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Génesis García
Moira caminó de un lado a otro de la habitación, tarareando suavemente entre dientes. Bajo sus pies, las fibras de la alfombra formaban ya un pequeño sendero, prueba de su tenaz lucha contra la desesperación. La tenue luz del amanecer se colaba entre las gruesas cortinas de su habitación, pero Andrew se negaba a dormir, mostrando una voluntad de hierro admirable para un niño tan pequeño. Su bebé, la culminación de todos sus sueños, parecía no soportar estar en sus brazos y lloraba sin cesar. Desde el parto, su hijo mostró una animadversión bizarra en su contra: se negaba a recibir el pecho, rechazaba sus caricias y se desesperaba al escucharla hablar. Los únicos momentos en que lograba descansar y tener algo de paz era cuando su padre o su abuela lo cargaban.
Al principio, atribuyeron su llanto al comportamiento normal de un recién nacido. Los bebés no tienen otro medio para comunicar sus necesidades y los atribulados padres se abocaron a atenderlo con devoción, alimentarlo y mudarlo regularmente, buscando su comodidad, buscando hacerlo feliz. Pero por más que intentaron, Andrew no dejaba de llorar, especialmente alrededor de Moira. Los únicos momentos en los que descansaba era cuando su madre salía del cuarto, pero, en cuando regresaba, reiniciaba el llanto y la desesperación comenzó a invadir a los nuevos padres. Agobiados, llevaron al niño a diversos especialistas, temiendo que pudiera tratarse de un caso de cólicos o algo peor, pero cada examen y revisión determinó que se trataba de un niño perfectamente sano y que no había nada malo con él.
Moira sentía su corazón roto. ¿Cómo era posible que un bebé de apenas dos meses la odiara tanto? ¿Dónde estaba el vínculo maravilloso y especial que siempre deseó tener con su primer hijo? Es sabido que los bebés se sienten seguros y confortados con la presencia de la madre y que es ésta su principal fuente de calma y calor. Moira siempre deseó ser madre, experimentar el amor puro e incondicional, eterno y fiel que solo un hijo puede dar. Su bebé no le sería infiel, no la olvidaría ni la cambiaría el día que ya no sirviera. Su hijo sería suyo y solo suyo, una extensión de su cuerpo y de su alma. Alguien a quién podría amar por siempre. El embarazo de Andrew fue maravilloso: sin náuseas, mareos ni vómitos, sin hemorroides ni várices, sin cansancio, sin hinchazón ni estrías. Se sentía hermosa y plena, feliz al ver el crecimiento de su vientre y sentir en su interior a su hijo moviéndose con energía y entusiasmo. Pensaba que él estaba tan ansioso por conocerlo como ella, que tenían un vínculo especial, que ya desde el vientre ese niño estaba amándola como se merecía.
Pero, se equivocó.
Andy la rechazaba de un modo que nadie antes lo hizo. No podía hablar ni expresar su rechazo con palabras, pero, veía en sus ojos un sentimiento de repudio y desprecio que parecía imposible de encontrar en la inocente mirada de un bebé. Peter llegó a casa al mediodía, después de un largo turno en el hospital y encontró a su esposa en el cuarto, meciendo a su sollozante bebé. En silencio, besó la frente de su mujer y tomó al niño de sus brazos, acunándolo contra su pecho. De inmediato, Andrew se calmó como por arte de magia y aferró sus manitas a la ropa de su padre, durmiéndose apenas unos minutos después. Moira cayó sentada sobre el borde de su cama, derrotada. Lloró en silencio mientras Peter llevaba al niño a su cuna y siguió haciéndolo cuando regresó a su lado y la abrazó estrechamente.
– Me odia– sollozó, aferrándose a él– Nuestro hijo me odia…
– No digas eso, querida… es imposible que te odie, es solo un bebé. Eso podemos esperarlo en la adolescencia, no ahora– comentó, intentando bromear.
Pero Moira no estaba para bromas. La evidente preferencia de su hijo por su marido hizo que su relación comenzara a resquebrajarse y esa clase de comentarios no ayudaban. Se apartó de su marido, suspirando de rabia y lo enfrentó con el ceño fruncido, furiosa.
