Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Unidades Golem

Cris K. Tonic narra una historia sobre la ciudad Aurora y Esturión.

Cris K. Tonic

Esturión levantó un brazo metálico y lo dejó caer aplastando un cuerpo que se destrozó al contacto, encendió el lanzallamas y esparció el fuego. Las casas ardían y él era incapaz de sentir. Los habitantes de las cavernas corrían aterrados mientras ellos avanzaban por las grutas consumiendo poblados, destrozando y engullendo cuerpos. Máquinas hechas para matar.

Esturión recordó la ciudad cobriza elevándose tras los cristales. Desde fuera la luz se reflejaba y forzaba a entrecerrar los ojos. El sueño de vivir en Aurora lo tenían todos en alguna medida. Esturión había observado el humo que salía por la ventilación y los engranajes de la maquinaria. Se acercó y entre las rasgaduras de su abrigo pasó el viento. Toda su vida había transcurrido en el campamento desde que tenía memoria.

Los altoparlantes de los domos habían anunciado que los pueblos de las afueras podrían ser ciudadanos de Aurora si se hacía una petición para el ejército. Dos años de servicio y la ciudad bajo el domo se abriría para recibirlos. Esturión, como varios otros jóvenes pertenecientes a los pueblos de alrededor, solicitó su ingreso en las filas armadas. Entraron como héroes, césares en sus campañas de conquista. Descubrieron ante sí un lugar que exaltó su imaginación al rojo vivo. Aurora, con su tecnología bullente: el ferry que atravesaba la ciudad, los pequeños zepelines cursando el cielo y los edificios elevándose hacia la cristalería del domo con construcciones neoclásicas, vintage o barrocas. Vestigios de otros tiempos de grandeza.  

El aire era tan limpio que Esturión tosió por el frío en los pulmones. Los recibieron con alabanzas y gritos. Marcharon por la calzada principal y los llevaron a un evento en el centro de la ciudad, frente al Parlamento del Consejo, les hablaron de heroicidad y valentía mientras ellos observaban el gran edificio. Las columnas se elevaban hasta el capitel corintio con sus hojas de acanto blancas y sus rosetones de remate. Los relieves griegos de los frontones y las acróteras de esfinges impactaban a la vista. Un Partenón de la razón que se alzaba en el corazón de Aurora.

Al terminar, los transportaron a otro domo más apartado de la ciudad, cerca de la cárcel de Gerhard Gentzen. Los metieron en barracas, les cortaron el pelo a ras y les dieron el uniforme. Esturión quedó encerrado con otros cuatro chicos de diferentes nacionalidades. Eran la unidad Víctor F. Stein.

El francés, un chico de pelo rubio le sonrió y le dijo:

—Un héroe de las tribus árabes, quién lo diría.

Esturión se sintió ofendido. No hizo caso y se dirigió a la litera.

—Me dicen “Spike” ¿Tú quién eres?

—Esturión. Hablas bien la lengua comercial. ¿Todos los demás también? Sería útil poder comunicarnos.

—No lo sé. – Respondió alzando los hombros – Yo la aprendí para intercambiar cosas, pero en las Afueras hay familias que no lo enseñan.

—¿De verdad? Para nosotros es parte del colegio.

—¿Colegio? Yo hace mucho que no voy a esas cosas.

Spike se rascó una oreja con el dedo meñique.

—No sé por qué no me sorprende – dijo Esturión con una sonrisa.

—¿Qué quieres decir?

Spike se había levantado y se había acercado a Esturión más de la cuenta con los puños cerrados.

—Nada, que te creo, es todo. – dijo Esturión.

Spike se puso rojo hasta las orejas. Sin avisar se lanzó contra Esturión y comenzaron a golpearse. Esturión tiró de la camisa de Spike y se rasgó con fuerza, se revolcaron por el suelo, un puño dio de lleno en el ojo de Spike, otro en la boca de Esturión y el labio se le trozó con la sangre que manchó la ropa de ambos. Se escuchaban los gritos alrededor. La pelea continuó hasta que los separaron y fueron castigados.

