CRONISTAS ÓMICRON: Misión Cerouno

Pablo Lara

A mis sobrinos, Nico, Feli y Dome. Gracias por toda su imaginación y cariño.

Cuatro
—Fuerza. Tienes que ser fuerte. —pensó Cerouno mientras el biomaterial ingresaba por las fisuras de la puerta de acceso de la nave comando, corroyéndola desde adentro. El experimento de contacto había fracasado.

¿Cómo se supone que uno puede agradar a un dios de la destrucción?

—Venimos en son de paz —improvisó.

Quiso mostrarse firme, convincente, pero un quiebre inoportuno de su voz delató su inseguridad. La respuesta fue solo la indiferencia. El deterioro de la escotilla se aceleró.

Mientras se ocultaban tras los controles de la sala de mando, la voz de WAN, el pequeño asistente robótico, intentó tranquilizarla.

—La entidad ha escaneado el setenta por ciento de las cubiertas del propulsor.

—¿Alguna modificación importante? —preguntó la piloto.

—Ninguna —respondió WAN, sin inmutarse—. El Arca y las cámaras de hibernación permanecen sin alteraciones.

—Entonces fue algo aquí —murmuró Cerouno—. Algo de este módulo fue lo que llamó su atención.

Bajó la mirada y respiró hondo. Iba a ordenar una nueva maniobra cuando WAN se adelantó:

—Puedo preparar alternativas de comunicación no verbal para un segundo intento de contacto— informó WAN—O si prefieres, podría despertar al resto de los colonos ahora mismo.

—No. Eso solo lo complicaría aún más —dijo Cerouno, consciente de que tantos años de preparación tendrían sentido en aquel preciso instante.

Cinco

A primera vista, la nave parecía insignificante, una simple mota de polvo frente a la inmensidad que se alzaba entre ella y Joum, el planeta señalado como el posible nuevo refugio de la humanidad. Durante décadas, muchas otras naves intentaron alcanzar su órbita, pero la descomunal anomalía gaseosa, con su impávida y silenciosa fosforescencia, había bloqueado siempre su camino.

En Base-Hogar, nadie pronunciaba su nombre sin sentir un nudo en el estómago durante el entrenamiento. Y no era para menos. Los astrónomos que observaron por primera vez aquella barrera cósmica acertaron al bautizarla como Ammit, el engendro voraz escapado de antiguas tradiciones, aquel que devoraba a los indignos.

—Así que era a esta criatura a la que tuvieron que enfrentarse —dijo Cerouno, mientras se parapetaba detrás de los controles de navegación.

WAN consultó sus bancos de memoria y tuvo que coincidir con la muchacha. Todas las expediciones que se habían acercado demasiado a Ammit habían cortado comunicación de manera abrupta; literalmente se habían esfumado. Ahora conocían de primera mano la razón de este misterio.
—Podríamos activar un protocolo defensivo—sugirió entonces el robot zoomorfo, que se esforzaba por ser útil en cada una de sus sugerencias.

Cerouno estuvo a punto de aceptar, pero algo la detuvo. Todas las misiones previas hacia Joum habían seguido el mismo patrón: despliegue militar y mucho armamento avanzado. El resultado también había sido siempre el mismo: desaparición total en el espacio.

¿Y si este fuera el momento de actuar desde un enfoque diferente?

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Seis

—Cinco minutos para la vulneración completa del perímetro —anunció WAN, tras procesar los últimos datos registrados.

En ese punto ya no quedaban dudas: Ammit era consciente de sí mismo. Ese era el detalle que todos habían ignorado. Tras el experimento fallido por entablar comunicación, el ser había concentrado toda su atención en controlar el biomaterial de la nave. Los desechos vegetales y el compost generado por las colecciones botánicas del Arca se movían, se reorganizaban y respondían a una voluntad ajena a los intereses humanos.

—Un minuto para la vulneración…

—Sí, ya te entendí —interrumpió Cerouno—. Prepárate. Cada vez estoy más convencida de que esta cosa viene por nosotros.

La escotilla cayó con un estruendo que repicó dolorosamente sobre el suelo metálico.