– Tenemos que hacer algo, Peter– sentenció, secando sus lágrimas con la manga de su pijama arrugado. Se sentía agotada, sucia y hambrienta y todo lo que quería era una jodida solución.
– ¿Qué podemos hacer? – preguntó Peter, acariciando suavemente su mejilla, notando lo demacrada que se veía– Lo revisaron decenas de médicos y todos coinciden: Andy no tiene nada malo… solo es un bebé temperamental…– Moira se mordió el labio inferior, conteniendo el insulto que pugnaba por salir de sus labios ante la indiferencia de su marido. ¿No veía que estaba muriendo de pena y rabia? ¿No comprendía su sufrimiento?
– Hay algo que aún no intentamos. Iré a BabyCo– determinó, para asombro y molestia de su marido.
– ¿BabyCo? – bufó, apartándose de su mujer– ¿Quieres un traductor de bebés? ¿Sabes lo costoso que es? Y no solo eso. Es una tecnología experimental, en proceso de desarrollo, no sabemos qué efectos podría tener en el cerebro de Andrew…– Moira se puso de pie también, enfrentándolo desesperada.
– ¿Qué más puedo hacer? – gritó, ya fuera de sí– ¡Tengo que descubrir porqué mi bebé me odia! – Peter detuvo su carga al ver la desesperación en los ojos de su esposa y se acercó, intentando consolarla. Moira, sin embargo, retrocedió.
– Andy no te odia, Moira, eso es imposible– afirmó con gentileza– Quizás siente tus nervios, quizás deberías intentar tranquilizarte… – sugirió sin pensar y, de inmediato, supo que había cometido un error. El rostro de Moira se contorsionó en una mueca mientras se acercaba con el odio pintado en la mirada.
– ¿Estás diciendo que es mi culpa? – preguntó en un susurro que, por alguna razón, heló su sangre. Siempre supo que había algo dentro de Moira que salía de los límites de lo normal. Algo dentro de ella parecía extrañamente peligroso esperando cualquier excusa para salir a la superficie y saltar sobre él. Y en ese momento, lo sintió como nunca antes.
– No, claro que no…– se excusó de inmediato, forzándose a no ceder al miedo– Pero, debes admitir que estás siendo irracional…
Moira le dedicó una larga y extraña mirada.
– A veces eres insoportable– dijo al fin, saliendo del cuarto para su alivio.
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Una semana después, Moira retiró en secreto los ahorros de su cuenta bancaria y se dirigió con su bebé a BabyCo. BabyCo era una multinacional dedicada a la investigación y desarrollo en materia de cuidado de bebés y niños pequeños. Desde pañales hasta medicamentos, pasando por accesorios, ropa, carriolas, sillas para autos y biberones: todo el mercado estaba bajo su control. La empresa se destacaba por su área de investigación y sus maravillosos inventos destinados a hacer la vida de las madres un poco más fácil. Su última innovación era el traductor de bebés. Se trataba de un invento revolucionario, destinado especialmente a las madres primerizas: las madres experimentadas reconocen el llanto del niño e identifican que necesita. Sabe cuándo se trata de hambre, sueño o un pañal sucio. Las nuevas madres, sin embargo, no tienen la experiencia necesaria y suelen caer en episodios de culpa y depresión.
Para evitar esto, diseñaron un dispositivo de nanotecnología que se introducía a través del tejido (aun) blando de la fontanela directamente al cerebro del niño. Este dispositivo, del tamaño de un grano de sal, captaba la actividad cerebral de los bebés y traducía las sinapsis cerebrales en órdenes que llegaban al teléfono de la madre o cuidador. Así, los padres sabían de antemano cuando el bebé tenía hambre, sueño, si estaba incómodo, sucio o tenía picazón. Gracias a esa tecnología, millones de mujeres alrededor del mundo dejarían de intentar averiguar qué ocurría con sus hijos y podrían atender sus necesidades de formar rápida y oportuna. Sin embargo, tal como dijo Peter, la tecnología se encontraba aun en una etapa experimental y, por ende, su coste era impresionantemente alto.