El coronel los mandó al patio entre las cabañas con el equipo de desembarco y fusil. Eran los únicos en el campamento a esa hora. El frío mordía a través del uniforme y el coronel ordenó: “Van a estar aquí toda la noche, cerdos. Van a vigilar que no haya ningún desembarco enemigo”. El coronel sonrió y remató “A ver si muy machos”. Era claro que nadie iba a llegar. Ambos jóvenes, rodeados de una vegetación exuberante, se colocaron en su puesto. El coronel se fue a su propia cabaña y con un portazo los dejó solos ahí parados. Esturión observó las estrellas a través del domo asombrado por la claridad celeste.

—Por tu culpa estamos aquí. – dijo Spike.

—Tranquilo… de cualquier forma no es tan malo.

El chico rubio escupió en el suelo.

—Nunca había visto algo así. – dijo limpiándose la boca con la mano.

Esturión miró el domo rodeado por el bosque artificial, no había visto un bosque real en toda su vida. Sólo los había visto en las ilustraciones de los libros. Hacía frío como en el invierno, pero era un aire húmedo, fresco, con el olor de la maleza cada vez más intenso conforme las horas avanzaban.

—Yo tampoco. – respondió Esturión. – En las Afueras, durante las mañanas, huele a pan recién hecho y té. A mi madre le gusta hacer pan para todos.

—Donde yo estoy huele a pura basura – dijo Spike – allá sólo existe la fábrica y las malditas papas en caldo… Mi madre no está bien. Tampoco hay dónde hacer pan. No se puede empeorar mucho el estatus.

Los dos quedaron callados. Mirando las hojas con formas desbordadas de la vegetación amazónica. Se sentaron sobre los leños junto a su cabaña y por fin Esturión habló.

—Perdón por burlarme.

—Tranquilo Jeque, no pasa nada.

—No me digas así. – dijo Esturión, aunque su cara no revelaba ningún enojo.

A esa hora comenzaron a sonar los grillos y, tanto Esturión como Spike se dejaron arropar por el sonido de la noche.

Los chicos se acostumbraron con rapidez a la vida de campamento. En la mañana debían hacer ejercicios de habilidad física y en las tardes estudiar estrategia militar. Aprendieron los mecanismos secretos de las armas y se colocaban en fila frente a figuras de cartón para disparar. Sabían cómo funcionaba un lanzallamas y cómo recorrer un terreno con sigilo. Eran capaces de orientarse por las estrellas, hacer nudos y montar campamentos.

Una semana antes de ser enviados al campo de batalla, los reunieron a todos en el gimnasio, les pidieron que se retiran las ropas y, uno a uno los fueron llamando para ingresar a la evaluación médica. Spike y Esturión fueron los últimos en ser llamados. Permanecieron en el gimnasio, juntos en calzoncillos. Esperaron su turno entre las canchas de básquet vacías y las gradas desoladas, el resto del pelotón ya había ingresado.

—¿Cómo crees que sea estar allá? – dijo Esturión.

—No me hago ilusiones, debe ser una mierda. Pero… oye, vale la pena, ¿no? ¿tú qué harás cuando vuelvas?

—Me quiero casar.

—¡Un árabe romántico! – le dijo Spike y le dio un empujón.

—No es eso, sólo quiero vivir en paz, quizá conocer una chica guapa y sentar cabeza. Se la presentaré a mi madre y ella se volverá loca, pero… vale la pena ¿no?

Spike sonrió y luego se rascó la nariz.

—Leer poesía te va a dañar el cerebro, Jeque.

—Dicen que las mujeres árabes son las más hermosas y seremos habitantes de Aurora… y héroes de guerra.

—¿Según quién? Todas las naciones dicen que sus mujeres son las más bellas del mundo, deja de leer Las mil noches.

Las mil y una noches – Corrigió Esturión.

—Eso, cosa de jeques.

Por fin llamaron a Spike, el chico se paró, puso los ojos en blanco y con una mueca hizo sonreír a Esturión. Un médico lo condujo a la sala interior. Antes de entrar se dio una vuelta apoyado sobre un solo pie, saludó con el dedo índice y el corazón a la altura de la frente y dejó ver una enorme sonrisa.

