Patricia Noguera Ruiz
“Recorrí la distancia de Geleach, ignorante del encuentro de nuestras almas. Divagábamos en la eternidad del tiempo, en el infinito espacio, sedientos de amor, sangrantes de compañía, unidos por la sinergia lunar que nos atraía lentamente, viajeros en la dimensión de la mutación cósmica”.
Ambos habían vivido en mundos oscuros, inmersos en turbulencias moleculares que los devolvían una y otra vez a través del vacío. Sus etéreas almas deambulaban agobiadas por el eco del susurro tormentoso del amor ausente.
Todo era imperfecto, es el único camino para llegar a lo perfecto. Y lo perfecto es lo desconocido que se diluye en las circunstancias dando paso al caos, que desvanece a la existencia hasta amalgamarse con el todo.
El lejano viaje que ella emprendería tenía una estela de oscuridad, que, mezclada con su pasión, difuminaría su entendimiento hasta quedar atrapada por una fuerza maligna. Pero ella a nada le temía, pues desde el vientre donde fue concebida la había acechado la maldad, así que su psiquis estaba acorazada para cualquier batalla infernal.
Acabado el otoño, ella emprendió su viaje con la aurora, entre caminos de algodón, con el viento que ondulaba su cabello turquesa, suaves pinceladas al final del ébano. Descendió por los tibios rayos del sol cayendo sobre una refrescante alfombra blanca. Los cristales de hielo irradiaron la alegría de sus ojos.
Continuó su camino bajo la suave nevada, adentrándose en un bosque de maples y cipreses. De repente un eclipse invadió el cielo y una ráfaga formó dos enormes alas negras, de las cuales bajó una corriente que atravesó su kundalini. Su piel se crispó, en su corazón ardió una extraña emoción mezclada con miedo, su aura palideció por unos instantes y aturdida, escuchó que los troncos de los árboles gruñeron una canción…
Atrapada en su vacío, distorsión agónica
Perdición de tu ruta, centrífugo precipicio
De sombras que intersectan con lo desconocido
El suelo emanó un vapor gris que impregnó al ambiente con un extraño olor que la adormeció por unos instantes. Ella reconoció esa sensación y ese olor, aunque no sabía exactamente de dónde ni de cuándo. A los minutos el viento disipó las grandes alas negras, dando paso a un oscuro bucle que succionó todos los colores del cielo. Sólo quedaron dos centellas celestes.
Con dificultad retomó el camino, pues sus fuerzas habían disminuido y sus huesos estaban gelatinosos. Además, su visión se opacó y la oscuridad acechaba con la puesta del sol. Un torbellino de recuerdos la atormentaron, por lo que su mente era un caldero que borboteaba pensamientos oscuros.
Poseída por la debilidad, se recostó sobre las gambas de un árbol. Pronto, la dama nocturna la iluminó con su vestido rojo tostado, cuyo resplandor hizo que la escarcha de la nieve alumbrara un saquito que la Elfa tenía atado en su cintura. Sus dedos se movieron muy lento hasta desenlazar un cordón cobrizo. Adentro, algo se movía trepando por las fibras de muzgo y fungi; asomó un palito de Palo Santo que, al entrar en contacto con la luz lunar, disipó todas las energías negativas que la asediaron durante el eclipse.
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Después de un breve descanso, deslizó su mano entre el saquito hasta encontrar una astilla de cedro y una piedra de azufre, las cuales bañó con la luz de la luna. Así, el cedro atrapó todos sus pensamientos oscuros, por lo que logró reconectar con su luz interior.
Segundos después, de la piedra de azufre surgieron unos hilos neblinosos que dirigieron su mente hasta un plano invisible plagado de monstruos que deambulaban sin descanso, balbuceando cosas ininteligibles. Con esfuerzo se salió de esa dimensión, pues alguna vibración poderosa la estaba aturdiendo.
