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Vlad Martínez Cruz
Cuando faltaban pocos latidos para la medianoche, un anciano alto y desmelenado se materializó en aquel reborde donde solían acampar cazadores y peregrinos durante el cruce de los montes de Mnun-Zart. Acudía desde su domicilio actual –la Comarca del Vacío Rugiente– en respuesta a un sortilegio. Su barba ostentaba las alhajas propias de un caudillo nómada. Lo cubría un sudario hecho trizas.
– Nos encontramos de nuevo, hijo de mi concubina –gruñó, tomando asiento junto al fuego que iluminaba la yacija de cierto Golkendrig, usurpador del saliente.
Sobresaltado, éste abrió los ojos. Por un instante, leznas y navajas danzaron en su cerebro: encaraba al sujeto que, años atrás, lo vendiera a un brujo errante para saldar una deuda de juego.
– ¿Conque al fin estiraste la pata, eh? ¡Vaya sorpresa! –murmuró.
En otra época, cuando su padre regresaba borracho al campamento, prodigando patadas a cualquiera que estorbara sus zigzagueos, el niño Golkendrig solía esconderse en la maleza, suplicando a los trasgos la dádiva de una muerte indolora. Siendo esclavo, el recuerdo de su progenitor ya sólo evocaba en él un odio glacial, rico en denuestos.
Pero ahora todo era distinto. Golkendrig acababa de ganar su libertad a garrotazos, dejando al Amo en el fondo de un pozo. Convertido en forajido, se sentía capaz de arrostrar las vicisitudes con osadía. Incluso la aparición de un espíritu detestado.
– Vete a donde purgas tus culpas, Golkanzaj –gruñó, rascándose las axilas–. ¡Quiero descansar! Me quedan muchos veshjiuk por recorrer hasta Kralmotarg-Yun.
– ¿Qué lugar es ése? –susurró el visitante.
Golkendrig, que prefería la soledad, lanzó un guijarro a la hoguera y contempló la espiral de chispas que ascendía hacia el techo rocoso.
– ¡Haz el favor de largarte! ¡Y ojalá tu sarcófago sea fértil en gusanos! –jadeó, desplomándose sobre un montón de pieles. El frío iba en aumento: decidió soportarlo con el rigor de un auténtico hechicero. Continuó–: ¿Por qué finges que te importan mis proyectos, carroña? Bah, da igual. Kralmotarg-Yun es un cónclave de chamanes. En Vynglauva, al sur del continente. Ya estoy un poco grande para que me acepten en sus filas, pero el Amo me enseñó algunos trucos, y eso los persuadirá de mi valía…
Ante el mutismo del otro, Golkendrig volvió a incorporarse y escudriñó su perfil con rabia.
– ¿Sabes qué hiciste, Golkanzaj? –siseó–. ¡Me dejaste a merced de un degenerado! ¡Piensa en los abusos que sufrí! No sé qué pretendes al venir a importunarme. Vamos, ¡esfúmate o aprenderás a temer mi magia! ¡Te prometo que no descansaré hasta verte arder en los jardines de lava de la diablesa Kelkashana…!
Silencio inmejorable. Al pie de la terraza se apiñaba un bosque de ramas desnudas. Fieras de dos, cuatro y seis patas, escoltadas por bichos de menor categoría, se escurrían entre las raíces, fascinadas por la gran luna roja del mundo de Shizunkor.
En un claro de la arboleda, alguien –o Algo– husmeó la fragancia de la carne humana e inició una serie de quejidos sincopados, regodeándose en la posibilidad de un banquete. Al escuchar el concierto, Golkendrig se acordó de un antiguo aforismo: “Un fantasma atrae a otro. Y no hay manera de saber qué extraños transeúntes vendrán después.”
Se puso de rodillas y trazó en el polvo un laberinto circular mientras recitaba las letanías de protección reveladas por Glyurshum, Señora de la Tempestad Inmóvil, al héroe tribal Vrondalka en tiempos de las Oleadas Arácnidas. El espectro paterno demostró inquietud. Sus pupilas vibraban.
