Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Relación de Kugelfjord

Julio Fernández Meza escribe sobre un reino llamado Kugelfjord que enfrenta una crisis después de que el puente que lo conectaba se derrumbó. El rey ha impuesto medidas represivas y los habitantes claman por ayuda...

Julio María Fernández Meza

Así como todo habitante del reino, me siento honrado de servir a la causa. Esa mañana, cuando Su Majestad nos invistió con la mayoría de edad, pues habíamos cumplido el primer ciclo, el pueblo estalló de gusto. Mis padres me pusieron la guirnalda que mi hermana preparó especialmente para la ocasión. Eufórico, el ogro Ogor me cargó en hombros. Sentí en los labios el beso que la muchachita me lanzó de lejos. Volveremos, Dios mediante, con los sacos repletos y los corazones en alto.

​“Ten, Elmard”, dijo uno de mis compañeros caballeros al extenderme una rebanada de tarta de frambuesas. No me hubiera precipitado, pero es difícil estirarse tanto mientras cabalgaba. Habría manchado los guanteletes, aunque así la distancia pesaría menos. A muchos se les cayó el bocado cuando se rieron. ¡Lo ven, por burlones! Ya disfrutaré la próxima rebanada en casa. La verdad es que Zalmo el Repostero siempre prepara delicias.

​Por mandato del rey, íbamos a la aldea de Waldland a consumar el trueque. Nosotros la llamamos Der-Ort-in-der-Gegend. Está a unos tres días a caballo, tras franquear el barranco. La aldea es famosa por sus mermeladas, la tentación de nuestro señor, sus pieles curtidas y los remedios. La caravana que escoltábamos estaba suplida de veinte barricas, granos en abundancia, quesos frescos, frutos de temporada, algunas legumbres, carne magra y, desde luego, una selecta muestra de los pastelillos de Zalmo. A fin de aligerar el camino, mis compañeros, bien pilluelos ellos, se hicieron de la tarta y ni cómo decirles que no. A nadie le importunaría que falte un postre.

Conforme al mester de ogrorería, los ogros llevaban la delantera. Frustrarían a los salteadores o nos salvaguardarían de las escaramuzas. Ay, estos trechos de penurias que por igual son el azote del comercio, la tragedia de los amores furtivos y la materia de los trovadores. Lur, el único ogro que viajaba en la carreta principal, estaba al resguardo de la panoplia. Claro, los ogros son de armas tomar. Más vale no irritarlos. En un santiamén pasan del júbilo al enfado o de la cólera a la pazguatería. Los trasgos, ya se sabe, venían a pie, cargados de quincallas, diestros en asignar valor a cualquier cosa. A los costados de la caravana y a la retaguardia estábamos nosotros, los caballeros de la Orden Orbicular.

En el crepúsculo llegamos a El Paso del Abismo. Así lo llamamos, aunque no tiene nombre en realidad, pero le decimos así, porque es malo. No en vano el trol nos esperaba allí. Ellos velan los puntos de traslado, pues exigen retribución por su pereza. Lo bueno es que no me fijé en él, nada nos faltaba y la tarifa no supondría ningún revés.

Entretanto, pensé en la muchachita de hace unas horas, el rostro que me impregnó el entendimiento, emergido en medio de la multitud. Su cabellera avellana, la tez aceitunada, ese aire de encanto. Al regresar a Kugelfjord, me postraré ante ella. Como el vasallo que la escude de los íncubos, que deshaga sus congojas, que procure la miel en el pan. Su beso me imploró devoción, el llamado a consagrarme ante ella. Me bastó aquel beso de ensueño para embelesarme. Serviré mi dama hasta la muerte. Suavemente me mordí los labios… Mecido por su recuerdo pasé los dedos por el peto, un guardabrazo, la escarcela…

