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Henry Bäx
I
Hans Müller entró a aquella habitación totalmente iluminada que tenía la configuración de una sala hospitalaria. Hefestión estaba sentado sobre una cómoda silla, pero al ver entrar el hombre se recostó sobre la mullida camilla; se sentía cansado y deseaba que nadie le molestara. Müller era un científico que pertenecía al buró médico y deseaba, como tantos otros, desvelar aquel misterio que rodeaba al sujeto que yacía en la cama. Se sentó en aquella silla cromada; traía entre sus manos una libreta de apuntes y, una grabadora para registrar hasta el último detalle de la conversación que tendría.
El profesor vestía un atuendo propio del Secretariado Superior, llevaba unas insignias que denotaba que tenía un rango de suma importancia en el buró científico. Su mirada era penetrante, pero se notaba que no había dormido bien las últimas noches. Su cabello era de un negro mezclado con canas, su porte imponente y duro trasmitía temor y respeto. Notó que Hefestión recostado de lado llevaba sólo una bata celeste simple y liviana, la parte trasera dejaba notar sus nalgas bien definidas, y sus muslos eran fuertes y macizos. Sus brazos estaban duros y musculosos. Su mirada era cálida, aunque perdida, y su pelo cobrizo lo hacía diferente a los demás. Supuso que por su atuendo liviano tendría frío. El hombre se sintió incómodo y le dijo de manera despectiva:
―¡Cúbrase!, en cualquier momento puede entrar alguna dama.
―¿Tiene eso alguna importancia?, por lo visto me he convertido en un especie de atractivo zoológico y biológico, cada día llega gente de muchas partes a hacerme las mismas preguntas y ver si soy real o no.
―Eso no interesa, la gente que le visita viene a hacer investigaciones científicas, en cambio yo, he venido de manera oficial a dilucidar algunas cosas que, desde el punto de vista racional e investigativo, no tienen explicación.
Hefestión se dio media vuelta dando las espaldas al hombre. Como si algún impulso le obligara a hablar, dijo:
―Sé que muy pronto seré muerto, que su mentada comunidad científica desea estudiar mi cerebro para saber si pueden replicar de nuevo este portento de conocimiento, pero no creo que puedan replicarme, eso es hasta ahora, imposible.
―Usted más que nadie sabe que la palabra: “imposible” ya no se aplica para nuestra ciencia. Los esfuerzos que hagamos, será para el beneficio de la humanidad. Tenga la seguridad que desvelaremos el secreto que usted encierra.
El hombre rio con sorna y completó:
―Sí, lo había olvidado, mi muerte será para el beneficio humano, claro, lo había olvidado. Bien, pues en vista que tengo los días contados, dígame, ¿qué es lo que desea saber?
Müller dijo casi musitando:
―Sus poderes adivinatorios, ¿de dónde los ha sacado?, eso es lo que deseo saber.
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II
Hefestión mantenía los ojos cerrados, como queriendo ignorar aquella incómoda pregunta. Estaba como abstraído en sus pensamientos, sus recuerdos eran claros y firmes. En ellos se dibujaba a la perfección a Paul Teddy. Sí, aquella imagen le traía melancolía y tristeza. Hace tanto que murió, ciento ochenta años de su partida y desde que se fue, todo había cambiado.
Müller insistió:
―Vamos, no ignore mis preguntas, ¡hable de una vez, diga algo!
―Sí, he escuchado sus requerimientos, pero ya les he dicho más de una vez que no tengo ningún tipo de poder desconocido, ignoro cuál es la reacción que existe en mi cerebro, sólo sé que hasta ahora mis predicciones se han cumplido con exactitud, ah, y no insista, que padre nada tiene que ver en este asunto.
―Eso ya lo sabemos, además, nuestra ciencia aún no ha avanzado tanto como para resucitar muertos. La información que nos dejó Teddy es demasiada ambigua sobre usted y los suyos y, tampoco creo que nos sirviera de tanto ahora. La clave está en usted, estudiar su cerebro quizás nos de algún resultado.
De nuevo se produjo un silencio incómodo. Afuera del recito se podía ver el brillo de la Luna rodeada con un halo de encanto. Hefestión se decidió en hablar, se sentía tan presionado por toda la sucesión de cosas y, sobre todo, por la profecía que se había cumplido con total exactitud luego de haberla anunciado.
―Sé que le inquieta todo esto Müller, pero créame, yo no soy más que un instrumento, yo no hago más que anunciar lo que a mi cabeza, a manera de visiones, me llega. Lo único que hago es pronosticarlas y nada más.
―¿Pero de quién, diga, de quién?
―Ya les he dicho hasta el cansancio, que quien me anuncia todo esto es, Dios.
