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Osvaldo A. Patiño
El cielo ha desaparecido, no existe arriba ni abajo. Sólo existe éste cuerpo. Éste cuerpo en medio de la nada o quizá en medio del todo. No sé si estoy dentro o fuera, floto sin rumbo. Es algo tan familiar, como regresar al útero. En medio de una efímera obscuridad que se destroza con mi movimiento, con mis palabras. Mis movimientos descontrolan el ambiente, convierten la penumbra en miles de colores, colores que nunca había visto. Mis movimientos se mezclan con el entorno, generando un aura multicolor que sigue a mis brazos y piernas.
Siento que llevo siglos en este mundo no mundo. En este espacio sin estrellas, sin galaxias, sin planetas. Tengo paz, tranquilidad, después de años de trabajo incesante en una fabrica sin corazón. Estoy aquí, es probable que esté muerta y estoy en el paraíso, o quizá en el infierno. Tal vez estoy en el otro mundo de una religión que nunca conocí. Es probable que todo lo que me inculcaron de pequeña sea falso. Pero ¿quién iba a saber cómo es el otro mundo? Nadie ha regresado de la muerte, no al menos el tiempo suficiente para ir a un “más allá”.
¿Cuál es el cielo en el que estoy? ¿Será el Cielo, el Limbo o el Averno de otra religión? ¿Será simplemente la nada, esa nada que al final resulta serlo todo? Bueno, eso si estoy muerta.
Aún percibo este cuerpo, mi cuerpo, que por fin es mío. No me preocupa su gordura, sus marcas de la edad, sus cicatrices. Es un hermoso cuerpo, o quizá no lo es, ¿A quién le importa? Es un cuerpo sin más, que me hace sentir viva. Sí, sigo viva, siento esta sensación tan familiar de respirar. Mis pulmones transforman el dióxido de carbono en oxígeno. Que técnica, recordando mis clases de química, ¿o eran de biología? Qué importa. Sé que estoy viva, siempre siendo parte de esta inmortalidad que no termina. Estoy aquí flotando por los siglos de los siglos.
“Mamá, te amo”. Ahí está de nuevo esa voz que retumba en el infinito. Se escucha lejana. La he buscado, ésta y las otras voces, pero no he encontrado su origen. He nadado, flotado… me he dirigido hacía ellas, pero no sé dónde están. Decidí sólo escucharlas. La mayoría de las voces parecen ser familiares. Las he escuchado por tanto tiempo que las siento parte de mí, cuentan historias interesantes.
Cuentan que el país está en crisis, que está mejorando, que vuelve a estar en crisis. Que empieza una guerra y termina otra. Que murió un viejo y era esperable, que murió un joven y es una tragedia. Lloran la muerte de un individuo, pero contabilizan la muerte cuando sucede en grupo. Se alegran del nacimiento de alguien nuevo. Yo escucho, pero no logro recordar nombres, fechas ni lugares, todo es tan efímero. Muerte y vida pasan por mis oídos y no me importa. No podrán contaminar mi paz.
¿Qué es eso? Un pitido tan horrible e interminable que retumba en mi universo. Parece gritar para llamar la atención, me hace cerrar los ojos sin posibilidad de abrirlos. Tengo que alejarme de ese sonido, cierro los ojos para después abrirlos con fuerza los ojos. Veo el terrible sonido perturbando mi mundo con colores fétidos y oscilantes. Con él se han combinado algunas voces y llantos.
Por fin puedo ver el lugar de donde vienen todos esos sonidos, los colores de combinan para crear luz, una luz tan penetrante que duele; sin embargo, me atrae. Necesito atravesar esa luz, llegar al otro lado. Floto, nado, me dirijo con todas mis fuerzas hacia la perturbación sonora. Cada vez más cerca, el pitido no se detiene, me pone ansiosa, pero debo seguir. Ya casi llego, ahí está, es un destello que se hace cada vez más grande, una luz que me ciega y me quema. Quema mi cerebro, la siento destruyendo mis recuerdos de esta pacífica obscuridad.
