septiembre 22, 2021

Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Extraño sueño por entregas

En Cronistas Ómicron, Juan Martín Paris nos entrega su relato "Extraño sueño por entregas"

Juan Martín Paris

La imagen del genio encerrado en la botella provoca visiones de mil y una noches… Existe sin embargo otra imagen posible, otra interpretación, la del genio emergiendo conforme se consume el wiski contenido en la botella. Como ejemplo baste mencionar a Vinicius de Moraes. Se dice de Vinicius que solo podía escribir algo que valiera la pena, luego de haber experimentado el primer litro de wiski. En su caso, el genio aumentaba de manera proporcional al fluido bebido. En mi caso, en el afán de ser escritor, he seguido meticulosamente el etílico método ya citado, noche tras noche, lamentablemente con escaso éxito. Épicas borracheras y sólo unas pocas páginas escritas y para colmo pésimas. Esto fue así hasta que una mañana mientras bebía café amargo, y con toda la resaca de la noche anterior zapateando aún dentro de mi cabeza, encontré un escrito al introducir involuntariamente la mano en mi bolsillo. No recuerdo haberlo escrito, pero reconozco mi letra…  Era el relato de un sueño, pero no era un sueño propio, era un sueño de alguien más, robado, un sueño que no me pertenecía; pero de alguna forma que no puedo explicar, me había sido transmitido. Describía con lujo de detalles días y escenas sobre cómo sería el fin del mundo, finalizando abruptamente el relato algunos días previos al desenlace. Me generaba cierta ansiedad no conocer el final de la historia…

Al llegar la noche siguiente cumplí meticulosamente con el mismo ritual, recuerdo haber bebido exactamente la misma cantidad de wiski, de la misma marca. Y obtuve el mismo resultado. A la mañana siguiente introduje mi mano en el bolsillo y allí estaba el papel. A diferencia de la sorpresa inicial, ahora me pareció sumamente natural que así sucediera. Me hubiera sorprendido encontrar el bolsillo vacío. Este manuscrito era en realidad la continuación del de la noche anterior. Echo que también me pareció natural. 

Por fortuna, y gracias a mi espíritu de curioso investigador, descubrí que una borrachera a media mañana también cumplimentaba el método, lo cual constituía una buena señal, ya que aceleraba los tiempos. Ahora podría tener dos entregas cada veinticuatro horas en lugar de una.

Las historias no guardaban demasiada coherencia. De hecho, si hubiera leído cada escrito en estado de perfecta sobriedad, probablemente los hubiera descartado por considerarlos algo ridículos, pero como era consistente manteniendo constante cierta mínima cantidad de alcohol en sangre… Bueno, uno en esos estados es más permeable a aceptar cosas… historias locas. Pero… ¿Tenía algún valor escribir algo del cual no tengo recuerdo? ¿Era honesto?

Con el tiempo y a medida que la historia avanzaba, como el pájaro enjaulado que todos los días es alimentado y recibe alpiste mezclado con mijo y agua sin saber de quién, ni por qué, me fui acostumbrando. Aceptando todo sin plantearme preguntas incomodas. Después de todo era un trabajo sencillo. Sacar el papel de mi bolsillo cuando despertaba y transcribirlo en la pequeña notebook y por supuesto, no aflojarle a la bebida. 

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Esa mañana estaba medianamente lúcido cuando sonó el timbre de la puerta de entrada. Pensé no atender ya que no esperaba visitas, hacía tiempo que nadie me visitaba, desde el accidente.

—Mierda, no se va —. El timbre continuaba sonando.

Como estaba vestido decentemente evalué que lo más fácil, para deshacerme de los vendedores indeseados, sería atender. Parada frente a mi puerta estaba una mujer que me observaba como si me conociera. 

 —¿Si?

—Sé que le va a parecer extraño… pero yo sé lo que está usted escribiendo.

Rondaba los cuarenta, ojos verdes, metro setenta, pelo muy corto color castaño claro, porte atlético y muy bronceada, lo cual contrastaba con mi prominente abdomen y mi blanca palidez. 

—¡Adivinó!  Me parece muy extraño —. dije como pare llevarle la corriente, haciendo un esfuerzo para ser simpático.

No parecía que vendiera algo, tampoco fanática religiosa, ni encuestadora. El noventa y tres por ciento de las veces, los tocadores de timbre, pertenecen a alguna de esas categorías. Encuestador, vendedor o fanático religioso. No falla.

—El sueño que escribe. Es mío. Bueno…estrictamente, tampoco es mío. Es un sueño recurrente que he tenido a lo largo de mi vida, pero tampoco es mío como le dije. ¿Creo que no me estoy expresando con claridad? — lucia algo nerviosa, balbuceando parada frente a la puerta de entrada.

No parecía representar ningún peligro inmediato para mí, así que la invite a pasar. Hacía un frío de perros a la intemperie. Preparé café para que entrara en calor y ya sentado en mi confortable silla, me dispuse a escuchar una buena historia. Tampoco mis expectativas eran demasiado altas. No tenía que ser una historia excelente, con una simple historia sería suficiente. Su nombre era Sara.