Müller rio con sorna y, de manera despectiva, anunció:
―Lo único que nos faltaba, insinúa que usted ha sido un vocero de Dios, ¿pero de cuál dios?, usted sabe que en nuestra sociedad no caben ya esas creencias mágicas. No hay ninguna prueba científica que comprueba tal cosa; su respuesta es ambigua y torpe.
Hefestión miró hacia la lejanía, hacia ese enorme vacío que rige el Universo y que es una infinita prisión. Habló.
―Sí, sé que su sociedad y su Secretariado no cree en aquellas cosas, pero hágase una pregunta, ¿por qué cree que Dios se ha contactado con alguien como yo?; la deidad suprema ha perdido la fe en ustedes y es la única manera de hacerles ver que caminan por una senda del error y horror.
―¡Cállese de una vez!, no sabe que inventar, no atina cómo engañarnos. Dios, no es más que una inútil ilusión inventada para por los antiguos humanos para caminar con una venda sobre los ojos. Será un placer estudiar su cerebro y entender de dónde ha sacado ese misterioso poder profético.
Hefestión sonrió con malicia. Se notaba en su rostro que las cosas que había dicho a Müller le habían inquietado. Habló con certeza.
―Ustedes, los seres humanos que han conquistado las estrellas, tienen algo en común con sus antepasados.
―Ya no deseo escucharle Hefestión, deje de hablar estupideces, ¡se lo advierto!
―Miedo, tienen temor a lo desconocido, y lo seguirán teniendo mientras existan como especie, por ello es que desean descifrar ese velo de misterio y quieren estudiar mi cerebro.
El científico se levantó y lanzó un golpe lleno de odio hacia el rostro de Hefestión, pero él lo esquivó con certeza.
―Ira, violencia e impotencia son sus recursos, propios de una raza que, a pesar de aparentar civilidad, ha sido su senda desde que han existido durante milenios. Pero déjeme decirle algo Müller, a pesar de ser yo muerto, las cosas no cambiarán: ¡lo dicho, dicho está!
El científico trató de calmarse, tomó postura de nuevo. Respiró profundamente, se sentó y habló con calma.
―De verdad que usted es impertinente, su alevosía es digna de un rebelde sin causa, pero no voy a caer otra vez en sus provocaciones. Le pido que responda a mis preguntas, el Secretariado Supremo necesita respuestas. Basta de dilaciones y engaños, vamos, diga, cómo es que ha logrado atinar con todas aquellas profecías catastróficas que se han ido cumpliendo con exactitud. ¿Acaso hay alguna manera de evitarlas?
―Me parece que usted no quiere entender que lo que he profetizado me vienen como mensajes, como si fuesen sueños…
―¡Basta!, eso que dice es una burla.
―¿Sueños?, ¿es que no comprende?, piensa que soñar es potestad sólo de los humanos. Quizás usted puede decirme, ¿qué es un sueño?
Müller quiso responder, pero Hefestión le interrumpió.
―Los sueños fue la primera literatura que tuvieron los seres humanos cuando vivían aún en cavernas; cuando ellos soñaban, habitaban en un mundo onírico que de a poco fueron descifrando y comprendiendo. Cuando lo entendieron, dieron sus primeros pasos hacia la razón y, se diferenciaron con las bestias que los rodeaban. Me parece que ese fue el primer salto hacia su grandeza.
―Ustedes no sueñan…
―Quizás, a lo mejor los primeros de nosotros no soñábamos, pero ahora, soñamos con liberarnos de ustedes; sé que mi caso es excepcional, pero he soñado, y mis sueños son las profecías a las que tanto temen ustedes.
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UNDERBREAK
III
Hefestión estaba atado a una camilla, varios científicos rodeaban el cuerpo del ser. Él, tenía su mirada perdida en el techo a la espera de ser mutilado. Müller estaba detrás de una caseta mirando a través de un vidrio atento de la operación que iban a realizar los especialistas. Había un aparato que, a manera de un “scaner”, permitía observar el interior de la cabaza del individuo como si fuese un aparato televisivo. Uno de ellos miraba con avidez y lleno de excitación, dijo:
―Es sorprendente el trabajo de Paul Teddy luego de tantos años con estos modelos. Sus cerebros son muy similares a los nuestros. Tiene dos hemisferios, un encéfalo, un cerebelo y, un tallo cerebral; nunca sabremos qué quería hacer Teddy imitando un cerebro artificial con el nuestro. Y lo peor es que hubo muy pocos que pudieron ser replicados, casi todos los modelos tuvieron serias y graves fallas estructurales y orgánicas; este es un espécimen que no sólo debe ser estudiado, sino, duplicado.
Müller habló desde el interior de la cabina por medio de un micrófono.
