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Juan Andrés Capalbo
-Habla Cunnington desde la estación de Ergit ¿Alguien escucha?
El científico soltó el micrófono y esperó por una respuesta. Pasados unos segundos volvió a intentarlo.
-Cunnington desde la estación de Ergit ¿nadie me recibe?
Durante varios minutos volvió a intentarlo sin respuesta alguna. La radio era el último medio de comunicación del que disponía y ya no podía utilizarlo.
El doctor se puso de pie y caminó por la habitación. Desde que se cortó la comunicación con la Tierra, fue imposible volver a establecer un nuevo contacto. De todas maneras seguía intentando. Era evidente que el problema estaba en la radio de la estación. Se detuvo frente a la ventana para observar el cielo estrellado, ya que aún no había amanecido. Volvió a deambular por la sala . Sabía que la nave con las provisiones estaba en camino. Y era consciente de que se enteraría de su llegada cuando aterrizaran y no antes, debido a que todos los sistemas de comunicación estaban fuera de servicio. Quizás pudieran revisar la radio, pero solo después del amanecer. Tomó la taza y bebió un sorbo de café, ya frío y comenzó a leer unos informes solo para hacer algo.
Sin embargo, no podía concentrarse en su trabajo. El y sus dos colegas estaban aislados dentro de la estación, sin poder salir y los víveres escaseaban. Tenían agua, pero quería revisar el tanque porque temían que las ratas la hubieran contaminado. A pesar de saber que la nave llegaría ese mismo día, la espera en total aislamiento se le hacía insoportable. Y los chillidos que llegaban de afuera no ayudaban a mantener la calma.
Además, pensaba en que el trabajo que realizaban fue lo que ocasionó la situación en la que estaban.
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En ese momento una nave se dirigía hacía allí. La nave en cuestión estaba tripulada por tres personas, el capitán Zamora, el primer oficial Clemente y el joven Kunj. Y el cargamento en parte eran ratas. El asentamiento al que se dirigían era un pequeño establecimiento ubicado en el lejano satélite. Allí utilizaban a estos animales para sus ensayos sobre la vida y la adaptación al espacio. El lugar solo contaba con tres horas de sol al día y poca agua potable. Por eso, la otra parte del cargamento era una cantidad de agua y víveres para un mes.
Faltaban unos 30 minutos para llegar a destino y el capitán parecía inquieto. Habían enviado señales a la estación a la que se dirigían, pero no obtuvieron respuesta. El capitán, que observaba por la ventana, se volteó:
-Verifique el estado de la carga – dijo dirigiéndose a Kunj
-Si, señor – dijo el joven formalmente y fue a verificar la pequeña habitación en que viajaban las ratas. La habitación era contigua a la sala de comando y sus paredes estaban cubiertas por unas jaulas en donde había al menos cien roedores destinadas a las pruebas de laboratorio.
-¿Recibimos alguna señal de Ergit?
-No, capitán, pero estimo que deben habernos detectado en los radares.
-Si pero deberíamos haber recibido alguna señal, intente el contacto nuevamente.
En ese momento e joven volvió a la sala de comando.
-Todo en orden, señor.
-Bien ¿Las ratas están todas vivas?Todas vivas, capitán.
-Perfecto, no dejen de vigilarlas. En la estación tuvieron problemas con sus ratas, algunas escaparon y luego no perdimos contacto – decía el capitán. –casi seguro que destruyeron los sistemas de comunicación…
Eso último lo dijo casi para si mismo. A medida que se acercaba a destino, sospechaba que quizás hubiera más daños en los sistemas. Esperaba que el sistema de oxigenación estuviera intacto, había escuchado anécdotas en que las alimañas podían interferir con esos sistemas. Pero esto último no lo compartió con el resto de la tripulación.
