Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Salada es la libertad

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José Ponce nos comparte su relato “Salada Libertad”

José S. Ponce

La taza de café que llevaba en las manos borboteaba, así le gustaba a su señor que se lo sirviera para que cuando lo bebiera aún estuviera caliente. Rami tenía las manos rojas de sostenerla, se estaba quemando, pero  aunque podía sentirlo la neurodena no lo dejaba quejarse, llevarla era su condena después de todo. Puso la taza sobre el escritorio, acomodó las ecarpet que había sobre la mesa y se retiró a su rincón a esperar a que su tutor regresara. Desde aquel rincón solía ver cómo el hombre trabajaba en sus numerosos casos, como entraban y salían los clientes, algunos apenas lo notaban, pero la inmensa mayoría lo miraba con suspicacia. Después de todo había sido condenado como un multiasesino, aunque en el estado en que se encontraba era incapaz de mover un solo dedo sin el comando de su tutor. Era extraño llamarlo de esa forma cuando antes había sido su empleado y mucho antes de eso su mejor amigo, pero ya no era una persona con derecho propio, ahora era un Tutelado al que se le había restringido por sus crímenes. Rami no los recordaba, suponía que esa era una consigna más de su señor, pero él hubiera preferido saber que había hecho para perder su voluntad, al menos de esa forma todo aquello tendría sentido.

 La mayor parte del día se la pasaba observando a Rígido sentado en su escritorio o escuchándolo mientras presumía sus embustes, aunque a veces este le encomendaba el cuidado de Cristina su pequeña hija y esos eran los mejores momentos de su condena, los únicos que desearía conservar, aunque para su tristeza esos eran los más escasos. En cambio, no podía soportar que llegarán las tardes, pues eran los momentos en los que el mal humor acumulado del día estallaba y los castigos de Rígido comenzaban. Si alguno de los supervisores de su condena se hubiera detenido a revisar su cuerpo hace años que se lo hubieran llevado de ahí, pero sus visitas eran esporádicas y carentes de cualquier interés en su persona, pues la mayoría de ellos solo buscaba congraciarse con el dueño del despacho más importante del país.

 Esa tarde Rígido Morales llegó más tarde de lo habitual a su oficina. Había perdido un caso importante por culpa de una periodista que documentó su corrupción. Si no manejaba las cosas bien la opinión pública sería incontrolable, lo haría pedazos. Una necesidad hace tiempo perdida volvió a nacer en su interior, un hambre primitiva que había creído perdida con los años lo incendiaba por dentro. Quería matar a aquella mujer, pero no podía hacerlo en ese momento, todos sospecharían de él, tenía que esperar a que ella se hiciera de otros enemigos, por ahora solo podía conformarse con liberar su ira en Ramiro o lo que quedaba de él. Tenía cinco años con la neurodena era posible que su cerebro tuviera cambios irremediables, que no recordara su vida antes del implante o que lo hiciera de forma fragmentaria. Había casos de pérdida total y algunos pocos con efectos positivos insospechados. Él deseaba que de Ramiro no quedará nada, que se hubiera perdido en la niebla del olvido.

 Rígido abrió la puerta de la oficina con una patada, miró la taza de café tibio sobre el escritorio y se lo lanzó a Rami. El recipiente golpeó al Tutelado justo en la sien y cayó al suelo con un sonido sordo.  Su sangre comenzó a brotar, a escurrir por sus mejillas con aroma a café y a mezclarse con las lágrimas que de sus ojos brotaban. El tutor caminó hasta el rincón del Tutelado “Levanta la taza” ordenó, Rami intentó resistirse pero los  circuitos que tenía implantados en su cerebro reaccionaron a la voz de su señor. El cuerpo de Rami hizo lo que le ordenaba. Levantó la taza y se la tendió, “Sonríe” fue el siguiente comando y los dientes de Rami se asomaron contra su voluntad y así permanecieron hasta caer desmayado por los múltiples golpes con la taza de coffito.