Volvió a caer en el sueño y cerca de la media noche, escuchó que de las gambas salía el retumbo de un revoloteo. Se levantó y alejándose un poco vio que todo el árbol era un espectro gigantesco, del cual chispeaban dos hipnotizadores ojos celestes. Las ramas formaban dos alas que caían pesadamente, hasta abrazar todo lo que estaba en sus gambas.
Era la conjugación de sus sombras con las de él. No lo había visto, no por el momento; pero sí intuyó el presagio.
Con la luz del amanecer y de lejos el árbol no se veía tan sombrío como la noche anterior, pero sí notó que ahí permanecían las dos luces celestes. Imanada, fue inevitable que las mirara fijamente; mientras esto sucedía, una delgada rama brillante de escarcha se movía en sentido pendular. Ella perdió su conciencia y en instantes se adentró en una espesa nube gaseosa. El brillo arcano de sus ojos turquesa invadió tan fuertemente a la nube que, fuera lo que fuera que estaba ahí adentro, se evaporó.
Seguido, escuchó que el sonido del viento despejó un camino que estaba tupido de nieve; se dirigió por el mismo en dirección al norte. Mientras bajaba una pendiente ligeramente escarpada, tropezó con el brote de una raíz de algún tronco cercano y rodó y rodó como bola de nieve. Los ecos de sus risas rompieron el silencio del bosque, tanto que los pájaros volaron asustados por entre los árboles.
Finalmente la detuvo algo que resultó ser una lápida. Se incorporó del aparatoso revolcón y con su aliento derritió algo de nieve del mármol, dejando entre ver una inscripción:
Ave María
Fuego Negro y Azufre
IX Tiempo del Último Tiempo
Ella la leyó dos veces, y a los segundos, inexplicablemente brotó un enjambre de diminutas arañas negras y con ellas un fuerte olor sulfuroso. En instantes, un velo gris traslucía una silueta detrás de la lápida. La silueta se alargaba como una espiga, moviéndose en un vaivén que alcanzaba, sigilosamente, los contornos del cementerio hasta sumirlo en una niebla grisácea.
Su tembloroso corazón no impidió que de su pecho saliera una luz anaranjada y pronunciando un conjuro se iluminó por completo la silueta, dejando entrever un rostro desdibujado con enigmáticos ojos celestes. Descubierto por el resplandor anaranjado, se evaporó hundiéndose en el suelo nevado, llevándose consigo a todas las arañas.
Prosiguió su camino, esta vez siguiendo la luz del poniente. Husmeaba en todos los huecos de los árboles, encontrando nidos de diferentes animales. A su paso brincaban liebres y las ardillas se escabullían verticalmente por los troncos de los cipreses, mientras una suave música flotaba en el aire acompañada de fragancias arbóreas.
Conversó con todos los animales, quienes le contaron algunos secretos del bosque y le advirtieron de un sendero que llevaba a un árbol encantado, del cual, si entraba, no podría salir, no sin una ardua batalla astral. Ya habían visto, durante centurias, desaparecer a algunas hermosas mujeres, quienes, atraídas por la fascinación de dos luces celestes, entraron al árbol y nunca más se les volvió a ver. Salvo que, curiosamente, el tronco del árbol se ensanchaba con el paso del tiempo, dibujando figuras de bellos contornos.
Después de escuchar tan intrigantes historias, los animales le compartieron algunas de sus semillas, las cuales echó en su saquito mágico, pues le dijeron que el invierno estaba tan feroz que era muy difícil encontrar alimento. Cuando empezó a oscurecer se despidió de todos y continúo su paseo.
Al rato de caminar, encontró una bifurcación. Hacia la derecha sólo había nieve; hacia la izquierda, un vapor lila, matizado con resplandecientes hilos negros, cubría la nieve. La curiosidad la empujó a entrar por ese sendero y al principio de éste encontró una piedra con una inscripción en un lenguaje que ella pudo entender: “El camino a la locura”. Más intrigada aún y sin ápice de miedo, decidió continuar por ese camino. De nuevo sintió un ligero olor sulfuroso, hasta cierto punto agradable, de alguna forma ya le era familiar.
