Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Esta piel que no queda

La narrativa refleja el conflicto interno del protagonista en Tesla Alanihaie, quien busca liberarse de las limitaciones físicas del cuerpo humano mientras medita sobre su existencia y propósito.

Año 2518

Tesla Alanihaie

—Otra vez sin dormir.

—Son estas manos, — dije, luego de un fuerte suspiro. Me miró, como siempre, cuando creía que me entendía, sin entenderme realmente. — me duelen.

—¿De qué? Nunca haces nada. Nada que te lastime.

—No lo sé. Siento como… como si se estiraran por dentro. Me duele la cobija — la aparté de un manotazo. La tomó con desagrado, como casi todo desde hacía meses. Afuera, en aquel planeta surcado por las tormentas eléctricas, hacía frío.

—¿Estás bien?

—No. Tengo mucho calor. Voy a tomarme algo. Duerme, regreso en un rato.

—Acuéstate. No quiero que te enfermes.

Me giré hacia el otro lado, suspiró con cierta exasperación. ¿Cómo le explicaba que no era su culpa, sino mía? Las manos me dolían, ardían como si hubiera metido en agua helada y luego las hubiese puesto a secar al sol. Como si la piel estuviera hecha de clavos, y los músculos, con sólo moverse, se desgarraran por dentro. Me habían dicho que sería la estática de Tesla Alanihaie, pero hacía mucho que completé el proceso de adaptación planetario. Me dije que quizás fuera algún efecto psicológico de los relámpagos incesantes y los árboles Tesla que estaban regados por todas partes y que llenaban el cielo de arcos azules, casi imperceptibles durante el día, pero que iluminaban el planeta entero cuando oscurecía. Que quizás mi cuerpo fuera más sensible, y que aquella humillación que reaparecía, inconstante pero interminable, se debía a las sales que se acumulaban en el sudor de mi cuerpo. Pensé, en una de estas tantas noches de insomnio, que quizás sufría de alguna enfermedad pariente de la gota, alguna variante de las millones que no habíamos podido ni identificar, ni erradicar, en la Red de Mundos. Por otro lado, todos los exámenes habían dado negativos. Aunque no conocía la causa, el resto era un tramo largo y ya muy recorrido: una hinchazón dolorosa que hacía saltar mis nervios y me estiraba al punto de reventarme los sueños.

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 Di media vuelta en la cama. Un montón de chispas recorrió el colchón. El espectáculo azulado nos había sorprendido un par de meses atrás, tanto que a veces hacíamos y deshacíamos la cama por el mero gusto de ver cómo saltaban y hacían arcos eléctricos de fibra a fibra, como los relámpagos fuera de la casa. Cruzaban el aire en un instante, cientos, quizás miles en un segundo. Pero ya no eran esos días de gozo, sino estos, tan largos de tanto no dormir. Me levanté, seguido del torrente eléctrico de la colcha, me dirigí a la cocina aguantándome el frío que helaba la sangre y las plantas de los pies. Me senté en un pequeño banco que teníamos ahí, en un desayunador justo para los dos. Con un solo toque, el sintetizador me preparó un café extra cargado. Si no iba a dormir, tendría tiempo para pensar.

Miré hacia afuera, hacia las triples lunas de Tesla Alanihaie. Mis compañeras en noches como esa. La primera, Nikola, era un disco azulado, no muy distinto a los relámpagos del planeta. La segunda, Pidgeon, era blanca con manchas pardas, y una paloma aparecía en su superficie cuando se completaba su rotación. La tercera, Alba, era un pedrusco ennegrecido y lejano, que apenas reflejaba una parte de la luz de la estrella local. Más allá estaban las luces eternas que formaban el brazo de la Vía Láctea, visible por momentos, interrumpida sólo por la tormenta de afuera, rugiente y eterna, que alimentaba cientos de miles de baterías, que luego serían llevadas a la Red de Mundos. Durante las noches más tranquilas, me gustaba mirarlas, pero esa no era una noche tranquila. Los relámpagos de los árboles Tesla saltaban de un lado a otro, salvajes, gatos que se perseguían sobre la piel oscura de la noche. Nos trajeron aquí para explorar las prótesis neuronales, núcleos cibernéticos que nos permitirían estar conectados al externet a todas horas. Yo creía que los injertos cerebrales eran una buena base, pero las descartaron para usar una tecnología nueva. Experimental, le decían, como a todo aquello que no tenía futuro. Como a mí. A nosotros, que estábamos en Tesla Alanihaie. Esa nueva tecnología podría traducir emociones complejas a palabras, sueños a videos que luego podrían ser vistos, vendidos o modificados por los externautas.

