Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: El Mundo dentro de la cubeta

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Diego Basulto Balam cuenta la historia de un Micro mundo que vive en la cubeta en el baño de Doña Laura…

Diego Basulto Balam

Dentro de una cubeta en el baño de Doña Laura, ondulaba un océano gigantesco, con sus vientos bailando y rozando las tierras de isletas que flotaban en el agua y, en uno de ellos, el pueblo de Muraj se dedicaba al cultivo de migajas de trigo. No eran numerosos, todos se conocían y se saludaban cuando la luz se presentaba con brusquedad, al igual que se despedían entre todos cuando la noche impactaba sin aviso. Así había vivido Ubina y su vástago, Loum, todos sus días desde que habían sentido la vida.

Loum era intrépido, Ubina era religiosa, muy religiosa, aquello volvía su relación explosiva. Loum era adepto de nadar en el océano, vecino de su choza, donde su madre cocinaba masas de trigo para vender entre los lugareños, aquello le aterraba a Ubina, puesto que ella odiaba el agua desde su tierna infancia.

Siempre que Ubina pescaba a Loum sobre el océano, le agarraba el pescuezo y le repetía con su voz chillante: “No te metas, te puedes ahogar”. El niño nunca escuchaba, para él era imposible el mero acto del ahogamiento, una idea loca de su controladora madre.

—Mamá, voy a comer en el mercado.

—No tardes mucho, hoy hay oración comunitaria.

Loum corrió de su casa, puesto que su madre ya había colocado gotas de perfume en su choza y el aroma penetraba sus cavidades olfatorias. El niño llegó a una especie de hoja verde, donde cientos de lugareños de Muraj convivían y devoraban migajas de trigo, avena, bacterias cocidas en humo hirviente, entre otros manjares.

—¡Loum!

—¡Corra!

Corra abrazó a su amigo y juntos empezaron a dar saltitos,  Loum sonreía con vergüenza ante ella, pero Corra no lo notó.

—¿Viniste a comer?

—¡Sí, estoy hambriento!

—Entonces, ven

Corra arrastró a Loum a una mesa con otros jóvenes, quienes devoraban migas y restos de mitocondrias. El muchacho se sentía retraído con los amigos de Corra, puesto que no los conocía, tan solo había oído de su fama como un grupo “problemático”. Aquello, sin embargo, le creaba una intensa curiosidad.

—Hace rato que no comía tanto —dijo uno de los jóvenes.

—¡Oigan! Les presento a Loum —los chicos se distrajeron en Loum, quien ocultaba sus extremidades en señal de timidez, extraño en él.

—¿Es el que mencionas siempre, Corra? —comenzaron una risa colectiva.

—Es el mejor nadador del pueblo —Corra parecía avergonzarse. Loum la vio con algo de brillo.

—Entonces, Loum, ¿de verdad eres tan bueno? El mar que nos rodea es muy peligroso.

—Yo sé cómo recorrerlo —Loum se sintió orgulloso.

—Hay una jugarreta que llevamos planeando mucho tiempo. Necesitamos un nadador experto.

—Cuenten conmigo —expresó Loum—. Sólo pido una cosa

—¿Cuál, Loum? —preguntó Corra.

—Tengo mucha hambre.

Loum braceaba con solidez por las corrientes del mar, llamado Tempestuoso, mientras controlaba su estómago repleto. El joven sentía como el agua se perturbaba en olas violentas y saladas, pero su experiencia le permitió escapar de las sacudidas sin perder la brújula a su destino, en una de las isletas cercanas.

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Le había pedido que, para ingresar oficialmente al grupo, debía llegar al centro de dulcificación hidráulica, Loum lo conocía de vista, pero el recorrido era el más largo que jamás había imaginado. Su cuerpo se agitaba mientras el agua el remojaba el rostro, el viento se tornaba más agresivo entre más se adentraba en alta mar, el miedo de morir se le acercó por primera vez. Sin embargo, Loum vislumbró el enorme garrafón, sostenido por un tentempié gigante.

Tocó la costa y, sin respirar casi, corrió en dirección al tentmpié, Loum lo escaló a cuerpo desnudo, mojado, percibía que podía resbalarse y caer en cualquier momento de la travesía, pero el prosiguió con intrepidez en su objetivo. Después de unos minutos de vértigo, el joven llegó al garrafón, su meta era sencilla, le habían solicitado que orine en el garrafón, a la vista del océano, así comenzó a realizarlo.

No obstante, mientras Loum descargaba su necesidad físico-social, unos gritos apretujaron el momento del triunfo. El joven miró a su derecha y un guardia con una pica lo apuntaba con furia, volteó a la izquierda y la misma situación, solo que el oficial metió la punta en la boca del muchacho.