Avanzada la noche, para su sorpresa, llegó al árbol en el cual durmió la noche anterior. El brillo lunar resaltaba sus formas de una manera diferente a los demás. Dubitativa, decidió quedarse ahí esa otra noche.
Sacó de su saquito unas hojas, las esparció sobre una parte del suelo y éstas se multiplicaron en abundancia. Se recostó en ellas y con su mano tomó un poco de viento para cobijarse, que al entrar en contacto con su cuerpo aumentó tanto la temperatura que la nieve circundante a las gambas se derritió. Bajo su cobija, durmió profundamente hasta que unos susurros la despertaron. Las ramas estaban dormidas, los animales también, todo a su alrededor era quietud. Se preguntaba de dónde provendrían esos susurros. Acercó su puntiaguda oreja a una de las gambas y escuchó algo así como: “Hola, soy Drew”. Sobresaltada se lanzó de su confortable cama de hojarasca y caminó unos pasos hasta quedar frente al árbol. De nuevo vio dos luces celestes, las mismas de la noche anterior.
Las luces parecían salirse de su lugar, acercándose a donde ella estaba. De pronto vio una chispa roja, de la cual salía un suave humo. La espectral figura se le acercaba. A pocos metros de ella logró ver a un hombre alto, de escuálida figura, tez pálida, con mirada profunda. En una mano sostenía un cigarro y en otra una botella. Con voz grave le dijo: “Hola, soy Drew, gusto de conocerte”.
Ella le saludó algo quisquillosa y lo miró alejarse en la oscuridad, flotando sobre los resplandores lilas y negros. Ante la zozobra de tal aparición, sacó su grimorio de saberes ocultos y repasó algunos fragmentos acerca de seres infernales.
La tercera noche no fue menos desafiante que las anteriores. La niebla cegó el brillo de la luna llena mientras el silbido del viento zangoloteaba a los copos de nieve. Un súbito escalofrío heló la piel de Naeris, quien asustada se volteó para tratar de saber de dónde provenía el sonido de un revoloteo. De adentro del árbol vio acercarse una chispa roja y desde uno de los recovecos escuchó un ronco gruñido que le preguntó:
¿Quieres tomar?
En el umbral del hueco de una de las gambas vio de nuevo al hombre de la noche anterior. Éste, estirando su huesuda mano la invitó a tomar algo de lo que llevaba en una botella. Naeris le miró de reojo, pues el fulgor de los ojos de él era enceguecedor.
Ella rechazó su ofrecimiento, de momento…
Naeris continúo escribiendo en su grimorio, pues había encontrado algunas especies desconocidas de hongos. Mientras tanto, él se agazapó en otra de las gambas. Tomaba y fumaba incesantemente, taciturno, sin pronunciar palabra. De repente se levantó y se escabulló hacia el hueco de donde había salido.
Desde esa noche algo sucedió en el corazón de Naeris, pues, aunque lento, una atracción incontrolable la arrojó hacia él.
Ante la turbación que la sobre cogió después de la presencia de este magnético ser, ella se alejó un poco, buscando la claridad de la luna. Llegó a un lugar donde había unas piedras de mediano tamaño, las levantó y las colocó formando un círculo. Entró a éste y sentada con las piernas cruzadas, elevó sus brazos y pronunció algunas frases sobrenaturales, que sólo Geleach podía entender.
Después de una meditación, sacó de su saquito un huevo, se lo presentó la luna, y su quebradiza cáscara se transformó, poco a poco, en un hermoso pájaro de plumas negro tornasol: era Moon, su mensajero espiritual.
Moon podía comunicarse con cualquier ente espiritual, cualquier animal o vegetal, pero, ante todo, era el único que podía escuchar al Gran Antiguo. Naeris estaba urgida de encontrar guía espiritual pues empezaba a sentirse atraída hacia una fuerza extraña. Así que le encomendó a Moon que esa noche se contactara con el Gran Antiguo, en busca de sabiduría. Sin embargo, el pájaro tardaría algunos días para concretar su misión.
