Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Tratado del modo de facer ángeles para, por vía de números, fabricarlos con facilidá.

En 1689 en Puebla de los Ángeles, Don Diego investiga el asesinato de una joven, descubriendo pistas que sugieren un perpetrador de alto estatus social y conexiones peligrosas.

José Luis Ramírez

Es el año de Nuestro Señor 1689 aquí en la Puebla de los Ángeles, donde la producción de bollos y tocino mantienen a la armada de su majestad el rey, mientras la curia y los indios ceden más cada vez a los comerciantes de ultramarinos, quienes controlan el tráfico de los galeones anclados en los dos grandes puertos de esta provincia, cada uno en un oceáno distinto. Aquí, ha levantado su casa Don Diego de la Vega, el hombre con la mayor hacienda de todos en esta ciudad.

Don Diego camina a su casa una noche, tras una reunión del cabildo del que es concejal, cuando se encuentra con un grupo de mirones alrededor de una adolescente desnuda; ordena a los indios que lo escoltan disipar a la multitud y se arrodilla ante el cuerpo para comprobar que no tiene pulso.

Le ordena a sus esbirros levantar sus restos mortales y llevarla al hospital de San Roque, donde las recuas traen del puerto de San Juan de Ulúa a los viajeros que llegan convalecientes; ahí, los recibe uno de los hipólitos que iluminado apenas de una candela los guía hasta una de las bodegas en la cual dejan el cuerpo sobre una mesa.

El concejal pide la vela al fraile y se auxilia de ésta para revisar el cuerpo sin ningún recato, sostiene la luz con la zurda mientras la diestra palpa entre las axilas, el pubis y el cuello; allí nota un corte limpio, tan fino como un hilo de seda y enseguida descubre entre el pelo de la nuca un pequeñísimo trozo de tela, el cual presume pertenece al vestido de la víctima, pues está hecha de un hilo tan fino que no se parece a nada que se venda en el mercado.

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Guarda la tela en su bolsillo y devuelve los remansos de la vela al hipólito, a quien deja además una bolsa con unos cuantos reales para que mantenga el cuerpo en nieve traída de las minas de hielo del Iztaccíhuatl.

A la mañana siguiente lleva el trozo de tela a su sastre, quien afirma sin dudarlo que proviene de las Indias Orientales. Una seda tan rara, tejida con hilo de gusano, que sólo podría permitírsela alguien de muy alta posición social.

Don Diego, que no conoce de nada a la mujer, entiende que el asesino debe ser alguien rico y bien conectado, sabe que tiene acceso al puerto de Acapulco pues ahí recalan del tornaviaje los de Manila. También puede estar bastante seguro de que no es un hombre temeroso de Dios.

El concejal va de nuevo a la escena del crimen y habla con los vecinos, manda llamar a los mirones que la encontraron y les interroga, pero nadie puede decirle nada acerca de la mujer, pues ninguno recuerda haberla visto en la iglesia ni en el mercado.

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Vuelve entonces al hospital de los hipólitos a revisar el cuerpo bajo la luz del mediodía, un par de novicios le ayudan a despejar la montaña de nieve sobre el cuerpo y, al descubrirlo, Don Diego ve relucir un destello dorado en su garganta. Acerca el monóculo que ha traído especialmente de su biblioteca para mirar la hendidura y comprueba que no hay sangre seca pero sí polvo de oro.

Ormolú, los franceses lo usan para dorar el bronce al mercurio. Con este proceso se consigue un baño de oro duradero pero que sólo puede aplicarse a objetos resistentes al fuego.

Lo que es sin duda una pista interesante.

Don Diego va en seguida a la iglesia de la Compañía de Jesús a hablar con su confesor, el padre François Guillot. Su charla con él no aporta mucho más de lo que ya sabe, las minas de Angangueo en el obispado de Valladolid son ricas en cobre y estaño, con los que se fabrica el bronce; los indios han explotado el cinabrio en abundancia y en España está prohibida la importación de mercurio, delito que se castiga con la pena capital.

Haciendo números, se puede deducir que un arma de bronce bruñido en oro bien puede fabricarse en la Nueva España; incluso, mientras están conversando, los orfebres de los dominicos trabajan los últimos detalles del retablo en la capilla de Nuestra Señora del Rosario, hecha toda de oropel.

Así que Don Diego va entonces a donde Don Gerónimo Pérez de Posada, comisario general del Tribunal del Santo Oficio de la intendencia de Puebla, que tiene su despacho en la cerrada de Santo Domingo.

