Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Desde el confín de la galaxia

gray alien mask with big black eyes

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José A. García relata un extraño encuentro con una criatura alienígena en su cocina, quien lo visita por ser considerado el ser más superfluo e inútil...

Como intento hacer de la sinceridad mi lema o mi modo de relacionarme con el resto de los seres bióticos y abióticos de la realidad, diré que las mañanas no son lo mío. Tampoco lo son las tardes, las noches blancas ni las oscuras, las más largas ni las más cortas, los días hábiles ni los inhábiles, los pares ni los impares, los idus ni las nonas, la última década, la anterior a esa, o la vida misma. Nada era lo mío. Mucho peor después de…. Sí, después de eso.

            Sabiendo que las mañana no son lo mío, no sorprenderé a nadie al decir que cuando abrí la puerta de la heladera en busca del queso parcialmente descremado, sin lactosa ni sabor, demoré bastante en comprender que el interior de la heladera había sido reemplazado por lo que parecía ser el estudio de filmación de una serie de televisión de ciencia ficción, una de esas como El Zorro del Cosmos, Los Tres Galácticos Chiflados, La Familia Adams visita el Sistema Solar o Bonanza en el Cinturón de Orión. Cualquiera de ellas, porque con el correr de los capítulos todas terminan siendo más o menos lo mismo.

            ―Saludos ―dijo una criatura que se parecía a una mezcla de Pitufo zombie, Tortuga Ninja y sobras pasadas del último fin de año ―. He venido a conocerlo luego de atravesar los confines más lejanos de la galaxia.

            ―¿Y cómo es que sabes hablar inglés? ―Ese y no otro era el problema al que quería darle una respuesta, porque se repetía en todas las series que mencioné y en tantas otras que ni siquiera recuerdo. Sin importar en qué mundo, universo, realidad alternativa o sueño alcohólico se encontraran, todos hablaban un mismo idioma y se entendían sin la menor dificultad, como si fuera posible entenderse uno mismo, mucho menos lo es cuando queremos entendernos los unos a los otros.

            ―Yo no hablo inglés, y usted tampoco.

            ―Ah, menos mal. ¿De casualidad no sabe dónde quedó el queso untable?

            ―Ahí ―señaló el segundo estante de la puerta que seguía abierta―. No debería dejar ese tipo de productos en ese espacio, porque se echa a perder muy rápido al perder el frío cada vez que se abre la puerta de este aparato tan deficiente en la conservación de la temperatura.

            ―Sí, sí, ya lo sé. Me lo dijo… ―ella, pero no se lo iba a decir a esa cosa.

            Tomé el pote de queso y cerré la puerta, pero de alguna manera la criatura logró salir hacia la cocina.

            ―Como le decía. He venido a conocerlo, soy…

            ―Un viajero que viene de lejos. Sí, sí.

            Busqué la tostadora y la conecté. Le señalé el aparato para saber si la criatura también quería una tostada, porque lo último que me faltaba es que luego anduviera por ahí contando que era un maleducado que ni siquiera le había ofrecido una tostada. Por suerte dijo que no, porque solo me quedaban dos rebanadas de pan de harina integral sin tacc.

            ―A conocerlo ―dijo―. A usted. A eso he venido.

            ―¿Por qué?

            ―Porque quería conocerlo ―dijo la criatura un tanto confundida―, acabo de decírselo.

            ―Me refiero a porqué quería conocerme.

            ―Usted es… creo que la palabra que mejor lo describe en sus términos habituales es “famoso” allí de dónde vengo.

            ―En los confines más lejanos de la galaxia, supongo.

            ―Sí, bueno, en realidad es un poco más lejos que eso, pero sí.

            ―¿Muy famoso?

            ―Es el ser más famoso de la creación.