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 Cuando despertó en su rincón tenía un recipiente con agua y un platito con tres chocolates, Rami pensó que aquello sería obra de Cristina. Hace tiempo la niña le había dejado unos cuantos, pero Rígido le había prohibido comerlos. Una parte de sí deseaba revelarse y comérselos, comer uno solo, tan solo eso hubiera bastado para demostrar que aún era humano, pero no había podido aún con todo su empeño vencer el dominio de la neurodena.  Hace tiempo que había dejado de intentarlo y en ese instante aunque pudiera comer un chocolate no lo haría. Rami se levantó de su rincón, se cambió la ropa y se dispuso a preparar el café del día. Rígido entró dando gritos en la cocina, una mujer asustada se refugió en un rincón con un bebé que lloraba en sus brazos, pero luego ellos ya no estaban. Los tres se habían esfumado entre el humo de la cafetera, en una ilusión incierta, una memoria borrosa, y una sonrisa inocente de una pequeña. Sin que Rami se diera cuenta  Cristina había llegado hasta él y con una manita extendida le ofrecía un chocolate. Rami sabía que no podía tomarlo, la neurodena no lo dejaría, pero quería saber si la niña era real. Pensó en extender su mano hacia ella y tocarla, puso toda su voluntad en ello, seguro de que no lo lograría. Pero lo hizo, sus dedos rozaron la mano de Cristina y tomaron el chocolate que  guardó en el bolsillo de su pantalón.

 Los días después de este incidente Rami tuvo que fingir que la neurodena funcionaba a la perfección. Obedecer, solo tenía que seguir obedeciendo hasta que sus recuerdos regresaran, hasta que su voluntad se restablecíera y los fragmentos de verdad se ordenaran. Había recordado la identidad de aquella mujer, era la primera esposa de Rígido, muerta hace cinco años, lo que significaba que el bebé no podía ser otro que la propia Cristina, su memoria no había logrado ir más allá. Y su voluntad no le alcanzaba para hacer otra cosa más que esperar, aún cuando los castigos de Rígido eran inaguantables, pues las cosas seguían sin marchar bien con los medios. Desquitarse con Rami era cada vez menos satisfactorio, desaparecer a la periodista era su obsesión. Una que ya no podía prolongar más.

 Había decidido que llevaría consigo a su Tutelado, se desharía de la mujer y luego también de Rami, que volvería a cagar con toda la culpa, lo tenía merecido por entrometido, por él había perdido a su amada esposa, ahora era momento de pagar en definitiva y para siempre. Después de todo las máquinas siempre fallan, una neurodena defectuosa incapaz de restringir a un asesino era solo cuestión de suerte y el pobre Rígido habría tenido la peor de todas. De madrugada le pidió a Rami que subiera en la camioneta y condujo hasta el apartamento de la mujer, sus hombres llevaban meses siguiéndola, pegados a ella como hongos a su piel, esperando el momento en que no pudiera poner resistencia. Pero Rígido la quería muerta y lo quería ya.

Entraron en el departamento sin dificultades, no había forma en que una simple puerta pudiera detener a Rígido Morales. La mujer dormía en su cuarto rendida por los cientos de archivos que revisó en el día, sin sospechar que estaba a punto de ser estrangulada por un par de manos. En sus sueños estaba envuelta en mar tratando de alcanzar desesperada la superficie sin conseguirlo, se veía a sí misma hundiéndose en la negrura, aproximándose a la muerte. Rami vió como su señor estrangulaba a la mujer, pero era incapaz de ayudarla. En su cabeza se agolpaban imágenes del pasado, la verdad oculta por el amo de la neurodena y el siendo testigo del asesinato de otra mujer, estaba borracho y no pudo hacer nada aunque lo intento. Después fue culpado de ese y otros crímenes acusado por las lágrimas falsas del esposo asesino. Cómo había retorcido el sistema judicial para comprar su Tutela no era un misterio, Ramiro mismo había hecho cosas similares antes. Salió de sus recuerdos al escuchar el grito de la periodista aferrándose a la vida, luchando por ella con una ansía que él nunca había tenido. Ramiro ya libre de la neurodena golpeó a Rígido hasta derribarlo. La mujer tomó una arma escondida bajo la almohada y le disparó al asesino. Después vio a Ramiro, le apuntó con ella por un momento pero después la bajó mientras susurraba un “Gracias” ahogado.

 Después de hablar con la periodista, Ramiro regresó a la que hasta entonces había sido su casa. Sacó el chocolate de su bolsillo y se lo comió. Está vez nada pudo impedírselo, lo saboreo lento y de a poco, al principio fue dulce pero el final era salado. Así volvía a ser un hombre, un hombre con una hija y un montón de chocolates. Un hombre que descubrió que salado era el sabor de su libertad.

IMAGEN DE LA PORTADA: Pexels

José S. Ponce

México, 1995. Estudió Biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Actividad que compagina con la lectura y escritura de literatura de imaginación. Fanático de la animación. Ha publicado relatos en las revistas Exogénesis, Teoría Omicron, Espejo humeante, Retazos de ficción, en los podcasts Cuentos del bosque oscuro y Noche de Terror.

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