Pero Moira estaba dispuesta a hacer lo que fuera con tal de descubrir qué pasaba con su bebé. Firmó el contrato con mano firme, entregó a su bebé en manos de extraños, aguardó pacientemente en la sala de espera, llena de temor y, al mismo tiempo, esperanza e ilusión. Cuando lo pusieron de nuevo en sus brazos, Andy dormía tranquilamente gracias a los anestésicos y, por primera vez, Moira disfrutó del placer de ver dormir a su hijo en sus brazos. Lo estrechó contra su pecho con fuerza y suspiró, agradeciendo al cielo en silencio por darle una nueva oportunidad a su maternidad. El regreso a casa fue uno de los momentos más dulces de su vida. Andrew dormía con sus manitas apoyadas en su pecho y su olor a bebé y el calor de su cuerpecito calentaron su alma, haciéndola inmensamente feliz… Tristemente, lo malo de la felicidad es que nunca dura.
Dentro de las más novedosas y extraordinarias funciones del dispositivo de BabyCo, estaba mostrar en pantalla imágenes de los sueños de los bebés. Incluso, pagando un cargo extra, los padres podían ver los pensamientos de sus niños. En bebés muy pequeños esos pensamientos se traducían en colores y formas, una maravillosa expresión de una mente que comenzaba a descubrir el mundo. Moira, emocionada, encendió el dispositivo y se sentó junto a la cuna de Andrew, contemplando las imágenes que se formaron en la pantalla de su televisor con entusiasmo. Al principio, eran solo luces e imágenes abstractas de colores vivos. Parecía un ballet de formas brillantes y coloridas que danzaban y se movían en el aire: un espectáculo precioso. Pero, entonces, Andrew despertó. Un quejido la alertó y se giró hacia su hijo, regalándole una sonrisa que él correspondió con una mueca de desprecio. Su pequeño rostro se contrajo y su ceño se hundió antes que apartara el rostro como si no quisiera verla. Sus movimientos eran precisos, medidos: no se trataba de la actividad errática y curiosa de un niño que explora lo que lo rodea y no fija la mirada. Andy la evitaba. A propósito.
Confundida, presionó otro comando en el dispositivo y una vez más, los pensamientos del bebé se proyectaron en la pantalla. Esta vez, sin embargo, no se trataba de colores y formas. Eran imágenes claras. Imágenes que ella conocía muy bien. Moira observó con los ojos agrandados por el terror y el desconcierto su rostro infantil y el bosque que los rodeaba. Frente a sus ojos, una Moira de ocho años, invitaba a un pequeño Charlie a jugar con ella en el lago. La niña lo guiaba por entre los árboles, hablando animadamente sobre las ardillas y los mapaches que vio un día en su jardín, hasta que la luz reflejada en el lago los bañó y ambos niños se lanzaron al agua entre risas y chapoteos. Moira recordaba perfectamente ese día. Fue el día que ella y su mejor amigo, el hijo de los vecinos, se fugaron para ir a jugar al lago cercano. Fue el día que Charlie murió.
Los recuerdos siguieron avanzando como en una película en cámara rápida. Desde su perspectiva, Moira se vio empapada y risueña, feliz. Una pequeña sonrisa asomó a sus labios al ver la felicidad en el rostro de esa niñita que ya no existía. Lucía tan inocente… pero, no lo era. El recuerdo se oscureció, igual que el cielo y Andy comenzó a quejarse bajito cuando la expresión del rostro de la niña cambió por una mueca de odio. Moira se sobresaltó y su respiración se agitó al ver lo que seguía.
Charlie acababa de encontrar un dije de oro en el lecho del lago y Moira lo quería.
Charlie se negó a dárselo y Moira lo empujó, haciéndolo caer de espaldas en el agua.
Charlie luchó por liberarse, pero Moira era más grande y aplastó su pecho con todas sus fuerzas, empujándolo hacia el fondo.
Charlie lloró y gritó bajo el agua, llamando a su mamá.
Moira sonrió.
Y entonces Charlie dejó de moverse.
