Vlad Martínez Cruz
A. El Niño Azul
—Pero ¿qué tiene de valioso un maldito muñeco de ventrílocuo? —inquirió Vish Gorga, encajado entre dos polis en el asiento frontal de una patrulla—. ¿Y por qué me eligieron para recuperarlo? El mundo es ancho, caballeros: de seguro podrían agenciarse los servicios de otro idiota, acaso más dócil.
El teniente Bondarenko, apoltronado a su diestra, era un eslavo obeso con belfos de bulldog. Este le hizo un gesto aplacador al pasajero y dijo:
—Ah, khoroshó. El muñeco es en realidad un cadáver, el cuerpo embalsamado de un enano que un payaso célebre empleaba en su show infantil durante la era de la televisión. Tras el suicidio del cómico, lo adquirió un productor hollywoodense. Unos pigmeos que trabajaban en su búnker de Beverly Pits quedaron deslumbrados con el artilugio y le asignaron estatus de reliquia sagrada. No se les ocurrió nada más brillante que trasladarlo en secreto a las ruinas de Eridania, la expo fallida de urbanismo interplanetario, para edificarle un santuario. Esto confesó uno de los raptores, luego de abandonar al cómplice y su presa y volver a Los Ángeles en un monopatín propulsado por nitrometano. Fue una separación endiabladamente repentina, ¡tak! Pero desconozco la causa. Quizás el escondrijo no resultó de su agrado y punto.
—Eridania es un vertedero infame —sentenció Jigger, el conductor afroamericano. Sus ojos biónicos parecían dos anillos de neón violeta suspendidos en la penumbra—. Igual de insalubre que cierto borrón en el mapa, un tal Parque Pralaya, hecho a medida para vagos y gusanos.
—Oye, Jig, ¡no te burles de mi humilde morada! —protestó Vish—. Este viaje es una farsa o, peor aún, ¡un plagio descarado! Mejor hablemos claro: ¿cuál será mi ganancia si consigo el trasto? Y ustedes, ¿qué obtendrán por esta evasión de sus deberes?
—Lo primero: no le informaremos al mando militar de la Hegemonía Corporativa Californiana que fundaste un motel para organismos alienígenas sin autorización oficial. Tenemos grabaciones de videosonda que lo demuestran, mi buen golovastik —canturreó Bondarenko—. Oh, casi lo olvidaba: el fiscal de distrito tampoco se enterará de tus trapicheos con la mafia. Debieron pagarte muy bien por ocultar sus víctimas en los tractos digestivos de tus pensionistas, ¿tak? En cuanto a lo segundo: el propietario del muñeco, al que llama «Niño Azul» y que nos pidió recuperar intacto, se anticipó a retribuir nuestra colaboración con papeles secundarios en su holoserie Gorilas en la Línea de Fuego. Ni siquiera nuestros superiores sueñan con semejante privilegio, ¡ja, ja!
—Por lo demás, no tenemos tiempo para búsquedas —terció Jigger—. Hoy debemos asistir a una prueba de maquillaje. ¡El estrellato es demandante, recluta!
Cuando ya despuntaba en el desierto el perfil de Eridania, acorazado por murallas y torreones, Gorga lanzó un suspiro y dijo:
—No me costearán el autobús de regreso, ¿o sí?
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B. Tierra de nadie
En franco antagonismo con las impresiones iniciales, el cruce de la barrera (un plano inclinado de láminas corrugadas) no fue difícil, aunque precisaba de un escalador liviano. Esto explicaba, al menos en parte, el rechazo de los polis a asumir el desafío. Las hamburguesas de cordero clónico mantenían turgente la panza de Bondarenko. Y de Jigger no podía esperarse mucho: si bien sus modificaciones neuromecánicas le daban ventaja en combates singulares, su afán por lucir impecable a toda costa lo espoleaba a obviar esfuerzos superfluos.
Ya instalado en la ronda que circuía Eridania, Vish dio lumbre al enésimo cigarrillo de la jornada y humeó en la dirección aproximada de Épsilon Cassiopeiae, astro natal de sus huéspedes clandestinos. Luego emprendió la marcha con una calma cercana al desgano. Sus gafas oscuras de estilo Lennon chispeaban al crepúsculo.
La meta de su peregrinaje era el Museo de las Tormentas. Allí, en una salita adyacente, aguardaba el Niño.
