Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Anisotrópico

María Carla, profesora de inglés, es abordada por misteriosas mujeres que revelan su conexión con Zorgh, un planeta del multiverso. Enfrentará decisiones cruciales sobre su destino y capacidades.

Gretchen Kerr Aderson

Todos vivimos en una especie de sueño continuo (…) Cuando despertamos, es porque algo, algún hecho o hasta algún pequeño incordio, ha alterado los límites de lo que tomábamos por realidad.

Aniquilación, Jeff VanderMeer

Después de comprobar que todavía dispone de tiempo suficiente, María Carla decide continuar la marcha. Por suerte, la distancia desde su casa hasta el trabajo es corta.

Con algunas carpetas de documentos bajo el brazo, y el portafolios repleto de libros en la mano, absorta en sus reflexiones mientras camina por la acera, ni siquiera se da cuenta de que ya está parada frente al campus de la Universidad de Holguín.

Asciende la escalinata que la separa del edificio principal y, al tiempo que lo hace, escucha el pitido de su smartwatch. Son las ocho en punto.

 Entra en el Departamento de Lenguas Extranjeras, donde la saludan sus colegas, y firma su tarjeta de asistencia. Alguien le brinda café, pero ella declina cortésmente. Por último, se dirige a su buró y recoge el paquete sellado con los exámenes, para luego continuar el recorrido hasta la puerta del aula de tercer año de inglés. Dentro revolotean las voces de los estudiantes, quienes charlan nerviosos sobre el examen de ese día.

María Carla extiende la mano para abrir la puerta, pero en ese preciso instante alguien la detiene.

Cuando se voltea, descubre ante sí a un par de mujeres de cabello níveo y piel extremadamente pálida, quienes llevan gafas oscuras a pesar de lo temprano de la hora, y visten de traje y corbata de un estricto color negro. Por debajo de estos atuendos, se insinúan unos bíceps y tríceps bien desarrollados; cuerpos atléticos que rozan el culturismo extremo. La profesora estima que las féminas deben medir por lo menos 1.90 de estatura, porque para mirarlas a los ojos, desde sus escasos 1.70, casi se le parte la cuarta vértebra arqueando el cuello hacia arriba.

La primera idea que le viene a la mente, dadas estas extravagancias, es que son visitantes foráneas que han venido para tener un intercambio con los estudiantes de idiomas, como solía ocurrir, así que trata de sonar lo más cordial posible cuando les dice:

Good morning! My name is María Carla Rodríguez. I am a Phonetics and Phonology teacher and this is my classroom. Where are you from?

Las mujeres ni siquiera se inmutan ante sus palabras. Simplemente la miran de arriba abajo, a través de sus lentes oscuros, y una de ellas pregunta a su acompañante:

− ¿Es ella?

−Todo parece indicar que sí. –responde la otra.

Entonces saca una tablet de mediano tamaño y le muestra a la profesora un sitio en internet, específicamente la página web de una revista digital, especializada en ciencia ficción y fantasía, donde aparece una publicación de ese mismo mes.

− ¿Tú escribiste esto? -pregunta, señalando la pantalla.

−Si te refieres al microrrelato de ciencia ficción “El planeta Zorgh”, pues…sí, yo lo escribí. Lo publicaron hace menos de dos días en ese sitio. −contesta María Carla, cada vez entendiendo menos lo que ocurre.

− ¿Tienes más información sobre ese planeta?

María Carla observa a las mujeres, mientras trata de comprender qué está ocurriendo. ¿Por qué están interesadas en su historia de ciencia ficción? ¿Y por qué tanta insistencia con el planeta Zorgh? El nombre lo ha ideado ella misma para ese cuento en particular, así que no tiene ninguna información extra sobre él, a no ser que se la invente. Desconocidas, albinas, gigantes y forzudas, y, además, trajeadas de negro…esto ya me huele a intriga, piensa, con esos músculos de Sansón, no creo que tengan aspecto de ganarse la vida escribiendo. ¿Editoras sentadas detrás de un buró con lápiz y papel en mano? No…qué va.

−Lo siento, pero no tengo otros datos sobre el planeta Zorgh, ni más cuentos relacionados con él; −contesta al fin− pero a ver, ¿quiénes son ustedes? ¿por qué les interesa tanto lo que escribo?, y lo más importante… ¿de dónde me conocen?

