Juan Pablo Goñi Capurro
Rigger estaba inquieto desde que recibió la comunicación de su siguiente misión al comando de la Nemus. Un nuevo viaje a las profundidades hadales, esta vez con la tripulación reducida al mínimo. Esto no lo seducía, pero la escasa dotación para un viaje de tan extensa duración o la extrema profundidad a la que accederían no eran sus preocupaciones principales. En esta oportunidad lo tenía nervioso el pasaje que trasladarían, muy diferente a los habituales viajeros que descendían a los infiernos de la tierra; presentía que le traerían problemas. En la zona hadal, a partir de los ocho mil metros bajo el mar, en plena fosa oceánica, se extraía el cauterio; Rigger y sus colegas se encargaban de transportar a las distintas dotaciones que cumplían exigentes turnos de seis meses en las minas. Otros pasajeros frecuentes eran los integrantes de las fuerzas militares; en la fosa abisal, en los límites de la fosa oceánica, a unos seis mil metros de profundidad, habían instalado bases de lanzamientos de misiles capaces de alcanzar cualquier punto terrestre e incluso contaban con un par de silos que podían alcanzar la atmósfera.Rigger había conducido varios destacamentos a esos destinos poco deseados.
También existían naves de carga, encargadas de trasladar los suministros; estos se dejaban caer desde cierta altura y era recogidos en naves no tripuladas instaladas en bases flotantes a cuatro mil metros de hondura, quienes las llevaban a las estaciones más profundas. En las fosas, la vida se mantenía artificialmente en base a presurizaciones que conseguían evitar las atmósferas de presión, seiscientas veces más fuertes que en la superficie.
El viaje previsto tomaría dos meses, los viajeros se aclimatarían en distintas estaciones a la vez que la Nemus sería sometida a procesos que le permitirían resistir presiones cada vez más potentes. En la fosa abisal había estaciones completas con instalaciones y actividades similares a las colonias espaciales; no era así más abajo, en lo profundo. Cinco años atrás, allí sólo estaba el complejo minero. En esa fecha se inauguró el búnker especial destinado a emergencias, con una base de defensa contigua. La base estaba en funciones, pero el búnker aún no se había habitado. Rigger debía conducir a los máximos jerarcas de la nación; se instalarían allí con sus familias ante la amenaza de invasión de naves provenientes de la galaxia R22. ¿Cómo no iba a encontrarse tenso el comandante ante tamaña responsabilidad?, ¿cómo no iba su mente a estar poblada de malos augurios?
La mañana de la inmersión esperó el arribo de sus pasajeros en el muelle disimulado en el atolón Powa. A su lado, la teniente Fiorer, su copiloto, y el sargento Vega, el artillero que cuidaría la nave en los primeros tramos, donde podían toparse con algún obsoleto submarino pirata. Luego, nada los detendría hasta el arribo a la estación de la fosa abisal. En el último tramo camino al bunker existía la posibilidad de toparse con algún topo marino. La existencia de estos animales acuáticos era discutida, no habían obtenido pruebas materiales de su existencia, pero varios militares y mineros juraban haberlos visto cerca de los faros luminosos de las bases. Los describían como seres inmensos, oscuros, sin cabezas ni miembros a la vista, que se desplazaban con extrema lentitud. Rigger era escéptico con relación al tema. Creíble era que los hubieran visto oscuros; fuera del ámbito de los gigantescos reflectores alimentados con el increíble cauterio —energía nuclear a partir de miligramos libre de radiación—, todo era negro a esa profundidad.
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Los tripulantes oyeron el motor. Aguardaron firmes el aterrizaje. El motor se detuvo y desapareció la cobertura invisible del helicóptero que transportaba al presidente de USA y al jefe supremo de defensa, junto a sus esposas y los cuatro hijos que sumaban ambos. Familias típicas como lo exigía la camada de votantes conservadores que se había adueñado de las elecciones en los últimos ochenta años. Rigger y los suyos se cuadraron delante de la Nemus. Al acercarse las autoridades, el comandante los condujo a sus aposentos.