Al descender sobre el pequeño satélite pudieron divisar la estación científica. Todavía había algo de luz solar, sin embargo pudieron ver que algunas luces comenzaban a encenderse. Una buena señal, pensó Zamora, a menos que el encendido de las luces fuera automático…
El primer oficial aterrizó la nave en el hangar ubicado a unos cincuenta metros de la estación y una vez finalizada la operación abrió la escotilla y algo inseguros comenzaron a caminar . Miró extrañado al suelo, que unía el hangar con el edificio. Algo lo cubría en gran cantidad y solo al mirar de cerca se dio cuenta de que eran excrementos. Le pareció raro, ya que en el tiempo que llevaba el cargamento a aquel lugar, eso nunca había ocurrido. La poca vida animal del lugar no solía desarrollarse cerca de los humanos. Cuando llegaron al final, la puerta de la estación se abrió y dos hombres los recibieron. El capitán volvió a sentirse tranquilo una vez que desechó sus temores.
-Bienvenidos, bienvenidos y gracias, no saben cuanto nos alivia verlos – dijo el hombre que estaba más cerca de ellos. Tenía ojeras marcadas estaba sin afeitar.
-Gracias doctor pero ¿Qué les ocurrió? – preguntó el capitán – no pudimos establecer contacto.
-Nuestros sistemas ya no funcionan, tuvimos un inconveniente serio.
-¿Peor que el de las ratas?
-Tiene que ver con eso, pasen a la sala y les explicaremos.
Los hombres pasaron a la sala principal en donde tomaron asiento, los recién llegados pudieron observar el aspecto nervioso que tenían los científicos.
-Ustedes parecen nerviosos ¿Qué les ocurrió? – volvió a preguntar
-Bueno, tiene que ver con las pruebas que realizamos sobre la supervivencia, solíamos soltar algunas ratas sobre las que teníamos un mecanismo de control para saber como y donde estaban, pero hace tiempo, algo falló…
-¿Murieron todas?
-No, lo habríamos sabido… perdimos toda señal…
-¿Cómo ocurrió eso?
-Les implantábamos un chip que nos proporcionaba toda la información… sospechamos que se lo arrancaron y una vez fuera de nuestro control ya no pudimos hacer nada. Una vez sueltas, pudieron alejarse y … reproducirse.
-Quizás podamos pedir algún tipo de …
-No capitán, ellas están completamente fuera de nuestro control, se reprodujeron sin que nadie se los impidiera .
-O sea que tienen un invasión de ratas.
-Peor que eso, ellas no tienen ningún predador natural aquí, por lo que colonizaron el planeta. No sabemos cuantas hay, a esta altura ya pueden ser millones. Quizás incluso hasta hayan contaminado el agua del tanque.
Con la última luz del día pudieron comprobar que el agua estaba completamente limpia, de todas maneras instalaron el tanque nuevo. Los hombres estaban mucho más tranquilos con la llegada de los tripulantes a pesar de que el problema principal no estaba resuelto, lo siguiente sería revisar los sistemas de comunicación, pero surgió un inconveniente:
-Señores, se pones el sol, deben entrar ahora antes de que se ponga por completo.
-¿Tan grave es la situación, Cunnington? Tenemos luces con las que podemos trabajar en la oscuridad.
-El problema no es la oscuridad…
-¿Qué es eso? – interrumpió Clemente.
La pregunta quedó respondida por el sonido que venía de afuera. Cientos de chillidos comenzaron a escucharse, cada vez con mayor intensidad, . Al mirar por la ventana vieron como miles de roedores salían de todas partes y correteaban por todos lados como amos y señores de ese lugar, que era en lo que se habían convertido.
Algunas corrían en solitario, otras en grupo, otras comían o llevaban comida, cavaban, pero lo que llamó la atención fue una en particular.
-¡Miren esa de allá! – dijo el oficial señalando a una de gran tamaño – parece una marmota
-Hay varias que son muy grandes, pero ninguna como esa.
-Claro, en la Tierra una rata de ese tamaño no podría sobrevivir, pero aquí no hay nada que le haya impedido hacerlo, no está obligada a vivir en un desagüe, no hay nadie que la persiga.
-¡Eh, se suben a la nave!
-¡Tenemos que ir!