Los oficiales llevaron a Loum a Muraj, esposado con hierbas, y lo expusieron en pleno centro del pueblo. Había calor en ese momento y el espectáculo llamaba la atención, para horror de Loum, de Corra y sus compañeros de travesuras,

—Este rufián, hijo de la reputísima, estaba orinando nuestra fuente de agua.

—¡Santas olas!

—¡Qué escándalo!

—¡Ese muchacho se me hace conocido!

—¡El hijo de Ubina es un criminal!

El oficial tenía la punta de madera en la espalda de Loum y lo picaba con malicia, el niño gritaba y pedía perdón por sus actos. Entonces, una señora se cruzó entre el hombre y el niño, ella cargaba una bolsa que cayó al suelo por la inercia de la interrupción, fue un desperdicio de masa de trigo.

—¡Es mi hijo!

—Su hijo nadó hacia la central de agua y la profanó con su orina.

—¡No lo lastime! ¡Déjeme corregirlo!

—Señora, el crimen es irreversible.

—¡Se lo suplico! ¡Que pida perdón a los dioses! ¡Todos merecemos una segunda oportunidad en la vida!

El oficial sintió que la compasión le inundaba todo el organismo, miró a Loum con desdén, pero también sintió una pizca de misericordia solemne, más aún al ver que Ubina se había arrodillado y el pueblo los observaba con atención.

—Bien, llévelo al rezo y que ahí se purifique.

Ubina arrastró a Loum a la choza al lado del océano, el pescuezo del pobre muchacho nunca le había ardido como en ese momento de franca rabia y vergüenza que su madre experimentaba. La mujer lo tiró al suelo y, con lágrimas en sus órganos visuales, lo quemaba con la voz.

—¡Maldito delincuente! ¿Por qué me has hecho esto?

—Mamá…

—¡Te dije que no te metieras al océano! ¡El océano es maldad!

—¿Por qué madre? Yo amo el océano.

—¡Entonces amas lo maldito! ¡Por eso eres así! ¡Por eso me atormentas!

—¡Mamá! ¡Para!

—¡El océano se llevó a mi padre, a mi madre, a mis hermanos, a mi esposo! ¡No te llevará a ti!

—¡Perdón!

—¡No hay perdón! ¡Irás al rezo y pedirás por tu espíritu! ¡Que los dioses se apiaden de ti!

Ubina salió de la choza y la cerró con llave. Se alejó de la casa, el mar se había tranquilizado, la luz seguía intensa. Ella observó las aguas en paz, su cuerpo se erizó, el odio por aquella fuerza natural le hervía el espíritu.

Buscó una piedrita, la recogió y la lanzó salvajemente al agua, esta no se inmutó al impacto del proyectil, pues nada que los vivos pudieran hacer la hería, era invencible, era una diosa para el pueblo de Muraj. Ubina se tiró al suelo, estaba impotente, su cuerpo le suplicaba, pero su alma todavía más. Se preguntaba qué haría para corregir a Loum, dudaba que aquella respuesta pudiera existir.

Entonces, las luces se apagaron. La tierra empezó a temblar.

Ubina estaba ciega, la arena la derribó y se golpeó con rudeza la cabeza. El suelo la movía como un niño mueve un juguete de madera, por el aire y por la mesa, ella se sostuvo, su mente le daba vueltas espirales y sus oídos se habían tapado en un estruendoso silbido.

Se detuvo, la luz había desaparecido Y Ubina se puso de pie, el impacto del temblor le provocó una amnesia selectiva. Ya no importaba el miedo al mar, ya no importaba el rezo a los dioses, ya no importaba la vergüenza por las acciones de Loum. Solo pensó en él, en su hijo y su seguridad.

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Se volteó y el horror la cegó una segunda vez, la choza se había derrumbado por el temblor. Ubina gritó en sus adentros, pero en la isleta solo había silencio. Permaneció unos segundos como una estatua, hasta que su cuerpo, por mero instinto, se abalanzó a la estructura en ruinas, comenzó a tirar escombros mientras gemía de dolor.

Allí lo encontró, Loum dormía con heridas por todo el cuerpo pequeño, estaba polvoriento igualmente, Ubina le tocó la cara, se sentía como si el infierno se le presentara en ese instante. Ella gritó su nombre muchas veces, pero Loum no despertó de su sueño, ella lo cargó y pegó sus ojos a su pecho de él, comenzó a correr. No veía nada, pero conocía la ruta de memoria para el pueblo, pensó en buscar ayuda.

