Abraham Campos
El resplandor de los relámpagos perfora la noche, tejiendo una manta de tristeza a través de las nubes que lloran sobre la ciudad. En medio de esa oscuridad, un ratón huye aterrado por los corredores laberínticos del laboratorio. Su instinto animal le advierte de un peligro inminente.
Casi a medianoche, al menos eso señala mi reloj, el doctor en física Bernardo García, con ansiedad apenas contenida, dibuja una sonrisa sombría en sus labios. El cañón de Hadrones está en proceso de calibración para una prueba trascendental.
Las luces titilan y veo a García inmerso en los números parpadeantes en la pantalla; emana un aura inquietante. Una arruga frunce su frente. Los datos en su libreta son sometidos a un escrutinio feroz, y su expresión victoriosa se desdibuja en una mueca de preocupación. Algo en sus cálculos se escapa de su control. En tres meses como asistente, nunca lo había notado con semejante intranquilidad. Originalmente éramos diez personas en este laboratorio, ahora reducido a tres asistentes, incapaces de lidiar con la excentricidad del doctor. Sin embargo, la derrota nunca se ha asomado en él.
Una gota de sudor cae por la sien de García, quien, con determinación, regresa a su asiento y sus dedos comienzan una danza frenética sobre el teclado. Ingresa una variedad de algoritmos que fluyen en la pantalla. María, su asistente más cercana y la única que ha estado desde que nació este proyecto, mira la computadora de manera inquisitiva, reflexionando sobre los números. Levanta su mentón en dirección hacia el doctor, le sonríe y aprueba con un gesto de su cabeza cubierta por gafas sostenidas con cinta aislante. Bernardo nos dirige sus ojos fríos, como si quisiera leer nuestros pensamientos. Detiene su mirada un momento en mí, algo en mi interior se siente desnudo y perturbado por él. Pero vuelve hacia su monitor, inhala profundamente y, con una mezcla de solemnidad y temeridad, se acerca al imponente botón rojo. García está a punto de refutar su propia teoría, la que afirma que el cañón de Hadrones tiene el poder de abrir una puerta a una dimensión desconocida.
El laboratorio se queda sumido en un silencio expectante. Nos volteamos a ver, debemos girar las llaves al unísono con el botón rojo, y a la señal de García, el cañón comienza a rugir, acompañado de las risas desafiantes del doctor. Una masa luminosa emerge del cañón, estremeciendo las estructuras del laboratorio, cuyo aullido resuena en un escándalo ensordecedor. Las lámparas explotan una tras otra, y un ovoide luminoso se consolida en el centro del caos, irradiando una luz ultravioleta que parece desafiar la realidad misma. La energía del complejo se esfuma, pero Bernardo se acerca con cautela al ovoide, una risa maníaca escapa de sus labios, acompañada de una carcajada que rompe el silencio sepulcral del lugar. Extendiendo su mano hacia la masa luminosa, y en ese momento, cargas eléctricas danzan en el aire, desafiando el espacio entre su piel y el ovoide. Un grito desgarrador llena la sala cuando el ovoide reacciona violentamente, envolviendo la mano del doctor en su interior y causando que su brazo se ondule en el proceso. La puerta interdimensional que García acaba de abrir ahora se vuelve contra él, manifestando una criatura de horrores que emerge con fauces sedientas.
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La sala se convierte en un caos de gritos y terror. La criatura, con ojos enrojecidos que brillan con la luz ultravioleta, emana un olor a azufre que satura el aire. Nos quedamos paralizados por el horror de la escena que se despliega ante nosotros. Soy consciente de que este lugar será mi tumba, sin escapatoria.
García yace en el suelo, sufriendo una agonía inimaginable mientras las extremidades de la criatura destrozan su cuerpo sin piedad. Sin embargo, en medio del caos, un rayo de luz surge de una linterna que golpea la cabeza de la criatura, rompiendo la oscuridad momentáneamente. Erick, el otro asistente, ha sacado el valor para recuperarse lo suficiente para arrojar su linterna y desencadenar aquel destello de salvación.