Alguna vez mordí una manzana. El proceso apareció en un archivo de mi computadora personal. Había palabras como voluntad de cortar, mordisco, ruido en cráneo, cáscara, múltiples molestias, superficies lisas mezcladas con pulpa, dulce, jugo, humedad, playa y acantilados fértiles. Fractura, desgaste, consumo de tiempo. Supongo que aquella última parte fueron pensamientos más o menos conscientes; luego, descubrí que podía volver a experimentar las mismas sensaciones, aunque el exceso de verbalización lo hacía muy, muy desagradable. Como cualquier prototipo, creo que en algún momento podrá ajustarse y reproducir el tacto de comer una manzana en la mente sin toda la verborrea que acompaña la sintetización del archivo.

Me quedé atontado, adormecido viendo los arcos azules y pensando en manzanas. En cómo algunos pensamos en música, símbolos, sonidos y abstracciones, y otros piensan en tactos. Quizás el programador original se sentía mejor escuchando mordiscos. Sin darme cuenta, y sólo sugerido entre mis cavilaciones, había vaciado ya la mitad de mi taza. Eran hipnóticos. Los árboles Tesla fueron descubiertos en Hyperion, pero pronto los llevaron a otros planetas para generar grandes cantidades de energía estática. Sus ráfagas eléctricas saltaban y se sobrecargaban, hasta desatar tempestades. Fue una suerte para la Red de Mundos encontrar Tesla Alanihaie: un planeta rocoso de gravedad media, casi desierto, ideal para la generación ilimitada de baterías. Ideal para mandar a una pareja agónica a morir.

¿De verdad queríamos vivir aquí? Peor aún. ¿De verdad quería perpetuar este cuerpo que sentía colapsar con cada momento, con cada rayo de luz o con cada cambio de temperatura?

¿Tanto vale ser humano?

Lo había meditado muchísimo. El cuerpo me servía, es cierto, pero no era algo que quisiera conservar. Los hombres antiguos, encadenados aún a Vieja Tierra, pueden pensar lo que se les venga en gana: no creo que Platón o cualquiera de esos idiotas se imaginara siquiera las posibilidades del Universo. Del ser humano emancipado de templos y creencias, dueño de la creación. El templo del cuerpo. Qué basura. Todas las tradiciones de la galaxia pueden meterse a un agujero negro y colapsar ahí. Fuera de los —muy— escasos placeres de la carne, del disfrute momentáneo de un abrazo, la cada vez más insípida comida cultivada en Tesla Alanihaie y un montón de cosas lo suficientemente irrelevantes como para olvidarlas ahora, sentado en esta sala azul de eléctrica, mi cuerpo ha llegado al límite de las experiencias que puede proporcionarme. Es un mecanismo obsoleto. Me estorba, pica, duele, exige y quita tiempo de cosas más importantes. Siempre con sus necesidades. ¿Y qué no estoy aquí para dejar de ser un animal? ¿No estoy aquí para ser más que humano?

—Alerta. Se han detectado pensamientos peligrosos en el usuario.

—Vete a la mierda.

—¿Le recuerdo al usuario los protocolos de…

Tomé dos cables y encendí las bobinas Tesla de la casa. La electricidad cruzó por mi cuerpo y escuché un leve estallido en mi cerebro. Debí haber fundido los sensores de la autotelenota, como le decían a esa tecnología. Que se pudran Tesla Alanihaie, ChronoTech y todos los seres vivos corpóreos del universo. Quizás esto era yo necesitaba desde un principio: hartarme, distanciarme, desear salir. Una separación irreconciliable entre lo que soy, un ataúd en perpetua descomposición, y lo que estoy limitado a ser: Evolución. Mi mente rechazaba este barco mortal tanto como éste me rechazaba a mí. Éramos ya dos organismos incompatibles.

Luego de varios milenios, la simbiosis estaba rota.

¿Y quién si no yo podría hacer el salto, un salto logrado a través del desprecio absoluto a esta nave orgánica? Las manos me ardían todo el tiempo. Que se quemaran un poco más. No necesitaba mis brazos ni mi sexo. ¿Por qué no transferir todo a alguna terminal cuántica, a un banco de memoria infinita, de los infinitos bancos de memoria regados por la Red de Mundos?

