septiembre 16, 2021

Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Setenta y seis horas

En Cronistas Ómicron, RS Martínez comparte su relato “sesenta y seis horas”.

R.S. Martínez

Ester Onda-Partícula era consumida por la ansiedad. Encendió su tercer cigarro con la brasa del anterior. Llevaba toda la mañana sin conectividad vía ansible y en consecuencia se sentía aislada del universo. En realidad, lo estaba.

Desde la ventana junto a la que fumaba podía a ver a Josué, su hijo, corriendo por el bosque con el que colindaba su propiedad en aquel nuevo asentamiento humano, San Jacobo Veintiséis.

Junto a Josué, un pequeño perro llamado Diomedes correteaba alegremente. Para el niño y su perro estar aislados del resto de las colonias humanas esparcidas por la galaxia significaba un respiro que aprovecharían al máximo para perderse entre la rara vegetación de su nuevo planeta.

Madre e hijo habían llegado a San Jacobo Veintiséis hacía cuatro meses y al principio Josué había odiado aquel lugar con todas sus fuerzas. Acostumbrado a la infinita urbanización de Ciudad Equis, en la Tierra, para el pequeño Josué Onda-Partícula el nuevo asentamiento humano rodeado completamente por valles, bosques y ríos le parecía aterrador. Si a lo anterior se le añadía la tristeza provocada por haber abandonado a todos sus compañeros del Centro de Formación para preadultos, quienes habían sido súbitamente reemplazados por un salón lleno de desconocidos, la nueva vida de Josué Onda-Partícula no parecía en absoluto satisfactoria para un niño de su edad.

Sin embargo, aquella falla de conectividad y el consecuente aislamiento de Josué y su perro pareció obrar un milagro en su pequeña mente; por primera vez en cuatro meses dejó de pensar en todo lo que había abandonado y comenzó a descubrir y disfrutar las maravillas naturales de su nuevo hogar. El desperfecto tecnológico que tenía sumida a su madre en un amargo círculo vicioso de tabaquismo e insultos hacia la compañía responsable por la conectividad vía ansible, había representado para el pequeño Josué un respiro.

San Jacobo Veintiséis era una de las más recientes colonias humanas. Ubicada en el Brazo- Escudo Centauro, región galáctica donde se habían descubierto varios sistemas con vida extraterrestre que debía ser clasificada y estudiada apropiadamente, aquel mundo que orbitaba una enana amarilla muy parecida a la estrella que reina en nuestro propio sistema solar servía como el destacamento científico ideal para la titánica tarea que debía ser cumplida.

Al estar lo suficientemente cerca de los sistemas con las formas de vida más peligrosas para los seres humanos -bacterias, vegetación venenosa e incluso algunos reptiles, aves y mamíferos pequeños y mortales- pero con una flora y fauna tan parecidas a la de nuestro mundo de origen que la terraformación del planeta colonia Ro/Sigma/Mu, mejor conocido por sus habitantes como San Jacobo Veintiséis había resultado prácticamente innecesaria, generando un ahorro significativo para el programa de investigación propuesto por la facultad de Xenobiología de la Universidad Autónoma de Ciudad Equis.

Con aquel inmenso ahorro como principal argumento, la propuesta finalmente había sido aprobada por el director de la facultad y el consejo administrativo y así, seis meses antes de la llegada de Ester y Josué Onda-Partícula, una nave cargada con todo el equipo y personal necesarios para levantar aquella colonia había despegado con destino al nuevo destacamento científico de la humanidad.

Pronto Ester Onda-Partícula, parte del claustro académico de la facultad, había sido seleccionada como xenobióloga en jefe, debiendo partir lo antes posible hacia el nuevo asentamiento. La noticia, que para ella representaba el mayor logro en su carrera profesional, le había caído como un balde de agua fría a Josué, su hijo, quien a sus ocho años jamás había abandonado la Tierra ni tenía intenciones de hacerlo.

Ella, en cambio, no cabía en sí misma de la emoción. Concluyó sus asuntos pendientes sobre la Tierra de manera tan eficiente y rápida que, de haber sido víctima de una muerte prematura, le habría resultado imposible convertirse en fantasma. Canceló todos los servicios a los que estaba suscrita, puso en renta el departamento en el que vivía con Josué y Diomedes, empacó todas sus pertenencias y finalmente organizó su propia reunión de despedida a la que asistieron amablemente otros miembros de la facultad, sus amigos más cercanos e incluso un par de integrantes del clan Onda-Partícula. Una vez habiendo aterrizado en el nuevo planeta dedicó las primeras seis semanas a acondicionar su habitáculo; una hermosa propiedad a orillas del bosque con todos los muebles, cuadros, adornos y recuerdos que había traído consigo desde la Tierra.

