Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

DESDE LA ESCUELA: La dama de rojo

El presente relato es el producto final del curso de escritura de relatos de ciencia ficción.

Contenido auspiciado por la Escuela de ciencia ficción y fantasía.

Jenniffer Córdova

En el año 3500 había solo 3 000.346 personas en una parte del mundo. La humanidad estaba casi extinta a causa de un cataclismo natural sucedido hace aproximadamente cien años. El sol, durante cuarenta días estuvo a 72 grados, eso hizo que en menos de diez minutos casi todos desaparecieran. Los únicos que se salvaron fueron aquellos que sabían lo que iba a pasar. Ya se habían construido “Los Dados” en el desierto de Sahara (donde era Libia y Argelia) y Kalahari en África. Para el mes de marzo del año 3408, de todas las partes del mundo viajaron hasta esos lugares, se encerró una persona por cada Dado (esa había sido la condición para salvarse), los que tenían hijos menores de 13 años ocuparon una especia de Dado con túnel que conectaba con el Dado de al lado, cuando se cumpliera los 15 años del joven, ese túnel se cerraba para siempre. Antes de todo esto, por temor a que la especie humana dejara de existir, se tomó muestras de semen a todos los varones y se seleccionó por voluntad propia a treinta mujeres de entre 15 a 20 años dispuesta a parir una vez por año con el fin de que sean concebidos los humanos de la Nueva Generación. Cada persona de los Dados desconocía cómo era ese proceso de reubicar a los nuevos habitantes, sin embargo, los informativos en el cartio decían que era todo un éxito. Natalia y a quienes ella conocía solo recordaban haber despertado en su Dado asignado a los quince años, y su vida antes de eso era un recuerdo que no existían en sus memorias. 

El primer día de abril del 3408, el mundo dejo de existir como se había ya anunciado a las élites y todo se redujo a dos pedazos de tierra. En el globo terráqueo solo coexistía, con la constante soledad de cada uno: “Sirka”, estación única del año que se mantenía entre 60-65 grados. Cada ser humano encerrado en su hueco esperaba con ansias la supuesta llegada de “Ballo”: nueva estación que se posicionaría en el mes de noviembre. Los expertos habían indicado que posiblemente, y por primera vez durante estas decenas de años la gente se podría conocer, salir de sus casas y tirarse en la arena del desierto con las manos abiertas, pues la temperatura de Ballo estaría entre 39-44 grados Celsius. 

Natalia se obsesionó con esa idea y miraba constantemente la pantalla morada creyendo que se prendería, suponiendo que la asistente de Wark hablaría por primera vez diciendo la frase grabada: “Hay alguien en su puerta, ¿la abro?”. Eso no pasó ese día 28 de octubre ni los posteriores. No importaba las ilusiones que ella pudiera tener o cualquiera otro, en otro Dado: salir del encierro era una utopía que ya aburría pensarla. Seis días después con su terquedad encima, durmiendo a la orilla de la entrada, se dio por vencida. Noviembre había llegado y el cartio había avisado lo siguiente: “Los expertos están desaminados, la probabilidad de que los grados bajen es una imposibilidad porque…”. Ella pulsó el botón de la pulsera para no oír las razones del equívoco. Se sentía harta. 

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Fue a su huerto en el que resplandecía luz artificial y cogió dos manzanas: desayunó. Se dirigió luego a su oficina y la pantalla azul le indicó que faltaban diez minutos para su primera consulta, revisó los apuntes de la paciente. El sonido de la pantalla verde interrumpió, levantó la mano para abrir la llamada: era Enrique.   

—Hola preciosa, ¿cómo estás?

Natalia sonrió y se puso muy cerca de la pantalla con gesto de vanidad.  

–¿Cómo me ves? —hizo su broma cotidiana y Enrique sonrió también. 

—Pues el día de hoy pareces “La dama roja”. 

Natalia mostró dulzura y lo admitió con la cabeza. Siempre usaba el mismo color. 

—Creo que lo nuestro funcionaría mejor si nos viéramos

Enrique no dijo nada porque sabía a qué iba ella, otra vez. 

—Quiero abrir la puerta y llegar a tu Dado, que según mi GPS queda a diez minutos del mío. 

—Pienso que la dama roja el día de hoy se siente indispuesta. 

—Así es. He esperado este noviembre para verte desde hace tres años desde nuestro casamiento. Acaso, ¿tú no deseas lo mismo? 

Enrique prefirió no responder, porque no verse y no tocarse con nadie era la normalidad. Él no estaba tan interesado en eso, todos llevaban sus relaciones a través de la virtualidad, y para ser aún más honesto le aterraba un poco la idea de enfrentarse a otra persona cara a cara. De hecho, se preguntó muchas veces cómo podían aquellos seres primitivos estar tan cerca y convivir juntos un día entero. No iba a negar que cierta fantasía por el tacto le atraía, en las series virtuales de amor siempre aparecían muñecos que se tocaban la mano y pensaba que tenía su lado íntimo y romántico, pero llevarlo al exceso como pretendía Natalia, no, no se atrevería.  