Desde la zona de carga, una masa vegetal comenzó a arremolinarse. Raíces, fibras y restos orgánicos se elevaron y se compactaron hasta formar una silueta vertical. A tientas, la figura buscó con torpeza la mirada de Cerouno y de su acompañante. Tras un instante interminable de contemplación, el enjambre de plantas adoptó un remedo de forma humana: un torso mal definido, extremidades protuberantes, una cabeza apenas sugerida y, en el lugar donde debería haber habido un rostro, la apertura de un único ojo triangular, atravesado por una pupila rudimentaria.

Cerouno volvió a sentir la presión en la garganta justo cuando la figura avanzó hacia ellos.

Uno

Thropos-09 era una de las tantas estaciones espaciales que giraban sobre sí mismas en algún punto remoto de la galaxia. Sus habitantes, sin embargo, la llamaban simplemente Base-Hogar. No era de las más grandes, pero sí una de las pocas que todavía funcionaba con regularidad y aun así, su avanzada tecnología no lograba ocultar una verdad difícil de aceptar: no era más que una copia incompleta de un mundo perdido.

Los registros hablaban de un planeta azul, cubierto por montañas, ríos, océanos y bosques, donde la vida se multiplicaba en formas innumerables. Ahora, tras siglos de adaptación, los seres humanos habían aprendido a sobrevivir en un entorno hostil, sin conocer la caricia del pasto bajo los pies ni el vaivén de las estaciones. El colapso planetario ocurrió como consecuencia de una serie de pequeñas, pero discutibles, decisiones: consumo irresponsable de los recursos, tecnologías sin regulación, energía tratada como si nunca se pudiera agotar. El agua solo fue valorada cuando comenzó a desaparecer.

Cerouno y todos los de su generación habían sido educados con un único propósito: encontrar, a como diera lugar, un mundo que replicara las condiciones del antiguo planeta Tierra.

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Dos

En la disciplinada realidad de Base-Hogar, incluso los nombres eran considerados un exceso. El código completo de identificación de Cerouno era 52021201; tan solo comenzó a utilizar sus últimos dígitos cuando fue seleccionada como piloto para la última expedición de búsqueda. Sobre ella recaía la responsabilidad de guiar la nave SPE-S, junto con todo su cargamento: cuerpos humanos en hibernación —exploradores, médicos y especialistas—, así como reservas de alimentos y diversas colecciones científicas.

La experiencia acumulada tras tantos intentos fallidos permitió que Cerouno fuera elegida por su capacidad para adaptarse y aprender sobre la marcha. Dada su apariencia frágil y la naturaleza extrema de la misión, la educación recibida de su padre, encargado de los archivos históricos, resultó fundamental.

Tras el despegue de la nave, procedió a activar al asistente que la acompañaría durante aquellos cinco años de misión. Desde la gran catástrofe, el uso de unidades de apoyo se simplificó, volviéndose aún más eficiente. Ya no se necesitaban toneladas de agua para su enfriamiento; bastaba con saber aprovechar el frío oportuno del espacio.

Aunque estaba acostumbrada al uso de consciencias artificiales, no dejó de llamarle la atención la forma arcaica otorgada al modelo físico de WAN: cuatro patas, orejas y una cola bamboleante. Nada en su formación la preparó para aquello: nunca había interactuado con un perro real en toda su vida.

Tres

—¿Deseas aprender más acerca de las antiguas formas de vida de la Tierra?

—Sí. Dame más información sobre la fauna y su comportamiento.

—Los animales fueron las primeras formas de vida sentiente con las que la humanidad compartió su mundo, y también las primeras en ser incomprendidas. Los seres humanos mantuvieron siempre la mirada puesta más allá de su propio planeta, obsesionados con encontrar algún rastro de inteligencia extraterrestre.

Habían compartido tanto tiempo—y tantas lecturas—juntos y, aun así, a Cerouno le parecía que WAN era intencionalmente arcaico, no solo en su forma, sino también en ciertas palabras que arrastraba desde programaciones mucho más antiguas. Extraterrestre era una de ellas. Más allá de la diminuta perspectiva humana, todo el cosmos era, en esencia, extraterrestre y siempre había mostrado poco interés por los problemas y cavilaciones de tan insignificantes criaturas.

