Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Ceguera

museum of art of ciudad juarez in mexico

Photo by David Peinado on Pexels.com

Belén Fernandez narra la historia de un protagonista que descubre que ha estado viendo la realidad a través de un biofacto adosado a su rostro. Tras deshacerse de él, se adentra en un mundo desconocido y perturbador…

Belén Fernández Crespo

La vista me había estado fallando desde hacía unas semanas: líneas de pixeles que desaparecían, mosaicos de colores que bailaban y se superponían… Sin embargo, siempre había conseguido recobrar la visión pulsando en la zona situada entre mis sienes y mi arco superciliar.  

Un día, sin previo aviso, la imagen desapareció y fui engullido por la oscuridad. 

 ¡Me había quedado ciego!  Golpeé, manipulé, froté, pulsé mis ojos intensamente. ¡Iluso de mí! Pensaba que aquello me ayudaría a recuperar la vista.  De repente, sentí cómo algo pegajoso se separaba de mi piel y caía al suelo con gran estruendo.

 ¡Aquella  luz intensa, cegadora!

¡Las pupilas me pinchaban! Millones de estímulos incontrolables taladraban mi mente; borrosas imágenes inidentificables chillaban con la certeza de otra realidad, una realidad inesperada ante la cual había vivido cegado.   Mareado, incapaz de caminar debido a mi imposibilidad de percibir correctamente la profundidad, me dejé caer…Notaba el rostro pegajoso y dolorido, especialmente en la zona del entrecejo, donde percibí una minúscula perforación.   Asqueado, me limpié la baba con la manga de la camisa.

Fue entonces cuando mi mano derecha palpó algo tépido al tacto, algo que emitía latidos levemente perceptibles a intervalos regulares… Aquello debía de ser lo que se había soltado de mi rostro hacía unos instantes. Entrecerré los ojos para poder enfocarlo… ¡No podía creer lo que estaba viendo! Era una especie de dispositivo, un exoesqueleto lleno de pequeñas escamas irisadas. Lo toqué. Estaba dotado de una extraña viscosidad en su parte interior que le permitía adherirse a la epidermis de alrededor de los ojos, y de unos cristalinos que recordaban a los ocelos de los insectos. Sin embargo, no parecía un ente completamente biológico. Presioné sobre el marco y percibí que contenía una especie de armazón metálico. Realicé un corte con mi navaja de bolsillo. La “cosa” emitió un débil quejido que me recordó al que las ostras exhalan cuando son rociadas con zumo de limón tras ser agujereadas con un tenedor. Entremezclado con lo que parecían ser unos complejos órganos, el dispositivo albergaba cables, microchips y circuitos integrados. Aquello era la perfecta combinación entre un ente biológico y un dispositivo electrónico, un biofacto. Entonces, me di cuenta… ¡Durante toda mi vida, había estado percibiendo la realidad a través de aquel artilugio adherido a mi rostro como un parásito! ¿Cómo no me había dado cuenta? ¿Por qué jamás lo había percibido al mirarme en el espejo? Comencé a dudar de todo lo que había visto hasta entonces: ¿mis vivencias habían sido reales, o una simple creación de aquel objeto despreciable? Aparté el repulsivo biofacto de una patada.

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Cerré los ojos y los abrí lentamente. Realicé esta misma operación hasta que logré que el fondo y las figuras se dibujaran gradualmente en contornos suaves. Alargué la mano izquierda y palpé mi pie…La imagen se mostraba con menor nitidez de lo habitual, pero parecía inquietantemente real. Una extraña sensación impedía que percibiera aquella extremidad como propia. Me sentía mareado y desorientado. Realizando un gran esfuerzo para mantener el equilibrio, deambulé por mi apartamento. Las señales que mi cerebro recibía parecían no haber sufrido modificación alguna. Sin embargo, no se me mostraba información adicional que siempre había obtenido acerca de mi entorno con sólo fijar la vista sobre alguno de los objetos: componentes, datos de fabricación y de origen, huella de carbono…

Me lancé a la calle.  No podía imaginar qué lograría ver ahora que no llevaba mis inquietantes anteojos.  Ante mí se presentaba un paisaje totalmente desconocido: de entre los cotidianos rascacielos, se alzaban enigmáticos edificios ultramodernos interconectados  por una centelleante red metálica.  Una extraña mole piramidal, cuyas paredes estaban hechas de agua, flotaba en el centro del lago que daba nombre a nuestra ciudad.  Los habitantes, embozados en los inquietantes biofactos que yo había perdido,  se habían convertido en perfectos desconocidos, ya que me era completamente imposible obtener información sobre sus perfiles personales al posar mi vista sobre ellos.  Además, pude comprobar que no eran capaces de verme, pues a pesar de que colisionaron y tropezaron conmigo en diversas ocasiones, ni se disculparon ni me dirigieron la palabra.  Aquello probaba que los artefactos, además de estar conectados al cerebro de cada usuario, estaban interconectados entre sí.  El haberme desprendido del artilugio me había extinguido como ser social…  Mientras iba caminando por la acera, evité ser atropellado por un ciclista in extremis, introduciéndome en el callejón sin salida que durante años había bloqueado el camino más corto entre mi domicilio y mi trabajo.  Extrañamente, no lo encontré tapiado con el muro de ladrillos que tan bien conocía, sino abierto hacia una escombrera, desde la cual nacía un sinuoso camino de tierra flanqueado por álamos.

