septiembre 16, 2021

Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: El cielo plano

En Cronistas ómicron, Yoel Ferreiro nos comparte su relato “El cielo plano”

Yoel Ferreiro

Ya estaba anocheciendo. Estaba acostumbrado a vivir en las afueras de la ciudad, no me preocupaba pasearme por mi patio trasero completamente borracho, pero esa noche de verano juro que tan sólo había tomado una cerveza antes de lo ocurrido.

Iba a dormir en el techo de mi casa, ya que las noches anteriores, el abrumador calor veraniego no me dejaba descansar en paz dentro de mi cuarto. La temperatura era agobiante, el largo día y sus rayos de sol calentaban sin descanso las paredes de ladrillo convirtiendo mi pequeño hogar en un horno. Los sueños dentro de mi casa en los días calurosos se tornaban en febriles pesadillas que prefería evitar. Por esta cuestión, era habitual que tomara mis largas siestas en la terraza, expuesto a la leve brisa de la noche.

Me encontraba ya instalado, sólo con mi colchón y unas sábanas por si llegaba a refrescar más tarde. Terminé de tomar mi cerveza y me tumbé destapado y desnudo en el colchón de plumas, me dispuse a  mirar hacia el cielo de la inmensa noche estrellada.

Pasaron unos instantes, esos momentos que parecen tanto horas como segundos, sobre todo cuando uno tiene cierto cansancio acumulado pero su cabeza sigue repasando hechos que a uno lo desvelan. Observaba perdido el ignoto cielo oscuro, absorto en alguna idea que no recuerdo, cuando se apareció ante mí, desconcertante, una forma asombrosa e irrepresentable con palabras. Era monstruosamente plana y alargada, con un aire sintético y artificial en la superficie borrosa; se me antojaba lineal y chata en el horizonte. Podría haber sido un gran retazo de tela surcando los infinitos cielos campesinos, ondulándose levemente por el escaso aire que soplaba debajo. Los caballos y ovejas resoplaron incómodos y alarmados. Los gallos cantaron con angustia en un horario extravagante. 

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No supe con exactitud cuán grande era aquella figura, por más instantes que dedicara a repasar su superficie. En mi mente le atribuí dimensiones colosales y supuse de cierto modo que era una especie de rectángulo enorme y que en algún punto debería tener un final. Lenta pero incansable, aquella forma plana comenzaba a cubrir cada vez más terreno en el cielo nocturno. 

Si bien era muy difícil verla y en más de una ocasión logró engañarme con su camaleónico disfraz, pude ver con gran esfuerzo como esa planicie indistinguible engullía la luz, las estrellas, las nubes incluso, les robaba su forma y las adoptaba como propias. Cualquier estrella que buscara en el cielo se convertía en un brillo opaco y borroso, solapado por la forma plana.  

Oía los animales en sus corrales chillar con alaridos de pavor, incluso en la granja de mis vecinos, los Daneses, se oían prolíferos gruñidos de las cabras y vacas lecheras. Algo ocurría con aquella forma, me levanté exaltado para caminar hasta el borde del techo y ver más de cerca como aquella planicie que cada vez se acercaba más a donde yo estaba, se volvía más ancha y larga a cada segundo. Por momentos creía que aquel rectángulo plano era parte de mi imaginación, a veces parecía ser transparente, y mostrar lo que se veía detrás, pero cuando estuvo por completo encima de mí, aquella cosa parecía presentar ciertas fallas en su camuflaje que tan bien se mimetizaba con la noche. 

Lo que pude observar a continuación entre las pequeñas rasgaduras  de su hipnótica superficie, era al parecer su interior. Su imposible núcleo, repleto de luces rojas y amarillas que conformaban, para mi más absoluto horror, un reflejo idéntico de la superficie de la tierra. Aquella forma no solo absorbía las estrellas y nubes del cielo nocturno, al parecer, era más siniestra.

En un abrir y cerrar de ojos, pude verme a mí mismo incluso, con la cabeza inclinada incrédulamente hacia arriba. Mi clon dentro de aquella forma plana parecía ser captado por aquellas luces, que copiaban mi silueta, para reproducirme exactamente tal cuál era, cubierto de un aura anaranjada, pero tan real a la vista, que incluso creí estar cayendo yo del cielo, y que aquella silueta con mi rosto, no era otra que mi cuerpo realmente, viéndome desde el techo de mi casa con una mirada ingenua y curiosa. Mi clon estaba observándome, intentando con frágil torpeza imitar cada expresión y movimiento que yo hacía. Me copiaba a consciencia, como sabiendo que llegado el momento, él debería reemplazarme y actuar tan real como fuera posible.

Aquella forma plana en el cielo, lentamente, se escurrió por el horizonte de la noche ante mi aterrorizada mirada. Repentinamente incluso el calor se deshizo y me encerré en mi cuarto absorto en la paranoia. ¿Qué se llevó de mí aquel cielo plano?  Sea lo que fuera, jamás pude recuperarlo y cada noche de verano en mi granja nunca más hizo suficiente calor como para obligarme a dormir en la terraza.

El Cielo Plano. Chole. 

FOTO: Imagen de Reimund Bertrams en Pixabay 

Yoel Ferreiro

Nacido en Argentina el 11 de enero de 1995 en el partido de Tres de Febrero. Soy Licenciado en Logística Integral y actualmente me encuentro terminando la tesis para concluir con la Maestría en Administración. 

Escribo relatos y cuentos hace casi cuatro años. Generalmente me interesan las historias fantásticas y de ciencia ficción, con toques de terror.

Obras principales: El ojo de Ares. El Cielo Plano. Iluminado.