Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Kalistra

Publicamos el relato “Klistra” de Maite Dominguez Ayala. IMAGEN DE LA PORTADA: DALL-E, Chatgpt.

Maite Domínguez Ayala

Mientras se sumergía hacia la profundidad más insondable, Kalistra iba sorteando un millar de arpones furtivos. Aquella incursión era diferente, había más hombres, más armas, más barcos. El ambiente era de guerra; y las criaturas, por su parte, se habían aliado y alzado majestuosas para luchar con todas sus fuerzas.

La justificación del Imperio de sus sangrientas batidas era la falta de alimento para los humanos, fruto de la masificación de seres oceánicas, particularmente de malebs, de gran tamaño y muy numerosas que consumían la mayor parte del sustento. Pero los informes no mostraban ni analizaban números concretos, las proporciones no parecían claras y los científicos de la Corte, aunque conocían la realidad, guardaban silencio por miedo a las represalias. Así que la verdadera naturaleza de esas encarnizadas expediciones era el odio hacia unas criaturas nacidas de una transmutación avanzada y mejorada del linaje de las sirenas; superiores a la mayoría de los humanos, tanto moral, ética como físicamente.

Las malebs eran sanadoras, justicieras y colosales. Su piel solía tornarse plata escamada con destellos iridiscentes púrpura, de cabellos trenzados y ojos negro azabache, perfectas nadadoras bajo la influencia de las incesantes tormentas sobre el mar del planeta Baliard. Con membranas interdigitales en manos y pies, avanzaban veloces por su medio. En tierra, sin embargo, adoptaban forma humana tras volver a una estatura promedio. Aunque si bien es verdad que ellas solían habitar en el agua puesto que la tierra la percibían como hostil; demasiada gravedad para alguien acostumbrada a danzar al compás de las mareas y desplazarse a voluntad por toda la grandiosidad del océano.

—Son muy numerosos. Han caído ya dos de las nuestras- anunció Kalistra tristemente.

—Será mejor que nos refugiemos, dejaremos de luchar y cuando se hayan ido emergeremos de nuevo —contestó Kei, su más fiel compañero en batalla.

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Se retiró temporalmente para curarse sus escamas agrietadas, y lamerse sus heridas con esquirlas de madera y metal incrustadas. Fue entonces cuando Kalistra recordó cómo habían sido los acontecimientos que la habían llevado a esa situación. Una nueva realidad estaba abriéndose en su horizonte incierto: una vida en sus centros germinales por la que debía luchar para darle una tierra digna, sin violencia. Decidió así formar la rebelión oceánica que acabaría con el yugo opresor del Imperio.

—Es demasiado peligroso —respondió Kei en su momento ante la propuesta de Kalistra.

—Organicemos un escuadrón con aliados de tierra y aire, harán avanzar al enemigo hasta el mar. Allí les atacaremos sin piedad y destruiremos lo que queda de su flota —contesto con determinación.

Así, los rinkins, seres ungulados con el cuerpo recubierto de escamas, pero forma de león y dos cornamentas ramificadas acompañados por los tsukenis, vulpinos blancos agiles, de mediano tamaño con garras y dientes fuertes dispuestos a cortar y desgarrar la carne de sus enemigos, acudieron a la llamada de Kalistra. Desde el aire, criaturas ancestrales de la dinastía de los antiguos dragones flotantes se reunieron con ella.

—Nosotros no somos seres de batalla. Perdimos la habilidad de escupir fuego hace muchos años. Somos seres pacíficos, contemplamos la naturaleza y conversamos o escuchamos historias antiguas. No participaremos en esta contienda —anunció con determinación Sobekai, el dragón jefe.

—Está bien. Sin embargo, al igual que nosotros, estáis en peligro. El emperador Rai-Osii os desterrará y tendréis que pagar la furia de sus cañones con vuestra vida —proclamó

—Danos tiempo para reflexionar.

—No hay tiempo —contesto Kalistra

—En ese caso, nos retiramos. – sentenció. Y se marcharon surcando el cielo tras rugidos feroces. Kalistra, con una mirada mezcla de preocupación y decepción, se giró hacia sus compañeros terrestres con esperanza.

—Nos unimos —contestaron.

—Bien. Mi intención es acabar con el Emperador Rei- Osii —anunció con firmeza.

—Si matas al Emperador, los soldados de la Federación te perseguirán hasta la muerte- dijo Kei en un tono de preocupación.