Las mujeres se miran entre sí y gesticulan un par de veces, como si estuvieran teniendo una silenciosa conversación telepática. Luego, una de ellas se vuelve hacia María Carla y dice:

−Somos Agath y Thale, de la Sociedad Atemporal, del Consejo de Cronistas del Multiverso.

−Llevamos tiempo buscándote, eres la transcriptora del sector 211 de la Galaxia Ityr, del Universo 9.804. Necesitamos información del planeta Zorgh. El Consejo nos envía.

María Carla no puede creer lo que escucha. ¿Según estas mujeres la historia que ella misma inventó, es una transcripción de algo que está sucediendo realmente en otro universo paralelo? Están locas, piensa, o me están troleando.La profesora mira su smartwatch, luego a sus interlocutoras.

−Lo siento, pero ya van a ser las 8:30 y tengo un examen que aplicar. Sugerencia: no sé quiénes son, pero si quieren dar rienda suelta a toda esa creatividad, deberían inscribirse en algún taller literario de ciencia ficción. Suerte con eso.

La profesora hace ademán de marcharse, pero es interrumpida de nuevo, esta vez por Agath:

−No nos obligues a usar la fuerza, transcriptora. Nos acompañarás.

Carla comienza exasperarse.

− ¡Que yo no soy ninguna transcriptora! –grita; luego se arrepiente de tal exceso y agrega, con la voz en tono más bajo − Enseño inglés en la universidad. En mis ratos libres escribo ciencia ficción como hobby, y digamos que he tenido la suerte de que algunos de mis relatos, los menos mediocres, hayan sido publicados en revistas no muy serias del género. ¡Pero ni siquiera soy escritora!

− ¿Cómo le explicamos desde el punto de vista de su planeta? Según tengo entendido, su civilización aún no ha alcanzado el nivel uno en la escala. Los hombres de ciencia de este mundo no han logrado formular la Teoría Unificada. Ni conocen la generación espontánea de partículas virtuales, la antigravedad, ni el hipersalto a través de las multicuerdas. No creo que pueda comprender todas esas fórmulas cuánticas−habló Thale.

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−Podemos inducirle la respuesta por telepatía. –sugirió Agath.

−No funcionará. El sistema nervioso humano es muy rudimentario. No te va a captar.

− Espera…−Agath se llevó la mano a la sien y se escuchó un sonido ahogado como el arranque del procesador de una computadora −. Estoy navegando ahora mismo a través de su banco de datos planetario: Internet. Encontré algo… –y volteándose hacia ella: − Carla, ¿has escuchado hablar acerca de la Teoría Ómicron?

Yo no veo el noticiero ni la Mesa Redonda, ¡por supuesto que no he escuchado hablar nada al respecto!

−No. ¿Qué es eso? ¿Alguna nueva cepa de la COVID-19? –dice la profesora, quien no pierde detalle a ninguno de los movimientos de las dos mujeres que tiene paradas en frente.

−Según Cristián Londoño Proaño, el terrícola que descubrió el fenómeno, todas las historias de ciencia ficción o fantasía que desarrollan los escritores son el reflejo de otras realidades y mundos que existen en el Multiverso.

− ¿Me estás diciendo que todo lo que alguien escribe sucede en una línea de tiempo o universo paralelo?

−Exacto. Esos momentos de inspiración de los escritores son realmente flashazos de sucesos que acontecen en otras realidades. Ellos simplemente lo que hacen es transcribirlos. No existen escritores buenos o malos. Solo transcriptores con la capacidad de recepción interdimensional más aguzada que otros.

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−Por supuesto que nadie sabe esto. Todo el mundo piensa que sus historias son producto de su creatividad−interrumpió Thale−. Incluso si se trata de escritores de lo que llaman realismo, ese suceso está transcurriendo en la Tierra de la dimensión paralela. Dado que en el Multiverso existen miles de millones de realidades, galaxias y planetas, encontrar a un transcriptor en específico suele ser bastante problemático.

−Para eso existe la Sociedad Atemporal, del Consejo de Cronistas del Multiverso. Nosotros viajamos a través de las multicuerdas buscando transcriptores específicos.

