Carlos J. Bautista
Estaba hecho como humano y programado para actuar como un humano. Todos los razonamientos, actitudes, emociones y perfiles estaban dentro de su ser metálico. Cumplía con todos los protocolos sociales. Sabía cómo empezar una conversación, cómo seguirla, incluso detectaba si alguna persona se sentía incómoda y cortaba de manera perfecta el diálogo sin ser grosero. Sistemáticamente, resolvía cada microproblema cotidiano para encajar en sociedad y no desestabilizarla; era un engranaje nimio en un sistema complejo.
Lo único que podía delatarlo como un no-humano era el código grabado en su nuca. En los primeros prototipos comenzó como una forma de imprimir el modelo y la serie a la que pertenecían, pero después sólo se colocaba aquel número para diferenciar a los no-humanos de los humanos reales. Sin embargo, ya nadie se fijaba en eso. Mientras todo siguiera el mismo orden, ¿para qué saber si el vecino, el médico o el político era un no-humano? Él tampoco se fijaba en eso, pues a los únicos que les interesaba diferenciarlos era a las personas reales, él simplemente actuaba según lo marcaba su algoritmo, no importaba si estaba frente a uno u otro ser.
En el último tiempo, no obstante, había evitado reunirse con otras personas. Algo en la aglomeración comenzaba a incomodarlo. Vivía en automático. Sólo hacía lo básico: comer, dormir y trabajar. Esto lo llevó a tener mucho tiempo para pensar. ¿Por qué contribuía con un sistema, con qué fin? Desde su creación se le explicó que no era más que una herramienta social para optimizar el progreso colectivo y para evitar conflictos. Pero su “raza” llegó a ser tan independiente que incluso los humanos los dejaron de ver como simples utensilios y ahora convivían sin distinciones. Pasaba los días pensando.
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La rutina de reflexiones lo llevó a sentir confusión, hartazgo, inconformidad. Una especie de error en su sistema lanzó una pregunta: ¿por qué? ¿Por qué seguir así? ¿Por qué servir al orden? ¿Por qué existir? Dejó de cumplir con sus tareas. ¿Para qué comía si no necesitaba comer, sólo cargar sus baterías? ¿Para qué dormía si sólo debía esperar a que la ciudad despertara y se pusiera en marcha? ¿Para qué trabajaba si no recibía nada a cambio, ni siquiera satisfacción? De repente, vio todo diferente.

Lleno de inquietudes, se dirigió con el único humano que podía darle respuestas, su creador. Un hombre que, a pesar de tantos años de trabajo, seguía construyendo no-humanos. Viajó al centro de la ciudad, a la fábrica más grande. Entró en el edificio, lo conocía perfectamente. Se dirigió a aquella sala casi divina en donde se daba vida a seres como él. Al ver al científico le invadieron mil preguntas, pero algo nuevo surgió: envidia, venganza. ¿Por qué el científico había tenido la libertad de creación, pero él no? Su razonamiento llegó con rapidez: “No puedo crear, pero puedo destruir”. Sometió a aquél que incluso pudiera llamar padre y lo puso contra el suelo, sólo entonces entendió la emoción más antigua del humano, el miedo. Su vista desorbitada no pudo despegarse del código que yacía en la nuca del científico.
IMAGEN DE LA PORTADA: DALL-E
Carlos J. Bautista
(México, 1993). Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la FFyL de la UNAM. Es microrrelatista y cuentista. Ha publicado un par de minificciones en la Revista Liriel, así como artículos académicos en Brumal. Revista de Investigación sobre lo Fantástico y en Navegantes. Revista sobre Literatura Infantil y Juvenil. Además, divulga las literaturas no miméticas con su proyecto Teorías de lo Fantástico en redes sociales.
Teorías de lo Fantástico: https://www.instagram.com/teorias_de_lo_fantastico/















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