También había matriculado a Josué en el único Centro de Formación para preadultos del planeta y al que asistían todos los hijos del personal de investigación que su madre lideraba. Incluso se había reunido de manera informal con su equipo de colaboradores directos a fin de presentarse y conocerlos mejor. Al lunes siguiente se presentó completamente en funciones en el laboratorio principal y puso manos a la obra.

Las primeras semanas fueron para Ester Onda-Partícula tan intensas como satisfactorias. La información recopilada por el equipo que había llegado previamente a San Jacobo Veintiséis cumpliendo varias misiones de exploración en los sistemas aledaños era muchísima y la facultad de Xenobiología, en la Tierra, esperaba resultados pronto para así justificar la continuidad del programa; si querían permanecer en su nuevo rincón del cosmos, el equipo de Ester Onda-Partícula debía analizar, clasificar y nombrar en honor de algún científico terrestre aquellas formas de vida alienígena recién descubiertas lo antes posible.

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Todas las mañanas y desde la comodidad de su sala, Ester Onda-Partícula tenía una reunión vía ansible con el director de la facultad, a quien le compartía con lujo de detalles los avances obtenidos por el equipo. Posteriormente, impartía la materia de Biología Molecular para los estudiantes de cuarto semestre. A pesar de haber sido asignada al puesto de xenobióloga en jefe, el director de la facultad le había impedido renunciar a su cargo como parte fundamental del claustro académico.
—Más con menos, querida doctora Onda-Partícula, más con menos —había sido la única explicación por parte del director de la facultad, el profesor Prudencio Flores, quien se la proporcionó no sin cierto pesar.

No es que hiciera falta algún detalle adicional, Ester comprendía perfectamente. Desde hacía un año y a raíz de la nueva administración elegida en Ciudad Equis, la universidad había sido víctima de monstruosos recortes presupuestales de que afectaban toda la vida académica, desde procesos administrativos hasta programas de investigación. Había sido un milagro que una de las misiones de exploración del Brazo-Escudo Centauro hubiese hallado un planeta que la universidad pudiese habitar a un costo tan bajo. De ese único factor y no del enorme potencial que tenía aquel rincón de la galaxia para revelar ante los ojos de la humanidad los secretos de la vida y del universo mismo es que había dependido la aprobación de su programa.

Era ese enfoque tan absoluto y vulgar en la reducción de costos lo que había logrado que Ester Onda-Partícula volviese a fumar. En lugar de estar completamente enfocada en la investigación per se, debía monitorear constantemente los gastos que cada acción representaba, así como priorizarlas en función del potencial retorno de inversión de los hallazgos hechos por su equipo. Además de todo lo anterior, no había podido librarse de impartir una clase a jóvenes que le prestaban entre muy poca y nula atención y que además de todo, se encontraban a miles de años-luz de distancia.

Por ello, desde su llegada a San Jacobo Veintiséis, Ester Onda-Partícula fumaba alrededor de doce cigarros al día, que por supuesto liaba con sus propias manos. Antes de partir, su amiga y mentora, Jimena Sánchez, la primera xenobotánica de la Universidad Autónoma de Ciudad Equis, le había regalado varios paquetes de tabaco cultivado en San Arturo Once, la mejor hierba para fumar que había conocido la raza humana.
—Lo vas a necesitar, Ester —le había dicho sacando los paquetes de su bolso y arrastrando las palabras a causa de las abundantes copas de Nebbiolo que había consumido a lo largo de la velada, una vez que todos los invitados se hubieron ido.

No había mentido en absoluto. Ahora, sentada a la ventana de su casa, viendo cómo su pequeño hijo disfrutaba del día libre, completamente aislada del universo, necesitaba ese tabaco más que nunca. Incapaz de comunicarse con el director, el resto del claustro académico ni con sus alumnos, sin la posibilidad de consultar cualquier pieza de información; desde las noticias galácticas hasta una simple receta de cocina y definitivamente con todos los programas, música y películas del catálogo universal fuera de su alcance, Ester Onda-Partícula se sintió como su antepasado, Tomás, cuando permaneció semanas en animación suspendida mientras su nave, el SS Gran Comisión surcaba el sistema solar -no el que ella ahora habitaba, sino el sistema solar original, al que pertenecía la Tierra- para adentrarse en el inexplorado universo por primera vez.

