Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Sólo quería ver la noche

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El relato sigue a Ingrid, una trabajadora subhumana en una fábrica. Tras un apagón, se aventura a explorar la fábrica y descubre su parecido físico con las humanas…

Juan Pablo Goñi Capurro

¿Cedería la puerta? Echó un vistazo hacia atrás. Los robots de vigilancia se habían convertido en estatuas como las que veía en su tránsito hasta la fábrica. Sus compañeros no tuvieron el mismo reflejo; continuaban de pie junto a la línea de producción. Figuras fantasmagóricas bajo la difusa luz de emergencia, aguardaban el retorno de la energía. El miedo los mantenía inmóviles, temían que la falla se prolongara a sus túnicas protectoras, a sus trajes sellados, y dejaran de funcionar los cascos que los mantenían vivos en el ambiente irrespirable para sus cuerpos deficientes.   

Ingrid aceptó el riesgo, si eran sus últimas horas no desperdiciaría la oportunidad de conocer el mundo vedado a los suyos. Tras la inicial incertidumbre, comprobó que los custodios cibernéticos estaban fuera de servicio como las cintas y los reflectores del techo. Luego se dirigió a la puerta por donde aparecían los ingenieros, esa que tenía delante. Decidida, apoyó las manos en la barra electrificada, empujó y la puerta se abrió.  

Ignoraba la distribución de la planta, ellos ingresaban por hangares subterráneos y se dirigían en fila hasta las secciones de ensamblado, a cumplir doce horas. Idéntico camino recorría al finalizar, hasta el tren que la devolvía a su habitación. Allí recibía el alimento a devorar en diez minutos, tiempo máximo de exposición sin la protección de los cascos sellados.  

Excitada, se introdujo en un pasillo oscuro. Le hormigueaba el cuerpo. El entusiasmo por explorar territorio desconocido fue más fuerte que el temor a esa boca negra. Avanzó, la mano derecha —envuelta en los mitones obligatorios— sobre la pared. Topó con otra puerta; vidrio. Tenía picaporte, lo usó. Pasó a un vestíbulo. A tres metros de altura, aguas de luz esparcían una claridad tenue; alcanzó para mostrarle un amplio estar, libre de obstáculos. Aquí también la actividad parecía detenida.  

Optó por recorrer el espacio de forma lateral, contra una pared. Dio con un objeto grande. La tensión inmovilizó sus músculos. Ninguna reacción del objeto. Aliviada, lo tanteó. Un robot custodio. Otro nudo en la garganta; ¿qué castigo recibiría de ser descubierta?  Tras quince años sometida a reglas precisas de las que dependía su supervivencia, desconocía las consecuencias de una falta tan grave. Aun así, no se planteó regresar al puesto, ¿quién garantizaba que esa parálisis de la actividad no fuera definitiva?, ¿quién aseguraba que sobreviviría de aguardar junto a la cinta detenida?  

Razonó, tenía que haber paredes que sostuvieran las aguas de luz. Se arriesgó a cruzar. Había una superficie vidriada; las paredes comenzarían más alto. Notó grabados en la superficie. Asoció la impresión táctil con las vidrieras vistas desde el tren eléctrico. Era el frente. Buscó barras, picaportes, manivelas; ningún mecanismo de abertura. Comprendió la causa. Poseían un sistema de elevación como el de las mamparas azuladas de sus dormitorios —cuando sonaba la alarma, debía pasar desnuda bajo los vidrios alzados y bañarse en cinco minutos, momento en que volvía a sonar el timbre estridente anunciando el descenso de las mamparas.   

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El sistema de alzado estaría fuera de funciones, igual que el resto. La invadió una aprensión intensa al saberse tan cerca del exterior prohibido. Se sintió estafada en su ilusión. Apoyó el visor del casco sobre el vidrio. El contacto provocó un ruido que la sobresaltó. Aguardó. El ambiente se mantuvo en silencio. Trató de ver más allá. Frente a la fábrica había un parque, diseñado para oxigenar la metrópoli. Los ciudadanos humanos cuidaban su ambiente, bienaventurados ellos con sus cuerpos aptos para vivir al aire libre.  