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—¡Mamá no te mueras!. Haga algo enfermera mi mamá se muere.
El pitido, que pitido tan molesto. Me duele tanto la cabeza, todo es ruido y gritos. Mis brazos no me responden, tampoco las piernas. Mis parpados están muy pesados, no puedo abrir los ojos. Todo es rojo, la luz es muy fuerte y sólo veo mi sangre a través de la piel que afortunadamente cubre mis ojos.
Intento hablar pero mi garganta está seca, mis labios están pegados uno contra el otro, mi lengua no puede moverse.
—Lo siento señorita, su madre ha muerto.
—¡No!, no puede ser, mamá, ¡mamá!
Alguien a muerto, no soy yo, no creo que pueda ser yo. Escucho todo tan vívido. Esos llantos me parecen conocidos, pero a la vez tan ajenos. Poco a poco todo se calma, los gritos cambian a palabras vacías de aliento. Que todo pasará, que Dios lo quiere así, que está en un lugar mejor.
Y yo aquí tendida sin poderme mover. Lo intento, pero nada, quizá si empiezo por algo pequeño. Un dedo, lo muevo continuamente. Espero que alguien preste atención.
—Lo siento señorita, hicimos todo lo que estaba en nuestras manos. La vida y la muerte son procesos que no entendemos bien… ¿Qué? La paciente en coma está moviendo un dedo, hablen a la doctora.
Genial, me vieron. Intentaré mover más dedos. Sé que puedo, nunca me he dejado vencer.
—¿Qué pasa?
—Doctora Enríquez, la paciente en coma mueve los dedos, parece haber despertado.
—Está bien, examinemos sus ojos.
Aaah, que idiota ¿por qué me abre los ojos? Es tan molesto, ¿qué le pasa? Estúpida doctora. Quisiera poder gritarle, pero estoy muy débil.
—Enfermera limpie la cara de la paciente y baje un poco la intensidad de las luces… ¿Señora Guerrero me escucha? Puede abrir lentamente los ojos, la luz no le molestará tanto.
Sí, tonta doctora, ya que me quemó la retina. Intento mirar, empiezo a ver poco a poco, levanto los parpados con una lentitud tal que me recuerda una escena de cine.
—¡Bien¡ Parece que me escucha bien. Moveré su cuello para desentumirlo.
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UNDERBREAK
Ah, ah, ah, me duele mucho. Se dio cuenta pues solté un gemido, deja mi cabeza en la almohada. Con el quejido mi garganta se humedeció, poco a poco paso saliva y todo parece mejorar.
-Jra… jra… cias -digo intentando agradecerle.
—No hay de qué señora, esto sonará irónico pero descanse. La enfermera estimulará sus músculos con algunos ejercicios. La dejo en buenas manos. Oh disculpe, no me presente, soy la Doctora María Enríquez. Nos vemos pronto.
No, no se vaya, espere. Intento hablar y eso la detiene.
—¿Quiere decirme algo señora Guerrero?
—Mis… y… mis… hijas?
.La doctora mira a su asistente, se comunican algo con los ojos y la asistente habla.
—Lo siento señora Guerrero, sus hijas murieron hace un par de años. Lo lamento mucho.
Así llega el dolor, un dolor que inicia en la boca del estómago y se inyecta en todo el cuerpo. Me hace sentir nada, ya no importa nada. Quisiera estar muerta o que todo este dolor sólo sea una ilusión.
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Osvaldo A. Patiño

Ciudad de México, 1986. Historiador, escritor y activista de la lectura. Autor del libro de Cuentos de ciencia ficción y fantasía “Anacronía Lunar” de la Editorial Dark & Glow. Ganador del tercer concurso de Cuento de Ciencia Ficción del Festival Semillas de la UACM. Ha publicado en las revistas especializadas: Espejo Humeante, Inéditos, Nudo Gordiano, Aeternum y Anapoyesis.
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