– Me envía un sortero que dice ser tu amigo. Prefirió mantener el anonimato durante la ceremonia de invocación. Estaba cubierto de telarañas. –Mientras Golkanzaj discurría, la Cosa en el claro vacilaba entre saciar sus apetencias o emprender la fuga. Sus gemidos arreciaron.
El muerto prosiguió:
– Por mandato de ese hombre, debo informarte que correrás peligro si desciendes al valle contiguo en procura del río, como te has propuesto. Según él, te irá mejor si bordeas la cordillera por la otra vertiente, aunque eso alargue tu trayecto. Bien, ya he cumplido mi encargo.
Un ramalazo de viento se coló en la cueva.
“Alto ahí: yo no tengo amigos, ¡ni he divulgado mi plan de ruta!”, pensó Golkendrig, asperjando sangre fresca, extraída de su muslo, encima del dibujo. Se le erizó el pellejo al comprender que lo espiaban potencias sobrenaturales. Duplicó la dosis de sangre.
Sin mediar aviso, Golkanzaj adoptó los contornos de un torbellino púrpura en cuyo centro se insinuaba su cara. Aquellos rasgos fueron desplazados por los ángulos y curvas de una calavera. Su quijada vertió azufre fundido al decir:
– Eres terco. Sé que me llevarás la contraria. Es una de tus debilidades. Pero, presta atención: los exiliados de la vida también gozamos de facultades proféticas. Por eso voy a prevenirte: ante cualquier contingencia en el camino, METE TU MANO EN UN TRONCO HERIDO POR EL RAYO. ¡Recuérdalo, Golkendrig!
Se disgregó entre volutas de humo.
El fugitivo, ovillado en su laberinto, emitió un bostezo.
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El hombrecillo de bucles negros y ojos como ágatas pálidas, embutido en una cogulla que le sentaba como disfraz de carnaval, se adentró en el valle.
Sediento, fatigado por el largo descenso, sólo aspiraba a encontrar la corriente vislumbrada desde la cornisa. No poseía otras armas que sus sartas de vértebras, cristales y plumas. Si la noche lo pillaba en este paraje, donde acaso cada umbría cobijaba demonios, tendría que dormir en la copa de un árbol.
Sus cavilaciones quedaron truncas al otear la gentuza que salía de un matorral. Bandidos, concluyó el viajero, con el estómago encogido. Sin embargo, los individuos tenían aspecto de haber sesteado en el lodo después de ingerir hongos litúrgicos.
Un gansarón que llevaba un hacha al hombro se acercó a Golkendrig. Le habló en al menos dos dialectos hasta dar con el adecuado.
– Te esperábamos –farfulló, mascando hojas almizcladas.
– Oh. ¿Un comité de bienvenida? ¡Qué amables! –graznó el aludido.
– En sueños me fue notificado –dijo, como en trance, el leñador– que la solución a nuestros problemas vendría de las montañas de Mnun-Zart esta tarde. Al parecer, hablaba de ti.
– Hm –suspiró Golkendrig–. Muy halagador. Pero, revisemos esas dificultades. Ante todo, noto que consumes hierba kadyahak contra el dolor de muelas. ¡Mala elección! La planta tiene un efecto secundario: torna susceptible tu voluntad a la influencia de la magia perniciosa. Es posible que alguien te esté utilizando para cometer una fechoría.
– Si tú lo dices… –concedió el otro.
– Por lo tanto, te indicaré un remedio menos riesgoso: toma una pizca de…
Lo interrumpió un aullido. Los desconocidos se apiñaron en corrillos, temblando. El vocero aferró a Golkendrig por el gaznate y comenzó a sacudirlo.
– ¡A callar, renacuajo! –estalló–. El sueño insinuó que, para evitar el exterminio de nuestros ganados por parte del Shundravog local, es preciso ofrendarle un aprendiz de brujo, un no-consagrado cuya muerte jamás nos acarreará desgracias… Tu colección de bisutería te delata: ¡eres el elegido! –Y agregó, arengando a su tropa–: ¡Pronto, una cuerda! Lo dejaremos aquí…
Un estruendo llenó el crepúsculo. Varios hombres huyeron. El líder arrastró consigo a Golkendrig hasta una explanada. Ayudado por otro granjero, apoyó al forastero en un tronco solitario, de ramaje quemado, y lo ató con torpeza. A continuación, ambos rústicos volaron.
