Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Desobediencia civil

sensual male with dramatic black body art

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El demonio Mammon es invocado para hacer un trato por Mateo Leví, quien busca solucionar los problemas tributarios de su planeta. Mammon, interesado en acceder al tesoro público de Ciudad Equis, acepta el trato y toma el lugar de Mateo, mientras este último prospera como político…

Raúl S. Martínez

I

El demonio Mammon despertó en una aséptica y bien iluminada oficina. Cerró los ojos, lastimados por el contraste entre aquel cuarto y el lujoso chalet donde reinaba la penumbra y donde al menos hasta hace algunos momentos se encontraba descansando cómodamente, abastecido de una sobresaliente botella de mezcal.

Un sigilo-trampa con emblemas en chanoquiano le impedía moverse con libertad. Gruñó con frustración.

—Hoy va a ser uno de esos días —se dijo a sí mismo, masajeando sus sienes con las yemas de los dedos. Luego dejó escapar lentamente su sulfúrico aliento. Era momento de entrar en personaje.

—¿Quién osa invocar al poderoso Mammon? —soltó un aterrador grito cambiando radicalmente su postura. Se irguió, mirando con desdén al ignoto malnacido que había tenido la desfachatez de llamarlo en su día de descanso, —Arderás en las llamas del tormento eterno, mortal, si no me liberas ahora mismo.

La verdad es que contrario a otros príncipes infernales, Mammon nunca había disfrutado de la teatralidad que plagaba las interacciones entre colaboradores de Grupo Inframundo S.A. de C.V y la especie humana. Desde joven siempre había preferido las finanzas, profesión que raras veces requería de despliegues dramáticos como el que ahora, por desgracia, se veía en necesidad de ejecutar.
Sin embargo, cada cierto tiempo, algún avaricioso mortal encontraba su nombre en algún grimorio que se creía perdido o en el directorio del claustro académico de la escuela de negocios del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Tierra Dos y entonces era invocado con egoístas fines, obligándolo a reaccionar acorde a las antiguas tradiciones infernales, casi en desuso en el mundo moderno. Detestaba todo aquello. Pero las reglas de la magia eran claras; no podría romper tan fácilmente el hechizo que lo encerraba dentro del pentagrama tallado burdamente en el suelo de madera.

—Habla tu nombre y tu propósito, mortal. Hagamos un pacto. Pero te advierto, el costo será tu alma. 

Frente a él, un mediocre humano con un insípido sentido de la moda permanecía ansiosamente de pie frente a su escritorio, con el folleto de la escuela de negocios donde el demonio enseñaba una clase.

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Maldijo el día en que aceptó enseñarle a los maestrantes que no tenían ni idea de qué hacer con su vida.

—Buenas tardes, señor Mammon —el tono de aquel sujeto le hacía pensar en un verdugo: débil, cobarde, pero muy peligroso, —mi nombre es Mateo Leví y lo he invocado para hacer un trato. 

Del bolsillo interior de su saco gris Oxford, Mammon extrajo un pañuelo con el que pasó los siguientes treinta segundos limpiando sus lentes. Habiendo terminado, miró directamente a  Genaro Leví a través de los cristales transparentes que ahora relucían. Sus ojos serpentinos hicieron sobresaltar a Mateo, quien sin embargo continuó hablando.

—No quiero ser grosero, señor Mammon, pero no me parece que el trato que propone sea idóneo. Necesito mi alma. Pero tenía en mente otro tipo de acuerdo. Un intercambio.

—¿Un intercambio? ¿Crees que tu limitado intelecto puede mejorar los pactos que se han hecho durante miles de años entre hombres y demonios? Nunca he visto tal soberbia, y eso que fui compañero de cuarto de Lucifer durante nuestros años de estudiantes…

Mammon iba a continuar con su aleccionador discurso, pero prefirió guardar silencio y escuchar la propuesta del mortal. De todas maneras, odiaba las atávicas tradiciones que había estado a punto de defender. Él siempre había sido más aficionado a la modernidad. Quizá, y a pesar de la apariencia mundana de aquel hombre, podría tener algo interesante qué proponer.

—…pero eso no importa, habla pues, mortal, pero mide bien tus palabras, estás frente a uno de los señores oscuros y terribles tormentos podrían caer sobre ti si te equivocas.

