Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

Publicamos el relato “Ratas” de Manuel Serrano.

Manuel Serrano Funes

Le llamaban Montaña, aunque su nombre era Marcial. Su descomunal tamaño le había hecho merecedor del apodo por el que le conocían. Era curioso verle bajar, con sus casi dos metros y ciento treinta kilos, de aquella furgoneta desvencijada. De tez muy clara y pelo negro y crespo. También llevaba la barba muy crecida. Tenía una ocupación, digamos, peculiar: era exterminador, o controlador de plagas, como rezaba su tarjeta. Estaba especializado en roedores. Cuando había algún problema con ellas, le llamaban. Ahora estaba en un aviso.

Dejó la furgoneta en un aparcamiento próximo. Agarró la caja con ruedas y fue a atender la llamada. Hacía poco más de una hora que el conserje le había llamado: una rata le había mordido a una niña de la finca. A primera hora la habían llevado al hospital y ahora ya habían vuelto.

El conserje le franqueó la puerta y le acompañó hasta la casa del accidente. La recibió una diminuta mujer, a todas luces la interna. Y el buen hombre regresó a sus quehaceres.

Era una casa grande, de techos altos y decorada con gusto. Tras pasar por el vestíbulo llegó al comedor. Una gran televisión y dos enormes sofás cerraban un espacio cálido y amplio. En medio de uno de ellos estaba la niña, con el apósito en la mejilla y a su lado, la madre. La niña no tendría más de cinco años. Estaba acurrucada bajo una mantita y tenía el pulgar en la boca. La televisión lanzaba vivos colores de una película infantil.

Montaña saludó a la señora con una leve elevación de mandíbula y ella le respondió con la mano.

Dejaron atrás el comedor y se adentraron por un pasillo largo y ancho. Al final se veía la habitación de la niña con su nombre pintado en la puerta.

—Le dejo aquí —dijo la muchacha—, si necesita algo, me lo dice. Me llamo Rosa.

Montaña abrió la puerta, entró y cerró tras de sí. Era poco probable que siguiera allí, pero si no había escapado hasta ahora, no quería que se le escapara y saliera corriendo por la casa.

Era una habitación amplia con una gran cama. Por todos los lados se veían juguetes y peluches. Sobre la cama seguía la huella del ataque: unas gotas de sangre.

—Rosa, por favor, puede venir.

Cuando llegó la sometió a un interrogatorio:

—¿Estaba la niña sola? 

—Sí. 

—¿A qué hora pasó? 

—Sobre las ocho.

—Sabe si la niña vio a la rata.

—No. La señora dice que la niña le pegó al notar el mordisco y «aquello» salió corriendo

—Está bien, gracias Rosa. Cierre cuando salga.

Se quedó pensativo. Conocía las costumbres de las ratas. Casi seguro que una Rattus Norvegicus. Roedores de fuertes dientes y afiladas garras capaces de abrirse paso ante cualquier material. Se alimentan de restos por lo que normalmente acuden a lugares donde hay comida de desecho. El fino olfato de estos animales le lleva a localizar la comida allí donde está Y la mejilla y la boca de los niños suele oler dulce. Eso las atrae.

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Fue levantando con cuidado la ropa de la cama, el colchón y el somier. No había rastro. Después siguió con la estantería de los juguetes. Tampoco apareció. Sabía que el animal no estaría lejos. Removió con cuidado todo lo que había en la habitación sin encontrar al repelente bicho. 

Después se fijó en la ventana. Daba a un patio de luces. Observó que estaba cerrada. Tendría que preguntarle a Rosa cómo estaba cuando le mordió a la niña. La abrió de par en par y se asomó. Se veía al fondo un patio limpio y libre de trastos. Solo se veían los clásicos claves de teléfono o televisión que trepaban por las paredes. Una autopista para las ratas, se dijo. Lo más seguro era que hubiera entrado por allí. Cerró la ventana y abrió al armario. Colocó toda la ropa sobre la cama e inspeccionó cajones y rincones. No estaba.

Solo le quedaba el baño de la niña. Un baño bonito, de cuatro piezas y con una enorme bañera de patas torneadas. Sobre ella varias estanterías con más juguetes. El cabo de un rato, oyó un ruido sospechoso. Miró el estante del champú y vio la cola del roedor. Se abalanzó contra él. 

Fue tal el estruendo que salía del baño que Rosa apareció preocupada por si el hombre se había caído. Abrió la puerta y lo encontró con dos cubos de playa de la niña acorralando a una rata enorme y gorda que estaba de pie y que le enseñaba los dientes.

Con una hábil finta, Montaña colocó uno de los cubos sobre la rata. Los chillidos del animal se oyeron en toda la casa.

—Tráigame el maletín, por favor.

Rosa se lo acercó y se quedó pasmada en la puerta.

—Ahora puede marcharse. Si la necesito, la llamaré.

Al cabo de unos minutos la llamó. Montaña se había puesto un guante de malla sobre un grueso guante de piel y tenía un saco de arpillera en el suelo. Había apresado a la rata y la sostenía del rabo. El animal se revolvía con rabia.