            Como no aclaró nada más, me preparé el café descafeinado con leche deslactosada y una pizca de azúcar sin glucosa tal y como hacía cada mañana. Al pan de harina integral sin tacc ya tostado lo unté con el queso parcialmente descremado, sin lactosa ni sabor. Un desayuno de campeones, tal vez porque el café estaba tan asqueroso como siempre y porque la tostada tenía el mismo sabor que un trozo de telgopor, era lo ideal para comenzar el día sin energías

Volví a mirar a la criatura que parecía un personaje mal diseñado de una serie de dibujos animados o una de esas pesadas marionetas tamaño mediano dentro de las cuales suele haber una persona para darle movimiento. Imaginé el calor que estaría sufriendo allí dentro y cómo le quedaría el cuerpo luego de tantas horas de encierro.

―¿Me dirá por qué soy famoso o tendré que adivinarlo?

―Oh, sí, se lo diré. Las noticias no han llegado a la Tierra aún ―dijo buscando en su cinturón un aparato que parecía un discman de la década de 1990 con luces led y antishock, y comenzó a recitar―. El Concilio Universal de todos los seres de la creación ha realizado una encuesta para saber cuál de entre los seres existentes en este momento del universo es el más superfluo e inútil de todos. Aquel ser que podría ser suprimido sin que la continuidad espacio-temporal se viera afectada en forma alguna ni se correría el riesgo de generar una entropía catastrófica que acabara con la realidad y…

―Déjame adivinar. Vino hasta aquí a visitarme, a conocerme, porque… ¿Soy el ser más superfluo e inútil de la realidad?

La expresión de contrariedad de la máscara con la que sin dudas ocultaba su rostro la persona que se encontraba dentro de aquella marioneta, no tuvo comparación. Tendría que felicitar a los encargados de su realización, más que nada para lograr que los seis ojos de la criatura parpadearan por pares intercalados en perfecta sincronía. Sé que eso es un trabajo de programación bastante difícil.

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―Al contrario ―dijo luego de un tiempo de silencio en el que pareció buscar las palabras adecuadas para continuar―. Usted no ganó.

―Ah, ¿no?

―No. Y es por esa razón que vine a visitarlo, a conocerlo, al ser más famoso de este momento del universo.

―Pero si me está diciendo que no gané ese concurso, encuesta o lo que haya sido. Quien sí lo haya hecho es quien debería de ser el más famoso.

―Y lo es, sí. No tenga dudas de eso. Pero nunca será más famoso que aquel ser al momento de realizarse la encuesta para saber cuál de entre todos los seres existentes en este momento del universo es el más superfluo e inútil fue descalificado precisamente por inútil. ¿Me permite?

Del mismo cinturón sacó otro aparato que sin dudas sería una cámara de fotos polaroid y tomó varias instantáneas ―incluso una sosteniendo el pote de queso parcialmente descremado, sin lactosa ni sabor y, creo, sonriendo―. Esperó un par de minutos y me dio una de las fotos mientras guardaba las restantes en otro compartimiento de su cinturón. Me agradeció palmeándome la espalda con sus cuatro manos de pulgares oponibles antes de introducirse nuevamente en la heladera exultante de alegría y cerrando la puerta tras de sí. Inmediatamente volví a abrir la heladera y comprobé que todo había vuelto a su lugar, incluso el pote de queso parcialmente descremado, sin lactosa ni sabor. Con esa seguridad, regresé al café que ahora, además de asqueroso, también estaba frío.

José A. García

Escritor, guionista de historietas, blogger, fotógrafo ocasional, procrastinador profesional, profesor de historia. Participa en diferentes publicaciones independientes de Argentina, Costa Rica, Cuba, Ecuador, España, México, Venezuela, entre otros países, con cuentos, artículos e historietas realizadas con diferentes dibujantes.

Publicó el libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde (2014) con Textosintrusos; El último pueblo al costado del camino con Omicron Books (2023). Y los libros de historietas: Cómo armar tu primer CV (2012) y La sombra de Franco Salvatierra (2013) con la Editorial Noviembre.

Cree fervientemente que el conocimiento se demuestra haciendo y no acumulando diplomas, premios y menciones que simulan condecoraciones o títulos de noblez

Página web personal: http://www.proyectoazucar.com.ar

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