El universo real, de hecho, se parecía muy poco a como los antiguos lo habían imaginado. No había ruido de grandes explosiones, ni haces de luz, ni mares de hipervelocidad. Durante el último lustro, la SPE-S había avanzado en silencio, y las estrellas habían permanecido quietas, reducidas a manchas distantes y constelaciones borrosas. Hasta que la franja luminosa de la anomalía de Ammit ocupó la totalidad del visor de navegación.

¿Qué era Ammit en realidad? ¿También sentía dentro de sí el silencio insondable que lo rodeaba? Era una inquietud que, de haber estado allí, a su padre también le habría gustado responder. Cerouno decidió seguir su intuición y dio inicio al experimento de contacto a través de la radiofrecuencia.

Siete

La nave comando estaba en silencio. La tripulación dormía mientras WAN y ella intentaban comprender lo indescifrable y frente a ellos, Ammit. Cerouno lo pensó justo cuando la distancia entre ambos se redujo a la nada. La criatura avanzaba sobre sus nuevas piernas, una mezcla de musgo, raíces y biomaterial.

Ammit los observaba con curiosidad. Tras siglos de intentos truncos por incomodarlo, algo había logrado captar su atención. No parecía mirarlos como individuos, sino como configuraciones: gestos, ritmos y vínculos. Su mirada se detenía en cada detalle, intensa y paciente.

La intuición se confirmó cuando la figura humanoide alargó de forma desproporcionada uno de sus brazos hasta tocar el suelo y formar un segundo remolino, más pequeño, girando con un movimiento hipnótico. Cerouno lo comprendió entonces: aquello no era una imitación exacta, sino una traducción imperfecta de lo que observaba. Al mover ella el brazo, Ammit repitió el gesto al instante.

Pero no era a ella a quien miraba con mayor atención: Era la relación entre WAN y la muchacha. Sin apartar la vista del ser, Cerouno ordenó: —Tengo una idea. Vas a seguirme la corriente… Empieza a ladrar.

WAN vaciló un instante. Tras un breve crepitar interno, obedeció. Un sonido torpe y rítmico resonó en la sala. Ammit parpadeó, y Cerouno supo que esa era la clave: no mostrar fuerza, ni cálculo, sino algo más ancestral. Un gesto de cuidado, casi lúdico, que su especie había olvidado y ahora intentaba reaprender.

Cerouno acarició la cabeza de WAN y Ammit se unió al gesto. Primero tocó la copia informe, luego al robot real y, tras una breve pausa, también a ella. La caricia fue insegura, torpe, inesperada.

Y, aun así, fue suficiente. Era un modo extraño —y honesto— de reconocerse por primera vez.

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Ocho

Ammit hasta ahora solo había visto de la humanidad su rostro más beligerante y su veredicto había sido igual de duro. Ahora parecía haber llegado a una conclusión distinta. Tal vez por eso dejó de cumplir su implacable rol de guardián y, tras desaparecer como barrera, les permitió su avance.

Mientras eran tragados por la anomalía, la realidad comenzó a distorsionarse, alterando el espacio-tiempo. Modificando y recolocando caóticamente el orden de las palabras y los tiempos.  Cuando emergieron, las constelaciones ya no eran las mismas:  un nuevo cielo y una nueva tierra se mostraban, al fin, ante sus ojos.

Nueve

El descenso fue suave. El aire contenía oxígeno y la joven sintió algo hermoso cuando el nuevo sol apareció por el horizonte. Ahora que, después de tantas pruebas, estaba completamente segura de su llegada a Joum, dio la orden para que comenzara el lento y automatizado despertar de los colonos.