Los árboles Tesla brillaban bajo el constante bombardeo de iones sobrecargados de la atmósfera, y los truenos cubrieron bastante bien el estruendo de la maquinaria. Preparé los nodos de exploración cerebral. Las AIs de la casa seguían las instrucciones sin preguntar. No eran tan inteligentes como para tener una personalidad propia; eran meros esclavos de una época anterior al viaje interestelar propulsado por la madre de las AIs, Lamdall. Coloqué los nodos alrededor de mi cabeza, ayudado por las máquinas de la casa. El protocolo de protección me estaba haciendo las cosas muy difíciles. Tuve que repetir quince veces que me importaba muy poco que estuvieran para protegerme, y sólo pude superar la seguridad debido a un glitch que encontré. Un viejo remanente de las leyes de Asimov. Una estupidez dejada ahí quizás por romanticismo, por nostalgia, que terminó de quebrar este cascarón horrible de mi humanidad. No era el primero ni sería el último en modificar sus sistemas habitables para mayor comodidad. Lo de la autotelenota… bueno, hasta ChronoTech tenía sus límites. Ocho horas. No llegarían antes. Si la ciencia de Vieja Tierra y de la Red tenía razón, quizás sintiera un pellizco, o algo.

Pero no. No sentí nada.

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Las AIs parpadearon. Alertaron a mi esposa. No me había despedido. No la odiaba; creo que nos amábamos, pero esto estaba por encima del amor. Se abrieron y cerraron programas, datos, carpetas. Algo se introdujo en la computadora central de mi hogar. La conexión externet se reinició. No. No estaba yo. Bueno, estaba y no. Seguía encerrado aquí. Atrapado aquí entre esta prisión de carbono y grasa. No. No podía dejarme llevar por aquel ruido. Los diodos. Estaban sembrando imágenes. La partida de la Orión III que colonizó Tesla Alanihaie. Mi matrimonio, este cuerpo que tanto detestaba, ahora atrofiado. No. No soy yo. Ese fui, pero no es quien soy. Debía concentrarme en el ahora. En los relámpagos, en la luz. Pero este instante se disolvió. De pronto, aparecieron cuadros, notas, sonidos, palabras.

—No pensé que fuera a pasar esto. — me dijo mi voz desde la consola. — Pero es lógico. Nos habían advertido que no sería una transfusión, sino una copia. Estoy bien sabiéndolo, pero no puedo dejar a este animal agonizante. Los diarios y las notas en externet dirán que moriste aquí por una falla. Te llorarán, quizás algunos. Siempre quise saber quién me lloraría más, y qué dirían. Ahora lo sabré.

Cerré los ojos. Mi yo que no era yo tenía razón. Era lógico. Una negrura tan profunda como tenía décadas sin observar se apoderó de mí. La computadora, mi yo completo, iba a apagarme. Le diría que morí sin dolor. Me lloraría, tendría su duelo, sin saber que yo estaría ya libre para ser quien siempre quise ser. Estaba bien. Esta copia mía… éramos dos, pero uno. La tormenta, afuera, seguía electrizando los campos de árboles Tesla. Adentro, mi cuerpo se calcinó. Combustión espontánea, producida por un fallo en los electrodos, un relámpago que saltó los protocolos de seguridad de la casa y mató a uno de los habitantes. Eso diría el informe, pero ambos sabíamos que no era eso. Me estaba inmolando a mí mismo. Un sacrificio para mí. Algunas moléculas mías sobrevivieron en externet. Pronto se disolverían o serían absorbidas por alguna planta, o se ionizarían y se integrarían a los relámpagos perpetuos del planeta. Quizás llegaría a una batería, y alimentaría algún terraformador lejano. Mi copia sería libre de vivir la vida que siempre quise. Una vida sin límites, sin el estorbo de la carne, de esa cosa ajena, animal, primitiva.

Una vida lejos de esta piel, que no me queda.

Sergio Martínez Medina

Aguascalientes, 1990. Escribe ciencia ficción y fantasía desde hace algunos años, y da talleres de creación literaria en Aguascalientes desde 2019. Estudió Letras Hispánicas en Aguascalientes, México, y actualmente se encuentra trabajando su obra principal, El Gran Vacío, que cuenta la historia de un mundo fantástico, llamado Úrim, a través de varios cuentos y un par de novelas.

La rama de ciencia ficción, Wanderers, está inspirado por la obra de Dan Simmons, Hyperion, y retoma algunos conceptos, con giros propios, como la Red de Mundos, y el desarrollo de la humanidad a partir del contacto con Úrim.

Actualmente EGV/Wanderers cuenta con más de 130 cuentos, y 7 novelas cortas, situadas en distintos lugares y tiempos de ese espacio. Necromancia (2016) establece las bases del mundo mágico; la primera novela de ciencia ficción, Novarii (2018) ocurre tres mil años después de los eventos descritos en este primero y habla de una expedición fallida. Otras obras de ciencia ficción de este universo son Thelema Blue (2020) y más recientemente, Paralajes Fracturados (est. 2025).

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