Faltaba hora y media para la aurora cuando se cortó la energía; ella no pretendía ver el parque, solo anhelaba ver la ciudad de noche. Probó diferentes posiciones en procura de satisfacer su deseo. Los traslados a la fábrica se efectuaban a las seis, mañana y tarde; como mucho conseguía ver un ocaso o una aurora. Los trenes eran vidriados, se aprovechaba el trayecto para que los infrahumanos recibieran la dosis de sol necesaria para su bienestar, filtrada por cascos y trajes. ¿Cómo no iba a desear una vista nocturna, tan alabadas en los noticiarios? Sus intentos fracasaron. Solo halló negrura. El resto de la ciudad también había sido afectado por la interrupción del suministro energético.   

La situación era muy grave. Lo encontró lógico; no había encontrado jerarcas en los pasillos; estarían abocados al problema mayor. Con la seguridad de poseer más tiempo para explorar mientras su traje la mantuviera viva, se apartó del frente del hall. Quería salir. Resuelta, retrocedió al pasillo anterior. Se apoyó en la pared opuesta. A poco de andar, una puerta se abrió con facilidad ante el empuje de su mano. Aquí no había luces de emergencias ni aguas lumínicas, la oscuridad era completa.  ​

Decidió adentrarse. Encontró tableros, mesas, nuevas puertas y pasillos, la túnica se le enganchó con salientes. Redujo la marcha; sin la túnica, el traje sellado quedaría expuesto. Estaba informada de la fragilidad de la tela casi adhesiva que evitaba el paso de gérmenes que la exterminarían en segundos, conocimiento grabado en sus primeros años de vida.  

Perdió noción del tiempo transcurrido. Hasta olvidó los temores, confundida por sus desplazamientos en distintos niveles de la planta; dedujo que había atravesado depósitos de materiales, zonas de control, áreas de descanso para el personal humano y departamentos de limpieza. En un giro, dio con una escalera metálica, recta. A su alrededor, el piso no continuaba; un pozo. El límite del suelo coincidía con la escalera que conducía al nivel inferior. Creyó oír algo. Escuchó con atención. Leve sonido, abajo, en el pozo. Lo identificó. Agua. 

Había dado con el sistema de enfriamiento de las máquinas centrales. Las pequeñas olas golpeaban las paredes. Buscó en sus recuerdos las informaciones recibidas durante el adiestramiento. Las aguas provenían de un río cercano, guiadas por canales hasta la pileta que rodeaba los motores. El mecanismo generaba movimientos ondulatorios que bañaban las baterías. ¿Seguía funcionando o se mantenían en movimiento por la inercia?  

Dejo la cuestión de lado. Las aguas ingresaban, ergo, existía un paso para salir. Suficiente para reunir valor e iniciar el descenso por la endeble escalerilla; se sacudió cada vez que deslizó un pie al apoyo siguiente. Contó veintiséis escalones hasta dar con cemento. Examinó la superficie húmeda; cuarenta centímetros de ancho. Tanteó más abajo con la mano derecha, agua. Estimó veinte centímetros, entre el nivel del líquido y el borde del saliente. ​

Anduvo con cuidado, se apoyó en el alambrado tras el cual estaban los rotores, las baterías y el resto de los elementos que hacían funcionar la planta. Llegó a un límite donde se vio obligada a girar. Siguió el derrotero de la saliente, alcanzó otros extremos. Cuando dio otra vez con la escalera supo que la entrada de las aguas estaba del otro lado de la pileta.  

Titubeó. El riesgo era invaluable. Mitones y botas eran resistentes al agua. ¿Las túnicas?; no lo recordó. Supuso que podían resquebrajarse. Pero los trajes se descomponían de inmediato, lo tenía presente; por esa razón debían quitárselos para bañarse. La información agregaba que, en el proceso de descomposición, las telas se introducían en las células del cuerpo, desatando un cáncer agresivo, terminal en cuestión de minutos. También sabía que su cuerpo infrahumano soportaba el contacto con el agua, como mínimo, por cinco minutos. ¿Soportaría la exposición al aire o los gérmenes la exterminarían cuando saliera de ella? Jamás había permanecido desnuda por un lapso superior al de una ducha; ni se había contemplado, no existían en los dormitorios materiales que reflejaran imágenes.   

Se quitó la túnica y la arrojó al agua. Dejó el casco en la saliente. Se deshizo de botas y mitones. Respiró; no notó diferente ese aire al que le llegaba filtrado por los poros del casco. Quedaba el traje, ¿cómo lo quitaría? Un cierre adhesivo iba de la entrepierna al cuello; en la cintura, un dispositivo lo bloqueaba herméticamente. Desde la central lo desbloqueaban para la ducha y lo cerraban después. Resultaba un obstáculo insuperable. Respiró agitada, bailoteó, golpeó la pared. En un descuido, su mano derecha fue al dispositivo y accionó el botón. El dispositivo se abrió. «¡El corte de energía!», gritó, feliz. De inmediato se cubrió la boca, asustada de su propia voz repitiéndose en eco en las profundidades de la pileta.  

