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Marcos Yánez del Castillo
Encerrado en mi habitación aún recuerdo, la última vez que tus labios tocaron mi nombre, que tus abrazos agitaron con ternura mi amor, recuerdo esa lucha sangrienta que se entrelazaba turbiamente entre mis venas corroídas, tu tacto desgarraba mi memoria, las imágenes grotescas de tu ser se agolpaban una a una como estacas que laceraban mi corazón. Y el tiempo sigue caminando hacia las oscuras oquedades de la eternidad, pero mi respiración no se detiene ante la agitación de tu cuerpo que se desvanece en mi piel. Jamás me detendré a tocar la bruma del olvido, que como ácido deshoja mi epidermis, no la detendrá mi voluntad, que arremete con furia en mi amotinado corazón.
Aún recuerdo tus pasos, que se desvanecían en la niebla espesa. No me permitían ver el sonido de tu sombra, que impune se refugia entre los ecos de las almas en pena. Caminabas hacia el infierno misterioso, del cual hace referencia un ser deforme, rígido, y sanguinolento. También hacia allá caminan los últimos deseos de mi enfermo cuerpo.
Desde mi habitación oteo el acantilado que me separa de la humanidad, esa brisa ligera que se desviste sonrojada ante su amante. Su imponencia celestial arrebata el manto de los sueños. Y yo sentado en mi soledad miro hacia el pensamiento y exclamo hacia la negrura del espacio ¡Apiádate de mí! Todo se agota, todo se pulveriza en mi abismo mental. Telarañas en mi pared y el rojo gotea sobre el charco de la vida. La ironía me sonríe, mientras mi insignificante armadura está atrapada entre los barrotes de mi castigo. Los días pasan sin norte y sin dios, mis huesos se pudren, pero mi mente purulenta cada vez degenera en el odio de esa historia de moribundos, empero aún sonríe tu corazón en la entrada de los sueños, sueños de muertos. Ahí vive atrapado, en una caja de madera y sobresale la aorta por un orificio estrecho y por los laterales de su templo se desborda su sangre triste.
Tus alas las desgarré con mis uñas, ya no pude volar con ellas, tu cuerpo explotó en mis labios, tu sangre fue mi elixir que brotaba salvajemente de mis póstumas entrañas.
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Ese es el castigo por amarte tanto, agonizar en mi habitación es mi condena. En una esquina está el diablo, en la otra esta mi figura amorfa engullendo mi propia piel. En las otras esquinas esta tu nombre que se derrite en sangre y en el centro está el líquido acuoso y reptil que subyace de tu divinidad que gotea los martes a las 3:45 para mojar mi almohada y dios me mira desde lo más profundo del piso de mi habitación junto a un pedazo de guijarro putrefacto y maloliente, ahora abre su boca magna y embaraza mi cuerpo.
Esa es mi habitación y esa es mi historia donde te perdí, mientras intentaba jamás soltarte, han pasado ya muchos años, tantos que ya he perdido la cuenta, sin embargo, no logro sobre llevar la pena y la desesperanza que me provocó tu partida. No logro entender. Mi mayor obsesión fue tenerte a mi lado, tanto así que pensaba hora tras hora cómo hacer para que no me dejaras para que ni una célula de tu cuerpo se desprendiera de mí. Así fui elaborando un plan que parecía infalible: cada palabra, cada frase fue revisada minuciosamente, me perdía en elucubraciones, y me encantaba la idea de absorberte, de poseerte. Cada átomo tuyo se disolvería en mi aliento y te perderías en el abismo de mi universo.
Así recuerdo como el sabor de tu cuerpo me extasiaba, el olor de tu sangre se deslizaba por mi garganta, el crujir de tus órganos me deleitaba sabiendo que cada parte que destrozaba te arrancaba el alma. No pensé que después de tal banquete los latidos de tu cuerpo no sonarían más, tú vida hizo silencio, sonó un suspiro y supe que no volverías jamás.
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Marcos Yánez del Castillo

Nací en la ciudad de Quito el 21 de abril de 1983.
Soy Psicólogo de profesión. Me especialicé e la neuropsicología. Trabajé en algunos proyectos científicos. En uno de ellos experimenté con mi cerebro y la exacerbación continua de mi sistema nervioso me llevó finalmente a la locura. La misma se expresa a través de mis escritos, espero que lo disfruten.
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