Spike desapareció y Esturión sacó de su bolsillo trasero un libro con las hojas sueltas y amarrado con una liga. Separó las partes con cuidado y miró el primer poema: “Nocturno” de Nazik Al Malaika: “Me siento, entregándome a la calma de la noche, contemplo el color de las tristes tinieblas, lanzo mis cantos al espacio y lloro por todos los corazones ingenuos.” No supo precisar la sensación que tuvo. Tocó con suavidad las páginas gastadas del libro y recordó su vida en las Afueras.

Su madre en la forja golpeando el metal y con gotas de sudor cristalizadas en un rostro de ojos profundos. En las tardes, cuando terminaba el trabajo y miraba al horizonte su padre llegaba al campamento. Los hombres descendían de las carretas con las mercancías, las repartían a los diferentes tiendas de campaña y su padre se encerraba para estar entre los libros. Traducía a la lengua comercial, decoraba sus manuscritos con plumas de aves que rasgaban el papel con sonido suave, pintaba con tintas de colores y dibujos los pergaminos. Letras capitales, trazos de amanuense y encuadernados rústicos. Recordó el olor del cuero y, por un momento, se arrepintió de haber peleado con él antes de irse, se hubiera despedido.

Un llamado al otro lado del gimnasio dijo su nombre. Un joven lo llevó a una sala, en un lugar impoluto. Esturión se sentía incómodo con el vaivén de los médicos y las enfermeras. Le molestaba el anonimato tras las mascarillas, el estar desnudo frente a tantos hombres y mujeres, la invasión a su espacio. Lo pesaron, anotaron su estatura, dijeron números y palabras cuyo significado eran un enigma. Lo acostaron, le pusieron una mascarilla y le pidieron que aspirara hondo y contara hasta diez. Esturión siguió las indicaciones. Sin saber en qué momento, se quedó dormido.

Al despertar una luz lo deslumbró. Escuchaba un murmuro que rebotaba desde todos los puntos. Se sintió desconcertado, algo en su mirada había cambiado. Era como si pudiera captar todos los puntos cardinales al mismo tiempo, y sintió que iba a enloquecer. Vio robots hechos con partes de carro para proteger su pecho, y cuadrúpedos con vigas de metal como patas con articulaciones que podían flexionarse hacia todos los puntos, vio bípedos con extremidades gráciles y vio colosos construidos con maquinarias industriales, vio luces que alumbraban aquel ejército de cuerpos encerrados en un almacén diminuto, vio cómo los robots iban encendiendo sus ojillos de luces y las extremidades de los monstruos desperezarse como una araña a punto de atacar. Vio todo al mismo tiempo y fue tanto que tuvo una sensación parecida a un dolor de cabeza, pero que no podía ser tal, porque su cuerpo era incapaz de sentir nada. Eran temibles, con cabezas parecidas a una excavadora, armas en el cuerpo, varios ojos y bocas monstruosas como la de los tiburones blancos.

Quiso moverse para salir y entonces, al levantar la mano tenía un brazo metálico. Se movió inestable, se tambaleó tratando de ponerse en pie y cayó con un gran estruendo. No sentía su cuerpo, no tenía dolor, ni frío, ni tacto. A su alrededor sólo había metal. Comenzó a gritar y a mover sus brazos enormes como mazas, sus extremidades metálicas comenzaron a golpear a otros, los demás se alejaban de él y Esturión pensó en huir. Pero en ese momento sintió una descarga eléctrica recorrer su espina dorsal y, por un momento, quedó paralizado como un hilo que se tensa en una marioneta.

Debajo de ellos uno de los comandantes se acercaba con un botón en la mano.

—¡Reclutas! ¡Atención! Ustedes, escoria, fueron seleccionados para conformar las unidades especiales que se lanzarán el próximo viernes sobre las tropas enemigas. Para ello hemos realizado modificaciones. Ahora son lo que siempre esperamos de ustedes. Son Unidades Golem: Soldados que no temen, que no padecen hambre, ni sueño. Máquinas para matar. Con visiones nocturnas, ametralladoras y radares sónicos, visión periférica, protección contra el agua y el frío.  Soldados perfectos, eso es lo que son.