Moira permaneció un largo rato mirando a la pantalla con las mejillas surcadas por las lágrimas. Así que por eso su bebé la odiaba. Andy se quejó sobre la cama y su madre se giró hacia él con el rostro contraído en una mueca de tristeza. El destino era demasiado cruel, convirtiendo su sueño en una pesadilla: el hijo que siempre deseó, que esperó con tantas ansias, que quería amar hasta el día de su muerte, resultaba ser la reencarnación de su mayor secreto. Aún recordaba el momento en que su padre la sacó del agua mientras ella fingía ahogarse y luego jalaban el cuerpo inmóvil de Charlie hacia la orilla. Recordaba con aterradora claridad los gritos desgarradores de su madre, la forma en que sostuvo su cuerpecito entre sus brazos, pidiendo a gritos a Dios que no se llevara a su niño, que no lo alejara de su lado mientras ella escondía una sonrisa en la camisa de su padre.
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Todo el mundo le creyó cuando explicó que se trataba de un accidente y la gente comenzó a tratarla como a una heroína cuando relató con envidiable precisión sus desesperados intentos por ayudar a su mejor amigo, intentos que casi le cuestan la vida. Los niños en la escuela dejaron de ignorarla y los adultos de su comunidad la trataban con deferencia. Pasó de ser la niña extraña y solitaria a convertirse en una celebridad local que comenzó a brillar con luz, convirtiéndose en la reina de su pequeño pueblo. Gracias a eso, su vida resultó ser todo lo que quiso y más… y ahora que parecía que lo tenía todo, Charlie decidía regresar solo para atormentarla. Sus ojos oscuros se posaron en los de su hijo y ambos se enfrentaron en silencio, midiéndose.
– Así que por eso volviste, ¿eh? – murmuró Moira, inclinándose hacia su hijo– ¿Quieres exponerme? ¿Delatarme? – el bebé la observó muy serio, una expresión extraña y fuera de lugar en un rostro tan pequeño y dulce– Lo siento, Charlie… pero, eso no va a pasar. Ya me deshice de ti una vez, puedo volver a hacerlo…– susurró junto a su oído y Charlie cerró los ojos cuando vio la almohada acercándose a su rostro.
Esta vez fue más rápida que la anterior. El niño se sacudió apenas unos momentos bajo la almohada y luego, su cuerpecito quedó laxo sobre la cama para su enorme alivio. Moira acomodó un mechón de cabello tras su oreja con gesto aliviado y dejó la almohada a un lado para alzar al pequeño cadáver y acomodarlo dentro de su cuna antes de ir a tomar un largo baño. Cubrió al bebé con cuidado y suspiró, mirándolo con gesto resignado. Por un pequeño momento, un ramalazo de culpa atenazó su pecho, pero, se repuso con rapidez. Después de todo, podía volver a intentarlo… y si Charlie quería regresar una vez más, siempre podía contar con BabyCo.
IMAGEN DE LA PORTADA: Pexels
Génesis García
Chile, 1990. Es historiadora, columnista, tallerista y escritora. Su pasión por la literatura nació entre las novelas de segunda mano que su padre compraba a granel y que la sumergieron en un mundo de fantasía del que nunca pudo escapar realmente. Pueden encontrar sus relatos en revistas literarias como Anacronías, Teoría Ómicron, Anapoyesis, Especulativas, Laberinto de Estrellas, El Nahual Errante, Licor de Cuervo, Interlatencias, Trinando y Cósmica Fanzine (entre otras), así como en podcast y programas radiales, incluyendo radioteatro. Su trabajo ha sido publicado en diversas antologías a lo largo y ancho de Latinoamérica y España (Oscuridad y silencio, Si la arena hablara, El hilo invisible, Oculto en las sombras, entre otras)y su trabajo la ha hecho merecedora de varios premios literarios tanto en Chile como en el extranjero. Sus obras mezclan eventos históricos y ficción, entretejiendo sus dos pasiones: literatura e historia. Géneros como el terror, el horror, la fantasía y la ciencia ficción se han colado en su estilo, llevándola a decantarse por un mundo más oscuro y hostil en el que hay pocos finales felices y se puede encontrar los más oscuros y profundos secretos de la psique humana y sus límites.
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