La nave podía transportar cuarenta pasajeros, había sido acondicionada para ofrecer dos espaciosos apartamentos. Ubicados en ellos los jerarcas, el comandante y la tripulación se dirigieron al puente. Anunciaron las maniobras de inmersión; descendías pocos metros el primer día, aclimatación pura. Rigger evaluó la situación. Compartirían el comedor con el pasaje, aunque los horarios estaban previstos para no coincidir, era inevitable que la dimensión temporal se perdiera en tamaños descensos. Los hombres no darían problemas, estarían conectados con la Casa Blanca y el Pentágono en la sala de mensajes —una pequeña cabina de título pomposo—; los adolescentes se entretendrían con sus gafas virtuales. Las esposas, en cambio, privadas de sus comunicaciones habituales podrían convertirse en un incordio. Fiorer sería de poca ayuda, era poco empática con mujeres que no se ganaran la vida como ella misma; el sargento, menos aún, carecía de cualquier habilidad social. El comandante terminó el análisis encogiendo los hombros y dio la orden de descender.
Se encontraban a cinco mil metros bajo el nivel del mar cuando se produjo la primera coincidencia en el comedor. Rigger se encontró con Noelia, la hija de dieciocho años del presidente. Cogió sus batidos y se ubicó en la mesa más distante a ella. La joven bebía un licuado. Vestía ropa cómoda de gimnasia y no cargaba con ella las gafas de juegos. Estaba absorta en las paredes transparentes de la nave, aunque a través de ellas sólo podía ver lo que captaban los focos reflectores: un poco de agua iluminada. Rigger comenzó a comer.
Se abrió la puerta e ingresó Jennifer, la hija del jefe de defensa, de dieciséis.
—¿Es verdad que veremos topos marinos?
—Es una leyenda, Jennifer.
Las jóvenes discutieron, Jennifer olvidó al comandante a quien había dirigido su pregunta. A Rigger lo asombró el nivel de información de ambas, conocían estudios, teorías e incluso publicaciones conspirativas sobre el tema, las típicas editoriales que aseguraban que el gobierno ocultaba los topos marinos porque los usaba para enriquecerse a espaldas del pueblo. Rigger intentó escabullirse, pero esta vez Noelia requirió su atención.
—Comandante, ¿no llevamos poco armamento en esta nave? ¿Podremos resistir un ataque?
—Nadie nos puede atacar aquí abajo —respondió.
—¿Un submarino?
—Cállate, tonta.
Rigger esperó que se reanudara la disputa dialéctica entre las muchachas, pero ello no se produjo, Jennifer no insistió. En cambio, Noelia le preguntó cómo podía estar tan seguro.
—Nadie nos puede seguir aquí abajo, llevamos más de seis semanas de viaje y pronto estaremos en la estación de la fosa abisal. La operación se realiza bajo secreto total.
—¿Y si alguien nos traiciona?
—Nadie traiciona al presidente, tonta, tendrías que saberlo, es tu papá.
Noelia no contestó a su compañera, siguió pendiente de Rigger.
—Aunque informaran del viaje, somos el único país que posee tecnología para descender a estas profundidades.
—Entre los países de la tierra, pero no estamos en guerra con la tierra.
En ese caso, estimada Noelia, uno de nosotros tres, me refiero a los tres que tripulamos la nave y no a los tres que estamos circunstancialmente en esta sala, debería haber recibido alguna comunicación desde el espacio exterior, Y ello no ha sucedido.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
Noelia resultó una inquisidora. Jennifer se había sentado; seguía, temerosa, las idas y vueltas. Rigger se demoró al responder, en realidad no podía estar seguro de sus subalternos, su naturaleza desconfiada lo hacía dudar de todos. Empero, era su obligación calmar a esas chicas o sus padres se lo harían pasar mal, no sólo en ese viaje.
—En ese caso yo hubiera encontrado algún rastro en el sistema de comunicaciones.
Jennifer abandonó la actitud pasiva.
—¿Y si usaron telepatía? Hay informes que señalan que las flotas de Plutón se comandan por telepatía.