Finalmente, cuando ya sólo sostenía la colilla del cigarrillo entre sus dedos, una luz verde titiló en la pantalla central de la casa. Exhaló el humo, lanzó la colilla hacia el jardín con un hábil movimiento y caminó hacia la pantalla. Pulso el botón y el video se activó.

Una mujer joven con el desgastado aspecto de alguien que dedica su vida profesional al servicio a clientes la miró desde varios años luz de distancia.
—Buenas tardes señora Onda-Partícula — saludó con un fuerte acento de Crusoe Veintiocho, uno de los planetas colonia que, debido a sus bajos costos de mano de obra, se había convertido en el lugar preferido por la mayoría de las compañías que ofrecían algún tipo de Atención a Clientes para establecer sus centros de operaciones.
Ester maldijo entre dientes, como todos los seres sapientes de este universo sin importar la especie, detestaba tratar con cualquier agente de Atención a Clientes. Sabía que pasaría el siguiente rato (que podría ser desde unos minutos hasta algunas horas) recibiendo respuestas vagas sobre por qué su servicio de conectividad, por el que se pagaba puntualmente una tarifa que ella en lo personal consideraba un robo, había sido desactivado.
—¿Cómo puedo ayudarla el día de hoy? —la joven con el acento de Crusoe Veintiocho insistió sin alterar el tono de voz.
—Mi servicio de conectividad por ansible no funciona, llevamos toda la mañana así — intentó explicar Ester, aunque estaba segura que la señorita con la que conversaba ya lo sabía —sólo sirve la línea de emergencia y, obviamente, la línea de Atención a clientes. Todo lo demás, adiós.

La última palabra la pronunció exhalando una bocanada de humo y con un nuevo cigarrillo entre sus labios. Había decidido fumar lejos de la ventana y sabía que se arrepentiría más tarde, pero esta situación lo ameritaba. Llevaba toda la mañana así.
—Claro que sí, señora Onda-Partícula, permítame verificar su información.
Ester fijó la mirada en la parte superior de la pantalla proporcionándole a su interlocutora el efecto de que la miraba directamente a los ojos con una mueca de desaprobación y hastío. No contestó.
Observó a la joven mujer de Atención a clientes mientras introducía información rápida y eficientemente en su teclado. Tardó casi tres minutos antes de volver a dirigirle la palabra. Durante aquel tiempo, el cigarrillo que Ester Onda-Partícula sostenía entre sus dedos se consumió, habiendo recibido apenas tres caladas.

—Así es, señora Onda-Partícula, en efecto su línea presenta un adeudo de mil quinientos sesenta y tres pesos con treinta y cinco centavos, requerimos que este importe sea cubierto a la brevedad posible para poder reanudar el servicio, ¿algo más en que pueda ayudarle?
—Ese importe fue cubierto por la Universidad Autónoma de Ciudad Equis hace dos días, precisamente para evitar la desconexión. Ya debería estar registrado en su sistema, yo tengo el comprobante de pago y eso fue exactamente lo mismo que le expliqué a la persona con la que hablé anteriormente —fue la única respuesta.
—Claro que sí, señora Onda-Partícula, permítame confirmar la información.
Ester Onda-Partícula permaneció en silencio, abrió los ojos lo más que pudo y los mantuvo así durante unos segundos, era su estrategia preferida cuando trataba de evitar insultar a alguien.
Con los ojos aún como platos, encendió otro cigarrillo al que le dio una larga calada, contuvo el humo en sus pulmones y finalmente lo exhaló lo más cerca posible de la pantalla.
Por fin, la señorita de Atención a Clientes volvió a hablar.
—Gracias por su tiempo de espera, señora Onda-Partícula —comenzó —así es, en efecto su pago ya ha sido registrado en el sistema, su servicio será reestablecido en uno o dos días locales hábiles, ¿algo más en lo que le pueda ayudar?
—¿Uno o dos días locales hábiles? Señorita, ¡en este planeta los días duran setenta y seis horas.

FOTO: Imagen de PhotoVision en Pixabay 

R.S Martínez

Escritor mexicano de Ciencia Ficción y Fantasía. Publicó  su antología Ahora tenemos vino y otros cuentos (Acento Editores 2020) y está trabajando en su primera novela.