Ubina entró al centro de Muraj, la cual se iluminaba con pequeñas fogatas a lo largo de los caminos de aquel espacio, el caos era tangible, las chozas, tiendas, estatuas pequeñas, incluso las calles habían sido destrozadas por el temblor. La gente, sin embargo, estaba en círculo, sostenida entre sí, Ubina se acercó con Loum en brazos, él seguía inconsciente, notó susurros melódicos alrededor de los pobladores que expandían el área al incluir nuevas personas.

Ella vio que, en el centro de aquella circunferencia viva y cantora, los sacerdotes de Muraj estaban de rodillas, con los rostros sobre el suelo. Frente a ellos, para horror de Ubina, había una pila de cuerpos, todos sin signos de vidas.

—¡Dioses del cielo, de la tierra y el mar! ¡Qué los sacrificados por la paz del pueblo sean de su agrado! —dijo un sacerdote

Entonces, otro de ellos se levantó, alzó sus manos al cielo sin luz y, de su ropa holgada y solemne, sacó un palo corto, rompió la circunferencia viva, quienes seguían cantando en un coro sumamente espiritual. El sacerdote cargó el palo sobre una fogata y el fuego se esparció al objeto.

Ubina lo supo, comenzó a retroceder, el sacerdote se medió al círculo y, después de gritar “¡Viva a los dioses!”, encendió los cuerpos de los muertos. La mujer no dudó, escapó corriendo hacia la playa, sin que nadie la notara por el éxtasis espiritual del sacrificio.

La mujer y su hijo llegaron a su casa derrumbada, Loum no despertó, Ubina entendió la razón y lloró amargamente. Se odió, pues no fue el mar, su amargo enemigo, el amor de su hijo, lo que lo había matado, sino ella misma por haberlo encerrado. Golpeó el suelo, se quebró sus extremidades, más el dolor físico era insignificante ante la pérdida de su amado niño.

Ella le acariciaba el rostro y miraba al ruidoso océano, éste se agitaba cada vez más. Ubina besó a Loum en todo su rostro y derramó sus lágrimas sobre él, estaba muerto, ella estaba muerta. El océano rugió en pleno funeral, la madre apartó los ojos y el miedo se disipó, la tristeza se esfumó, porque una ola gigante se volcaba a la vista lejana, se acercaba lentamente mientras crecía hasta tapar el cielo.

Ubina cargó a Loum, pegándolo a su pecho, se acercó a la marea que se alejaba, ella la perseguía con sus pasos desnudos. La ola gigante se aproximaba a Muraj, ella entendió que los dioses habían rechazado el sacrificio, venían por el alma de todos los lugareños, por sus pecados y desdichas. Ella se sentó y esperó, aguardó unos segundos mientras cerraba sus ojos y abrazaba el cadáver de Loum antes de ser aplastada por las aguas, de la misma forma que toda su familia había sido reclamada. En un instante, el océano se vació y, junto con él, la vida se esfumó en Muraj y en sus vecinas, sin reclamos ni súplicas.

Mientras tanto, doña Laura soltaba los restos del agua estancada de su cubeta en el patio de su casa. Había olvidado hacerlo en la mañana y, ahora que estaba oscuro, tomó el envase por la noche y lo arrojó con violencia sobre hierbas y flores marchitas, en espera de una vida. Ella estaba aburrida, sus hijas estaban de fiesta y aguardaba el momento de que ver la luz del sol para reclamarles por su falta de cuidado. “Deberían apreciar más la vida conmigo”, se decía ella en voz espiritual.

De pronto, la tierra comenzó a temblar. 

IMAGEN DE LA PORTADA: Pexels.

Diego Basulto Balam

Es un estudiante de la Licenciatura en Historia, de Mérida, Yucatán, México. Con 22 años, es un amante del café, la música ambiental y el escribir historiar y mundos que acompañen a los lectores a un mar de emociones, giros y experiencias nuevas. Ha publicado en diversas revistas nacionales, incluyendo Anapoyesis (El nuevo inframundo), Inéditos (Misión secreta), Anacronías (Visita esperada) o Tranvía Fronteriza (Canción frente al mar). A su vez, ha formado parte de múltiples antologías literarias, como “Si la arena hablara (Escinde), “Navidades Paralelas 2” (Lengua de Diablo), “Tiempos Rotos” (Palabra Herida) y “Ecos Sensibles” (ANIP Ciudad de México). Ha participado en el Congreso Interuniversitario de Estudios Literarios y Lingüísticos (CIELL), organizado por la Universidad Autónoma de Yucatán, como creador literario.

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