Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Prisionero del liquen azul

white space ship and brown planet

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Por una orden judicial, el Prisionero 24601 es expulsado de la Tierra sin recordar ningún detalle de su pasado. Atrapado en la soledad de un planetoide, la ignorancia de su nombre e incluso de su crimen lo lleva a una determinación final.

César Mateu

I

En su última intervención antes que se dicte la condena, el fiscal vociferó con furia: «En el mejor caso terminará aterrizando de aquí a cien años en algún planetoide olvidado».

En su cápsula criogénica el reo aguardaba, listo para cumplir su condena en algún lugar lejano. Lejos, en el más absoluto sentido espacial y temporal del término. Luego del dictamen correspondiente se remataron la totalidad de sus pertenencias para cubrir los gastos del proceso. En pocas horas, no quedó el menor rastro de su paso por la Tierra.

Entre sueños recordaba los momentos previos a la suspensión: las largas peroratas del juez sobre la tipificación de conductas y proporcionalidad de las sanciones, el odio con el cual lo miraba el fiscal, y la inmensa fila de acusados que aguardaban, ignorantes de su próximo exilio.  No obstante, sus esfuerzos hurgando entre las memorias más antiguas era inútil: no podía recordar su nombre ni el motivo de su condena.

Pronto su capsula salió del sistema solar superando el punto de no retorno, perdió el interés de cualquier autoridad y se le asignó el nombre de Prisionero 24601.

 

II

Su capsula había aterrizado hacía ya tiendo sobre una colina. Había quedado inservible, salvo por el transmisor. El Prisionero 24601 se encontraba descansando apoyado sobre uno de sus costados, desde el interior de su traje biomecánico miraba fijamente el cielo rojo coronado por tres lunas blancas.

En ese erial, no lo rodeaba más vida que una película de liquen azul que cubría la superficie del planetoide, la cual fungía a su vez como sucedáneo de alimento.

—Buenos días —se dirigió al transmisor de la cápsula en el cual se encendió una pequeña pantalla.

—Buenos días, Prisionero 24601 —contestó una voz robótica.

—¿Cuánto tiempo se cumple hoy?

—Hoy se cumplen diez años y dos días desde el descubrimiento y llegada al planetoide Myriel.

Como era costumbre recibió el mensaje de mala gana.

—¿Y cómo va mi solicitud? —agregó mientras la tez se le ponía colorada.

—El mensaje fue enviado hace un mes. Ningún oficial penitenciario ha confirmado su recepción. Recuerde que solo se le permite enviar un mensaje por año.

Se puso de pie y levantó sus brazos como cada una de las otras ocasiones.

—¡Ni siquiera pueden escucharme! —explotó.

Y empleó su brutal fuerza para que sus puños cubiertos por el traje biomecánico cayeran como mazos, pero solamente logró agregarle otro rayón a la pantalla.

—¡¿Cómo no pueden decirme siquiera mi nombre, y qué mierda hice?! ¡hasta este pedazo de roca tiene nombre!

La pantalla se apagó en un súbito parpadeo.

—Adiós, Prisionero 24601.

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III

Con los años fue recuperando retazos de memoria. Entonces la contemplación desplazó a la ira. Pasaba sus días recluido entre las sombras de su mente, repasando las hipotéticas atrocidades que había cometido: ¿robó?, ¿traficó?, ¿asesinó a alguien?, ¿destrozó algún niño?, ¿o tal vez le hizo algo indecible a un bebé?, ¿o quizás se había atrevido a desafiar al Estado?

Rejuntaba torpemente los retazos, pero sus minuciosos exámenes e incipientes conocimientos legales no encontraron tal cosa como un crimen.

Daba igual los retuertos que armara su mente, cuando el cansancio lo vencía, arribaba invariable a la misma conclusión: el exilio sería más llevadero siendo un monstruo. Así podría entender el abandono y abrazarlo con culpa.

Los años empezaron a pesar, y en la vejez advirtió que sus recuerdos iban desvaneciéndose. Llegó, tal vez, a la única respuesta lógica en su condición.

Estando prisionero del cielo y las estrellas, comenzó a escribir.

Escribió sobre el liquen azul que cubría el planetoide. Rasgó cada colina del extenso yermo, llegó hasta lugares que no había explorado, escribió sobre todo cuanto pudo. Recuerdos y alucinaciones. Cuentos y algunas novelas. Ficciones y no ficciones. Historias sobre un terrible caníbal extirpado de la humanidad y otras sobre un lastimero ladrón de mendrugos exiliado en el confín de la galaxia. Escribió e incluso se reescribió a sí mismo, cuando traicioneras lluvias se llevaron parte de su obra.

 

IV

—Buenos días, Prisionero 24601 —inició el transmisor—, tiene nuevos mensajes.

La voz que salía de los obsoletos parlantes resonó entre las sosegadas colinas, rasgando el aire como el rugido de una bestia.

—Primer aviso —prosiguió el aparato—. Sobre la solicitud de información respecto a su identidad y delito, la respuesta es: denegada. Puede plantear el recurso de apelación, conforme el manual de procedimientos legales que se adjunta, y se resolverá en un plazo que no exceda al de la primera instancia.

No hubo respuesta al mensaje, ni alguien que lo escuche.

—Segundo aviso. En las próximas cuarenta y ocho horas se apersonarán oficiales para darle nuevas instrucciones. No más mensajes. Adiós, Prisionero 24601.

El eco de la voz terminó por perderse en el viento mientras este refrescaba los símbolos que descansaban sobre el liquen azul de las colinas. Nada más se escuchó bajo el cielo hasta el estruendo causado por la llegada de la nave penitenciaria.

V

Luego de varias de semanas, los dos oficiales culminaron la revisión íntegra del planetoide Myriel, declarándola inapta para la colonización. Colocaron los restos del Prisionero 24601 al lado de su destartalada cápsula, y se sentaron en la colina a discutir el asunto pendiente desde su llegada.

—El escaneo del dron rescató cuanto pudo de la superficie, el liquen es frágil —inició uno de ellos.

— Son 9430 hojas, ayer terminé de revisarlas, tenías razón —respondió el otro con el rostro visiblemente afectado por el insomnio y las lágrimas —. Todo el mundo tiene que leerlo.

—Y a todo esto, ¿sabes al menos cómo se llamaba o el porqué estaba metido aquí?

—No lo sé, nadie se tomó la molestia de conservar esos datos tan antiguos. ¿Pero, eso en realidad importa?

IMAGEN DE PORTADA: Pexeles

César Mateu

(Lima, Perú, 1995)

Abogado por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Es amante de la literatura y cine de terror, ciencia ficción y fantasía, así como del Heavy Metal. Sus cuentos mezclan sus aficiones con elementos de la cultura peruana y latinoamericana. Ha obtenido una mención honorífica en el II Concurso Internacional de Cuento de Terror “Alas de Cuervo”, y sus trabajos pueden encontrarse en Beyond The Flesh – Antología del horror corporal (2023), Revista Entropía – Materia Oscura N° 4, Corporalidades del miedo y el cuerpo monstruoso (2023), 1° Laboratorio Literario ALCIFF – Utopía (2023), y Las fauces del olvido: terror Latinoamericano (2023).

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