Avanzamos de noche. Qué raro que nos hayamos tardado tanto si usualmente el trol no se demora en cobrar pasaje. Pero qué más da. El brillo de la luna casi me hizo aullar de contento. Los maderos del puente crujían a nuestro paso, acaso resentidos por los carromatos y los cascos de las monturas. El pontón ha servido durante generaciones. Fue construido, según la leyenda, con los troncos de los bosques remotos. Sentí el relente, sentí cómo se introdujo en la armadura hasta refrescarme del sudor acumulado en mi ropaje de ante. Me confortó, una vez más, rememorar a mi señora. Manifestaré a vuestro padre que mi lealtad se entrega a vos. Aunque mi lealtad primera sea a la Esfera, corresponde a todo caballero someterse a una dama. ¡Callen, maderos, callen! Si los vientos son propicios, cumpliré el resto de mis ciclos a vuestro lado con tal de ejercer juntos la voluntad divina. Incluso si no concibieres, no te azores, señora mía. Maravilla es que vuestra mente sea capaz de engendrar sueños. Dar a luz es hacer que las ideas resplandezcan más que los astros, pues las recordamos y nos confortan. Vaya adonde vaya, levantaré altares a vuestro nombre y abatiré a los horripilantes. Y mis triunfos se los dedicaré a vos. Cabalgaré, armígero, amparado por vuestra bendición. Defenderé al menesteroso, mantendré vivo el coraje e impediré abrirse paso a la injusticia, según dictan las normas de la caballería. ¡No me interrumpan más, maderos viles! Confío en que mi familia acatará la decisión, orgullosa de que el primogénito obre con bizarría y sortee el abismo ¡Oh, dueña de mi corazón, empuñaré firme la espada a fin de aplacar los demonios que osen perturbaros…!

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II

Hermanas y hermanos, ogros y ogresas, trasgos de aquí y allá, nos hemos reunido en este sagrado recinto, porque el Fin no está cerca, a pesar de lo que acaba de ocurrir. Prediquemos con el ejemplo y oremos por nuestros hermanos que cayeron al abismo. Hijos míos, rehusad la confusión del abismo. Ya oigo vuestras preces: “¡Hermana Janina! ¿Quién verá por nosotros?”, “¿Acaso la Esfera nos abandonó?” “¡Salvadnos!” Pero no os agobiéis, la Esfera proveerá. Os relataré de nueva cuenta la Divina Historia del Principio y de la Esfera para que se apacigüen vuestros espíritus.

​En el Principio no había fin, ni noción del fin, no había espacio, ni noción del espacio, no había forma, ni noción de la forma, tampoco había tiempo, ni cesación del tiempo, ni abismo, ni cesación del abismo. Nada más reinaba el Origen. Él fue el primer y único hijo del Principio y, además, su versión reducida. Pero el Origen no supo reinar, porque no había a quién gobernar. Decepcionado, el Principio redujo su poder y quiso que hubiera fin y noción del fin para que, al menos, el Origen pudiera gobernar. El Origen no supo regir así. Más decepcionado, el Principio volvió a reducir su poder y quiso que hubiera espacio y noción del espacio para que, al menos, su hijo pudiera mandar. El Origen tampoco supo dirigir así. Como el Origen estaba muy debilitado, entonces surgió la Esfera, que era la hermana menor del Origen y que también nació del Principio. La Esfera se opuso al Origen, porque tiene forma como el espacio, a diferencia del Origen que está por doquier. Pese a que la Esfera también era la versión reducida del Principio, sometió al Origen bajo su yugo. Eso complació al Principio, que otorgó a la Esfera el poder de ser una versión ampliada de sí misma, por supuesto sin compararse al Principio, porque nada se compara al Principio. Luego la Esfera creó el tiempo y la cesación del tiempo para que las cosas y los seres pudieran ser y a la postre dejar de ser. A imagen y semejanza de la Esfera, surgieron el Sol y la Luna, de modo que cada cosa es una versión reducida de otra y así principió el mundo, el cielo, el suelo, el mar, las montañas, los ríos, los bosques, las rocas, las plantas, los seres humanos, los sentimientos, los sueños, los animales, los lobos, los osos, las apariciones, los horripilantes, los ogros, los troles, los trasgos, los duendes, los hongos, los diminutos, los bichos, todo lo que no podemos ver y las muchas otras cosas.