—Huiré. Aprovecharé la confusión política tras su muerte. Entonces podré escapar con ayuda de los rinkis. Ellos me abrirán el paso en el estrecho de Hong-Gi, y una vez que haya cruzado estaré fuera de sus dominios —y lanzó una mirada hacia ellos que fue devuelta con un gesto de aprobación sincera.

—Será el final de tu forma acuática, ya no serás una maleb. Si renuncias a tu océano y los influjos de sus lunas, no podrás convertirte de nuevo, estarás condenada para siempre a tu forma terrestre.

—No me importa. Ahora tengo que pensar en mi descendencia. Quiero darle una oportunidad de vivir en una tierra libre de guerras.

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Tras vaivenes de cadera sorteando los arpones en gestos ágiles mientras avanzaba a patadas impulsando su cuerpo, emergió de un gran salto partiendo una embarcación y haciendo astillas los arpones de madera. Sus dientes arrancaron la vida a varios cazadores que, presas del pánico intentaban huir desorientados entre la confusión de los truenos, las gigantescas olas que rompían en una fugaz estela espumosa y la furia vengadora de la criatura. Una vez comprobado que no quedaba atisbo de vida, se lanzó sin pensar hacia la flota del Emperador; aunque sabía que ella sola no podía hacerles frente a decenas de barcos, vio cómo se unían en la batalla varios de sus compañeros, por lo que aumentó su ímpetu al sumar posibilidades de éxito.

El Emperador refugiado en el camarote de su embarcación real, ansiaba por tener información sobre la contienda.

—Mi señor, hay muchas bajas, los supervivientes son solo aquellos que escaparon al principio, antes de que se desatara la barbarie —dijo el capitán Yun.

—Necesito informes. Que te especifiquen cuantas son, y sobre todo donde está la maleb- dijo el Emperador, que si bien era un hombre que había desarrollado una notable contención aquellos años, últimamente perdía los nervios con demasiada facilidad.

—Están exhaustos, asustados, con el frío húmedo en el cuerpo. Démosles algunas horas. —propuso el almirante.

—¡No! ¡No hay tiempo que perder! ¡Están acabando con nosotros! —contestó.

—Sí señor. Como ordenéis. Disculpad mi intromisión —y se fue haciendo una reverencia con la cabeza.

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No soportaba que alguien de rango bajo le dijera cuanto de humano tenía que mostrarse en tiempos de crisis. No había opción al descanso ni a ser condescendiente. Por el acomodamiento de ciertos jefes en la vida del Imperio y las decisiones poco radicales que se tomaron previo a su mandato, estaban en esta tesitura. El permitir la convivencia con los mismos derechos que el resto de la ciudadanía a esas criaturas mitad humanas mitad peces, le horrorizaba; es más, fue la primera ley que derogó tras su nombramiento. Según su punto de vista, era un completo escándalo que trabajasen ocupando los mismos puestos, no había justificación para permitirles vivir en viviendas o comprar en los mismos sitios, ¡que comprar! Consumir los mismos productos. A sus ojos, deberían de estar todas en el océano sin excepción, y prohibirles cualquier tipo de actividad fuera de ese medio. Baliard era una tierra poco extensa como para albergar a aquellos que también podían vivir en el mar; deberían dejar ese territorio exclusivamente para los humanos. Leyes demasiado permisivas con las especies traen problemas siempre. Se encargaría de solucionarlo todo; cada cual a su sitio y en número controlado. Preso de la ira, salió a cubierta escoltado por su guardia para localizar a su principal enemiga.

De pronto, desde lo más alto se escuchaban rugidos ensordecedores cada vez más cercanos; dos colosales dragones rasgaban el cielo con su determinación y coraje como únicas armas. Los hombres, tapándose los oídos con ambas manos, se lanzaban al mar para protegerse de aquella amenaza. Kalistra, emergió a la superficie y dio la bienvenida, con una sonrisa, a sus nuevos aliados. De pronto, pudo ver en proa al Emperador Rei-Osii. Sabía que iba a estar en el campo de batalla, no dudaba que sus dotes de marinero, su arrogancia y la imprudencia de sus decisiones le empujarían a estar en primera fila. Enfurecida, la maleb se propulsó desde la superficie y de una pirueta en el aire aterrizó ante los ojos encendidos de su enemigo.

—Te estaba esperando —dijo escudado por decenas de guardianes que no aprobaban la exposición tan arriesgada de su Emperador.

—Me debes respeto —dijo ella.