 Decidí recorrerlo para averiguar qué era lo que ocultaba el holograma que los biofactos nos hacían ver sobre aquel lugar. 

El sendero se estrechaba a medida que lo cubría la maleza.  Los troncos desteñidos de varias decenas de árboles derribados por el viento dificultaban el recorrido.  Las zarzas silvestres, que parecían querer evitar que avanzara,  se engarzaban en mi ropa.  El camino comenzó a serpentear de forma paralela a  un curso de agua.  Descendí un pequeño barranco para lograr acercarme a la orilla y poder ver mi  reflejo en el agua… ¡Aquellos primitivos orificios de color verde eran mis ojos legítimos, el órgano que, en su imperfección, me permitía experimentar una realidad sin adulterar; una realidad desconectada del mundo; una realidad sin datos ni especificaciones adicionales!  ¿Por qué no nos habríamos dado cuenta del engaño? ¿Quién nos habría instalado aquellos dispositivos que nos cegaban selectivamente con su manipulación de la realidad?¿Cuándo? ¿Con qué fin?

Al final del recorrido se encontraba una vieja edificación de ladrillo que, a juzgar por su aspecto, debía de datar de la época de la revolución industrial.  A pesar del hecho de que el lugar parecía abandonado, rodeé el perímetro de la factoría con suma precaución, escabulléndome entre la maleza.  El muro que circundaba la finca parecía inexpugnable…Una fila de camiones esperaba frente a un portón color óxido que en algún momento de su historia había estado pintado de azul.  En el patio interior de la fábrica, algunos camioneros llenaban sus tráileres con cajas de cartón. 

Necesitaba saber qué ocultaban aquellas cajas.  A juzgar por las molestias que alguien se había tomado para camuflar aquel lugar, el contenido debía de ser algo realmente significativo.  A pesar de que haberme librado de mi biofacto parásito me había convertido en un ser invisible, actué con cautela: no podía arriesgarme a ser descubierto.  Esperé hasta que se agotó la fila de camiones para cargar y me aventuré a cruzar el portón.  Temblaba…Me sentía vigilado, con cientos de miradas clavándoseme sobre la nuca…  Me visualizaba capturado por un enemigo invisible que esperaba para saltar sobre mí.  Me cuidé mucho de agazaparme entre el muro de ladrillos y  las ruedas de los tráileres que se hallaban dentro del patio para evitar ser detectado.  Sigilosamente, me acerqué a uno de los ventanales inferiores de la fábrica.  Los cristales estaban cubiertos de una sustancia gomosa que recordaba al tejido de una telaraña.  Utilicé el puño izquierdo de mi camisa para limpiar un hueco lo suficientemente grande como para escudriñar el interior.  Una monstruosa máquina ultramoderna producía y empaquetaba algo que me era imposible discernir debido a la velocidad a la que tenía lugar el proceso…La única posibilidad era abrir una de las cajas.  Me percaté de que, por alguna razón, uno de los remolques estaba a medio cargar, con los portones abiertos de par en par y la plataforma de chapa metálica bajada hasta la entrada del tráiler.  El transportista no se hallaba allí, aunque yo no podía precisar si volvería en un breve espacio de tiempo.  Me colgué de la plataforma y, ayudándome de brazos y codos, escalé hasta el habitáculo.  Encontré muy difícil acomodar mi visión a la penumbra, pues cuando el biofacto había estado anclado a mi rostro había poseído visión nocturna.  Cuando logré distinguir dónde me hallaba, me dirigí hacia el fondo del cajón a medio cargar y me acurruqué contra los bultos. 

Esperé un minuto, atento a cualquier sonido amenazante.   

Al no percibir nada fuera de lo normal, decidí continuar con mis averiguaciones.  Mis ojos funcionaban bastante bien,  pues se habían acostumbrado rápidamente a las tinieblas.  Con la ayuda de la claridad que entraba a través de la puerta abierta del camión, pude distinguir claramente unas anotaciones impresas sobre la mercancía que rezaban “Bienestar Natal” e indicaban la dirección de uno de los hospitales de la ciudad.  Con la ayuda de mi navaja de bolsillo rasgué  el lateral de una de las cajas.  Con cuidado, saqué uno de los estuches que contenía.   Era el típico envase farmacéutico en el cual habían sido empaquetadas unas grajeas.  En el prospecto indicaba que debía administrarse en el instante mismo del nacimiento para que su efectividad fuera  óptima.  Una placa de plástico blanco envolvía lo que parecía ser una única píldora.

