Photo by Pixabay on Pexels.com
Jorge Etcheverry Arcaya
Sentado en un banco, cara al sol casi inclemente, pero en una atmósfera húmeda que anunciada un aguacero dentro de unas horas, Georges se puso a teclear en su Ipod. En la pantalla, después de la aplicación del descifrador de criptograma, apareció el artículo o breve nota del Dr. Leech, por supuesto que no aparecía su nombre por ningún lado, estaba firmado con un seudónimo. Se explayaba con su estilo rebuscado sobre algunas características de la hembra mutante, las dimensiones de los pechos, la amplitud de las caderas y la pelvis, que eran casi un mentís del arquetipo de la Venus de Willendorf, ya que la pelvis era más bien estrecha, tenía pechos pequeños, largas extremidades, glúteos también pequeños, escaso vello púbico, vientre más bien liso. Por otro lado, el hipotálamo— que descrito con una frase de la Wiki “regula el sistema nervioso y endocrino y, a través de ellos, puede influir en cualquier órgano y procesos corporales” — mostraba una cierta hipertrofia, luego venía una especulación algo confusa sobre la relación del mismo con las facultades extrasensoriales, a lo que seguía otro texto, seguramente también copiado y pegado de la Wiki “Un minúsculo grupo de neuronas situado en la base del hipotálamo controla tanto las conductas sexuales como las de agresión”. Las implicaciones del artículo eran obvias. Georges no pudo evitar un estremecimiento de cólera, que casi lo cegó por un par de segundos. Sin darse cuenta había cerrado con fuerza los puños, hasta sentir la huella de sus uñas en la parte inferior de la palma. Eso significaba la disponibilidad, experimentación y acaso la vivisección de ejemplares femeninos mutantes. Leech estaba vivo, oculto pero obviamente con un laboratorio y fondos. La doctora Alvarado—la más connotada investigadora en humanología natural y artificial— según Uno más Uno, el líder clon en la clandestinidad, parecía carecer de otra información aparte de la aparecida en el artículo, en lo que respecta a ese aspecto determinado. Todo lo que ella le había comunicado era cierto, salvo que le hubiera ocultado información. Eso quería decir que el Consorcio— que gestionaba y producía a los clones e investigaba el surgimiento natural de humanoides—o no estaba involucrado o estaban usando a Leech y lo mantenían secuestrado. Siempre asumiendo la veracidad de Uno más Uno, podría haber otros intereses operando. Recordó una escena de una película que había visto décadas atrás por TV, Predator II, una periodista dice por televisión comentando una brutal masacre de una banda de narcotraficantes, que hay A new player in town una nueva “parte interesada”. Él tendría que investigar, al tiento, dejar que las incipientes percepciones extrasensoriales mutantes se desplegaran, andaría por las calles céntricas, por los cibercafés, que seguían existiendo como lugar de contacto humano de varias cibercofradías más o menos marginales. O simplemente recorrer la web, la habitual y la negra. La Doctora Alvarado le había hecho saber que el niño—su hijo—el primer bebé mutante, supervisado por la Doctora, se gestaba sin problemas en el vientre de su madre. Iba a ser prematuro, saldría sin cesárea de las entrañas de esa niña flaca de pelo multicolor que tenía la piel cubierta de tatuajes que eran reproducciones de algunos de los dibujos de Georges, que algunos críticos marginales analogaban—para su confusión—con los ya fenecidos Bastiaq y Bansky. Por razones de seguridad no se le había indicado su ubicación, pero Uno más Uno le había dicho que ella estaba fuera de las manos del Consorcio, gracias a un complicado arreglo de la Doctora Alvarado. Eso revelaba claramente el poder de negociación con que contaba la Doctora. Que seguía siendo necesaria—quizás imprescindible—que su “capacidad experta”, como se dice, no había sido duplicada aún pese a todos los recursos humanos y materiales del Consorcio. Pero también era un signo que indicaba que él debía cooperar, revelar, era una especie de chantaje y la madre de su hijo era al fin de cuentas un rehén de la Doctora, fueran quienes fueran sus colaboradores, fueran los que fueran sus designios.
Más de Cronistas Ómicron
IMAGEN DE PORTADA: Pixele
Jorge Etcheverry Arcaya

Santiago, 1945, vive en Ottawa, Canadá. Formó parte del Grupo América y la Escuela de Santiago, grupos poéticos chilenas de los 1960-70. Su poesía, prosa, crítica y artículos se han publicado en varios países. Sus últimos libros son Clorodiaxepóxido, poemas, Chile, 2017; Canadografía, antología de prosa hispano canadiense, Chile, 2017; Los herederos, novela de ciencia ficción, 2018; Outsiders, cuentos, 2020. En años recientes aparece en antologías como Wurlitzer. Cantantes en la memoria de la poesía chilena, (Chile, 2018); Antología de la poesía chilena de la última década, (Chile, 2018); Antología mundial: la papa, seguridad alimentaria, (Bolivia, 2019); y Anthologie de la poésie chilienne, 26 poètes d’aujourd’hui (France, 2021). Pertenece al equipo de la revista chilena Entre Paréntesis.
¡ESTUDIA CIENCIA FICCIÓN EN LÍNEA Y PUBLICA CON NOSOTROS!











ÓMICRON BOOKS
Más historias
CINEMA ÓMICRON: Mad Max: los salvajes de Gibson y Miller
TROVADORES ÓMICRON: Postal cenicienta
CRONISTAS ÓMICRON: Fuego, acero y silencio
CRONISTA ÓMICRON: Mascotas
CRONISTAS ÓMICRON: La noche en que Glavhul palideció
CRONISTAS ÓMICRON: Mohenjo Daro