Permaneció inmóvil tras desnudarse. Cerró los ojos. Pasó segundos así, creía que sería devorada por microbios y bacterias. Nada sucedió; se sintió igual, como si continuara protegida por el traje, el casco y la túnica. Tocó el agua con un pie. Estaba más fría que la de sus baños. Aunque ignoraba la profundidad y el ancho de la pileta, saltó sobre las aguas.   

Se hundió hasta los pechos. Los pezones se erizaron ante el contacto con el líquido frío. Fue hasta el borde interior de la pileta; no subió, la salida tenía que ser por el agua. Tomó ese borde como referencia para ir a ritmo más veloz. Recorrió un trecho, efectuó dos giros, y de repente la saliente desapareció. La conmovió el hallazgo, sólo podía tratarse del paso por el que ingresaba el agua. Lo encaró.   

A poco de andar, se sintió sofocada. Alzó las manos; tocó un techo a diez centímetros de la cabeza. Si ingresaba más agua, moriría ahogada. El pensamiento agregó determinación a sus pasos. Advirtió un reflejo, adelante. Distinguió el agua del espacio vacío sobre ella. El aire libre, el amanecer.  

La alegría duró poco. Al llegar a la altura de los reflejos, observó que poco más allá el techo y el agua se rozaban. A pesar del pánico que le engarrotó las pantorrillas, tomó aire y fue hacia adelante. El agua le cubrió la cabeza mas no ofreció resistencia a su avance. El tramo que recorrió sumergida fue breve, pronto sintió el agua al cuello. Abrió los ojos. Sobre ella, el cielo, celeste claro. Una sensación rara la invadió, subió hasta la garganta y colocó lágrimas en los ojos. Consiguió dominarla y estudió la situación. Tenía delante una exclusa, cerrada. Buscó escaleras. No las vio. El metal de la esclusa tenía salientes. Consiguió trepar, aunque le tiraron los músculos al punto de desgarrarla. Logró encaramarse al tope.   

Del otro lado, el río corría raudo, ruidoso. A sus pies, el canal recorrido. Se dirigió a su derecha, en equilibrio sobre el borde. Bajó de la esclusa, se dejó caer sobre el pasto. ¡Era más mullido que su cama!  Se revolcó en el verde. El canal estaba en una pequeña quebrada entre colinas. Vio el macizo fondo de la fábrica, inmenso y tenebroso. Carecía de referencias, el mundo avistado desde el tren discurría a partir del frente de la planta. Sorprendida, reparó en el tiempo que llevaba sin protección. ¡Viva! Y sana. Contempló sus piernas pálidas, sus pechos, sus brazos. Eran formas bellísimas, nada que envidiar a los humanos, los ciudadanos privilegiados.   

Pensar en ellos la alertó; la distinguirían con facilidad, quizá por el color, o por su cara, o por su espalda, que no podía ver. Precisaba esconderse, aunque no advirtiera ninguno de ellos en las cercanías. Encaró la colina, agazapada. El pasto dejó lugar a otras hierbas, se pinchó. Había piedras y malezas. Un olor nauseabundo explicó la ausencia de humanos. Notó que la colina dejaba de crecer, se arrojó al suelo. Cubrió reptando los últimos metros.   

Antebrazos y muslos estaban sucios al alcanzar la cima. Tendida, observó el panorama: un amplio vertedero de envases sucios, frutos podridos y líquidos oscuros. Hacia la derecha descubrió una edificación baja, de cemento liso, con una ventana sin marcos ni vidrios. Un buen escondite para pensar. Ver la noche seguía siendo su objetivo.

Descendió rápido, se plegó a una de las paredes rugosas. Evitó exponerse ante la ventana vacía. Escuchó con atención. La construcción parecía deshabitada. Siguió las paredes hasta encontrar una entrada. Por precaución, entró en cuatro patas. El piso era de mosaico, cubierto de polvo. Ninguna huella.Dentro de la edificación había otra más pequeña, como si un pasillo rodeara una sala. Quizá fuera el sistema de defensa de una construcción inacabada.   