−Lo que narras en tu microrrelato parece provenir del Sector 211 de la Galaxia Ityr del Universo 9.804. Es un caso excepcional. Ya que solo se han logrado contactar 3 personas y/o seres o entidades, incluyéndote a ti, capaces de recepcionar lo que sucede en ese cuadrante, que al parecer se encuentra fuera de todas las leyes del Multiverso, de la Física, y hasta del mismísimo tiempo-espacio.

−Tus historias encajan con los registros de información que dejó el último transcriptor de ese cuadrante.

Carla está completamente anonadada después del cúmulo de información que ambos personajes acaban de verter sobre ella como un proverbial cubo de agua fría.

−A ver, a ver, a ver…supongamos que esto que me dicen es cierto. ¿Por qué ustedes no pueden llegar a Zorgh a través de las…multicuerdas?

 − ¿Recuerdas lo que escribiste en tu historia? –pregunta Thale.

La profesora de inglés hojea uno de los libros de fonética que lleva debajo del brazo. Ese cuento lo había escrito en la misma universidad, durante su hora de descanso, y recuerda tener el manuscrito guardado entre las páginas de uno de los libros de texto que porta.

−Aquí está− y a continuación lee−:

El planeta Zorgh era un lugar enigmático, rodeado por una neblina de partículas extrañas que se mecían en patrones desconocidos, en un baile cósmico impredecible. Estas partículas eran la antítesis de la materia, y el contacto con ellas podría resultar en una aniquilación instantánea.

Zorgh era una reliquia macabra, el último suspiro de un universo muerto. Rodeado por la oscuridad infinita del Big Freeze, los cuerpos celestes alrededor eran sólo cadáveres cósmicos en espera de su destino final: la entropía cero. El sol había desaparecido hacía tiempo, engullendo la vida en las fauces de una helada oscuridad.

Las neblinas de antipartículas que rodeaban Zorgh eran un tóxico manto de muerte. Aquel ser material que se aventurara a través de estas inmensas y vacías regiones, sería instantáneamente devorado por la antítesis misma de la existencia. Los habitantes de Zorgh eran una extraña amalgama de energía pura, entrelazados en una compleja red telepática. Sus mentes, una sola entidad consciente que resonaba a través del vacío, era la última luz en la oscuridad que rodeaba al planeta.

Estos seres, unidos en conciencia colectiva, se convirtieron en el único vestigio de un universo al borde de la extinción. De la muerte térmica. Sus cuerpos, transformados en energía pura, brillaban como estrellas a través de la nebulosa de antipartículas que rodeaba su mundo. A medida que la última chispa de vida se extinguía en el universo, los habitantes de Zorgh mantuvieron su presencia como una sombra persistente; su telepatía, un eco desafiante en el vacío, una canción de lamento por el universo perdido.

Finalmente, la energía de Zorgh se apagó, absorbiéndose en el frío Big Freeze. La última voz telepática se extinguió, y con ella, desaparecía la última prueba de vida en aquel universo muerto.

Ahora es Thale quien explica:

−Según narras, conoces lo que es el fenómeno de la aniquilación partícula-antipartícula. Ahí en tu historia está la respuesta. No podemos ir a ese cuadrante muerto del universo 9.804 porque seríamos destruidos. Es como un imposible colgando de la nada. Un lugar que no debería existir.

−Y más impactante aún−agrega Agath−; no hemos podido saber qué pasa exactamente en la superficie del planeta, ni con estos seres de energía pura, porque es un mundo errante del espacio-tiempo. Por eso narras en el cuento que la última voz telepática se extinguió, pero te aseguro que no fue así. Solo está sumergido en el mar de Dirac, de donde emerge y se oculta continuamente, y hace estos llamados, que describes como su telepatía, un eco desafiante en el vacío, una canción de lamento por el universo perdido, que se propaga por las multicuerdas y resuena en todas las dimensiones del Multiverso.

 −Por eso el Consejo nos envía. Queremos conocer si el planeta errante Zorgh y estos seres, constituyen una amenaza. Lo que escuchaste es todo lo que sabemos.