―Traten en lo posible de no infringir mayor daño al órgano, no olviden que, bajo esa malla de iridio y de platino, hay partes orgánicas; de esta operación depende que sepamos cómo es su cerebro artificial y descubrir sus secretos. Es necesario saber si por medio de los análisis científicos podemos evitar que se cumplan aquellos designios catastróficos. Debe haber alguna respuesta dentro de esos circuitos. Lo dicho, la palabra imposible ya no se aplica para nuestra tecnología. Teddy con toda su avanzada tecnología y ambigüedad, pudo querer dejarnos un misterio a resolver con estos modelos, y lo descubriremos.
Hefestión sentía temor. Una de las asistentes dijo.
―Es increíble, pero siente miedo. Creo que el profesor Teddy no sólo quiso dejarnos un misterio a resolver, sino, algo nuevo para la ciencia.
El androide dijo:
―Müller, antes de ser desconectado y desactivado, deseo que venga, tengo algo que deseo decirle.
El científico se acercó con cierto recelo.
―Diga, ¿qué quiere?, ¿quizás alarmarnos con otra profecía?
―No, la última ya la predije y será inevitable; no crea que con mi muerte eviten que se cumpla, pero hay cosas que debe saber antes de yo morir.
―No creo que me importe mucho lo que me desea decir, sólo sé que, una vez desactivado, podremos estudiar su cerebro y averiguar si podemos evitar lo que se avecina. Estoy seguro que hallaremos una luz de esperanza para nuestra raza humana. Teddy con sus creaciones no se burlará de nosotros.
―Padre, una vez que me creó, nunca me dijo que yo sería un enemigo de su sociedad; me dijo que yo sería su gran proyecto; supongo que nunca imaginó que pudiera haber desarrollado esta especie de poder profético.
―No, Teddy lo que hizo fue dejarnos un gran problema; estamos seguros que dentro de su cerebro, usted guarda la respuesta a todas nuestras inquietudes. Lo siento, pero, por el bien de la humanidad, debe ser desactivado. Al Secretariado Supremo no le importa infringir la legislación de protección hacia los suyos. O es usted o, nosotros.
―Tengo miedo ―dijo Hefestión y aclaró―, miedo a no seguir con el proyecto de padre, miedo a no saber qué me espera luego de ser muerto…, me hubiese gustado tanto que padre me implantara un alma; esa esencia que ustedes dejaron de tener hace tanto tiempo; ese algo que ustedes ya no la sienten. ¿Acaso profesor Müller, no tiene miedo a la muerte?
El científico no dijo nada, sabía de sobra la respuesta.
―Profesor Müller, le hice venir porque deseo decirle algo antes de morir. Ayer en la noche tuve un último sueño. Era un tanto borroso, porque estaba rodeado de una infinita oscuridad, pero había una voz que era clara como el día, y me dijo con furia y certeza: HORAM EXPECTA VENIET[1]. Ya le dije profesor, que la Divinidad ha perdido la fe en ustedes, y que Él me ha revelado todo; su última y fatal revelación. No se olvide que Dios, en su momento, ya develó por medio de sueños varias profecías a otros hombres, sino, recuerde a Abimelec, a José, a Daniel, a Mardoqueo, a Jacob, a Salomón… ah, claro, me olvidaba, usted no sabe de quienes hablo. Vetaron ese libro hace siglos. El Antiguo Testamento es el sitio donde los encontrará. Les guste o no, Dios ha escogido a un ser cibernético para hacer las profecías y no a un hombre. Dele usted esta respuesta a su sociedad y al Secretariado Supremo.
Müller cerró sus ojos, y dijo con voz potente, clara y llena de impotencia.
―¡Procedan a desactivarlo, es menester que develemos este misterio!Pronto, los ojos de Hefestión, el ser cibernético escogido por la Divinidad y que pudo desarrollar un misterioso poder profético fue desactivado. Sus ojos perdieron el brillo de la vida, aquella sensación de que tenía vitalidad. En su última mirada, se pudo observar que el alma, esa entidad propia de los hombres, abandonaba la copia de un ser humano. Ya nada se podía hacer, aquella revelación apocalíptica se habría de cumplir a cabalidad.
[1] Espera la hora, que vendrá.
IMAGEN DE LA PORTADA: Pexels.
Henry Bäx
Ecuador, 1966. Tiene 30 obras publicadas desde el 2007 hasta el 2019 entre las que se destacan: El pergamino perdido, El psíquico, El libro circular; artificios de un asesino, La muerte visita el seminario, Sin aliento y otros relatos de ultratumba, Antiguas mitologías de los siloitas,El doctor pesadilla y otros relatos inquietantes, La cruz de fuego, relatos de misterio y mas espectros, El inventor de sueños: relatos de ciencia ficción, Episodios futuristas, Adan y otros relatos menores, El tren de los fantasmas y la montaña encantada, Hojas de marzo (poemario).
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