CRONISTAS ÓMICRON: El vampiro espacial

Andrés Ramón Llull

I

El cadáver yace en la cama, los ojos saltones fuera de las órbitas, la boca con una mueca desencajada, en la piel un color grisáceo y un pestilente olor a ceniza. Natasha le echa un vistazo aterrorizada, sentada lánguida en el suelo; la envuelve una manta color ocre, con los brazos alrededor de las rodillas, su pelo rubio rizado que le cae sobre la espalda está revuelto, y la cabeza gacha. ¡Maldita sea! Otra vez había vuelto a pasar, no había podido dominarse. Los impulsos de la potente adicción que tenía por la energía vital de los humanos eran incontrolables.

La habitación, con hedor a humedad que se filtra a través de los aparatos de aire acondicionado, está poco iluminada, con dos fluorescentes en el techo que parpadean y emiten un zumbido constante y molesto. Hay desorden: la ropa se amontona encima de las sillas, los platos y cubiertos de cocina sucios aún están encima de la mesa por recoger, el portátil está apagado y con la pantalla quebrada, como un espejo roto que provocara mala suerte, y una cadena de plata de peces engarzados reposa en el suelo. Un gato negro como la brea, llamado Plutón, la observa con su único ojo; este centellea lleno de odio, y en ese momento emite un bufido y desaparece al infierno de donde se había escapado por una de sus puertas.

Desconsolada, intentando evadirse en el valle del tiempo, Natasha da una ojeada al anillo fundido del material con el que están realizados los sueños, con el grabado del planeta Ramsés, y caen lágrimas por sus mejillas como gotas en una tempestad. El dolor emocional es intenso, la expresión de su rostro es melancólica, la culpa le hace encoger el estómago, su boca pequeña, torcida en un gesto de contrariedad, está adornada con un antojo en su lado izquierdo, la respiración es entrecortada y un nudo aprieta su garganta.

Se pregunta si, ante la culpa que se le clava al igual que un puñal en el corazón, hay alguna penitencia que posibilite una redención; su anhelo es un indulto ante sus crímenes y volver a ser humana para llevar una vida normal. La cárcel donde cumple condena su alma, de barrotes de acero y con cadenas de gruesos grilletes, la asfixia hasta el desgarro interior. ¡Maldita sea! ¿Podrá escapar algún día?

Había conocido a aquel hombre que podría ser su padre por la edad unas horas antes, en el bar de la estación espacial. Era alrededor de la medianoche, el local estaba en ebullición, había un murmullo constante y hacía tufo a cerveza tostada del planeta Pacífica. Ella estaba en la barra y él había establecido contacto visual desde la otra punta; su mirada mordía el cuerpo de ella. Era un caradura y un sinvergüenza, se había acercado al poco rato a hablar con ella con el morro rojo, sus dedos jugaban con una cadena de plata de peces engarzados alrededor del cuello. Cuando, por fin, se sentó codo con codo a su lado, la miraba con vicio y sus ojos recorrían su cuerpo de abajo arriba; estaba borracho y de su boca manaba un hilillo de saliva que lo hacía repugnante, sonreía con lascivia y se veía una fila de dientes manchados de sarro. Tenía un piercing septum en el narigón que iba entre las dos fosas nasales y un tatuaje de una lágrima cayendo del ojo derecho. Él mostraba esa cara oculta que tienen todas las lunas. Después de varias insinuaciones y de haber palpado su muslo con su mano, la había invitado a una copa de vino en su apartamento.

II

En ese mar salpicado de estrellas que es el firmamento, Jessica, con el rostro fruncido, da una ojeada, llena de rabia, al anillo fundido del material con el que están realizados los sueños, con el grabado del planeta Ramsés, y después a la foto en su comunicador de su amado Antonio. Se estremeció, pero enseguida recompuso el rostro; echó una cortina sobre su alma y aisló sus emociones de su consciencia. Un pensamiento cruza su mente como un cohete: «Nunca más». La expresión de su cara está llena de rencor y su sed necesita ser saciada con el néctar de la venganza. Va camino de la estación espacial Kali, que orbita como un satélite alrededor del planeta Vesubio, afectado por una pandemia de peste roja que lo tiene en cuarentena. El príncipe Próspero se ha refugiado en una de sus abadías fortificadas, de siete estancias, con su séquito, celebrando una fiesta de máscaras para intentar vencer a la dama de la guadaña mientras la población va camino del purgatorio. Por suerte, la estación espacial ha quedado al margen y todos sus habitantes han sido vacunados. Estamos en los confines del universo conocido; más allá está el imperio Kublai, en guerra desde hace cientos de años con los humanos, una de esas contiendas milenarias en las que ya todo el mundo ha olvidado cuál fue el motivo que la originó.