Los militares que custodian las instalaciones finalmente irrumpen en la escena, desencadenando una ráfaga de balas hacia la abominación interdimensional. El sonido del combate es ensordecedor, y me veo forzado a tapar mis oídos y caer de rodillas, impotente ante el desconcierto que se desata.
Cuando la calma vuelve a instalarse, me arrastro hacia un escritorio entre los escombros. Los militares me apuntan; siento un bálsamo de alivio al notar que la pesadilla ha llegado a su fin. Me llevan hacia una silla, donde los militares proceden a asegurar las inmediaciones de todo el complejo, quedándome solo entre los cadáveres.
Aquella tranquilidad solo es un momento efímero. De la puerta interdimensional en ruinas brota una figura antropomórfica, vestida en una extraña armadura. Un casco cubre su rostro, dejando solo ver un enigmático punto rojo. Una voz resuena en mi mente, cálida y familiar, como si me conociera desde siempre.
La figura me insta a levantarme, y siento que el miedo abandona mi ser. A través de la telepatía, me comunica que debemos cerrar la puerta interdimensional. Dudo ante la tarea encomendada ya que sin el doctor Bernardo es imposible, faltan los códigos de acceso a su terminal, además de que no hay energía para encenderla. Pero el misterioso ser saca un artefacto extraño y lo coloca en el panel del cañón de Hadrones. El artefacto comienza a brillar y a oscilar en el aire, restaurando la energía del laboratorio.

La figura me transmite un código a través de la telepatía, y a pesar de mis dudas, mi instinto me guía a introducirlo en el teclado. Sin embargo, en ese momento, el ratón del corredor se aproxima al artefacto, provocando una colisión accidental que distorsiona el código de acceso original. A pesar de mis intentos por detenerlo, el código fue ejecutado y la puerta interdimensional se desata en una explosión caótica.
Soy atravesado por millones de destellos de luz, mi percepción se desvanece en una vorágine de imágenes y sensaciones. Planetas, civilizaciones y dimensiones se entrelazan en un torbellino de color y caos. Mi mente está al borde del colapso.
Finalmente, todo se detiene. Mi cuerpo tiembla mientras vomito bilis sobre una superficie que noto diferente; es arena roja. La confusión se apodera de mis sentidos, y lentamente alzo la mirada. Ante mí se extiende un paisaje surrealista: volcanes rugen en el horizonte, ríos de fuego serpentean alrededor de islas, y un cielo carmesí se alza entre nubes oscuras. El aire es denso y ardiente, saturado con un olor a azufre que dificulta la respiración. Los ululatos de criaturas desconocidas llenan el aire.
La figura antropomórfica se hace presente una vez más en mi mente. Me advierte que mi mundo está destinado a perecer en este plano, que los humanos más espirituales y religiosos le conocen como “el infierno”. La figura me dice que en mi dimensión a él lo llaman “el arcángel Miguel”. De pronto dos bestias me rodean, mi cuerpo es sometido a torturas indescriptibles hasta caer inconsciente.
Desconozco el tiempo que llevo atrapado aquí, y con lágrimas corriendo por mi rostro, suplico que no conozco la forma de abrir el portal, mientras las bestias estiran mis extremidades con violencia. El dolor se vuelve insoportable. Mi último aliento se desvanece en alaridos desgarradores, mientras mi existencia se desliza hacia la oscuridad.
IMAGEN DE LA PORTADA: DALL-E
Abraham Campos
México. Ha participado en la antología de cuento “Hidalguense”, publicada por Editorial Vozabizal, en la antología de poesía “Voces Minerales”, también de Editorial Vozabizal, en la antología de microficciones “Flores que solo abren de noche”, coeditada por Fóbica Fest y La Tinta del Silencio, en la antología “Mentes corroídas” de la editorial Palabra Herida. Además, ha publicado en diversas revistas digitales.















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