Presioné el blíster  con el pulgar y la extraje.

Era  una especie semilla, muy similar a una alubia pinta, viscosa y flexible al tacto.  Al mantenerla sujeta entre mis dedos pulgar e índice podía percibir cómo emitía un pequeño latido a intervalos regulares.  Me pregunté qué sería aquello, si se producía en aquella fábrica clandestina,  y para qué serviría…El estruendo producido por la plataforma de carga al descender me trajo de vuelta a la realidad.  El camionero había vuelto y estaba distribuyendo los pallets con la mercancía restante dentro de la caja del camión. 

Me apretujé contra los fardos del fondo. 

La ausencia del biofacto me había convertido en un fantasma.  El camionero no me percibió a pesar de haber estado a punto de rozarme en varias ocasiones.  Una terrible sospecha había ido reptando por mi espina dorsal, hasta llegar a mi nuca…Apenas si podía respirar.  El corazón golpeaba tan fuerte contra mi pecho que llegué a sentir dolor.  Debía ver con mis propios ojos qué era lo que hacían en el hospital con aquellas “judías”.  De nada servía perderme en las horripilantes imágenes que brotaban de mi imaginación en aquellos momentos, debía comprobar si mi teoría era cierta…Tras realizar la carga, el camión se puso en marcha.  El vehículo serpenteó durante varios kilómetros  por un terreno que se sentía irregular y lleno de socavones.  Percibía cómo los amortiguadores se quejaban bajo el suelo del remolque.  En cierto momento, el tráiler llegó a inclinarse de tal manera que fue un milagro que la carga no se derrumbara como  un castillo de naipes sobre mí. 

Los neumáticos emitieron un inconfundible sonido de fricción cuando comenzaron a rodar por el asfalto.  Al internarse en la ciudad, el camionero comenzó a conducir agresivamente, interrumpiendo su apresurada marcha con bruscos frenazos.  Tras permanecer estancado durante media hora en lo que deduje sería un atasco, el transporte realizó un último “sprint” y llegó a su destino.

Las puertas volvieron a abrirse y comenzó la descarga del material.  Aproveché uno de los intervalos en los que el camionero se ausentaba para bajar del remolque.  Me encontraba en el muelle de carga del hospital, entre contenedores de residuos sanitarios y bombonas de oxígeno vacías.   Varios camiones más esperaban en la carretera externa,  tras la barrera, para poder descargar. 

Nadie se percató de mi presencia.

Fingí comprobar uno de los contenedores de residuos y observé que el camionero, que empujaba un carro de reparto, se introducía por una abollada puerta de aluminio.  Le imité.  Seguí un vetusto pasillo que me llevó hasta un gran almacén poco iluminado donde se apilaban diferentes tipos de material hospitalario.  Me quedé inmóvil, pegado a unas estanterías metálicas, mientras el camionero descargaba el “Biennatal”. 

Tras unos minutos, se marchó por donde había venido.

No estaba seguro de qué hacer a continuación… Quizás debería subir a planta e intentar averiguar lo que pudiera sin ser visto…De repente, dos celadores entraron en el almacén.  Uno de ellos empujaba un carro de distribución de acero inoxidable.

— ¡Menudo rapapolvo te acaba de echar el jefe de servicio! ¡Y delante de toda la planta! Creo que se ha pasado. —dijo el más corpulento.

—No hace más que buscarme las cosquillas para hacerme la vida imposible y que me marche…Pero eso no va a pasar, claro.  No es mi culpa que el “Biennatal” se hubiera agotado.  Hemos tenido que pedir un envío urgente a la farmacéutica. —dijo el otro mientras liaba un cigarrillo a pesar de que, impresa sobre la pared, una señal indicaba que estaba prohibido fumar.

—No entiendo la dependencia que le han cogido…

—Modas estúpidas…O quizás la farmacéutica le esté “untando” al “Departamento de Salud y Bienestar”.  Ya entiendes lo que quiero decir… Seguro que el jefe supremo se embolsa un tanto por ciento por cada caja que pagamos con nuestros impuestos. —sentenció el otro, exhalando el humo.

Estaba tan cerca de ellos que el fuerte olor a tabaco me envolvió y se introdujo en mis pulmones.  Sentí un picor incontrolable en mi garganta, que comenzó a contraerse para toser.  Tragué saliva, con la esperanza de que humedecer la faringe me ayudara a evitar ser descubierto: no debía emitir ningún ruido ya que, aunque no pudieran verme, estaba seguro de que podrían oírme.

