Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: La última noche en el mundo

El relato ilustra la soledad y el anhelo de conexión humana en un mundo donde los hologramas reemplazan la pérdida. La lucha entre la realidad y la ilusión resulta desgarradora.

Este es el riesgo en que se encuentra el hombre moderno. Puede que un día se despierte y descubra que ha perdido la mitad de su vida.

—¿No lo sientes? – Interrumpió el hombre recostado en la cama. Y su voz poseía un ligero temblor; como la del niño que siente por primera vez la soledad de sus pares. O la del adulto retraído que con dolor lo corrobora tiempo después.

—¿Sentir qué? –Habló la mujer desde el otro lado de la cama; al tiempo que no dejaba de contemplar perdidamente al holograma del bebé acurrucado en sus brazos que alimentaba con su pezón.

El hombre no respondió. Se levantó de la cama; caminó hasta la gran pared digital sintonizada en un canal muerto cuyo color proyectaba en todo el cuarto, y lo apagó. Pronto, la casa quedó en completo silencio y fue una con la noche eterna del universo.

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—Eso —musitó con pesadez el hombre, esperando que la mujer lo captara—. Que hoy es la última noche del mundo.

La mujer sopesó con cautela sus palabras. Retiró el pecho de los inquietos labios del bebé holográfico que succionaba su leche y centró su atención, por vez primera desde el parto fallido que sufrió hace dieciséis meses, en el desgarbado hombre parado en la esquina del cuarto.

El hombre le devolvió la mirada, y ella pudo notar en esos cansados ojos un sentimiento de alivio por haberlo reconocido. Pero también un leve temblor en sus propias pupilas debido al cambio de percepción al dejar de mirar un ser holográfico y encontrarse, en cambio, con otro cuerpo orgánico semejante. El hombre también lo notó, por supuesto; pero se guardaría aquella verdad solo para él. Era muy afortunado de haberla conocido, aunque no hubieran podido llegar más lejos en su vínculo de familia.

—¿La última noche? —preguntó atenta la mujer mientras luchaba con las pequeñas manos del bebé que ansiaba regresar a su teta— ¿Por qué dices eso?

Desde el otro lado el hombre era consciente que la atención de la mujer no duraría mucho. El holograma del bebé conectado a su sistema nervioso no lo permitiría; así que se apresuró a explicarlo todo.

—Siento algo aquí —Empezó a decir, pero ya era tarde. La mujer terminó por mirar al bebé y su atención y consciencia quedaron nuevamente atrapadas en los ojos letárgicos del holograma que reclamó su húmedo pezón para sí.

—¿Ah sí? —La voz de la mujer recorrió la habitación como un fantasma estéril repleto de estática; con un tono similar a las otras voces artificiales dadas por las inteligencias médicas de la nube con sus preguntas de rutina— Te duele el pecho.

—No, no me duele el pecho —contestó el hombre desde el apartado rincón.

—¿Tienes frío? Yo no tengo frío.

—No. Ya nadie siente frío.

—Si tienes una arritmia…

—¡No quiero ninguna pastilla!

—Todos necesitamos una pastilla, a veces para sobrellevar el día.

—¡Yo no!

El holograma del bebé pataleó en los brazos de la mujer. Se desprendió de la teta y se quedó mirando a la que era su madre de carne como una presencia consciente que le recriminaba la interrupción del silencio.

—Entonces no entiendo —Habló con voz hueca la mujer perdida en los ojos del niño.

—Creo que es soledad —Confesó.

La respuesta detonó un silencio cuya onda expansiva los alejó mucho más de lo que ya llevaban tras los dieciséis meses del parto fallido. La mujer endureció los gestos, y una rigidez invadió su cuerpo. Se inclinó levemente en la cama, refugiándose a la vez como una niña detrás del holograma terapéutico del bebé que cargaba y se movía acorde a sus estímulos. El bebé reaccionó a dichos estímulos de la mujer y se agitó en sus brazos. Rechazó la leche de su pecho y volvió su cara contra ella; hacia la seguridad de su abrazo cálido que había relacionado con protección.

El holograma del bebé era un EAT emocional; Entidad Artificial Terapéutica; unida a los nervios cerebrales y médula de quien fuera programada como su madre para superar la muerte del hijo que no pudo nacer.

El hombre los estudiaba desde el rincón del cuarto. Ya sabía que la terapia no daba resultados. Y quizá ni los daría. Había veces que el bebé le parecía real también a él. Pero solo era una ilusión bien creada. Un avanzado holograma tecnológico conectado a un cordón umbilical en la corteza cerebral y médula de la mujer. Un sádico parásito de emociones artificiales que buscaba ser saciado.

Observando los intentos de la mujer por hacerlo callar, el hombre se preguntó si la IA soñaría con una familia orgánica como a la que miraba, o solo consciencias artificiales a partir de patrones casi humanos.

—Extrañaré este mundo —Se sinceró el hombre. El bebé holograma empezó a llorar para hacerlo callar, pero su mano activó el filtro anti ruido del cuarto. La madre, atónita, veía al bebé abrir la boca y llorar, pero sin emitir sonido alguno—. Tengo un presentimiento —Continuó el hombre sin importarle lo que había hecho—. Siento que debería irme, pero no puedo. Otra cosa, otro algo, me hace sentir que debo de quedarme. Y me pongo a pensar y quizá… quizá debí decidir mejor y así no hubieras perdido al niño y entonces no estaríamos tan solos.

—No fue tu culpa —le dijo secamente la mujer protegiendo a su bebé—. Pero necesitábamos sanar. Y querías tú un hijo.