—He de confesarte algo… —hizo una pausa larga— no me atrae tanto la idea de… tocarnos, es decir, de vernos en persona. 

Enrique respondió con sinceridad y Natalia que no se esperaba esa respuesta, quedó en estado de confusión sin lograr acertar ni una sola palabra. Colgó la llamada y siguió su día simulando normalidad ante sus pacientes. La dama de rojo no aceptaba la idea de que los expertos climáticos otra vez se equivocaran, así que comenzó a investigar en su cartio todas las fechas que habían pronosticado que el tiempo cambiaría: “con este año sería la novena vez, desde hace casi cien años”. Se fijó en los años de publicación y notó que entre cada nueve u once años daban un atisbo de esperanza. Pensó que todo era muy exacto y, por otro lado: ¿cómo podía el gobierno proporcionar carne de res y de cerdo cada cierto tiempo a los ciudadanos? Debían tener un Dado muy equipado para… —su pensamiento se cortó— debían alimentar a esos animales… ¿cómo lo hacían? Eso era algo que nunca se le había cruzado por la cabeza, pero su frustración había llegado a una alta escala. 

Se acercó a la pantalla rosa donde pedía y pagaba los alimentos de animales. La máquina cobró 80 Tins digitales por dos kilos de cerdos. A los tres minutos la ventana que estaba a su lado se abrió. Eso era como un pasillo con una maquina rodante que se detenía justo a dónde se había hecho la compra. No cogió la carne de cerdo para poder asomar la cabeza en el pasillo oscuro: no había nada. Tomó las rebanadas y las puso en su congelador. Fue a su puerta y le indicó a asistente de Wark que prendiera la pantalla morada: todo vació, toda arena. Revisó la temperatura en el cartio: el clima estaba en 61 grados. Decidió llamar a Enrique. 

—Creo que nos están engañando. 

Enrique no se inmutó al escuchar esas palabras. 

—Pienso que todo podría ser una mentira del gobierno. 

Enrique había escuchado de Natalia mil cosas con el pretexto de verse. Que el sol es una mentira, que el pasillo de entrega de comidas no tiene la misma protección del Dado, que el contacto humano es necesario, que el gobernador no se llama como dice que se llama, que no están en África y un sin números de historias que inicialmente a Enrique le daban mucha risa, pero debía reconocer que a veces la insistencia y las ocurrencias de Natalia lo desconcertaban y llegaba a perturbarlo.         

—¿Por qué el gobierno haría eso? 

—Porque son unos malditos locos que creen que encerrarnos es una buena opción. 

—¿Por qué sería una buena opción?

—¡No lo sé, Enrique! ¡No lo sé! 

Enrique cortó la llamada. Natalia se acercó a la puerta y solicitó a la asistente la apertura del portón con distancia de diez centímetros. Configuró el tiempo que duraría la puerta entre abrirse y cerrarse: cinco segundos. Echó por ahí un pimiento. Protagonizó, mediante la pantalla morada que el alimento quedó carbonizado en tres minutos. ¡No, no era mentira! 

“Aquí hay un engaño”, se dijo y se propuso estar con la pantalla morada encendida todo el día hasta descubrir algo. Por primera vez pudo observar con detalle los otros Dados, donde vivían todos sus vecinos con quienes se reunía virtualmente los viernes a las 6 de la tarde, con el fin de llevar una vida social amena. La dama roja estuvo segura que al gobierno jamás se le ocurriría que una loca estuviera, sin dormir ni un solo momento, observando lo que pasaba afuera de su Dado A40. 

Después de tres días sin descanso, decidió que debía dormir algo y lo haría en el día, porque si algo pasaba afuera, forzosamente debía ser en las horas de la madrugada. Enrique no había llamado desde que le dijo sobre el contacto humano, quizá a lo mejor quería separarse de ella para siempre, pero Natalia podría demostrarle que estaba en lo cierto. El 9 de noviembre a las 2:00 de la mañana sucedió algo: un hombre de aproximadamente cuarenta años caminaba con al menos diez vacas. Conocía a las vacas porque las había visto en su cartio. Eso duró, al menos frente a su puerta, unos ocho minutos: esto era la comprobación que la temperatura era una mentira, pues los grados Celsius en ese momento arrojaban que estaban 62.

Estuvo temblando todo el siguiente día, quizá porque había descubierto una verdad que nadie creería o quizá porque su dinero electrónico estaba casi extinto por no haber trabajado las última dos semanas. Todos vivían con lo que ganaban a diario. Se contactó con David, un exnovio que tuvo hace ya cinco años, cuando tenía solo veintidós. Él era mayor que ella por veinte y había perfeccionado el cartio hace un tiempo atrás. 

—A veces lo he pensado, pero no hallo forma de probarlo. 

— Tu vives en mi misma zona. Yo me contactaría contigo cuando vuelva a pasar y lo verificarías. 