Carla guarda silencio durante unos minutos. Analizando todo cuanto ha sido dicho. De repente, da un respingo cuando recuerda que hace mucho tiempo que lleva parada ahí, frente a la puerta del aula, conversando con estas extrañas mujeres, que debe aplicar un examen y que, si la decana pasara de casualidad por allí, se llevaría el peor regaño de su vida.  Pero para su sorpresa, al mirar su smartwatch, este sigue marcando las 8:29 AM.

−Estamos en un bucle temporal. –dice Agath.

−Y no preguntes cómo. –agrega Thale, sonriendo, con lo que María Carla nota que tiene unos extraños colmillos pronunciados y curvos.

−Ustedes son unas mujeres muy extrañas, valga la redundancia de decir lo obvio… –suspira la profesora de fonética, al tiempo que acomoda sus enormes posaderas de mulata latina dentro de unos jeans a punto de estallar, en el primer peldaño de la escalera justo frente a su aula.

 Hubiera deseado una mesa y una silla, pero para ello tendría que dirigirse a uno de los locales, y de verdad que no quiere observar lo que sucede a su alrededor con eso del “bucle temporal”. ¿Se verían las personas como cuando se pone un video en stand-by? ¿O sería una especie de slow motion repetitivo? No quiere saberlo, por eso opta por acomodar sobre sus piernas los libros de texto, su portafolios y el paquete con los exámenes, saca una libreta, un bolígrafo, cierra los ojos unos segundos, se concentra y…

La risa conjunta de ambas féminas la devuelve a la realidad.

− ¿Ves cómo son de predecibles los humanos?

 − ¿Por qué asumes que somos mujeres? ¿O en todo caso, del sexo femenino?

− ¿Ah, no? ¿Y qué son? –pregunta María Carla. Su cuota de asombro e incredulidad, para esa jornada, se había agotado.

Sus visitantes se miran entre sí.

−Transcribe…−dice Thale, dejando la incógnita en el aire.

−Sin interrupciones, por favor.

La profesora toma de nuevo el bolígrafo, y empieza a escribir:

El cielo parecía un lienzo borroso y decrépito, como si se estuviera desvaneciendo en el tiempo de un pincelazo. Zorgh era un planeta-viviente donde se alzaban en terreno pantanoso, gigantescos cuerpos parecidos a hongos de troncos putrefactos, que se aferraban al sustrato de la marisma de metano líquido, coronados por enormes sombreros pulposos de intrincados patrones. Bajo estos, colgaban bolsas de carne pulsátiles, que contenían sus órganos vitales y les permitían filtrar el metano de la atmósfera para alimentarse. Además, sus cuerpos liberaban al aire diminutas esporas fluorescentes, que levitaban en la atmósfera y danzaban en el cielo como pequeñas estrellas.

Estos seres de Zorgh, eran la primera manifestación de vida del planeta, y habían logrado lo impensable: elevar su conciencia a una red colectiva, conocida como la noósfera, una especie de supermente, mientras sus cuerpos permanecían ahí, fijados al suelo, dando vida a un ser autoconsciente creado por la unión de todas las mentes de Zorgh, que, a su vez, se había creado a sí mismo.

La noósfera controlaba la energía de la nebulosa de antimateria que rodeaba el planetaviviente, y estas conciencias elevadas, cual entes energéticos e incorpóreos, se alzaban en el espacio como auroras boreales que resonaban con ecos de color, vibrando en todas direcciones.

Sentía texturas suaves y olores dulces que se fundían en mi mente, y me daban una percepción de belleza aterradora.

“Somos y siempre hemos sido parte del Todo”, susurraron las voces; era una melodía terriblemente macabra. Terriblemente hermosa.

 “Nuestra existencia se extiende más allá de las líneas temporales y de la materia misma.”

“¿Cómo es posible qué hayan sobrevivido al Big Freeze de su universo y a la neblina antipartículas que envuelve el planeta?”, pregunté, y mi voz viajó distorsionada, a través de las cuerdas bosónicas y la espuma cuántica, hasta romper con un cálido oleaje en las fronteras de aquel ser ignoto, envolvente.

“Somos los que Somos.”