Don Gerónimo tiene ya noticias tanto de la muerta como del proceder nocturno de Don Diego, por lo que no es necesario abundar en los pormenores del caso y el concejal puede informar directamente sobre el polvo de oro en la herida, así como las conclusiones a las que ha llegado con su confesor.

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Poco puede añadir Don Gerónimo, los orfebres son indios que labran los metales preciosos en presencia de dominicos que se aseguran de pesar las piezas antes y después de trabajarlas para evitar la merma. Sí, entre todos ellos hay algún mestizo encargado de la contabilidad o de pintar los lienzos, aunque ninguno de quien se sospeche que puede ser un asesino.

Por otra parte, lo que más intriga al comisario es que la mujer sea una completa desconocida. Tiene inventario de todos los pasajeros que llegan en calesa de la Vera Cruz, incluso si vienen sólo de paso para continuar su viaje a la ciudad de Méjico y se mantiene al tanto de que el censo coincida con el registro de toda fe de bautismo.

Por su piel tan blanca tienen claro que se trata de una criolla, si no es que española, pero les cuesta creer que algún buen cristiano pudiese tenerla oculta durante 13 años. Don Diego se cuida de argumentar contra la hipótesis de que bien puede tratarse de algún falso converso, de los que practican la judiciaria, y se despide del comisario asegurando que le informará de cualquier otro avance en su investigación, no sin antes pasar a los cobertizos que hacen de talleres para ver trabajar a los indios y criollos.

Por la noche, Don Diego va al Corral de Comedias donde hay una representación de María de Celi, autorizada a montar su obra a cambio de donar ocho reales al Hospital de los Naturales y nombrada autora por el virrey, en atención a no haber hombre alguno que hoy día escriba comedia.

Es durante su acto, en el momento en que hace burla al soneto “Ante el cadáver de una actriz” de Luis de Sandoval, hilvanando un punto de cruz en el aro de bordado, cuando Don Diego tiene una epifanía.

De tal suerte que abandona el recinto y se va andando por la calle de Herreros hasta su casa, mientras recita murmurando el verso: “Tan bien fingiste —amante, helada, esquiva—, que hasta la Muerte se quedó dudosa si la representaste como muerta o si la padeciste en vida.”

Apenas entra, Don Diego va directo a su biblioteca y busca el libro de contabilidad donde tiene registrados todos los carromatos que han traído seda desde el puerto en los últimos 13 años, también las cargas de bronce de Valladolid y Oro de Salamanca; y ayúdandose de una hoja en la que escribe nombres en los renglones y fechas en las columnas, decide trazar un punto por cada registro de sus inventarios.

Le toma buena parte de la noche, y no tarda el gallo en cantar mientras él se ufana por los resultados de su tabulación, de la cual resalta el nombre de Don Manuel Moreno, herrero muy bien visto por la ciudadanía y de quién se dice tiene hasta cuatro fraguas dentro de su casa.

Don Diego, que no tiene sino la sospecha, decide entonces mandar a pedir al herrero que se reuna de inmediato con él en el hospital de San Roque, a donde se dirige él mismo. Don Manuel llega solo al encuentro y no parece inmutarse ante el cuerpo desnudo de la mujer, desenterrado ya del hielo por los monjes.

—¿Y esto en qué me concierne? —pregunta sin mostrar ninguna expresión.

A lo que Don Diego responde con otra pregunta:

—¿Es que no la conoce?

El herrero niega con la cabeza y se vuelve por donde vino. Don Diego cavila sus pensamientos, como no dice nada los monjes comienzan a cubrir nuevamente el cuerpo con la misma nieve que recientemente quitaron, pero el concejal hace una seña para interrumpirlos, pues no tiene caso conservar por más tiempo el cádaver.

Don Diego despierta sobresaltado a mitad de la noche, el corazón bombea con furia la sangre y tal vez por eso es que recuerda el sueño tan vívidamente.

La piel de la mujer se abría por la garganta, desollándola desde el cuello hasta los pies como si fuese un guante; aunque no había sangre ni órganos sino que en su lugar descubría un intrincado mecanismo, tan complejo como un reloj astronómico, pero disminuido en escala hasta acomodar todo engranaje necesario dentro del torso. Y así, descarnada como estaba, movía hacia él sus ojos en una mirada de súplica, pero sin decir palabra ni mover las extremidades del cuerpo, sino sólo las piezas de su mecanismo interno que chasqueaban.