Plutón no era una amenaza, nunca lo había sido; la flota percibida por los radares de avanzada provenía de otra galaxia, la R22. Más allá del detalle, la información de la pequeña era correcta.
—¿Por qué duda, comandante? ¿Está preparando una mentira para engañar a dos nenas tontas?
—No, señorita Noelia, lejos de mí esa intención. Trataba de recordar el informe Grossman sobre los grados de penetración de las ondas en las profundidades abisales para que pudieran comprobar por ustedes mismas la imposibilidad fáctica del supuesto mencionado por la señorita Jennifer —El comandante hizo un alto, pretendía que la terminología técnica les transmitiera seguridad—. Y tengan en cuenta que nosotros iremos más abajo, a la zona hadal.
—Donde el menor tornillo que se suelte hará que muramos aplastadas.
—Explotadas por la presión, Noelia. Nuestros sesos abrirán los cerebros y se esparcirán por el piso.
Rigger se intranquilizó, estaba poco habituado a las batallas dialécticas con adolescentes avispadas. Adolescentes que podían estar en lo cierto, nadie había medido la posibilidad de comunicaciones telepáticas en las fosas oceánicas porque los humanos no eran capaces de establecerlas. Disimuló su turbación con una sonrisa.

—Me temo que el aburrimiento las lleva a conclusiones exageradas. Señoritas, les garantizo que estamos en el sitio más seguro de la tierra.
Pidió permiso y se retiró al puente. Amplió el radio de acción de los radares; como esperaba, nada se veía a través de los visores, oscuridad, algún que otro puntito que no era más que un minúsculo animalito marino. Trató de tranquilizarse, aunque las naves de la R22 recibieran información de los cerebros de la teniente o del sargento, no podrían alcanzarlos. Tampoco resistirían tremendos cambios de presiones sin adecuaciones intermedias. Para mayor tranquilidad, revisó las transmisiones entrantes y salientes desde la partida. El registro no indicó irregularidades; él era el único en la nave que tenía acceso, podía confiar en la exactitud del resultado.
Revisó entonces los horarios. En veinticuatro horas estarían en la estación abisal, donde se produciría la última modificación en la nave para adecuar la presurización a la zona hadal. Pronto llegaba el turno al comando de la teniente, podría descansar; la conversación lo había agotado más que todas las actividades del viaje. Era hora de retornar el radar al ámbito habitual, el consumo de energía era cuantioso cuando se registraban áreas grandes. Antes de pulsar la tecla correspondiente, notó un dibujo extraño. Agrandó la imagen. Era imposible, no había registros de una cosa así en los anales de la navegación ultrasubterránea. Percibió que la cosa de forma difusa se movía.
—El topo marino.
Lo dijo en voz alta porque de otra forma no lo podía creer. Atendió a las coordenadas, el topo no se dirigía hacia las bases militares ni a las estaciones civiles, su traza apuntaba hacia ellos. Y los movimientos no eran lentos como los de las especies de la fauna abisal que conocían, tenía la velocidad de un pez. Rigger llegó a una conclusión aterradora: si la telepatía de los habitantes de la R22 podía entrar en los cerebros de un humano para conocer la ubicación de la nave, ¿por qué no podría hacerlo en el de un monstruo marino para transmitírsela? Las luces harían lucir la nave como un bocado apetitoso.
—¿Ese es un topo marino?
Rigger casi se infarta.
—Señorita Noelia, ¿qué hace aquí?, ¿cómo ha ingresado?
—Papá tiene todos los códigos, nunca me ha costado nada robárselos.
La joven se adelantó, estudió el monitor, luego se volvió al rostro pálido del paralizado comandante.
—Estaba en lo cierto. Ese monstruo viene hacia nosotros y nuestras armas no pueden defenderlo, ¿verdad?
Rigger asintió.
—¿Y qué espera para perderlo?
Rigger actuó sin pensar, apagó todas las luces externas de la nave y redujo las interiores. Pronto llegarían las quejas. A continuación, efectuó un ligero giro; la presión externa le impedía maniobrar la nave con brusquedad. Se concentró en el topo, lo que parecía su cabeza efectuó idéntica inclinación.