La ciudad era pequeña y anárquica. Consistía en racimos de burbujas traslúcidas, elaboradas con cerámica blanda y plásticos de ingeniería avanzada. Las escasas construcciones elevadas, de diseño piramidal, poseían cantones redondeados. A la mayoría las enlazaban galerías tubulares y pistas aéreas para go-carts. En los niveles inferiores, la hierba recubría un pavimento de concreto ureico.
Gorga se detuvo y empezó a rascarse con un frenesí exquisito. Abarcó de un vistazo las fachadas impávidas y dijo:
—¡Vaya fiasco! El primer ensayo de capital marciana, reducido a nido de ratas.
La alusión a los roedores lo abrumó de cólera: ¡había cedido a un chantaje! Quiso autopatearse, pero en el fondo no consentía tales desplantes. De no ser por aquella pesquisa —pensó—, estaría pintando en perfecta privacidad el carrusel menos decrépito de su parque de diversiones, antigua sede de un culto apocalíptico y tan inerte como la propia Eridania.
Súbitamente aquejado de añoranza, contuvo la respiración. Hizo acopio de brío mitocondrial según la didáctica transmitida por los lamas preadamitas de Lomar y apretó los párpados hasta perder cualquier noción de fronteras somáticas. Un círculo de luz magenta, danzante, se abrió ante su pupila interior.
—Chicos —suplicó a sus amigos foráneos, con los que mantenía una conexión telepática variable—: a partir de hoy, si algún polizonte entra en casa para fisgar, tráguenselo sin hacer preguntas, ¿eh?
Le respondió un bisbiseo sináptico:
—La carne humana está sobrevalorada, Vishnu: apenas cumple con nuestros estándares de seguridad alimentaria. ¿Por qué no adoptas un perro guardián? Podríamos enseñarle algunos trucos evolutivos, como lo hicimos contigo…
—De acuerdo, sabandijas engreídas: ¡PÚDRANSE! —gritó el hombre. Un coro de risitas rebotó en su cráneo al tiempo que el vínculo se esfumaba.
Su ruta derivó hacia una plaza rebosante de palmeras postizas. En las esquinas se levantaban atriles de cuarzo sensitivo. Vish eligió uno y tamborileó encima.
—Bienvenido. ¿Cómo le ayudo? —dijo el sistema neural de la ciudad.
—Proyéctame un croquis holográfico con la ubicación del Museo de las Tormentas.
—El Museo está delante de usted.
Se trataba de un estadio helicoidal que simulaba una masa de paredes en rotación perpetua. Cada tabique chirriaba sobre su pivote al soplo de la brisa. Gorga se encogió de hombros, dijo adiós y corrió hacia la doble puerta de plexiglás.
—Sea precavido —murmuró el sistema—. Hay escasez de proteínas en la zona…
El visitante no lo oyó: ya cruzaba el umbral del Museo.

C. De monstruos y prodigios
Sin embargo, frenó de sopetón: un sujeto albino, calvo y carilargo venía a su encuentro. Portaba una chaqueta amarilla, camisa hawaiana y zapatillas de tenis rojas. Unas bermudas de color caqui envolvían sus piernas flacas. Parecía un Hare Krishna perseguido por las Furias.
Vish se carcajeó: no era más que su reflejo en los ventanales del lobby.
El brote de alergia, acompañado de estornudos y urticaria, persistía. ¿Qué clase de gérmenes podía causarlo? Gorga engulló un corticoide mientras avanzaba entre efigies estereoscópicas de tornados y paisajes sumidos en cúmulos de polvo. Había también holoplacas de colonos muertos, con los vientres abiertos por la descompresión, y mosaicos flotantes que ilustraban estampidas de ganado modificado en llanuras devastadas por embudos cimbrantes. La voz fría del sistema pontificaba así desde los parlantes:
—La mayoría de los refugios superficiales no resiste el ímpetu de algunos vientos marcianos, en especial cuando se fusionan para producir tormentas globales.
—Gracias, es muy alentador —gruñó el recién llegado.
Siguiendo las instrucciones de Bondarenko, localizó un acceso secundario que lo sumió en una caverna artificial, sombría y apestosa. Sus suelas aplastaron una materia frágil. Sacó el mechero: al claror del butano atisbó una alfombra de huesos que crecía como una marea silente.
—¿Qué es esto? ¿Un cementerio de conejos?
El sistema retomó su parloteo:
—En Marte, los modelos meteorológicos promedio registran vendavales de hasta 96,56 kilómetros por hora, comparables a ciertos huracanes terrestres. La interacción de masas gaseosas electrificadas tiende a provocar la aparición ocasional de rachas todavía más veloces. Ah, ¡pero en una hipotética competencia, ninguna superaría en rapidez al Felis eridaniensis, máximo eslabón en la cadena alimenticia de Eridania! ¿Desea que le muestre un ejemplar vivo, apreciable usuario?
