Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Raíces hermanas

José S, Ponce entrega un relato sobre Samuel que vivía atormentado por el recuerdo de hace 40 años, cuando mató a su hermano Ricardo. A diario cortaba las raíces que crecían en sus pies y destruía el jardín que brotaba en el lugar donde enterró a su hermano. Finalmente, las raíces lo aferraron al suelo, reconciliándolo con su destino.

Samuel abrió los ojos en cuanto entró un poco de luz por la ventana. Como otras noches no había logrado dormir nada porque el peso de los recuerdos lo mantenía en vela. Las imágenes de aquél maldito momento, hace ya 40 años, revoloteaban ante él sin que Samuel pudiera espantarlas.  Así permanecía atormentado sobre su cama hasta el mediodía. 

En su juventud Samuel habría salido muy temprano para atender su hacienda, pero ahora de ella no quedaba nada salvo ese viejo cobertizo que había adaptado como vivienda para no irse. La verdad es que no tenía a dónde ir y tampoco era capaz de aceptarlo. Así que siempre se repetía que se quedaba por qué no podía abandonar a su hermano Ricardo, que se  encontraba enterrado en la parte de atrás del inmueble. Dónde lo había dejado desde que lo mató.

Todas las mañanas lo primero que Samuel hacía al levantarse era retirar las raíces que le crecían en las plantas de sus pies. Tomaba las tijeras de jardinero que conservaba en un cajón junto a la cama e iba cortando una a una desde la base. Al hacerlo una savia blanca comenzaba a emanar por los orificios que dejaba el corte y Samuel tenía que presionar con un paño cada agujero de estructura vegetal para detener el escurrimiento. Luego al terminar Samuel deslizaba sus pies callosos dentro de unos zapatos desgastados y metía las raicillas cortadas  en una cajita que de tanto en tanto vaciaba sobre un agujero que mantenía abierto para ese fin junto a la casa. Al fondo de aquel agujero se podían ver las raíces de otros días mezcladas con un poco de tierra que Samuel arrojaba con una pala cada vez que las mosquitas empezaban a salir.

Con los huesos marcados en su encorvada espalda y la respiración entrecortada Samuel se sentó en una silla de madera astillada dispuesto a tomar un poco de café con un pedazo de pan duro que alguien le había regalado. Sobre una mesa diminuta había colocado el único retrato que conservaba de su hermano. En él los dos le sonreían a su padre que se encontraba cubierto con una manta roja detrás de la cámara cinco años antes de su muerte y unos siete antes de que Samuel matara a su hermano Ricardo. Todas las mañanas observaba el retrato mientras intentaba llevarse algo a la boca. Pues recordaba los mejores momentos al lado de su familia con un nudo en la garganta que casi le impedía tragar aunque a veces también sonreía al recordar la sonrisa de Ricardo que aún después de muerto lo seguía contagiando con su felicidad, pues de los dos él fue el único que alguna vez pudo conocerla. En cambio, el rencor de Samuel lo había envenenado todo: a su hermano, a la hacienda y a sí mismo.

Ese día a diferencia de otros no deseaba salir a limosnear comida al pueblo, se sentía tan cansado que prefirió quedarse en casa. Como otras veces, caminó hacia el patio donde había enterrado a su hermano y se sentó junto a la roca que marcaba el lugar exacto, se quitó los zapatos y se abrazó a sus rodillas. Empezó a contarle a Ricardo, como cuando eran niños, una de aquellas historias con las que Samuel lo dormía mientras juntos esperaban a su padre. Una de esas historias que habían hecho que los dos fueran inseparables y crecieran como dos troncos entrelazados que comparten una misma raíz. Al menos hasta que Samuel entró a la preparatoria pues a partir de ese momento comenzó a apartarse de su hermano y en su lugar prefería pasar el tiempo con su mejor amigo Víctor.

 Una tarde, Ricardo, celoso de que su hermano no jugará más con él lo siguió por el monte sin que se diera cuenta. Junto a un enorme pino Samuel  se encontró con Víctor, y creyendo estar ocultos, se abrazaron y se besaron. Ricardo sorprendido se fue sin que ninguno de los dos se diera cuenta de que los habían visto. De regreso en la hacienda el niño fue directo a buscar a su padre y le contó lo que había presenciado. Él le dió una bofetada, le dijo que no anduviera diciendo mentiras y lo mandó a dormir a su cuarto.  Cuándo Samuel regreso el padre lo golpeó sin previo avisó y luego lo amenazó con desheredarlo si no dejaba de ver a Víctor. Samuel que estaba por primera vez enamorado no le hizo caso. El padre le pidió a Ricardo que lo vigilara y si volvía a ver a los dos juntos le avisara. El niño así lo hizo, siguió al hermano hasta que volvió a verlo con su enamorado. Pero Samuel se dió cuenta de que los espiaba y le pidió que por favor  no le dijera nada a su padre. Ricardo le prometió que no le diría, pero luego pensó que si los separaba podría pasar de nueva cuenta tiempo con su hermano y los delató. El padre le dió una golpiza a Samuel, después lo amenazó diciendo que si quería seguir siendo parte de la familia tenía que irse a la ciudad a estudiar. Samuel aceptó y se fue sin despedirse de nadie. Ricardo se quedó llorando arrepentido por lo que había hecho y se juró a sí mismo que no le volvería a fallar a su hermano.