—Mire. Esta ha sido. Además de ser muy grande, está preñada.

—¡Qué asco!

—Ahora vamos a dormirla.

Montaña dejó caer la rata en el saco, lo levantó al aire y lo cerró con un nudo tosco. Luego se lo pasó a Rosa que estaba aterrorizada.

—Que no se le caiga o tendremos que ir a buscarla —le dijo a modo de gracia. A Rosa no le gustó demasiado tener a la rata tan cerca.

Sacó dos mascarillas, le dio una a ella y él se puso la otra. Llevaba en la maleta un frasco de disfloruro, un potente anestésico volátil, impregnó un trapo, abrió el saco y lo dejó caer dentro. Rosa agradeció que le quitara aquello de las manos. Él lo sacudió con fuerza mientras la rata trataba de huir. Cada vez hacía menos por liberarse. Cuando pareció que el animal se rendía, volvió a darle le saco a Rosa, buscó una caja hermética que llevaba en la maleta y la dejó preparada para recoger a aquel ejemplar.

—Déjemelo. Ahora me toca a mí.

Dejó el saco con cuidado en el suelo, lo abrió poco a poco hasta localizar la cola de la rata. La asió y levantó al animal. Entre cola y cuerpo era más grande que un conejo y pesaría más de medio kilo. Seguía enseñando los dientes y moviendo las garras, pero a cámara lenta. Montaña puso más anestésico en el trapo y metió la rata en la caja. Después la cerró. Pese a que era su trabajo, no quería que animal sufriera más de lo debido. La anestesia le impediría darse cuenta de que en aquella caja se le acababa el oxígeno.

—Bien, esto ya está —dijo sonriéndole a Rosa.

—Por fin, ¡qué asco! —añadió Rosa saliendo del baño.

Ahora debía preparar trampas por si se le ocurría entrar a otra rata. Sacó una bolsa de trigo envenenado que él mismo preparaba y fue dejando saquitos en lugares estratégicos, escondidos para que ni la señora, ni Rosa y menos la niña pudiera encontrarlos. Después le diría Rosa dónde los había dejado. Roció la ventana de la habitación y del baño con un espray especial, guardó el saco y la caja en su maletín y dio por finalizado su trabajo.

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Mientras hacía todas estas tareas de manera mecánica, era su protocolo de trabajo, le asaltaron ciertas dudas:

La rata había salido de su madriguera en pleno día.

Se había alejado demasiado de su lugar natural.

Estaba hambrienta y había recorrido mucho trecho para buscar comida.

Se había atrevido a entrar en un lugar cuidado, limpio y vigilado.

Había atacado a una niña.

Sabía que las ratas atacaban a los borrachos y vagabundos o a los niños de las chabolas. Pero no en una casa como en la que estaba. Además, la rata es un animal de costumbres y nunca o casi nunca se enfrenta al hombre. Vive de él y de su descuido. Además, sabe que saldrá perdiendo. Siempre ha sido así desde la noche de los tiempos.

Desanduvo el camino hasta el vestíbulo arrastrando el maletín, saludó a la señora, a la niña y se despidió de Rosa.

—¿Ya has terminado? —le dijo el conserje.

—Sí, pero antes de marcharme quiero inspeccionar el patio de luces y el garaje.

—Lo que quieras.

—Llevo las cosas al coche y vuelvo.

—¿Y pagarte?

—Ya te mandaré la factura.

Volvió enseguida. Llevaba una bolsa negra y una linterna. Pasó primero por patio de luces. Lo inspeccionó con cuidado. No encontró nada, aun así, dejó varias bolsas de veneno.

El conserje le abrió el garaje de la comunidad. No encendió la luz. Nada más entrar notó un olor que le era familiar. Olía a orina de rata. Encendió la linterna y se iluminaron varias decenas de ojos que le miraban desde la oscuridad. Al fondo se veía la rampa de bajada al sótano. Mientras descendía podía oír cómo correteaban las ratas por el piso de arriba y notaba que huían a su paso.

El olor se hizo más persistente. Dirigió la linterna hacia el lugar de donde pensaba que le llegaba y vio un manantial de ratas saliendo de una grieta abierta en el suelo. Salían a cientos, chichando y buscando la vía de escape. Solo tenían un obstáculo: Montaña.

De repente se oyó un gran estruendo y la grieta se hizo más evidente.

La factura nunca llegó y en caso de que le hubiera llegado nadie se habría pagado. 

FOTO: Pixabay

Manuel Serrano Funes

España. Maestro desde 1979. Colaborador de: Revista digital «Valencia Escribe», Revista digital «El callejón de las 11 esquinas» y Colectivo Letras & Poesía. Algunos de sus relatos: Arco iris tejido, Iguales, Marineros tristes (XIV Certamen de poesía  Julián Martín Carrasco. Ayuntamiento de Béjar), Chencho y su bolero, Cacol, el caracol viajero, Otoño Aliñado, Hilo de amor y otros relatos y poemas.

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