—Sí, sí, señor Mammon, —Mateo Leví se acomodó nerviosamente los bifocales y tomó una hoja de sobre el escritorio, —durante los últimos seis sexenios, la Oficina de Gestión Tributaria de San Ignacio Siete ha cosechado fracaso tras fracaso. De los ochenta y seis planetas colonia que forman parte de la federación galáctica, San Ignacio Siete ostenta el último lugar en nivel de recaudación, no sólo a nivel local, también en cuanto a sus aportaciones federales. En consecuencia, Ciudad Equis han tenido que subsidiar muchas veces las obras públicas necesarias en el planeta, sumiendo a la administración local en una terrible deuda que, si mis cálculos correctos, aún con el cumplimiento del cien por ciento sobre los pronósticos de recaudación, nos tomaría cincuenta años terminar de pagar. Si a eso se le añade que debido a las constantes tensiones cosmopolíticas entre Ciudad Equis, Tierra Dos y sus respectivos aliados, el gobierno de la Tierra ya no sabe en qué mundo confiar y nos ha incrementado la tasa de interés de la deuda actual además de cortar cualquier flujo de recursos federales. Estamos desesperados…

Mammon acarició su tupida barba negra con el dorso de la mano. Aquel tipo era aburridísimo, pero, siendo el señor infernal de la avaricia, el discurso de Mateo Leví había llamado su atención.

—Lo peor de todo, señor Mammon, es la gente. El contribuyente promedio de San Ignacio Siete simplemente no coopera, a pesar de todas las estrategias federales y locales para evitar la erosión de la base fiscal, los ciudadanos encuentran maneras cada vez más creativas y sofisticadas de no pagar impuestos. Es algo de no creerse. —añadió Mateo Leví con odio sincero en su voz.

Mammon sentía un infinito desprecio por la humanidad, especialmente por Mateo Leví, quien lo había sacado de su cómodo chalet para quejarse amargamente de su trabajo y los contribuyentes que le tocaba supervisar. Sin embargo, ante la mención del erario público y la remota posibilidad de acceder al tesoro de la federación galáctica, no pudo evitar esbozar una leve sonrisa mostrando sus afilados colmillos. La anticipación comenzaba a acelerar su negro corazón.

—Claro que me resulta familiar el nombre de San Ignacio Siete y la Oficina de Gestión Tributaria, mortal, un grupo de aficionados en temas de avaricia y hurto de riquezas. Algunos de sus principales funcionarios en Ciudad Equis me han dedicado altares y sacrificios en la antigüedad, los muy primitivos. Pero por favor continúa, ¿cuál es el deseo más profundo de tu corazón y qué ofreces a modo de intercambio? 

—Es sencillo. —Mateo Leví dio un paso hacia delante, estrechando la distancia entre él y Mammon. Había estudiado durante meses todos los grimorios que pudo encontrar y había pasado semanas practicando la invocación con demonios menores. Confiaba plenamente en el sigilo-trampa que había creado y de los hechizos que había pronunciado.

—Lo que le propongo a usted señor Mammon, oh, gran señor infernal de la avaricia y las riquezas, es que tome mi lugar como director de la Oficina de Gestión Tributaria local de San Ignacio Siete y que yo a su vez, cumpla sus funciones, actuando como un reemplazo temporal en Grupo Inframundo S.A. de C.V. en la posición de Director de Finanzas, ¿qué opina?

Desde hacía milenios y en secreto, Mammon había tomado terapia para controlar su ira, obteniendo resultados satisfactorios. Sin embargo, ante situaciones extraordinarias, el demonio solía olvidar las lecciones aprendidas y estallaba, muchas veces literalmente, de ira.

Afortunadamente para Mateo Leví, el sigilo-trampa también lo protegía de los poderes demoníacos de Mammon. Como consecuencia, el fuego infernal en el que el señor oscuro de la avaricia estalló, se redujo a un cilindro anaranjado a su alrededor, contenido por la circunferencia que Mateo había trazado en el piso para atraparlo. Pasó casi un minuto antes de que el demonio recobrara la compostura. Todo permanecía casi igual, excepto una porción del techo sobre él, que había sido ahumada por la energía liberada.

Sintiéndose francamente mejor y volviendo a su forma prácticamente humana, Mammon habló con un tono de voz oficial; moderado y descriptivo. 