Los lamentos comenzaron a escucharse en el almacén de aviones. El pánico se difuminaba como un gas invisible. Un robot frente a él lo miró y dijo:

—¿Jeque? ¿Eres tú? No quiero ser una maldita máquina.

Era Spike y Esturión juró que habría llorado de haber podido, pero no podía, ninguno de ellos podía. Spike no se movía, pero lo escuchaba como un zumbido en la cabeza, un ruido que viajaba invisible por el aire. Había algo en su voz, un dolor compartido. Las máquinas comenzaron a apagarse una por una.

—Yo tampoco quiero esto, Spike. – Le contestó a través de sus propios pensamientos.

Lo siguiente que sintió fue cómo la luz comenzó a menguar, el negro avanzaba desde la comisura de los ojos y se expandía hasta dejarlo en un abismo de murmullos, lamentos y ruidos desconocidos. La conciencia lo abandonaba y se apagaba mientras sentía cómo la electricidad dejaba su cuerpo.

El siguiente momento que estuvo consciente Esturión caía en picada. El aire lo despertó y calló con un estallido que hizo volar el piso bajo sus pies con un retumbar hondo como una bomba. Los cuerpos volaban junto con lodo, piedras y pedazos. Las Unidades Golem caían enmarcadas en un atardecer rojo, como aves negras y de mal augurio. No hacían el menor ruido mientras iban en el aire, pero al impactar el sonido retumbaba con la fuerza de un terremoto.

Comenzaron la avanzada por el terreno. Esturión sintió las armas activarse. Comenzó a marchar hacia la Ciudad de Under, los enemigos de Aurora. Las balas volaban junto con los pedazos de cuerpos: brazos, piernas, ojos y sangre revuelto en un amasijo incomprensible. La gente trataba de huir y al hacerlo tropezaban y eran aplastados por las pesadas Golem. Los jóvenes de las naciones se habían convertido en artefactos insensibles.

Esturión levantó un brazo metálico y lo dejó caer aplastando a un hombre. Encendió el lanzallamas y comenzó a esparcir el fuego. Las casas ardían. No había frío, ni calor. Los habitantes de las cavernas corrían. Ellos avanzaban por las grutas consumiendo poblados, destrozando y engullendo cuerpos. Los hijos del mundo eran asesinos.

Esturión se preguntó por qué no sólo había bastado con construir máquinas. ¿Para qué habían mantenido su conciencia? Entonces vio el Golem de Spike levantar a un hombre, se lo llevó a la boca, tan terrible como una Bulldozer, y partió el cuerpo a la mitad. La sangre escurría por sus mandíbulas de hierro. Los demás habitantes de las grutas corrieron aterrorizados. Se escondían en los resquicios, las mujeres huían como ratas tratando de trepar las paredes y trozándose las uñas. Todo ardía en llamas. Entonces Esturión entendió: sólo la mente humana era capaz de imaginar cómo crear un terror tan extremo. Ninguna máquina podría jamás suplantar la creatividad necesaria para esos grados de crueldad. 

Cris K. Tonic

Cris K.Tonic, nombre artístico de Gabriela Andrade, nació en la Ciudad de México el 19 de diciembre de 1992. Estudió la carrera de Estudios latinoamericanos (UNAM). Formó parte de la generación XVII del Diplomado en Creación Literaria Xavier Villaurrutia llevado a cabo por la Coordinación Nacional de Literatura y el INBAL. Algunos de sus trabajos creativos se encuentran en los portales web Delatripa, Poetas hispanos magazine, revistas como Calmécac de la Universidad del Valle de Puebla y Palabrijes de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Como tallerista ha impartido cursos de narrativa desde el 2021 para instituciones como el Fondo de Cultura Económica y el CCH-Naucalpan. Ha publicado en medios tanto impresos como digitales para editoriales como Crisálida Ediciones, el Colectivo de Poetas Hispanos y la Editorial Voz de Tinta. Asimismo, obtuvo una “Mención de honor” en el 79 Concurso Internacional de Poesía y Narrativa “Camino de palabras” (2023), realizado en Argentina. Como artista, sus principales influencias son Ted Chiang, Jorge Luis Borges y Philip K. Dick.

Redes sociales:

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Instagram: https://www.instagram.com/crisktonic/

 

 

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