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En el transcurso de los días con sus noches, Naeris prosiguió indagando en los bosques cercanos, descubriendo un hermoso río, congelado por partes, cuyas aguas corrían lentamente. Encontró algunas especies vegetales desconocidas, por lo que ocupó parte de su tiempo en estudiarlas, extrayendo sus aromas y su savia para crear ungüentos.
Desde la segunda noche, ambos se miraban a hurtadillas, los pícaros ojos celestes de él aceleraban el corazón de ella. Con cada ráfaga de su vuelo, él dejaba una sombra que se cernía entre ambos. Así, cada noche Drew se acercaba un poco más a Naeris, con tal sigilo que a ella le fue imposible no caer en la viscosidad de su dulzura. Cuánto deseaba ella que conversaran, pero el silencio de él lo impedía. Sin embargo, había algo que los conectaba trascendiendo las palabras.
Un día, que de casualidad él se dejó ver a la luz del sol, Naeris lo invitó a pasear. Mientras caminaban, él escuchaba su tarareo; ella nunca supo si él entendía lo que le contaba, pues el sonido de su silencio sepulcral llenaba todo el camino. Aunque hay algo que de seguro sí le entendió, porque desde ese día él solo la llamaba “Tica”.
Cuando llegaron al inicio de una pendiente, él le ofreció su mano para ayudarla a bajar. Al sentir ella su mano tan helada, le invitó a que continuaran tomados de la mano. Y ese fue el inicio de un amor, que sólo el Señor del Tiempo sabía que se derretiría como huellas en la nieve.
A partir de ese día la distancia entre ellos se acortó. Compartían la deliciosa comida que la Elfa preparaba con su recetario ancestral y se hizo habitual que tomaran el elixir de la misma botella que él siempre andaba consigo. La conversación fue tejiendo historias; él reía embelesado con las aventuras que ella le narraba, le inspiraban tanto, que su energía le saciaba el alma.
Poco a poco, matizado por la bebida mágica, él decidió relatarle crispantes historias. Su usual lenguaje mal hablado, fokeaba constantemente, provocaba en ella estridentes carcajadas. Su vida era enigmática, por años, había estado recluido en una alejada mazmorra. Ahí se vio forzado a sobrevivir, pues quienes le rodeaban eran seres muy violentos, tanto que tuvo que aprender a usar sus dones mágicos para evitar ser lastimado. El círculo de la muerte llegó a ser algo habitual en su cotidianidad, no había otra solución si quería vivir. Así, en los dedos de su mano derecha quedó consignado el número de veces que tuvo que exterminar a alguno de esos seres espantosos: 1488.
Con voz lastimera le contaba estos sucesos, en lo profundo de su corazón no quería infligir daño, aunque la costumbre terminó oscureciendo su entendimiento y cuando salió en libertad, su alma estaba encadenada a los hábitos de los cuales parecía no tener escapatoria.
Su corazón encontraba alegría y consuelo en Naeris. Cada noche, al calor de la chimenea, las paredes del árbol escuchaban sus narraciones, mientras las palomitas de maíz, que él preparaba, aderezadas con sal y pimienta, jugueteaban aromatizando sus confidencias. Aprendieron a confiar el uno en el otro y sin prisa llegó la noche que él la besó.
Las sombras diluyeron su alma, ensombreciendo su entendimiento. A partir de esa noche, el ángel de la muerte durmió al lado de ella.
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Patricia Noguera Ruiz

Nacida en Costa Rica el 9 de abril de 1962. Socióloga de formación, se ha dedicado en los últimos años a la contribución ambiental por medio de acciones específicas que reduzcan su huella ecológica. Amante de la literatura, la naturaleza es el contexto en el que plasma sus experiencias de vida y aventuras en relatos de ciencia ficción, terror psicológico y fantasía. Pertenece al colectivo Taller Literario 13013, en el cual sus obras aún están en revisión.
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