—¡Pero uno real! —Era la primera vez que le gritaba desde que su mujer perdiera a su hijo en pleno parto. Nunca pudo cargarlo, ni verle abrir los ojos o escuchar su llanto de dolor al nacer en un mundo ya condenado por la muerte ecológica y la guerra. Lo único que tenía era ese holograma que veía todos los días. Eso le ayudó a darse cuenta que su hijo estaba muerto. Pero para su mujer solo fue algo a lo que aferrarse para negar la realidad.

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—No creo que lo que me estás diciendo —Había asco en las palabras escupidas por la mujer.

—¡Mírate! Ya ni siquiera te perteneces.

—¿Esa es la razón por la que estás así? —Le confrontó la mujer— ¡Levantándonos a medianoche porque te ahoga el fracaso de tu proyecto de vida? ¡Yo agradezco que ese hijo haya muerto! ¿Qué placer, qué disfrute iba a tener un recién nacido en este mundo de mierda?

El hombre se quedó con la mirada en el suelo como si creyera poder atravesar las capas de cerámica hasta encontrar una respuesta.

—Extraño algo —dijo tocándose el pecho—. Algo que aún no llega. No sé el nombre de aquella palabra. Creo que la he perdido.

—Estás psicótico.

—Yo sentía que con una familia esa sensación iba a desaparecer.

—Pero tienes una familia. No estás solo.

—Por favor —arrugó la cara el hombre como si oliera una peste— Con tu falsa empatía, tu falsa preocupación. Un falso bebé. Y nuestro falso amor. Esta mentira de familia.

—Tú solo querías un hijo para heredar.

—Y tú uno qué querer.

El bebé cambió de posición; estaba cansado. Juntó sus rodillas y manos y se quedó dormido en los brazos de la madre. Tanto el hombre como la mujer lo quedaron observando en silencio.

—¿Cariño, no lo recuerdas? Fueron las políticas extranjeras contra los pobres al prohibirles procrear para mantener los recursos lo que abrió las puertas a que se exporten los hologramas. Primero dándoles a ellos como una forma de consuelo. Luego escaló hacia nosotros como medidas de salud mental y estatus social.  

—Van a caer sobre nosotros.

La mujer le sostuvo la mirada hasta que lo entendió todo.

—No es verdad —Ahogó su susto para no despertar al bebé.

—Tengo una corazonada.

La mujer se quedó en silencio. Las corazonadas del hombre eran fuertes. Gracias a ellas pudieron sobrevivir a los cambios de la guerra que azotaban su dorada tierra desde varios lustros. Pero, ahora lo pensaba; esas corazonadas también podrían ser la que los haya llevado a sus muertes.

—No es verdad —Se plantó firme la mujer—. Los aliados no permitirían que nadie dejara caer sobre nosotros nada. ¡Estamos seguros!

La mujer no quería mirarlo.

El hombre se acercó a la cama.

—¿Y si mañana no despertamos?, ¿lo has pensado? Solo tendríamos estas horas; en esta cama; hasta que la razón nos de insomnio y nos convenza que es mejor dejar de hablar; para mirarnos. Para amarnos. Quizás… quizás debí decidir mejor y así no hubieras perdido al niño y entonces no estaríamos tan solos.

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Su mujer apagó por primera vez el holograma que suplía a su hijo nonato que cargaba en sus brazos para tomarle de la mano. Su piel era suave; su palma tibia pero sus dedos fríos. Largos, delgados; incluso tenían aquel huesito sobresalido de la muñeca que a él le encantaba tanto.

—Me gustaría tener un hijo o hija a quién abrazar —dijo el hombre acostándose en la cama.

—No fue tu culpa —le dijo la mujer recostándose hasta quedar a su misma altura—. La de nadie. No cargues con todo eso.

Él la miró alarmado.

—¿Y si hoy es el fin?

—Pues… ¿Qué habría de malo?

—Me molesta no poder ver el mañana. ¿Cómo crees que hubiera sido?

—Quizás igual que el ayer. Siempre el mañana tiene mucho del ayer y poco del mañana.

—Te juro que te amé hasta el fin de los tiempos.

Ella dejó todo y se fue con él para abrazarlo.

—Lo hemos cumplido. Con eso basta.

Ella lo trajo de regreso a su lado, y ambos volvieron a recostarse juntos en la cama. Y ella no volvió a encender el Proyector de holograma terapéutico de duelo perinatal; hasta que él se lo pidió para también acariciar al bebé. Era real. Se colocaron los tres muy juntos, y cuando vieron que aun así estaban separados, él hombre pegó su cabeza en el hombro de ella y con su mano acarició la cabeza del holograma que pudo haber sido su hijo.

Y se quedaron mirándose. Comprendiendo los universos que se reflejaban entre sus retinas.

Habían tenido suerte. En este cosmos, y en este mundo ya agonizante, no muchos aman y menos aún encuentran alguien a quien amar.

Habían tenido suerte.

—Ojalá hubiera más tiempo —dijo él.

Ella sonrió y lo abrazó más fuerte.

Luego todo se hizo de un ruido blanco.

Eran las once de la noche cuando él se levantó de la cama y apagó el televisor. Y desde las doce y cinco de la noche en que habían regresado a la cama, hasta las tres y media de la madrugada en que cayeron las bombas en alguna ciudad de Medio Oriente donde vivían, pero cuya onda expansiva arrasó kilómetros más allá de la región; se miraron sin titubear.

Y nunca dudaron.

Carlos Steven Paredes Jara

Perú, 1996. Escritor y guionista con especial interés en la ciencia ficción, fantasía y terror latinoamericano. Ha publicado cuentos de fantasía y ciencia ficción en la revista digital Teoría Omícron y la revista mexicana de ficción especulativa Anapoyesis. También es autor de un libro infantil publicado por el Instituto Cultural Peruano Norteamericano ICPNA.

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