David le tomó la palabra, no solamente porque estaba enamorado aún de la loca esa, sino que todo le parecía lógico. La llamada llegó doce días después de esa conversación. David se levantó de su cama a la 1:10 de la madrugada y comprobó que dos hombres manejaban una especie de Dado rodante con muchísimas plantas al descubierto. El cartio rebotó una temperatura no cierta: 60 grados. 

—Yo podría infiltrar un mensaje, mintiendo. 

Le dijo después, a la hora de ese evento. Natalia no se le había ocurrido nada, solo buscaba que alguien le creyera y salir de su encierro. 

—Una cosa es obvia: no van extinguir a la humanidad, te has preguntado ¿qué es lo que está pasando?

David tenía una sagacidad e inteligencia impresionante, había ganado en dos ocasiones el “Premio a la mejor inteligencia DadoHumana”. Natalia seguía sin responder porque sus únicos pensamientos era el desprecio al encierro y no había cavilado la idea exacta de cómo podría ser posible que la temperatura siguiera alta y ciertas personas se pasearan por las calles. Era una mentira todo, era lógico, pero no hallaba una sola razón cómo lo podían hacer. 

—Allá fuera lo que hay es una capa con calor artificial, manipulada al grado que les que conviene. Si logramos que la gente salga de sus Dados en el momento que lo han desactivado, no podrán hacer nada. Estamos encerrados en una cúpula.

Natalia quiso comentarle a Enrique todo, pero se acordó que muchas veces había defendido al gobierno y la forma de vida que llevaban. No estaría de su lado. “Enrique es miembro del grupo “Arquitectos de los Dados” … ¿cómo hacían para construirlos?, esa era una pregunta que él nunca ha querido responder”, pensó. Y luego se dijo que este plan lo llevaría sin comentárselo. 

El 25 de noviembre, casi en agonía, el estado de Natalia empeoraba. Se había dedicado a trabajar en el día y vigilar la puerta en la noche, sus nervios estaban a punto de estallar, y es que no podía seguir durmiendo en las mañanas porque su dinero se había acabado, pero también acabaría otra cosa. 

Esa madrugada se infiltró un mensaje en todos los cartios, como anuncio de la Emisora Wark. Nadie en Kalahari dudó de su veracidad. El mensaje decía: “Hoy es un día maravilloso y la razón es porque ha desaparecido para siempre la temperatura que nos podría haber matado. Esta dama de rojo estrena su libertad”. La imagen mostraba a Natalia afuera de su Dado con una sonrisa amplia, esa foto se la había tomado el día del carro rodante. El mensaje seguía: “Salgan ahora, porque hoy empieza su primer día en la arena”. El mensaje llegó con el pitido de “información urgente” instalado por el mismo David y se regó por todas las zonas cuando Natalia se aseguró que tres hombres pasaron frente a su casa con al menos quince cerdos: la temperatura alta estaba desactivada. La gente no lo pensó, no temió, ni dudó y todo el mundo abrió sus Dados por primera vez y la humanidad sobreviviente se halló en treinta segundos uno frente a otro. Empezaron un sinnúmero de gritos, como ecos por todos lados. La gente aplaudía y Natalia divisó los primeros contactos con cierto miedo. Unos empezaron a correr sobre la arena con furor de alegría, y otros contemplaban el cielo artificial que estaba frente a ellos. Solo Natalia y David sabían la verdad. 

Enrique llegó hasta la preciosa dama de rojo. Le sonrió como aquellos que aman con locura, casi expidiendo un orgullo sobrenatural. Debía haber caminado unos once minutos para verla. Natalia le sonrió de la manera más honesta pero no se atrevió a tocarlo. Su esposo era más guapo, así de cerca. Él le cogió una mano con cierta timidez y se acercó a su oído.

—Has arruinado todo, maldita imbécil. 

A lo lejos se comenzó a oír una bulla parecida al arma que usaban los muñecos de las series virtuales. Ella se movió lentamente y lo miró a los ojos. 

—La única razón por la que te tuve cerca era porque el gobierno quería saber los argumentos de esa loca de rojo. Fuiste el mejor instrumento para intuir las razones humanas de aquellos que podrían saber la verdad. Ya no me eres útil. 

Sacó del bolsillo un gigante aparato que lanzó dos bolas de hierro y llegaron directo al corazón. La dama de rojo cayó. Su sangre se confundió entre su ropa y pensó en esos dos segundos, en los que aún conservaba la vida, que estaba muriendo dignamente: había descubierto la verdad y había encarado los ojos falsos de Enrique. A lo lejos se oyeron gritos y disparos. Unas voces dijeron: 

—¡Entren a sus Dados! ¡Se ejecutará a todo aquel que esté afuera! ¡En cinco minutos cambiaremos la temperatura! 

FOTO: Pixabay

NOTA: El presente relato es el producto final del curso de escritura de relatos de ciencia ficción. La autora se graduó en la escuela.