—Vamos a aligerar.  Están esperando el “Biennatal” en los paritorios. —dijo el celador grueso.

El fumador inhaló una última calada y lanzó la colilla con desprecio al suelo, donde la aplastó con la puntera mugrienta de su zueco.  Seguidamente, se dirigió a una de las pilas de medicamentos y cargó el carrito con “Biennatal”. 

Seguí a los celadores desde una distancia prudencial a lo largo del pasillo amarillento del subsótano hasta que se introdujeron en un ascensor de carga.  Me fijé en que teclearon el piso cuarto.  Me lancé hacia las amarillentas escaleras de escalones desgastados y volé intentando llegar a la planta antes que ellos.  Tenía una posibilidad de adelantarlos, pues los montacargas no suelen ser rápidos. 

Cuando llegué,  los encontré charlando frente a la puerta del ascensor.

Me coloqué donde pudiera observarlos bien mientras recobraba el aliento. La planta bullía de actividad: enfermeras, médicos y matronas que iban de acá para allá; personas que se vestían con gorro, bata y calzas para poder acompañar al parto de un ser querido…. Nadie parecía haber notado mi presencia. Uno de los celadores sacó un manojo de llaves y abrió una puerta sobre cuyo quicio rezaba:”Almacén”. Introdujeron su cargamento. Tras unos minutos, cerraron la puerta con llave y se marcharon. Aunque me hubiera resultado posible entrar en aquel cuarto, no me habría servido de nada, pues ya conocía de sobra lo que contenían las cajas de “Biennatal”. Debía saber cómo se utilizaba con los seres humanos, y, para eso, lo que tenía que hacer era infiltrarme en uno de los paritorios.

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Me acerqué al rincón donde se encontraba la ropa que los acompañantes de las parturientas debían vestir.  Cogí una bata, unos zuecos y un gorro y me los coloqué. 

Me costó bastante encontrar las salas de maternidad entre el bullicioso laberinto de habitaciones y personas.  Cuando encontré la zona donde se encontraban los quirófanos, miré a través del ojo de buey de las puertas hasta encontrar uno vacío.  La sala tenía las dimensiones justas para albergar una cama de parto con estribos, una cómoda que guardaba gasas y material quirúrgico, y una cuna de metacrilato.  A pesar de que sabía que era imposible que me detectaran al no llevar puesto mi biofacto, me agaché y me apretujé contra el rincón  más alejado de la zona donde tendría lugar la acción.  No tuve que esperar mucho antes de que llegara una parturienta acompañada por la matrona y una enfermera.   Desde mi escondrijo, fui testigo del proceso de alumbramiento.  Nunca había presenciado un parto.  Jamás imaginé que podría ser tan sobrecogedor.

Mientras la matrona se dedicaba a comprobar que hubiera salido la placenta, la enfermera limpió al bebé.  Después, extrajo una “judía verde” de un blíster de “Biennatal” y la aplicó sobre el entrecejo del niño, presionando levemente.  Unas raíces surgieron de aquella cosa y, produciendo un sonido viscoso, se clavaron sobre la delicada piel del rorro, que comenzó a berrear asustado. 

Después, el objeto comenzó a crecer y a tomar una inquietante forma pulsante y rectangular. Circundó los ojos de la criatura con el mismo marco que había estado rodeando los míos hasta el momento en el que, debido a un defecto en el producto o al capricho del destino, el biofacto había muerto convirtiéndome en un hombre libre.

IMAGEN DE LA PORTADA: Pexels

Belén Fernández Crespo

Es Licenciada en Filología Inglesa por la Universidad Complutense de Madrid. En abril de 2017, recibió el primer premio de la categoría adultos de Plataforma por la Escuela Pública de Aranjuez por su relato “Sin Palabras”, que versaba sobre la inclusión de los niños de diferentes capacidades. En septiembre de 2017 recibió el primer premio de la categoría adultos del XI Certamen de Relato Corto “Villa de Ontígola” por su relato “Marte en Once Meses y Veintiocho días”, sobre la violencia de género. En abril de 2018, recibió el primer premio de la categoría adultos de Plataforma por la Escuela Pública de Aranjuez, por su relato “Suplicio”, sobre los abusos a menores por parte de figuras de autoridad. En septiembre de 2019, recibió el primer premio de la categoría adultos del XII Certamen de Relato Corto “Villa de Ontígola” por su relato “Ruinas”.

Tiene varias obras las cuales pueden encontrarse en Amazon: Angustia y otros relatos de Ciencia-ficción; Los Cazadores de Lunas; Los Cazadores de Lunas: en busca del pájaro rojo; Edén; ¡Pa-qui-to! Y el Terrible Dragón.

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