Mi subconsciente luchó por comprender estas palabras, a medida que la música, armonía de las esferas, perfecta ecuación matemática, se deslizaba por el éter, y recalaba en mi mente con sus notas.

“Únete a Nosotros”, vibraron.

Era como si los colores tuvieran vida propia. Estas auras se movían en olas arremolinadas, y cada ola irradiaba una resonancia; como si las ondas sonoras de aquella sinfonía, de aquel lamento, hubieran cobrado vida. Eran vibrantes cambiando de tamaño y forma, como una representación visual de la música del cosmos.

A medida que observaba estas auroras, mis sentidos se fusionaban en una sinestesia, espiral de quarks y leptones, cada uno, cada aura, tenía su propia textura, olor y sabor. Un orgasmo de los sentidos, una cascada de luz, un arcoíris prismático, suaves como la seda.

Los olores eran inimaginables, una mezcla de especies exóticas y flores extraterrestres que me abrumaban. Los seres de energía pura se propagaban por el espacio, eran como cristales líquidos anisotrópicos, puntiagudos, asimétricos, que variaban como un caleidoscopio, y reflejaban las luces como un prisma; que se difuminaban como ondas de agua en el estanque.

“Únete a Nosotros.”, vibraron.

Su invitación resonó en mi mente; era tentadora, y acepté, sintiendo como mi consciencia se desprendía de mi cuerpo, para ir a unirse a la corriente colectiva, y viajar más allá del tiempo y el espacio…

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A María Carla Rodríguez, profesora de Fonética y Fonología de la Universidad de Holguín, la encontró un estudiante, a las 8:30 AM, desmayada en el primer escalón del paso de escaleras, con el portafolios y los libros de la materia desparramados a sus pies, junto al paquete sellado con el examen que ese día no se llegó a aplicar. En sus manos conservaba un bolígrafo, lo que hace pensar que estaba escribiendo algo, pero lo cierto es que en la escena nunca apreció ningún papel o nota que lo confirmara.

El médico dictaminó un derrame cerebral, y fue llevada a la sala de cuidados intensivos, donde quedó en estado vegetativo, conectada a un equipo que la mantenía con vida, mientras su cuerpo permanecía inmóvil, fijado a la camilla, como fijados estaban al sustrato del suelo, los seres del planeta-viviente, a cuya consciencia ahora se había integrado la transcriptora. De vez en cuando sus alumnos y familiares iban a visitarla. En otras ocasiones eran un par de ¿mujeres? albinas que parecían detener el tiempo con su presencia. Intentaban hablar con ella, hurgando en su mente con su telepatía, pero era inútil.

−Otra transcriptora más asimilada por el planeta-viviente y la superconsciencia. −dijo una de ellas, visiblemente molesta.

−Te dije que era peligroso. −respondió la otra−. Pero al menos ya sabemos lo que hay en ese maldito mundo.

− ¿Cuántos transcriptores hemos sacrificado para llegar a esta conclusión? − preguntó la primera.

−No lo sé.  Hace rato que dejé de contarlos. Ella fue la que más resistió. Los otros solo escribieron un párrafo o unas cuantas oraciones antes de que Zorgh les achicharrara el cerebro a distancia.

Ambas agentes se encogen de hombros y, en un parpadeo, desaparecen del sitio y el tiempo vuelve a fluir con normalidad.

Lo que sí juraban muchos de los que fueron allí ese día, era que, sobre la cabeza de la profesora, flotando, aunque de forma muy sutil, se le notaba a veces una especie de cristal traslúcido. Líquido y anisotrópico.

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Esto es lo que hubiera ocurrido en una línea de tiempo alternativa si María Carla no hubiera visto pasar estos sucesos como un flashazo, una especie de epifanía o dèja revè mientras transcribía los sucesos de la superficie del planeta Zorgh en su libreta. Las agentes del consejo le están mintiendo; sólo quieren sacrificarla, como lo han hecho con muchos otros transcriptores, para obtener información de ese mundo inaccesible para ellas.

El planeta Zorgh, de algún modo incomprensible, le ha mostrado la verdad y ha decidido no asimilarla. Al tiempo que mueve la mano como si aún escribiera, observa por el rabillo del ojo a sus antes sospechosas y ahora, peligrosas visitantes, quienes parecen entablar una conversación telepática a unos pasos de ella.

