Manuel Angel Jordan Nuñez
A los hermanos Acasio, por el comic
En uno de mis paseos por la Avenida Jacinto Lara, me detuve frente a una casa. Destacaba ésta por la escultura de un niño desnudo en el centro de una fuente vacía. La hierba crecía hasta tapar parte del frente de la casa y se asomaba por las rejas oxidadas; las ventanas habían sido rotas a pedradas y el techo estaba lleno de lunares. Para subrayar su abandono, a un costado de la casa, descansaba un carro muy viejo en cuatro bloques. Apoyada contra la reja y muy cerca del carro, descubrí mi bolsa imaginaria.
Dos meses llevaba recorriendo la avenida y siempre fantaseaba con encontrar una bolsa negra llena de libros al lado de una de aquellas casas. Al abrirla encontraría libros de escritores como Lovecraft y W.H.Hodgson. La bolsa encontrada no era negra, por supuesto, sino de un amarillo transparente. Dentro de ella, debajo de un montón de revistas de divulgación científica, apareció la libreta. La hojeé espantado por la escritura a mano. Estaba acostumbrado a la palabra impresa y la escritura manuscrita me sonaba a confesión de borracho.
Al llegar a mi casa, abandoné la libreta en mi biblioteca. Dos o tres días después, conseguí un trabajo de programador en un concesionario y las obligaciones sepultaron el manuscrito entre los libros no leídos.
Recordé la libreta cuando un amigo decidió unirse al rebaño de la diáspora migratoria y me obsequió una montaña de libros en una verdadera bolsa negra. Entre las novelas destacaba una trilogía de Lovecraft (En Las Montañas de La Locura, El que Susurra en La Oscuridad, El Túmulo). La lectura me devolvió el recuerdo de la libreta.
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Armado de paciencia, la tomé del rincón de los libros y me dispuse a descifrar su letra marca Palmer:
Carmen me obligaba a escuchar las canciones de sus ídolos en nuestra juventud universitaria. Soporté con estoicismo su amplia colección de heavy metal ( me carcajeo recordando estos episodios y preguntándome cuál sería la reacción de ella al escuchar la banda sonora del fin del mundo cantada por reguetoneros).
Por este u otro motivo, Carmen me aceptó en su vida y al graduarnos decidimos vivir juntos y luego legalizar nuestro concubinato un viernes en la tarde. No me interesa repetir aquí y en ninguna parte el lento declive de nuestra relación. Tal vez se debió a nuestra esterilidad compartida o tal vez fue por las infidelidades de Carmen con algunos de sus alumnos de la universidad. Ustedes elijan.
En un acto de bondad, un domingo, ella se llevó sus últimos recuerdos en la camioneta de un colega profesor y la casa adquirió un silencio puro, compañero en este limpio descenso a la cordura.
Miraba el patio encharcado y la escultura del centro de la fuente (elegida por Carmen) y pensaba en esa repetición imperfecta llamada hijos. Cuando Carmen vivía conmigo me consolaba pensando en su infidelidad estéril. Nuestra condición me ahorraba el simulacro de padre ante un hijo ajeno.
Debido a la parálisis por la pandemia, yo también había abandonado la universidad donde impartía Sistemas de información. Para ocupar mi ocio y espantar mis miedos, leía grandes cantidades de revistas de divulgación científica. Leí muchos artículos sobre el virus y su origen, pero también artículos sobre física cuántica y universos paralelos.
En esos días, encontré un CD de Nirvana en el baño, abandonado por Carmen. Copié una canción, Smell like teen spirit, al computador, y comencé a alterar el sonido con un software diseñado por mi. Probé hasta hacer irreconocible la voz de Kurt Cobain, hasta volverla un lamento de animal herido.
Escuché durante horas aquella melodía vomitada por las cornetas, hasta sentir un dolor punzante en uno de los lados de mi cabeza. Durante un tiempo, tal vez segundos o minutos pude percibir a pleno día como se alteraba la fisonomía de la casa varias veces y vi pasear por la sala sombras de gente y luego perfiles definidos, indiferentes a mi presencia como si yo fuera el fantasma. Al pausar el sonido, todas aquellas imágenes desaparecieron.