Mantuvo la postura, caminó hacia la luz que filtraba la ventana. Alcanzó un vértice de la edificación interior y se asomó. Lanzó un grito. ¡Una humana, desnuda como ella!   

La adrenalina inyectó sus músculos; quedó atrapada en su pose, incapaz de quitar los ojos de la bella mujer que había descubierto. Apenas pudo desviar las pupilas, notó un rectángulo de vidrio en el que parecía habitar la hermosa blonda. Captó que el vidrio estaba apoyado en la pared, no era un pasaje o un hueco. Inexplicable, la mujer terminaba en los hombros. Por un raro impulso observó sus manos en el suelo. Alzó rápido la vista; la bella mantenía la misma pose.  Contuvo la euforia. Decidió efectuar otra prueba.  

Se sentó ante el vidrio. La rubia se sentó también. Se tocó un pecho. La rubia lo hizo. ¡Increíble! ¡Esa preciosa humana era ella misma! ¿Por qué la tenían recluida con los imperfectos, los malformados genéticamente, los incapaces de sobrevivir sin auxilio? Abandonó el espejo —concepto desconocido para ella—, se asomó a la ventana. Veía el vertedero y la colina. Era más satisfactorio verse a sí misma. Esa perfecta mujer era ella, Ingrid.   

Se animó; rodeó la edificación interior hasta dar con otra abertura. Ingresó en un salón casi vacío. En un esquinero, había varios armarios abiertos. Un cartel metálico, herrumbrado, estaba caído contra un lateral; leyó: «ropero de indigentes». Examinó los armarios; contenían ropa, vestimentas como las que usaban los ciudadanos. Revisó hasta dar con un vestido. Se lo colocó. Le ceñía el busto, iba casi hasta sus rodillas. Encontró zapatos. Ignorante de la existencia de la ropa interior, no buscó prendas íntimas. Corrió a verse en el vidrio. Estaba bellísima, aun cuando su cabello se veía enrulado y desprolijo.  

¿Cómo habían cometido tamaño error?, ¿cómo la habían mezclado con los infrahumanos, condenándola a la producción de bienes al servicio de la clase ciudadana? Un rayo de sol superó el marco de la ventana y rebotó en el vidrio, iluminándola en todos los sentidos. Nada de errores. Ella era igual a las mujeres ciudadanas, pero también sus compañeros eran iguales a los humanos, solo que jamás habían podido averiguarlo. Nada de especies superiores ni de riesgos de muerte al contacto con el ambiente. La indignación la cegó por instantes, hasta que comprendió que tenía que regresar a la planta, desnudar a sus congéneres y demostrarles que vivían un engaño. Una sonrisa extendida recogió el espejo como despedida, la revolución había comenzado. Y ella solo había pretendido ver la noche.

IMAGEN DE LA PORTADA: Pexels

Juan Pablo Goñi Capurro

Escritor, dramaturgo y actor nacido en Argentina en 1966. Publicó: “Islas efímeras”, Ed. Rubeo, España, 2023; “El tango que te prometí”, Ediciones Jaibaná, Argentina, 2023; “Soltando la mano”, La Verónica Cartonera, España 2020; “El cadáver disfrazado”, Just Fiction, 2019;  “Bollos de papel”, Ed. Mis escritos, Argentina, 2016; “La puerta de Sierras Bayas”, USA  2014. “Mercancía sin retorno”, La Verónica Cartonera, 2015. “Alejandra” y “Amores, utopías y turbulencias”, Dunken, Argentina 2002. 

Más de seiscientos textos publicados en Hispanoamérica, a través de antologías de editoriales (Ed. Visor, El gato descalzo, Ed. Solaris, Las nueve musas, Ed. Pandemónium, Ed. Anuket, Kanon editorial, Ápeiron ed., y otras) y en revistas como Sinestesia, Letras y Demonios, Aeternum, Alas de cuervo, Rigor Mortis, Penumbria, Espejo humeante, Tártarus.

Entre otros reconocimientos: I Premio Novela Corta de Aventuras La Legión de la frontera (España) 2023, Premio Novela Corta “La verónica Cartonera” (España), 2019 y 2015. Ganador VII certamen de microrrelatos de Montserrat (2022) -2do Premio Tierra de Monegros 2022- Ganador Certamen de microcuentos del Ficta (Festival internacional de cine de Terror) de Atacama 2022. Premio teatro mínimo “Rafael Guerrero”.

Colaborador en Solo novela negra (relatos).

Redes sociales: https://biolink.info/jpgonicapurro

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