Cuando Samuel regresó a la hacienda su padre ya se había muerto. En su testamento, quizás para compensar su ausencia o por el desprecio que sentía por su hijo mayor, había dejado todos sus  bienes a Ricardo. Los sacrificios que había hecho Samuel parecían no valer nada, se molestó tanto que nunca visitó la tumba de su padre y  el odio comenzó a expandir sus raíces a pesar de que su hermano le prometió que compartirían todo. El corazón de Samuel se había vuelto de madera y sus oídos parecían haber desaparecido. Culpaba por todo lo que había sucedido a Ricardo, pues sentía que le había arrebatado su vida. Pensó que lo mejor sería irse y olvidarse de su hermano para siempre, pero Ricardo lo detuvo, se disculpó por haberlo delatado y lo abrazó con ternura, mientras le decía que él lo amaba sin condiciones y le prometió que nunca le fallaría. 

El día en que Samuel asesinó a su hermano, regresaba de la plaza cuando vió a Víctor con su nueva pareja. Enfurecido regresó a la hacienda sin comprar lo que había ido a buscar. Samuel encontró a Ricardo en el cobertizo, entró furioso pretextando la contabilidad del mes para comenzar una pelea y luego descontrolado  empujó a su hermano hasta derribarlo. Luego pateó a Ricardo hasta que  comenzó a sangrar, este no se defendió y recibió los golpes como si los mereciera, luego con la nariz sangrante se levantó y se fue.  Samuel se enfureció aún más, enloquecido siguió a su hermano, levantó una roca y lo golpeó repetidas veces con ella en la cabeza hasta matarlo. Ahí dónde quedó su cuerpo lo enterró. Tiempo después en ese lugar exacto comenzó a crecer una plumería que le daba nueva vida al hermoso jardín, que quedó así coronado por un arbusto enorme que perfumaba el ambiente y le daban un aspecto onírico con sus flores blancas como mariposas. Pero, ahora ya todas habían volado. No quedaba nada, todo era muerte, pesadilla y polvo.

Samuel odiaba lo que estaba ocurriendo con el jardín pues atraía con su belleza a todos los vecinos. Sentía que de alguna manera Ricardo, una vez más, lo estaba delatando. Así que una noche en que estaba muy borracho destruyó las raíces de la plumería maldiciendo una vez más a su hermano. Desde entonces, cada mañana,  las raíces en los pies de Samuel comenzaron a crecer y él a cortarlas. También, con el paso de los días las flores de  plumería empezaron a pudrirse entre las ramas, al tacto parecía que se habían vuelto líquidas, el olor fragante que las caracterizaba había sido sustituido por una peste que no atraía ni a las moscas. A las plumerías le siguieron las rosas y los claveles. Hasta que el jardín desapareció y a pesar de los esfuerzos de Samuel la hacienda también. Desaparecieron entre la podredumbre lenta y dolorosamente.

Samuel estuvo hasta el amanecer hablando, aunque sólo lo escuchaba el aire. Habló incluso aunque la garganta le empezó a sangrar y de sus ojos no salió una lágrima más. Lo hizo mientras en sus pies las raíces habían vuelto a crecer sin que las notara, rápidas al contacto con la tierra, crecieron hasta que se  adhirieron al suelo. Cuando al fin Samuel intentó levantarse no lo consiguió, entonces comenzó a reírse pues sabía lo que aquellas raíces significaban. Sabía que no había escapado del destino pero algo en su corazón si que había sanado y esperaba que en dónde estuviera su hermano le abriera los brazos y lo recibiera.

Ahora que han pasado los años en el jardín detrás del cobertizo, se pueden ver dos arbustos de plumerías repletos de flores blancas que parecen revolotear como mariposas sobre las ramas verdes y  si uno es capaz de ver el suelo descubrirá que los troncos crecen como uno solo con las raíces hermanas  fusionadas en un abrazo.

José S. Ponce

México, 1995. Estudió Biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Actividad que compagina con la lectura y escritura de literatura de imaginación. Fanático de la animación. Ha publicado relatos en las revistas Exogénesis, Teoría Omicron, Espejo humeante, Retazos de ficción, en los podcasts Cuentos del bosque oscuro y Noche de Terror.

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