María Carla se dedica a analizar su situación: estoy jodida y bien jodida. Vamos, piensa. “Si tu enemigo es más rápido que tú, sé más fuerte que él; si es más fuerte, sé más listo”, dice el refrán. No sé si son rápidas, pero sí fuertes, o sea que debo ser más lista.”

La profesora de fonética observa a Agath de reojo nuevamente y nota algunos detalles que se le habían pasado por alto la primera vez. Aunque a primera vista ambas tienen el somatotipo de un par de mujeres con algún exceso de músculo, hay detalles que María Carla aprecia ahora mientras recapitula.

Por ejemplo, recuerda cuando Agath utilizó su mente para navegar a través de Internet, emitiendo ese sonido mecánico, por lo que deduce que debe tratarse de un androide o alguna especie de máquina inteligente recubierta de piel sintética. En cuanto a Thale, al fijarse con atención, nota en su entrepierna un ligero abultamiento, que la hace dudar entre un caso de hermafrodismo o de travestismo.

Bueno, da igual; sean lo que sean esas dos cosas, están buscando información, y es lo que tendrán… Pero nadie dijo que iba a ser información correcta.

 La profesora arranca disimuladamente la hoja donde había transcrito los detalles del planeta Zorgh, la pliega para ocultarla en su abultado escote, y trata de redactar una cuartilla diferente lo más rápido que puede.

 A continuación, finge que se desmaya sobre las escaleras. Justo como se esperaba que iba a suceder. Escucha los pasos de Agath y Thale acercarse, quienes ni siquiera se inmutan de su estado. Si lo hubieran hecho, se habrían dado cuenta enseguida de la farsa. Pero están más interesadas en recoger la cuartilla redactada a medias. Las escucha murmurar unas palabras en voz baja que no llega a comprender del todo, y en menos de una milésima el mundo parece ponerse en movimiento de nuevo.

− ¡Profe, profe!, ¿se siente mal?

Cuando María Carla abre los ojos hay un coro de estudiantes alrededor de ella. Trata de enderezarse, no sin un poco de dificultad, y nota la preocupación en los rostros juveniles de sus alumnos.

−No pasa nada. Tuve una ligera fatiga, pero ya me siento mejor.

La mujer observa su smartwatch de reojo y nota que son las 8:30 AM. María Carla, aún desconcertada por su experiencia, se levanta y se dispone a continuar con su trabajo. Sin embargo, una de sus estudiantes la interrumpe para señalar hacia su cabeza, preguntando qué es ese extraño objeto que levita sobre ella. Confundida, la profesora le pregunta a la estudiante qué es lo que ve exactamente. La joven describe un cristal traslúcido, del tamaño de un puño, que parece flotar a unos centímetros sobre su cabeza.

Antes de que María Carla pueda responder otro alumno interviene, quitándole hierro al asunto, al sugerir entre risas que la primera estudiante está alucinando y que posiblemente también se desmaye. La profesora se queda pensativa, preguntándose cómo es posible que la estudiante haya sido capaz de ver el cristal anisotrópico que apareció en su visión de la línea alterna del futuro.

 Poniendo su confusión de lado, María Carla entra al aula y aplica el examen. Todo el día lo pasa en un sobresalto, temiendo el regreso de las agentes del Consejo Atemporal. Una vez concluida su jornada de trabajo, se dirige a la biblioteca de la casa de altos estudios. Al llegar, la profesora saluda a la bibliotecaria, sentada detrás de una gran mesa de roble y, mientras camina por el pasillo lateral, recorre los estantes de libros, deslizando su mano por las espaldas de los tomos antiguos y gastados, acción que le permite relajarse un poco.

 Finalmente, atravesando el dédalo de estantes, llega al cubículo de la sala de navegación donde hay ordenadores disponibles para los estudiantes y profesores de la universidad. Se sienta en una silla frente a la pantalla y comienza su búsqueda.

 Decide investigar escritores de ciencia ficción y fantasía, buscando algún tipo de conexión con lo que está sucediendo. Accede a Google y comienza a navegar en la web y… ¡oh, sorpresa!

Tremenda serendipia. ¿Y ahora esto qué significa?