​El Origen estaba furioso y en su ira dio origen al abismo y la cesación del abismo. Las cosas y los seres que caen en el abismo, retornan al origen y al hacerlo son repelidas por el abismo. Éste es el único círculo nocivo de cuantos círculos hay. Las cosas y los seres que corren tal infortunio no pueden dejar de ser ni pueden volver a ser, por lo cual decimos que el origen y el abismo son nocivos, ya que niegan el principio y el fin. Tales cosas y seres no mueren del todo ni se vuelven apariciones. Están atrapados en la ambigüedad. Esto es lo que llamamos las aberraciones a las que el Origen engendró al igual que el abismo y la cesación del abismo. Bendita sea la Esfera, que concedió al Origen este capricho y que redujo tanto su poder que ahora no ejerce ninguna influencia.

¡Gente de Kugelfjord, no lo olvidéis! Así como la Esfera lo creó casi todo, así nosotros somos Su Pueblo Elegido. ¡Por eso persistiremos y dejaremos esta crisis en el ayer! La Esfera nos otorgó este paraíso. Por designio y voluntad de la Esfera, aquí se asentó la Primera Pareja Humana, en los cimientos de Kugelfjord o la cima del Fiordo, donde acaba la tierra y comienza el mar. Porque, como sabéis, la Esfera yace en el centro de nuestro reino y rendimos culto a la Gran Roca Primigenia desde los albores del tiempo. Así la Hija del Principio se transfiguró en este mundo al colocar Su perfecta versión reducida en esta cúspide.

Desde entonces nos multiplicamos aquí, en el sanctasanctórum, al que lo rodean los bosques y lo colman los manantiales. Maravillada por la Esfera, la Primer Pareja Humana la imitó y tuvo hijos, de manera que los padres y los hijos recrearan el ciclo de la Esfera y se perpetuaran. Por eso decimos que el primer ciclo es el deseo de procrear; el segundo, procrear; el tercero, dejar de procrear; y el cuarto, morir. Aunque el ser humano ni las otras criaturas pueden imitar a la Esfera como tal, sí pueden emular al círculo. Todo es un círculo, venimos de nuestros padres y luego nos volvemos padres. Sabéis de sobra que se paren hijos o se paren ideas, a veces ambos, siempre que ninguno de los dos contravenga al rey. Así se lee en los Pergaminos Sagrados, porque los hijos de los hijos de los hijos de la Pareja tuvieron la idea de levantar las murallas, la iglesia, el castillo y las casas de Kugelfjord. Luego acogieron a los ogros y los trasgos y todos juntos vencieron a los lobos y los osos en la Gran Guerra. Y desde entonces estamos aquí.

No temáis, pueblo de Kugelfjord. Es cierto que varios de vuestros hijos cayeron en el abismo y habrán de errar. Lástima que tuvimos que quemar a los incómodos o que los arrojamos a las aguas. Evitadnos la pena de urdir más ordalías, ¡os lo ruego! Todo lo que hacéis tiene consecuencias. Los demás reinos nos auxiliarán, la periferia siempre orbita alrededor del centro como nosotros de Dios. Así que sed buenos, rezad por la Esfera y girad en círculos por los ciclos de los ciclos. Amén.

III

Viklas Reinik, hechicero supremo de Kugelfjord, redacta esta petición urgentísima en espera de que los pueblos a la redonda y las lueñes tierras nos apoyen cuanto antes. El reino de Kugelfjord, próspero cuando otrora comerciaba, está al borde del colapso. Hace no mucho se vino abajo el puente con que se baja de las montañas. Puede ser que el trol se salió con la suya y cortó las sogas. No me sorprendería, aunque a decir verdad nadie sabe cómo y por qué ocurrió el desastre. Lo peor es que no solamente se despeñó la última caravana, lo que de por sí es terrible, sino que el reino se encuentra por completo aislado, puesto que el puente, al que llamamos El Paso del Abismo, era la única manera de atravesar el barranco.

​ Si bien se ha extremado toda precaución al racionar las vituallas, la gente no puede más. No cesan las revueltas a pesar de que nuestro señor impuso su yugo de hierro. Ni siquiera las quemas públicas ni los empellones al mar han aquietado a las masas. Con todo respeto a mi señor, aborrezco la ejecución de mujeres encintas tan sólo por estar unidas a los agitadores. Nada más execrable puede haber que encender a una mujer inocente o arrojarla desde el acantilado, más aún si está en gestación. Arrebatar la vida es nefasto, pero no puedo imaginar nada más abyecto que cercenar el ciclo de dos seres vivos de un solo tajo. Ojalá que la Esfera refrene la salvajada de juzgar a las pobres criaturitas que no se merecen nada de esto.

