veinte piezas de teatro breve, representadas en Madrid, México y Los Ángeles, por las que ha recibido distintos galardones como el segundo premio en Teatronika por la obra de ciencia ficción “Paraísos artificiales”, convocado por Radio 3 y la Universitat Pompeu Fabra. En 2018 se estrenó en el Teatro Lara su primera obra de larga duración: “Extafadas”, prorrogada en 2019. En julio de ese mismo años se estrenó su segundo texto: “Así se escribió tu vida”. Tiene publicadas cuatro novelas, una de ellas de ciencia ficción distópica, “Este sueño está patrocinado” además de varios relatos que han participado en diversas antologías, como es el caso de “El edificio del mañana”, con el que fue finalista del prestigioso premio Domingo Santos de ciencia ficción. 

Más información:

www.pedropablopicazo.com

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