Entre las imágenes de los autores, nota que por ejemplo Agatha Christie, Úrsula K. Le Guin y Stephen King comparten algo en común: todos ellos tienen cristales anisotrópicos levitando sobre sus cabezas en las fotos. María Carla, asombrada por la revelación, llama a la bibliotecaria para mostrarle lo que ha descubierto. Sin embargo, la bibliotecaria no parece ver los cristales, lo que la deja aún más confundida.

Mientras camina hacia su casa, María Carla se siente preocupada por la posibilidad de que las agentes vuelvan a buscarla al descubrir el engaño. ¿Qué podría hacer al respecto? Si cuenta lo que le sucedió, lo más probable es que la llamen esquizofrénica o que nadie le crea. Podría buscar a otros escritores, para saber si también han paso por algo similar, pero lo cierto es que no podía abordar a nadie contando esa historia de locos. Por tanto, una vez en su cuarto frente al ordenador, toma la decisión más práctica posible en este caso: escribe un cuento basándose en su experiencia, y lo publica en su blog personal en Internet.

Transcurren algunos minutos y no sucede nada, pero al cabo de media hora, el texto comienza a ganar visualizaciones. Algunos lectores celebran lo original e interesante de la historia, pero María Carla se fija particularmente en un usuario. Su preocupación se convierte en asombro cuando lee el comentario de este hombre que, en su foto de perfil al igual que ella, tiene un cristal anisotrópico levitando sobre su cabeza.

 El corazón de María Carla late a toda velocidad mientras teclea frenética: ¿Quién eres? ¿Cómo sabes todo esto, y por qué tienes un cristal? ¿Necesito saber más para entender lo que está pasando?

La respuesta llega casi de inmediato. Este se presenta como Javier, un joven escritor matancero, y le explica con calma a través de un mensaje que los cristales representan la selección de las mentes para viajar al planeta Zorgh después de la muerte. Según él, Zorgh es un mundo más allá de la existencia, una especie de paraíso o cielo para las consciencias elegidas. El hombre continúa explicando que los miembros de la Sociedad Atemporal, al ser inmortales, no pueden acceder a Zorgh al morir. Por lo tanto, anhelan saber más acerca de este misterioso lugar.

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>> ¿Recuerdas lo que sentiste cuando tu consciencia viajó allí? Ellos desean saber sobre Zorgh porque son incapaces de experimentarlo; es como si los demonios quisieran conocer qué hay en el cielo.

María Carla lee atentamente. Comprende ahora por qué la Sociedad Atemporal está tan interesada en el planeta Zorgh y en las transcripciones que realiza. A pesar de no ser una de las pocas transcriptoras de ese mundo, como falsamente le había dicho las agentes, su conexión con el planeta, simbolizada por el cristal levitando sobre su cabeza, la ha convertido en un objetivo de la Sociedad.

Javier le explica que ella ha creado una paradoja al bifurcar la línea de tiempo en dos acontecimientos: el que iba a suceder (la visión que tuvo en el momento que se le mostró su destino en Zorgh) y el que realmente sucedió (cómo ella había evitado ser asimilada, burlado a las agentes, y el descubrimiento de la verdadera naturaleza de los cristales).

El escritor matancero añade que la paradoja se intensifica con la introducción de algo impredecible o improbable, estableciendo una analogía con el comportamiento de un electrón.

>> ¿Recuerdas lo que se dice del electrón? No puedes verlo y saber qué hace al mismo tiempo.

>>Entonces, ¿qué sucede con Agath y Thale? −pregunta María Carla a través del chat. − ¿Cómo esto me protege de ellas?

>>Ah, eso es lo interesante− responde Javier. −Al bifurcar la línea de tiempo y añadir impredecibilidad, has creado una situación en la que es imposible para Agath y Thale saber con certeza qué ha sucedido realmente. Para ellas, tu podrías haberte asimilado al planeta Zorgh, como en tu visión, o estar en posesión del conocimiento que tienes ahora.