Don Diego cuenta el sueño a su confesor, aunque éste se limita a reir y presentarle a un amigo suyo, quien se da aires de relojero y recientemente le ha contado al francés un sueño parecido sobre un arca musarithmica.

Al concejal le hace gracia, que Don Alexandro Favián lo invite a su casa donde tiene un clavicímbalo hecho por Samuel Biederman de Augsburg y que además de tocar por sí mismo mueve figurines que bailan al ritmo de la música; y esa es sólo una entre muchas maravillas que tiene en esa casa suya como son: imanes, lentes, espejos curvos, helioscopios y astrolabios, que le ha enviado desde el viejo mundo el mísmisimo Atanasio Kircher.

—¿Es posible hacer una persona artificial? —le pregunta Don Diego.

Pero el sabio sólo se sonríe y dice:

—El problema no es hacer el cuerpo sino la mente —y procede entonces a contarle de los trabajos de Juanelo Turriano y Domingo Martínez de Presa en España, así como del Automa Cavalier de Leonardo en Milán; añadiendo que esos no eran sino artificios que imitaban al hombre en lo más burdo—. La mathemática que los gobierne —dice casi en un susurro—, he ahí el verdadero milagro.

Es de noche cuando Don Diego deja a su anfitrión, pero estando la casa de Favián en la esquina de Herreros y San Roque, y un poco avispado por el vino, decide apersonarse él mismo en la casona de Don Manuel Moreno.

El peón que abre la puerta no parece extrañado de que alguien toque la aldaba a deshoras y se conforma con hacerle pasar al salón y avisar al patrón de la visita. El patio está iluminado por las forjas, uno puede pensar que no son horas de trabajar pero a Don Manuel no parece importarle, tampoco a sus vecinos que son todos del mismo oficio.

Al cabo viene el señor de la casa, vestido como si fuera de día, y sin ninguna cortesía pregunta con sequedad:

—¿Qué viene a buscar?

—La verdad —es lo único que dice Don Diego, y aunque Don Manuel lo invita a sentarse con un gesto, prefiere quedarse delante de él sin dejar de mirarlo a los ojos.

—La verdad —repite Don Manuel, aunque nada dice luego de eso y el salón se queda tan en silencio que el único ruido es el segundero de un enorme reloj vertical acompasado al vaivén de su péndulo— ¿Escuchó hablar de Rosa de Ubeda? —dice al fin, y como Don Diego no hace amago de responder procede a resumir la historia— Se entregó ella misma a la Inquisición aduciendo que tenía un pacto carnal con el diablo. Lucifer personalmente se le metía en la cama tomando la forma de cualquiera que ella quisiese y se decía que todos los que la visitaban eran solteros, menos uno…

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El concejal recuerda vagamante que el mismo Gerónimo Pérez de Posada hubo desestimado el caso, en consideración al padre de Rosa, un comerciante que volvía a tener cierto éxito luego de una muy mala racha.

—Nunca la conocí, pero quedé viudo hará cosa de 6 años y antier noche hizo 13 de aquello.

Don Manuel no dice más y deja al otro hacer el cálculo mentalmente.

—Sé lo que está pensando. La hija del diablo se aparece de pronto en la seda de su difunta esposa, vaya farsa sobrenatural sin duda; pero dígame, Don Diego, si vuestra usía no cree lo que escuchan sus oídos, ¿puede ser capaz de entender lo que mira con sus propios ojos?

Y diciendo esto abre de par en par las puertas del salón que dan a su despacho, donde una talla articulada de San Miguel bañada en oro, afila su espada de bronce hasta dejar su filo del grosor de un hilo de seda y, como en aquel sueño suyo, algo en el pecho del arcángel en vez de palpitar resuena tic-tac, tic-tac, tic-tac.

IMAGEN DE LA PORTADA: DALL-E

José Luis Ramírez

Nació en 1974, en la ciudad de Puebla, en México. Es Ingeniero Industrial en Electrónica y estudió una maestría en Ciencias de la Computación. Ha sido publicado en Los Mejores Cuentos Mexicanos, así como en distintas antologías entras las que destacan: Auroras y Horizontes, El crimen como una de las bellas artes Vol.III, Los Mejores Cuentos Mexicanos Ed.2003, Visiones Periféricas, El Hombre en las Dos Puertas, Los Mapas del Caos y Silicio en la Memoria; así como en varias revistas y fanzines. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción 1998, con el cuento “Hielo”. Puede contactarse en twitter.com/jluisram o en su sitio web comunidades.com.mx/jluisram

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