—Creo que es momento de eliminar a los que lo pusieron detrás de nosotros, ¿no le parece?
Con decisión, la joven activó el teclado rojo. A continuación, abrió una gaveta de la que extrajo dos pistolas paralizantes. Entregó una al comandante.
—Están durmiendo en sus camarotes.
—Yo puedo abrir sus puertas —aseguró la joven.
—Pero ¿cómo sabemos cuál de los dos es el traidor?
—Comandante, se supone que la nena boba soy yo; no hay manera de saberlo.
Dicho esto, Noelia encabezó la marcha. Conocía la distribución exacta de la nave; al comandante no le extrañó, había visto que eran muchachas bien informadas. La primera puerta en abrir fue la de la teniente, Rigger le disparó. Al sargento lo ultimó ella misma. El comandante sólo atino a seguirla de regreso al puente de control. Allí controlaron la posición del topo, se lo veía más cerca. A esa velocidad, en dos horas lo tendrían encima, estimó Rigger. Noelia le pidió que efectuara otro desvío. Rigger aprovechó y retornó la nave al derrotero inicial, el que los llevaba más rápido a la estación.
—Perfecto, lo perdimos.
Rigger se dejó caer en la silla del comando tras expresar el éxito de la maniobra. Estaba exhausto. Noelia volvió a pulsar el código de la gaveta, el comandante le pasó su arma para que la guarde. Noelia la cogió, pero en lugar de llevarla a su sitio, apuntó hacia la cabeza del jefe de la misión.
—Me temo que no puedo confiar en usted, comandante. Pudo ser el informante, le basta con esperar que me vaya del puente para poner de nuevo al topo en camino.
La cara el comandante expresó la desazón que su boca no podía trasladar; pensó en protestar, en explicar que lo necesitaban para llevar la nave a salvo a la estación, pero comprendió que ella sabía que no era verdad. En cinco minutos entraban en la zona expansiva de la base militar, desde allí ellos tomaban control de la nave. Era obvio que la chica tenía esa información. Su premonición había sido acertada. «Sabía que este viaje traería mi perdición. Y ni siquiera voy a poder ufanarme de ser el primer navegante en registrar un topo marino», fueron sus últimos pensamientos.
IMAGEN DE LA PORTADA: DALL -E
Juan Pablo Goñi Capurro
Escritor, dramaturgo y actor nacido en Argentina en 1966. Publicó: “Islas efímeras”, Ed. Rubeo, España, 2023; “El tango que te prometí”, Ediciones Jaibaná, Argentina, 2023; “Soltando la mano”, La Verónica Cartonera, España 2020; “El cadáver disfrazado”, Just Fiction, 2019; “Bollos de papel”, Ed. Mis escritos, Argentina, 2016; “La puerta de Sierras Bayas”, USA 2014. “Mercancía sin retorno”, La Verónica Cartonera, 2015. “Alejandra” y “Amores, utopías y turbulencias”, Dunken, Argentina 2002.
Más de seiscientos textos publicados en Hispanoamérica, a través de antologías de editoriales (Ed. Visor, El gato descalzo, Ed. Solaris, Las nueve musas, Ed. Pandemónium, Ed. Anuket, Kanon editorial, Ápeiron ed., y otras) y en revistas como Sinestesia, Letras y Demonios, Aeternum, Alas de cuervo, Rigor Mortis, Penumbria, Espejo humeante, Tártarus.
Entre otros reconocimientos: I Premio Novela Corta de Aventuras La Legión de la frontera (España) 2023, Premio Novela Corta “La verónica Cartonera” (España), 2019 y 2015. Ganador VII certamen de microrrelatos de Montserrat (2022) -2do Premio Tierra de Monegros 2022- Ganador Certamen de microcuentos del Ficta (Festival internacional de cine de Terror) de Atacama 2022. Premio teatro mínimo “Rafael Guerrero”.
Colaborador en Solo novela negra (relatos).
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