 >>Es considerado como un lugar de trascendencia, donde las consciencias más avanzadas y espiritualmente evolucionadas se reúnen después de la muerte física. Este planeta emite una especie de llamado que sólo pueden oír aquellas consciencias que están suficientemente despiertas y conectadas con la energía del universo. Un eco resonante que viaja a través del espacio y el tiempo, tocando las mentes de aquellas personas que están preparadas para escucharlo. Las consciencias despertadas, que escuchan el llamado de Zorgh, se encuentran en diferentes partes del Multiverso, en diferentes épocas y culturas. No existe una conexión física o temporal entre ellas, sino que son unidas por su capacidad para percibir y responder al llamado. También hay personas que, aunque aún no han tenido un contacto directo con Zorgh, son consciencias iluminadas, capaces de ver los cristales de otros, como en el caso de tu alumna.

>>Al responder al llamado de Zorgh, estas consciencias comienzan un viaje de autodescubrimiento y transformación espiritual. Se dice que, cuando están listas, son guiadas hasta el planeta, donde se funden con la energía del Universo y se convierten en parte de la conciencia colectiva de Zorgh. La Sociedad Atemporal, compuesta por seres inmortales que existen fuera del tiempo y el espacio, está obsesionada con el conocimiento y el poder. Para ellos, Zorgh representa algo más allá de su alcance, un misterio que no pueden comprender ni controlar. Su interés por Zorgh surge de su necesidad constante de dominar todas las formas de conocimiento y energía en el Multiverso.

En ese instante, María Carla sintió una fuerza inmensa que la llenó por completo. Era la consciencia colectiva de Zorgh, que se había despertado por completo en ella, y vibraba en todas direcciones, resonando en las mentes de los elegidos. Sentía una conexión profunda con todo lo que la rodeaba, con el Universo mismo. Al salir de su éxtasis vio el mensaje de Javier.

>> ¿Lo sentiste?

>>Sí− respondió ella, con una sonrisa radiante−. Y sé que nunca más estaré sola. Ahora soy una parte del Todo.Transcriptora  Flavia Durán Hernández, de la Tierra alternativa 8948456, sector 567. Fin de la transcripción.

IMAGEN DE LA PORTADA: DALL – E

Gretchen Kerr Aderson

(Mayarí, 1998). Poeta y narradora. Licenciada en Lenguas Extranjeras. Miembro de la Asociación Hermanos Saíz de Holguín. Ha obtenido Mención en narrativa infantil en el concurso provincial León de León con el minicuento “El gato de los ojos de oro” (Mayarí, 2014), Mención en narrativa en el mismo certamen con el cuento ‘’Cadáveres’’ (Mayarí, 2018) y Primer Premio en poesía con el poemario ‘’Retórica Negra’’ (Mayarí, 2018). Obtuvo primer lugar en el concurso literario de la Universidad de Holguín en las categorías narrativa y poesía (Holguín, 2018) y segundo lugar colateral en el concurso nacional de narrativa Cuentos Fríos (Cárdenas, 2018). Ganadora del certamen de publicación de la revista digital Novum de la UBIK-USB Universidad de Bolivia con el relato ´´La Hechicera´´ (2020).  Ha publicado el cuento ´´El enviado de Cotard ´´en la revista digital argentina Extrañas Noches Literatura Visceral (2017), ´´El noventa por ciento de todo es basura´´ (2021) en la revista digital argentina Ciencia Ficción Científica y en la antología anual de la misma titulada “Yo destruí la Tierra”, además del poemario “Enajenación” en el no.98 de la Revista Almiar (Margen Cero) de España (2018), y los sitios web Poematrix “Una lluvia de espejos rotos irá incendiando el universo” (2022), “Óleo de los catecúmenos (o Ensayo para una resurrección macabra)” (2022) “Et nigras” (2022), “Cantando a Odín entre tus brazos” (2022), “Gorgoneion con cuerpo de mujer” (2022), “Sombras demenciales (Esferas de la dimensión gótica)” (2023), “Ego sum qui sum (La vampiresa de ébano)” (2023), “El abrazo del misterio” (2023), “Gólgota de mis noches de insomnio” (2023) y en Poetalia “Retórica Negra” (2023) Ha publicado el relato “El Ojo de Freegh” en la antología “Caballería Mutante” (La falange naciente) de los antologadores Yoss (José Miguel Sánchez) y José Alejandro Cantallops (2023).

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