—No me parece que el trato que propones, mortal, tenga valor alguno, ¿para qué querría yo convertirme en un mediocre e ineficiente funcionario público del gobierno humano? Pero más importante aún, ¿por qué habría de recompensarte a ti poniéndote en una de las más altas posiciones en el organigrama infernal, ¿quién te crees? ¿Cómo puede caber tanta arrogancia en un corazón humano? De verdad que ni Lucifer…

—Perdone que lo interrumpa de nuevo, señor Mammon, pero le ruego que lo medite por un momento. Si acepta, usted tendría acceso al sistema tributario de la federación galáctica, la base fiscal más amplia de todo el universo. Olvídese sólo de San Ignacio Siete, esa es sólo la puerta de entrada, imagine qué podría hacer el gran señor oscuro de la avaricia y las riquezas si es capaz de poner sus garras encima -sin ofender- del tesoro público de Ciudad Equis.

Así como el gran corporativo celestial actualiza cada año el Manual de procedimientos para las intervenciones humano-angélicas, Grupo Inframundo S.A de C.V. no ha hecho lo propio con su Gran libro de instrucciones para los pactos entre demonios y humanos desde su fundación, por lo que muchas de las acciones y estrategias sugeridas por aquel libro infernal se encuentran francamente fuera de moda y completamente desactualizados. Esto lo sabe perfectamente Mammon, quien, al ser un entusiasta de la modernidad y la gestión del cambio, decidió hacer caso omiso del libro de instrucciones y detenerse a pensar en un segundo en la propuesta hecha por aquel simple mortal. 

La idea general era muy tentadora. Durante cientos de años, Grupo Inframundo había querido tener acceso a la base gravable y al tesoro público de Ciudad Equis y la federación galáctica, fracasando en todos sus intentos. Ahora, con el trato propuesto por Mateo Leví, parecía que finalmente tendrían una oportunidad. Si bien era cierto que San Ignacio Siete se trataba de un planeta insignificante alojado en algún punto del brazo de Orión, Mammon conocía perfectamente la red informática vía ansible que la humanidad utilizaba para comunicarse de manera inmediata incluso a cientos de miles de años-luz de distancia. La idea no parecía descabellada en absoluto, incluso parecía prudente y alcanzable. Y si no, bueno, pues era un demonio y siempre podría liberar el estrés y la tensión provocadas por un fracaso más atormentando el alma del pobre Mateo.

Mammon miró directamente a los ojos a Mateo Leví. Él no esperaba ese súbito gesto y dio un paso atrás. El demonio sonrió entonces y tras un par de segundos de silencio pronunció las palabras “mortal, tenemos un trato, en breve el equipo legal de Grupo Inframundo se pondrá en contacto contigo para afinar detalles y agendar la firma del contrato. Que tengas un excelente día”. Desapareció inmediatamente dejando un nauseabundo olor a azufre. Algunas costumbres son más difíciles de abandonar que otras.

II

Cuarenta y nueve años después, San Ignacio Siete era uno de los diez planetas-colonia más prósperos de toda la federación galáctica. La inversión pública en infraestructura y servicios era la más alta de toda la galaxia y si bien la carga impositiva planetaria también era de las más elevadas, la sensación generalizada de bienestar social entre los habitantes de aquel mundo no tenía comparación. Se acercaba el corto verano en San Ignacio Siete y el gobierno local había pasado semanas preparando la conmemoración del jubileo de Mateo Leví como director de la Oficina de Gestión Tributaria. El funcionario había envejecido muy poco, nada en realidad, pero eso no era raro, la calidad de vida en San Ignacio Siete era por mucho superior a cualquier otro mundo humano. Nadie se cuestionaba las pequeñas extravagancias y hermetismo de Don Mateo, pues había sido su intervención directa la que en medio siglo había causado tanto bien tanto al gobierno como a la población civil. En algunas ocasiones, sin embargo, cuando los más cercanos colaboradores de Don Mateo hubieron bebido lo suficiente y dependiendo de la audiencia que tuvieran a su alrededor en alguna de las barras cercanas al ayuntamiento, solían contarle a la gente que si se acercaban mucho a Don Mateo les parecía percibir un fétido aroma, como a huevo podrido.

III

El verdadero Mateo Leví pasó el medio siglo siguiente en el paraíso de los políticos corruptos: el infierno. Sentado en la lujosa oficina que el demonio Mammon le había cedido como parte de su pacto infernal, el exfuncionario público se sirvió un vaso de bourbon de uno de los decantadores que tenía siempre al alcance, alzó el vaso en dirección al retrato del demonio que ahora interpretaba y brindó por la mejor decisión de su vida.

IMAGEN DE PORTADA: Pexels

Raúl S. Martínez

Escritor mexicano de Ciencia Ficción y Fantasía. Publicó su antología Ahora tenemos vino y otros cuentos (Acento Editores 2020) y está trabajando en su primera novela.

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