Un convoy de icebergs remontó las arterias del hombre. Sintió que el piso temblaba. Por un instante vaciló entre culminar su misión o fugarse sin mirar atrás. La vibración se transformó en un gruñido profundo.
—De modo que al fin te atrapó la Parca, ¿eh, Vishnu? —cantó un orfeón chacotero en la sesera del aludido—. ¿Vas a confiarnos la redacción de tu epitafio?
—Maldita la gracia que me hacen, ostiones —jadeó el paliducho—. ¿Pueden ayudarme, o me doy por perdido?
—La distancia plantea algunas complicaciones energéticas, pero lo intentaremos. Primero vuélvete a la izquierda. ¡Despacio!
Vish obedeció y supo que estaba de suerte. Tenía a su alcance lo poco que quedaba de un liliputiense auténtico, caído entre los esqueletos. Sus bracitos aferraban un muñeco azul vestido de esmoquin. Aturdido, Vish se apropió del Niño.
—Ahora, socio, da un giro de 180° —le dijeron.
Al hacerlo, Gorga confrontó el vero fastigio de todas sus pesadillas: una quimera que combinaba el guepardo, la mosca de la fruta y el mandril a partes desiguales. Su peso descansaba en seis patas traseras. Mientras su crisma gatuna rozaba el techo, un cuarteto de garfios arañaba con avidez el aire estancado de la cueva. Sus hileras de colmillos oscilaban en patrones concéntricos que seducían la mirada.
—Originalmente concebidos por la corporación Monsalvus como armamento disuasorio —explicó el sistema—, los mutantes de clase Felis demostraron ser una pésima inversión: se negaban a seguir órdenes. Un día rompieron su tanque de contención e invadieron barrios enteros. Al no haber consenso sobre la manera de suprimirlos con discreción, se determinó evacuar al personal y enviar drones que esparcieran agentes bacteriales. La horda fue diezmada de forma gradual. El espécimen aquí presente es el único que subsiste, quizás por inmunización espontánea.
—Benditos moluscos del espacio exterior: ¡SÁLVENME! —gimió Vish, escudado tras el juguete.
Justo cuando el Felis saltaba sobre su botín, un flujo de ozono hizo crepitar cada rincón. Los relojes cesaron de andar. Como algo surgido de otra realidad, un aro de luz magenta se situó entre el albino y la bestia e incrementó su diámetro hasta estirar los confines del recinto en un despliegue metamórfico. Glóbulos ígneos constelaron la piel del atacante. Sonó un estallido afín al de un globo climático, seguido de rumores líquidos. Vish aguardó una eternidad antes de animarse a despegar las pestañas. Se descubrió bañado en sangre y carnaza humeante.
—¡Uf! Les debo una, chicos —dijo.
—Más te vale —sisearon sus inquilinos—. Esto requirió un gasto mayúsculo de potencia. Resultado: uno de nuestros vástagos espichó. ¡Tendremos que asimilarlo!
—Buen provecho —respondió Gorga mientras enfilaba hacia la salida con las rodillas tullidas por el pánico sobrante—. Yo me largo. ¡Apuesto a que aún puedo conseguir aventón en la Interestatal!
—Disculpa, Vishnu, pero tus perspectivas carecen de realismo. ¡Nadie que atraviese el desierto se detiene a recoger vagabundos embadurnados en jugos ajenos!
IMAGEN DE LA PORTADA: CHATGPT

Vlad Martínez Cruz
(El Salvador, 1970). Creativo publicitario en sus ratos libres, expoeta, cinéfilo sin complejos. Ha publicado cuentos en las revistas Anapóyesis: Literatura, Arte y Cultura, Teoría Ómicron, Penumbria, Alas de Cuervo, Planetas Prohibidos y El Axioma. Mención honorífica en el 1.er Premio Internacional de Cuento Breve de Ciencia Ficción «Construcción de Universos Posibles» (Anapóyesis, 2023). Participante en las antologías Unicornios Decapitados (Editorial Solaris, Uruguay, 2023), Triskaidekafobia: Trece Años de Mala Suerte (Editorial Lengua de Diablo, 2024) y Mundos Posibles / Primer Premio Internacional de Cuento Breve de Ciencia Ficción «Construcción de Universos Posibles» (Anapóyesis, 2024).







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