Sumando al asombro una insólita alegría, busqué una explicación a aquellas visiones. Por supuesto, Carmen era la culpable. Su ausencia, un reclamo permanente en mi cabeza, mezclada con el aullido de un cantante suicida; había logrado el milagro de permitirme viajar entre universos paralelos.
Por esos prodigios de la intuición deduje que si escuchaba más tiempo esa canción podría volverme sólido en uno de esos mundos. En una de las visiones, había visto a Carmen sentada a la mesa del comedor, bajo la mirada atenta de una niña de al menos cuatro años. Esa hija era mía, no podía ser de otra manera.

Son demasiadas casualidades acumuladas en estos días para no sentir algún tipo de designio divino detrás de todo esto. Es absurdo, pero se siente bien creer en la posibilidad de un plan para corregir este desastre llamado vida. Por fin entiendo a los creyentes.
He vuelto a viajar a las otras dimensiones pero siempre tomando la precaución de apagar el sonido al marcar el cronómetro dos minutos. Al parecer existe un efecto secundario de los viajes y al acercarse los dos minutos comienzo a sentir una cierta ligereza, como si no necesitara impulsar el aire hacia mis pulmones porque el aire atraviesa mi cuerpo como una ventana abierta. Todos tenemos miedo a la disolución y esa sensación tan parecida a lo que imagino es la muerte me asusta.
¿Y si esa sensación no es un paso previo a la disolución?, ¿qué pasa si es una especie de prólogo a mi entrada formal a uno de esos mundos? Al final de esa sensación tal vez me encuentre en un cuerpo nuevo, y pueda tocar a la Carmen de cualquiera de esos universos.
Estoy decidido a probar y por esto me despido de este cuaderno y de su posible lector. Mañana, a esta hora, reproduciré mi música sin pausa hasta romper la tela que separa este mundo de los otros. A lo mejor Carmen no lo planeó, pero al convertirme en cabrón, me dio la facultad de ser un viajero interdimensional.
Al final de la libreta aparecía una firma ilegible. El resto eran páginas en blanco. He vuelto varias veces a la avenida a mirar la casa. Me animé a preguntar a los vecinos por los ocupantes de la vivienda. Una señora, con más de veinte años de vivir en esa calle, me aseguró que esa casa tenía igual cantidad de años vacía. Si alguna vez tuvo dueño, ella no lo recuerda.
Al preguntar a tres o cuatro vecinos más recibí la misma respuesta condimentada con gestos de cansancio e incomodidad. Por último, acudí a Internet y no descubrí nada sobre la historia pasada de la vivienda, ni siquiera una mención en las muchas crónicas escritas sobre la ciudad y sus calles.
Pensé en saltar su reja y buscar entre sus paredes. A pesar de mis dudas sobre el cuento de la libreta (a lo mejor es producto de un intento fallido de ciencia ficción a la venezolana) prefiero ahorrarme complicaciones e imaginar respuestas desde la comodidad de mi casa.
Se han cocinado muchas explicaciones en mi cabeza para lo ocurrido con el tipo de la libreta. No me gustan los finales abiertos por eso escogí el siguiente: el personaje de la historia no encontró asilo en este universo (se dispersaron sus átomos, se evaporó) porque no existía una copia suya en este mundo. El hombre era único en su miseria, mientras Carmen se repetía hasta el infinito en el multiverso.
En pocas palabras, el universo si conspira, como dice Pablo Coelho, pero no para hacernos felices, sino para jodernos.
IMAGEN DE LA PORTADA: DALL – E
Manuel Angel Jordan Nuñez
Venezuela, 1972. Ganó el Tercer lugar en el Premio de Abreu 2023, convocado por la AVCFF(Asociación venezolana de ciencia ficción). Varios cuentos han sido públicos en revista como Teoría Ómicron, Axxon, Cosmocapsula, Planetas prohibidos. Ganador del III concurso venezolano de literatura fantastica y ciencia ficcion solsticios 2016. 2do lugar en el concurso de Microcuentos para un gran hombre en homenaje a Francisco De Miranda. Obtuvo el 2do lugar en el concurso de microcuentos Ultracortos de la decada del diario Nuevo Dia mención en el concurso de microcuentos Ciudad de Punto Fijo.










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