Por un territorio sombrío se avecinaba una bestia semejante a un intestino, tumbando arboledas. Exhibía, en cada extremo, una cabeza ciega. Sus lenguas restallaban con furor de látigos. Su carne tenía la apariencia de un cristal convulso y revelaba hileras de corazones en llamas. Golkendrig, presa del terror, supo que el Shundravog lo rastreaba con sentidos ignotos, enfilando sin vacilación hacia esa columna de madera calcinada, y…
¡Ah! ¡POR SUPUESTO!
Al manosear la corteza, ubicó una abertura. En su interior halló una moneda. La dejó caer y siguió hurgando.
Otras monedas, más una diadema retorcida por temperaturas de forja, fueron igualmente descartadas. El ululato se intensificó…
¡Allí! Algo plano, frío al tacto y de milagro no dañado por el fuego celestial. Una daga, escondida entre despojos de guerra o pillaje. Golkendrig la extrajo con rapidez y, tragando saliva, aserró sus ligaduras.
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Una lengua tentacular fustigó las frondas cercanas, provocando revuelos de partículas vegetales. Cayeron dos, tres fragmentos de soga. Golkendrig se liberó del resto y, sin soltar la daga, corrió en dirección al río.
Soplos parecidos al fragor de cien mil fuelles le rozaban la nuca. Un declive lo condujo hacia unas ruinas. Notó cambios en el piso: ¡arcilla húmeda! Una sucesión de resbalones lo dejó en la ribera, junto a un muelle destrozado.
Apretó los párpados al zambullirse. La profundidad no era excesiva.
Temeroso de mojarse, el monstruo irguió sus cabezas y coreó un rugido de frustración. Se contaba que los reptiles de la especie Shundravog acataban una variedad de tabúes. Quizás este ejemplar sólo trasponía el afluente cuando su constelación tutelar dominaba el cenit.
Dando brazadas, el prófugo pensó en las palabras finales de Golkanzaj, tan oportunas. ¿Qué había sido aquello? ¿Un intento de redimirse?
Una vez ganada la margen opuesta, Golkendrig se echó en el pasto. Sobre él flotaba un avispero de estrellas. Cada una representaba una ventana abierta a nuevos enigmas. Guiando su memoria al pasado reciente, descifró uno de ellos.
“¡Idiota!”, se dijo, golpeando el arco de su frente. “¿En verdad acabaste con el Amo? ¿Examinaste su pulso antes de arrojarlo al pozo?”
Imaginó una silueta encorvada, revestida de telarañas, asida del brocal como un insecto ávido de venganza.
Lo demás le llegó con feroz clarividencia. Primero: la curación del enemigo en su madriguera. Luego, ya vigorizado: la ceremonia de colocar piezas en un tablero de conjuros. A manera de peones: espías invisibles, fantasmas, palurdos y un saurio sobrealimentado. Un juego más bien obtuso, pero letal.
¡Vaya uno a saber qué forma adoptaría la próxima partida!
Golkendrig apretó la daga y sollozó.
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Vlad Martínez Cruz

El Salvador, 1970. Fiel amante de la ficción especulativa, con énfasis en los clásicos. Pónganle delante un libro de Fritz Leiber, Lisa Tuttle, Manly Wade Wellman, Catherine L. Moore, Robert Aickman o J. G. Ballard, y lo verán babear. También lee contemporáneos, pero su corazón pertenece a una legión de fantasmas ilustres.
Desde hace un tiempo publica cuentos en revistas digitales como Teoría Ómicron, Anapoyesis: Literatura, Arte y Cultura, El Axioma, Pactum, Planetas Prohibidos, Alas de Cuervo y Penumbria. Uno de sus engendros fue incluido en “Unicornios Decapitados”, la antología de narraciones extra-viscerales impresa por Editorial Solaris de Uruguay (agosto, 2023).
Vlad obtuvo una mención honorífica en el Primer Premio Internacional de Cuento Breve de Ciencia Ficción “Construcción de Universos Posibles”, organizado por la revista literaria Anapóyesis (México, 2023).
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