Bajaron por la rampa de la nave. La muchacha se sostuvo de la barandilla por el cambio de gravedad y, finalmente, pudo contemplar la nave y su enorme Arca desde el exterior, tal como la había visto por primera vez cinco años atrás. Volvió a leer su código y una esperanza nueva la invadió. Continuó descendiendo por la escalinata, donde aún sobresalían algunas plantas y restos de biomaterial, ahora completamente libres de la influencia de aquello que las había poseído.

—Todo esto es tan hermoso que me cuesta creer que sea real —dijo ella, con voz apenas audible.

—Si este desenlace te resulta poco convincente, puedo configurar la holocubierta para generar un escenario alternativo —respondió WAN—. Algo con mayor densidad tecnológica, al estilo de Asimov, o uno más íntimo y emocional, como en los relatos de Bradbury…

—No estoy para bromas, WAN. Y menos en un momento como este —replicó ella, con una mirada severa dirigida al travieso mecanismo.

—Lo siento. Me dejé llevar por la costumbre —fue lo único que recibió como respuesta.

Para superar aquel sobresalto involuntario, se dejó llevar por las sensaciones primarias que la atravesaban. Una emoción poderosa y, hasta entonces, desconocida la invadió: el peso real del cuerpo al caminar, el aire puro llenando sus pulmones, una llovizna suave sobre su rostro. Todo era nuevo y, al mismo tiempo, profundamente mágico. El suelo crujía bajo sus pies; se sentía tan real que se arrodilló y luego se recostó maravillada, mirando al cielo.

WAN se acercó, juguetón, y ella lo envolvió con un enérgico abrazo. Al tenerlo tan cerca pudo leer con detalle el código de fabricación del antiguo robot: una retahíla de letras, cifras y guiones. Ya no tenía importancia. Ella sabía cuánto habían compartido juntos y con eso era suficiente.

Fue entonces cuando advirtió lo extraño que resultaba nombrarlo todo mediante códigos, incluso su propio nombre. Se detuvo, reflexionó, y la calidez del nuevo día le devolvió un susurro casi olvidado.

—Caroluna. Así me llamaba mi padre cuando era niña. O Carolina… Coralina… Hizo un esfuerzo por recordar, pero la fuerza del afecto era mayor que el de las palabras.

WAN inclinó la cabeza. —Si deseas podemos actualizar el registro ahora mismo.

—No, ya llegará la ocasión más adecuada —respondió— Por ahora, creo que es justo que nos concedamos un descanso.

—Perfecto, entraré en modo de ahorro de energía a partir de este punto. WAN a la espera.

La piloto se incorporó y regresó a la nave con el robot entre sus brazos. Necesitaba dormir, necesitaba de sueño real para enfrentarse a todo el mundo de oportunidades que tenían por delante, pero antes debía reportar a Base-Hogar todo lo vivido.
Muy pronto, este planeta recibiría a sus nuevos habitantes y todos tendrían que ser fuertes, sobre todo para aprender a habitarlo sin causarle mayor daño y, de esa forma, evitar que las viejas historias ocurrieran una vez más.

Sin duda, mañana sería un hermoso día.

IMAGEN DE LA PORTADA: CHATGPT

Pablo Lara

Nací en Quito y amo contar historias a través de palabras e imágenes. Disfruto de la literatura, la investigación, el paleoarte y la ciencia ficción, territorios donde la imaginación y el conocimiento se entrelazan.

Hace más de veinte años, junto a amigos y colegas, fundamos Girándula, un espacio que ha acompañado mi camino creativo. He publicado varios libros de literatura infantil y, gracias a mi pasión por los dinosaurios, he tenido la oportunidad de exponer mi trabajo gráfico en países como Estados Unidos, Argentina, Perú, Chile, Colombia y Bolivia.

Esta mixtura de pasiones nació en mi infancia, alimentada por las obras de George Lucas, Arthur P. Jacobs y Stanley Kubrick. Pero, sobre todo, por las historias de Ray Bradbury, Isaac Asimov y Arthur C. Clarke, que marcaron profundamente mi imaginación y orientaron mi forma de mirar y narrar el mundo.

Y, en medio de todo esto, hay una certeza íntima que prefiero que sea la que realmente me defina: la sonrisa de Emily, mi pequeña nieta.

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