-Es imposible, miren la cantidad que son, no podría acercarse. Además ¿Creen que puedan dañar la nave? es poco probable. Quizás debamos cenar algo mientras todo se calma.
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Así lo hicieron, pero los tripulantes no comieron demasiado, estaban sorprendidos aún, mientras que los científicos recuperaron el apetito perdido hacía días y saciaron su hambre. La presencia de los recién llegados les dio algo de calma. La cena de esa noche era lo último que quedaba en la estación, sin embargo estaban tranquilos porque la comida que habían llevado se encontraba en un compartimiento cerrado al que los roedores no podrían entrar y al estar completamente aislado no corría riesgo alguno de contaminación.
Pasadas unas horas los chillidos de las ratas seguían escuchándose con la misma intensidad que al principio. Al no poder salir de allí, todos decidieron irse a dormir hasta que fuera posible ir a la nave. Los tripulantes estaban bastante agotados por el viaje, los científicos lo estaban por el estrés al que habían estado sometidos los últimos días.
El capitán era un hombre que solía levantarse durante la noche para visitar el sanitario y esa noche no fue la excepción. En el camino se detuvo para mirar hacia afuera. Era curioso que en todos los viajes que hizo a aquel lugar nunca había pasado la noche ahí. Mientras pensaba en esto miró hacia el hangar y entonces:
-¡Fuego!
Eso mismo, fuego en la nave. Podía ver desde allí como había comenzado un incendio en el interior y el humo salía por la escotilla, al tiempo que las ratas se escabullían para ponerse a salvo. El grito del capitán despertó a los demás, que no tardaron en estar en el lugar.
-¡Debemos apagarlo o nos quedaremos varados!
El capitán abrió la puerta y se lanzó al exterior hasta que le advirtieron:
-¡Señor, regrese mire hacia adelante!
De no ser por esa advertencia, hubiera corrido hacia la nave. Pero cuando miró hacia adelante, vio que un centenar de ratas, quizás miles corrían hacia el. Menos mal que solo avanzó unos pocos pasos, que pudo desandarlos rápidamente. Nadie quería pensar que pasaría si todas esas ratas lo alcanzaban.
Luego de la escapada del capitán, las ratas se quedaron cerca de la estación, aunque sin intentar ingresar. La nave se prendió fuego por completo, quizás con la luz del día pudieran rescatar algo.
Se quedaron esperando hasta que amaneciera, ya que ninguno de los hombres volvió a acostarse.
Todos parecían desconsolados, sin embargo el capitán intentó ser optimista:
-Vendrán a buscarnos, no pasará demasiado tiempo ya que nuestro rastro desapareció. Rastrearán nuestro recorrido y verán que este fue el último lugar en que el sistema de localización nos registró.
Luego de cruzar algunas palabras, todos se levantaron y se atrevieron a mirar hacia afuera. Nada quedaba de la nave sino su esqueleto carbonizado, deberían esperar a algún rescate. Después se fijaron en las ratas. Hacían algo particular. Parecían estar cargando algo. Quizás algo que habían sacado de la nave. O algo del paisaje. Algunas llevaban algo en el hocico, pero imposible saber que era hasta que estuviese más cerca. Y se dirigían a la estación. Pasados unos instantes vieron que la procesión de ratas se acercó hasta la puerta y dejaban los objetos y se iban. Pero no eran objetos cualquiera: ratas muertas, plantas nativas y algunos objetos que debía ser frutos alienígenas…
-Nos están alimentando…- dijo Cunnington – ahora ellas están afuera, nosotros encerrados, se invirtieron los papeles … ellas nos dan comida a nosotros…
Parecía extraño, pero este comportamiento se repitió más tarde y también al día siguiente. Hasta que llegara el ansiado rescate debían alimentarse, de eso no cabía duda. La única duda era quien de ellos se alimentaría con las ratas muertas.
IMAGEN DE LA PORTADA:
Juan Andrés Capalbo
Argentina, 1990. Docente de Educación Especial de la provincia de Buenos Aires. Tiene cuentos publicados en Teoría Ómicron y otras revistas digitales.
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