​ El rey fue el primero en exigir mis servicios de jorguinería. Lo serví durante un tiempo, pero una vez que escuché el baladro de la mujer, ya no pude hacerlo. Corrí a uno de los portones de las murallas de dónde provino el lamento. Dictaban formal sentencia. Según dijeron, antes de que ardiera en la hoguera, la obligarían que viera caer a su hermana a las aguas. Menos mal que traía un par de menjurjes de sueño bajo la sotana, puesto que se vendían como pan caliente porque la gente quería olvidarse del mundo. Sin llamar la atención, le dije a T’yrtz, mi trasgo asistente, que se cubriera la nariz. Hice lo mismo. Después quemé unos sahumerios que llevaba conmigo y despedí el humo hacia las pobrecillas mujeres. Se desplomaron tanto el oficial y los guardias como las prisioneras. Y así nos las llevamos a cuestas.

Lo que diré me pone en riesgo, pero eso puede sobrellevarse. Fue entonces que dejé de obedecer a mi señor. Para cuidarme el pescuezo, lo apoyé. Hasta ahora ha rendido la broza comprimida para aliviar la tensión muscular de sus hordas. El rey en persona me congratuló por la colección de pebeteros que le obsequié a su nombre. Pero eso no mitigó las dificultades. Él confiscó mis fraguas, me privó de los plantíos de hierbas mágicas y hasta decomisó mi caldero, seguramente porque los cocineros no se daban abasto para mantener a la milicia.

​Hermann, el único halconero de la realeza en quien confío, me proporcionó este gerifalte. He atado otras encíclicas en sus patas y me consta que es cumplido, porque cuando vuelve ya no están ahí. Aunque todavía no pierdo las esperanzas, llevamos tanto tiempo sin respuesta… Encomendé a T’yrtz abastecer nuestra humilde morada lo mejor posible, porque ahora tenemos dos bocas más que alimentar. Lamentablemente mis mensajes no han servido. En esta empresa preciso mucho más que mis encantamientos si queremos sobrevivir el siguiente invierno.

T’yrtz me grita desde abajo. Que ya van a entrar, que ya están aquí. La valla que improvisó no durará. No sé quién me delató. Tampoco sé si nos rodean los guardias del rey o los revoltosos. Imploro a la Esfera que el reino de Kugelfjord no caiga al abismo. ¡Nada más funesto que decaer en la aberración! ¡Nadie quiere morar en su reino de podredumbre! Estos desgraciados verán cuán buenos son mis hechizos. Tengo que resistir, tengo que defender a T’yrtz y a este par de desahuciadas. Comparada con la aberración, la muerte es poca cosa: puede sobrellevarse.

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Julio María Fernández Meza

México, 1985. Es un escritor y crítico literario. Es Doctor en Literatura Hispánica por El Colegio de México. Ha obtenido algunas distinciones de escritura creativa y de investigación.Algunas obras de creación que ha publicado son las siguientes: cuentos (“Biofilia”, “Luces oscuras”, “Recreación”, “Cómo escribir el mejor meme del mundo”, “Regreso a Penumbria”, “Cántico de los árboles”), ensayos (“Laurence Sterne y la libertad de reírse”, “Emiliano González, raro entre los raros”, “Enheduanna, teóloga”, “La presciencia de Dougal Dixon: la fauna posible en AfterMan”, “Animales en los espejos”), microrrelatos(“Declaración”, “Promulgación”, “Desventura”). Algunos artículos académicos o capítulos de libro que ha publicado son “«El cuchillo sin hoja al que le falta el mango»: el aforismo de Georg Christoph Lichtenberg a la luz de la nanofilología”, “Borges y Swift, etnógrafos de lo imaginario”, “El nuevo parto de los montes: cifra de «varia invención». Metaficción y metanarración en Arreola”, “La fragancia de la pantera: función de los animales en el Persiles”, “Filogenia perversa y alteridad floral en Manual de flora fantástica, de Eduardo Lizalde”, “«The Devil’sWorkshop»: el pacto diabólico en “Enoch Soames” (1916), de Max Beerbohm, y “Un pacto con el diablo” (1941), de Juan José Arreola”.

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