—No voy a tener ni la más mínima compasión, bestia. Volveos todos a vuestro sucio fango oceánico y no salgáis de allí, o si no…

—O si no, que, ¿anciano? —contestó.

—¡Ahora verás, demonio! —e inmediatamente se abalanzaron sobre ella una miríada de guardias.

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Al principio los esquivaba con agilidad; les hacía chocar en el aire, sorteaba arpones doblando el cuerpo hacia atrás o rodando sobre sí misma. Veía como la guardia, rodeando al Emperador, le protegían dirigiéndolo hacia el camarote. Empezaba a cansarse, su gran tamaño y su coraza de escamas, eran tanto un blanco fácil como una pesada carga a mover en la superficie. Además, su punto débil, la escama acorazada más grande que protegía el corazón, limitaba con las demás dejando una línea más ancha y débil, de manera que todas las armas las dirigían hacia allí. De un golpe brusco cayó al suelo de rodillas. El Emperador se disponía a bajar las escaleras y sin pensarlo estiró su mano y alcanzó uno de los mástiles astillados con una punta de acero. Inmediatamente lo lanzó contra él al tiempo que recibía una puñalada en una de sus escamas agrietadas del costado: un grito de dolor salió desde lo más hondo de su ser. La lanza improvisada atravesó el cuello y la clavícula de Rei- Osii provocándole la muerte entre espasmos, borbotones de sangre emanando de su boca y alaridos de sus oficiales.

Un rugido surgido del cielo amedrentó a la tripulación: el dragón jefe, Sobekai, apareció entre las densas nubes cargadas de la tormenta, su piel opalescente se iluminaba en cada relámpago y su majestuoso avance hizo replegarse a los soldados. Empujó suavemente con el hocico a la maleb hacia el agua. Esta cayó semiinconsciente, pero satisfecha tras la contienda y reconfortada al sentir la calidez del roce de los bigotes de su amigo.

Tras horas de estallidos, gritos de desesperación, el sonido atronador de los cañones y la violenta tempestad cargada de relámpagos iluminando el infierno en el mar, la desolación más absoluta quedó plasmada en el lugar: cuerpos flotando hasta donde alcanzaba la vista hacían imposible saber si eran restos de humanos o de criaturas. Sangre, pólvora y aceite se mezclaban en la superficie como si de una masa viscosa con vida propia se tratara, y entre todo aquello, madera astillada y telas rasgadas de lo que había sido antes la mayor flota de cacería del Imperio.

Tras su recuperación, Kalistra huyó hacia el estrecho de Hong-Gi con ayuda de los rinkis. Su silueta se perdió en el horizonte con la esperanza de habitar una tierra libre, en busca de un futuro colmado de oportunidades infinitas e igualdad entre todas las especies.

Mientras, en Baliard, los grupos políticos no se ponían de acuerdo en quién iba a ser el sucesor. Tras meses de desavenencias, el capitán Young reunió a varios de sus hombres con una estrategia de paz para todas las criaturas de mar y tierra, proponiendo acceso a los estamentos públicos, regulación del tráfico de mercancías, así como libertad de movimiento entre fronteras. A cambio, desempeñarían trabajos según sus posibilidades físicas para aumentar su eficiencia y mejorar la venta de productos entre países. Se pulió la dañada escama protectora del corazón de Kalistra en su forma sumergida, como armisticio entre ambos bandos. Finalmente, se guardó en la Urna Central del Antiguo Palacio Real, convertido ya en edifico de un Gobierno formado por diversidad cultural, ideológica y multiespecies con la promesa de construir un futuro basado en los pilares sólidos que una vez Kalistra soñó.

IMAGEN DE LA PORTADA: DALL – E

Maite Domínguez Ayala

Mi nombre es Maite Domínguez Ayala, nacida en el País Vasco, España, en 1982.

Alterno escritura científica en revistas técnicas de Medicina y Cirugía con ficción cargada de simbolismo, para abordar tanto problemáticas sociales como reflexiones personales en un entorno de mundos fantásticos y distópicos.
Pendiente de publicar dos relatos, que saldrán a la luz este año:
• Convocatoria de Cuento Libre con el Grupo Etérea S.A.S., a través de su sello editorial Ediciones Vértigo bajo el título: “El Ultimo asedio”
• Convocatoria de relato sobre Criaturas y Mundos Fantásticos con el Grupo Editorial Rubin a través de su sello Editorial Nébula bajo el título: “ Maleb Sumergida”

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Instagram: maiteayala14 – Maitetxu D. Ayala

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