—Lo soñé por primera vez en abril del 86. ¿Le refresco? Estaba por chocar contra la tierra el cometa Halley. Mucho caos. La gente pensaba que iba a ser el final. Pánico, saqueos y algunos suicidios. Yo cumplía cinco años. ¿Se da cuenta? ¿Qué puede procesar una nena de esa edad sobre el apocalipsis? Nada… No los soñé de nuevo hasta el fin del milenio. Usted sabe. Había vuelto la idea de que el fin del mundo era posible… Y la semana pasada…

—¿Qué hay con la semana pasada?

—¿Cómo? ¿No se enteró? ¡Iba a ser el fin de los tiempos, según el almanaque Maya! 

«Esto confirma mis cálculos. ¡Fanática religiosa!» pensé con cierta desilusión. 

—¿Y cómo supo de mi existencia? ¿Mi dirección? ¿Que yo estaba reescribiendo su sueño recurrente? — Antes de que pudiera contestar me arriesgue a adivinar. — Ya sé, no me lo diga. Claramente lo soñó. ¿No es así? — yo siempre me jacté de poseer una fina ironía. 

—También soñé la escena del accidente, ¿recuerda? Cuando lo atropelló la camioneta gris que lo dejó en esa silla. Martes, cuatro y media de la tarde, esquina de Libertador y San Martín. Llovía y usted se apuró a cruzar porque quería llegar rápido a su casa para darle a Ana, el reloj pulsera plateado que había comprado como regalo por el aniversario… 

Hizo una pausa, acusé el golpe y ella lo notó. Quedé boca abierta, pero sin poder hablar.

—¿Le sigo contando? — otra pausa y luego agregó — Creo que finalmente tengo su atención.

—Por favor, dígame quien es usted. Le estoy hablando en serio.

—Le voy a dar algunas posibilidades y usted intente adivinar —. Aparentemente el manejo de la ironía había cambiado de dueño.

—Respóndame directamente. No estoy para juegos tontos.

—Veamos las posibilidades. La opción A es que vengo de otro planeta. Soy extraterrestre lo cual explicaría por qué puedo leer su mente y conocer detalles que sólo sabe usted. Estamos invadiendo la tierra y nos han enviado cada uno a una casa diferente. Al final de esta conversación, tengo, y créame que lo lamento, órdenes de asesinarlo.

 —Asumo que ese no es su verdadero aspecto. ¿No es así? — dije, intentando recuperar el control de la conversación.

—¡Le parezco bonita! — dijo sonriendo — Le gusto, no hace falta que diga nada, puedo leerlo en su mente.

Me puse colorado y me quedé observándola por un instante. ¿Tal vez su verdadero aspecto fuera muy diferente? Eso en el caso de que esta opción fuera la correcta.

Avancemos a la siguiente opción, B.  Finalmente el alcohol afecto su cerebro. Está alucinando. Quedó encerrado en un loop, dentro de un delirio. Yo no existo, no soy real más que en su imaginación. La mala noticia es que nunca va a poder salir de este estado.

—Permítame hacer una corrección. Si dejo de beber seguramente el delirio va a finalizar y podré volver a mi vida normal.

—Si, seguramente. ¡Pero eso no va a pasar!

—¿Qué cosa no va a pasar?

—Que deje la bebida. 

—Ok, continúe. Tiene usted razón.

—Opción C. Estoy siendo sincera con usted. Soñé todo lo que le dije. No puedo contestarle por qué, no sé qué pasó ni como pasó, pero pasó. Soñé con el fin del mundo, pero me falto ver el final, como a usted, saber cómo termina el sueño.

—Y cómo termina el mundo —… agregué.

—La opción D —… intentó continuar. 

—¿Hay opción D? ¿Usualmente no son sólo tres opciones que se dan a elegir?

—Vamos, relájese. No sea tan estructurado.

—Para mí es suficiente con tres opciones. No siga por favor. Ya me estoy cansando de este juego. ¿En serio quiere saber cómo va a ser el final del mundo?

—¿Usted no? A eso vine. El viaje fue realmente largo y estoy cansada —. finalmente me había revelado el motivo de su visita — Usted tiene ahora mismo el último trozo de papel en su bolsillo derecho. ¿Lo recuerda? Esos misteriosos manuscritos con su letra que aparecen en su bolsillo… ¿Podemos leerlo juntos?

 —¿Y que se supone que diga el manuscrito? – pregunté.

—No lo sé. Creo que probablemente sea breve y tenga sólo una letra escrita, a, b, c…

—Entonces las opciones son conocer cómo y cuándo será el fin del mundo o descubrir que estoy loco de remate y de por vida o ser asesinado en unos minutos por una alienígena sexy.

—Sep

—Creo que es un buen programa para un domingo por la tarde. Todas las opciones parecen interesantes —. Asentí y luego de una breve pausa agregué — De acuerdo con leer el manuscrito, pero antes déjeme preparar otro café.

FOTO: Thomas Park en unplush.

Juan Martín Paris

Neuquén, Patagonia Argentina, 1965. Licenciado en Ciencias Geológicas, MBA y Coach. Coautor del libro «Imperativo Innovación: ¿cómo Pueden Las Empresas Dar El Próximo Salto Innovativo? El Caso Latam y – En Especial – Argentina.» (Business Systems). Aficionado desde siempre a la lectura del género fantástico y ciencia ficción, he aprovechado esta crisis para intentar reconvertirme, dejando atrás la vida corporativa y dedicando mi tiempo y energías a la escritura.