Anezly Ramírez
A un lado de la cama de hospital, el sonido del monitor de signos vitales acentuaba el surniar persistente de Rita, quien miraba a ese cuerpo decadente como una cáscara seca de lo que un día fue Alex. No podía creer que esa había sido la decisión final de su madre, pero la respetaba. Ningún tratamiento dio señal de que él pudiera regresar. Si aún estaba ahí dentro o no, era mejor cortar una esperanza quebrantada y seguir adelante por más difícil que resultara imaginarlo. El doctor entró a la habitación evitando hacer contacto con la mirada de las dos mujeres, suspiró, desconectó unos cuantos cables y en cuanto el pitido del monitor se prolongó, Rita se tiró al pechó de Alex y lloró. Por sus lágrimas escurrían fragmentos de la culpa que sentía al no pelear más para conservar un hilo de ilusión desgastada. Se preguntaba si una vida artificial con tubos y electricidad postrada en una cama habría sido suficiente.
Mientras todo eso sucedía, dentro de la cabeza de Alex se mostraba la imagen de él recostado y a su mamá y su novia llorando a un lado. Se miraba como una fotografía limitada por un círculo rodeado de una pastosa negrura y de la que notó que se alejaba cuando vio que poco a poco se empequeñecía. El par que lo acompañó durante todo ese tiempo no lo sabía, pero Alex siempre las escuchó. Escuchó los llantos, las preocupaciones y todos los detalles de la vida diaria que le susurraban. Sin embargo, en cuanto desconectaron los cables se perdió entre sonidos de interferencia que luego fueron sustituidos por un zumbido que parecía venir de su propia cabeza.
Alex no estaba muerto, simplemente había sido desconectado.
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La confusión se apoderó de la cabeza de Alex cuando entendió que todo a su alrededor era diferente. Lo último que sabía era que lo habían desconectado y que por ello estaba muerto. Pero si podía seguir teniendo pensamientos, entonces eso significaba que seguía vivo. ¿De qué lo habían desconectado entonces?, se preguntó. Su cabeza estuvo a punto de estallar porque en realidad, en ese lugar donde sabía que había vivido por diecinueve años, nadie sabía a ciencia cierta lo que significaba “estar muerto”. Lo único de lo que tenía certeza era que jamás podría volver para estar con ellas porque nadie, bajo ninguna circunstancia, regresó de la muerte. Los segundos siguieron pasando y pronto comenzó a sentir que todas sus creencias y las cosas que se seguía asegurando que eran verdad, poco a poco se desbarataban como un jenga al desplomarse. Después de unos breves instantes más no sabía si “ellas” eran “ellos” o por qué quería regresar a ver a esos seres, y aunque se sentía triste, ahora tampoco podía definir qué era lo que significaba “estar triste”.

La nueva realidad se abrió paso con un conjunto de colores dispuestos de una forma muy distinta a la que “estaba acostumbrado”. Todas las formas que lograba percibir se difuminaban entre colores rosados, naranjas y rojos en su mayoría. Detectaba el calor como un rojo intenso y el frío como un azul marino profundo. Delante de él, unas antenas peculiares le indicaban que cerca habría algo con un aroma peculiarmente dulce del que podría alimentarse y siguió el rastro utilizando sus seis patas de hormiga. Sus pensamientos involucionaron a simples instintos que le indicaban que debía conseguir el alimento. Rita y su madre ahora pertenecían a un sueño lejano que tal vez nunca tuvo.
Un cosquilleo en el cerebro le permitió retroceder sus pasos para ver de dónde venía. Un último pedazo de humanidad destelló en su interior para encontrarse con que había salido de una colmena hecha de hormigas tan gigantez como él mismo. Todas se conectaban por medio de haces traslúcidos de luz azul al centro de algo parecido a un cilindro flotando en el cielo, del que aún alcanzó a ver grabada la letra “D” de un tamaño aún más gigante que la colmena, seguido de las palabras “Interfaz Operativa Sistemática”. El breve destello de humanidad desapareció llevándose consigo la palabra que había logrado formar con las letras mayúsculas de todo el letrero y resonó por última vez como un eco emitido de sus memorias perdidas. Así, Alex siguió avanzando en fila detrás de otra gigante hormiga que también había olvidado que alguna vez tuvo una vida diferente.
IMAGEN DE LA PORTADA: DALL-E
Anezly Ramírez

Escritora e ingeniera mexicana nacida en 1995. Muestro mi perspectiva escribiendo desde los géneros de la ciencia ficción, fantasía y terror. Algunos de mis escritos se han publicado en las antologías impresas “175 relatos de escritoras latinoamericanas”, “El futuro en 100 palaras”, “Mentes corroídas” y “Cuenta Cuántos Gatos”. Otros de mis cuentos se han publicado en formato digital en Especulativas, El Axioma, Lunáticas MX, Letras y demonios, Espejo Humeante, Penumbria y Revista Exocerebros. Fui becaria de la generación 2022 del Centro Toluqueño de Escritores y mi cuento de ciencia ficción “Singularidad” entró en el top 20 de los más leídos en el año 2023 en la revista digital “Espejo Humeante”. Para leer más sobre mi trabajo búscame como @anezly.ramirez en Facebook e Instagram.










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