Es la única tripulante de la nave que está a punto de atracar en el puerto espacial; la inteligencia artificial que la pilota hace las maniobras, y ella decide ir a preparar la pistola de plasma sacada de un maletín alfombrado. Saca de un armario una cartuchera, se la pone alrededor de la cintura y enfunda el arma. Pregunta al chat GPT qué clase de antídoto necesita para la peste, lo sintetiza en una máquina de fabricación de materia y se inyecta la vacuna en su brazo derecho; nota un pequeño hormigueo que va desapareciendo a los escasos segundos. Poco a poco, la nave va aproximándose a la estación. Jessica abre la puerta apretando el conmutador, desciende por la escalerilla con paso firme hasta tocar el suelo y pone en marcha su GPS de búsqueda en su transmisor, el último modelo de móvil, dotado de las nuevas innovaciones de inteligencia artificial. El puerto espacial está atestado de un bullir de gente venida de todo el universo; se celebra el festival de música electrónica y las naves aparcadas casi no dejan espacio por donde moverse. Una señal se enciende: las informaciones que tenía eran correctas, el chivato del planeta Tritón había acertado. El precio en monedas Kopecs había sido alto, pero había sido una provechosa inversión. Ha recorrido una cúspide de tiempo hasta llegar a Kali y por fin podrá coronar la cima.

Más sobre cronistas ómicron

III

Recordaba lo real que era el infierno. A Natasha aún la atormentan los fantasmas de sus víctimas desde que era una adolescente en la colonia del planeta Ramsés, donde había nacido y vivía con sus padres y con su hermana gemela. Ya han pasado diez años desde aquel instante, guardado en lo profundo de su inconsciente, en que su vida dio un giro. Allí fue convertida en vampiro espacial por un ser monstruoso, mitad hombre, mitad máquina. Estaba en el litoral del río, jugando sola, lanzando flores cogidas del campo y mirando su rostro ingenuo reflejado en las aguas como en un espejo. Un cuervo, en un pino seco y sin hojas, estaba comiéndose una lombriz todavía coleteando, mientras soplaba un viento que helaba los huesos, y el astro rey, que recién asomaba por la línea del horizonte, se ocultaba detrás de una columna de nubes grises.

Sin previo aviso, surgido de la espesa niebla, se acercó un ser gigantesco de más de dos metros, fuerte, de largas y robustas piernas, anchas espaldas, brazos robóticos de acero y ojos negros enormes y penetrantes. A través de un sutil juego visual y de gestos de sus manos y cuerpos, establecieron comunicación y una relación de confianza sin emitir ninguna palabra. De repente, él la estrechó entre sus enormes brazos robóticos de acero; ella notó la frialdad de sus extremidades. La levantó del suelo y acercó su boca a la suya. Un halo de luz azul los comunicó sin tocarse; después de un instante largo, en que los dos cuerpos temblaron como si hubiera un tsunami, el ser desconocido la volvió a depositar con dulzura en el suelo y se marchó por donde había venido sin mirar atrás ni dejar rastro, perdiéndose en la espesa niebla. Todo parecía haberse desmoronado como la caída de un edificio en ruinas.

Al igual que cuando miras un acantilado y ves en la profundidad romper las olas con la furia de los animales, emitiendo un estruendo, y sientes la indefensión ante la inmensidad del paisaje, el recuerdo de aquel momento se le aparecía a Natasha en la memoria para perturbar su tranquilidad toda su existencia. Desde entonces tiene el ansia de alimentarse de los otros, solo que ella, después de hacer el acto, mata a sus víctimas.

Natasha es como una mantis religiosa, el insecto solitario: las hembras, en la época de apareamiento, atraen al macho y lo asesinan, y acaban por comerse a su compañero después de la cópula. Al igual que la mantis, Natasha seduce a su víctima con un ritual de miradas, de gestos y de palabras con un tono musical melodioso, y poco a poco succiona su energía a través del halo de luz azul hasta matarla. Es su naturaleza, no puede controlarla. Lleva años vagabundeando por el espacio, de planeta en planeta, de galaxia en galaxia, intentando huir de sí misma y de la policía que la persigue con tenacidad.

La culpabilidad no la deja vivir desde aquel primer momento, hace una década, en el planeta Ramsés, en que dejó sin vida a su primera víctima de ojos verde esmeralda. Aún martillea sus oídos el palpitar de su corazón delator, más rápido… más rápido… más rápido… más fuerte… más fuerte… más fuerte. A veces parecen los estruendos de un cañón espacial; el sonido es ensordecedor y cree que va a perder la razón. Su alma se asoma a aquella tristeza con dolor. La dependencia física de la adicción es muy fuerte: sequedad de boca, jaquecas, dolores musculares, encogimiento de estómago, noches de insomnio.

Banner promocional de una escuela de ciencia ficción y fantasía, invitando a aprender, crear, escribir y publicar historias únicas a través de cursos especializados.

IV

Jessica está buscando entre los laberínticos pasadizos de la estación, llenos de humanos, de mutantes y de cíborgs, un enjambre de seres venidos de todos los confines del universo conocido, con los que va chocando como en un campo de asteroides. El festival de música electrónica se inaugura hoy, el hedor que emana de las cloacas es pestilente y en los contenedores se amontonan las bolsas de basura que caen al suelo. Está en el suburbio de la mala vida, el barrio Sodoma: prostitutas y camellos pueblan las esquinas en busca de clientes, matones cruzan las miradas desafiantes buscando pelea, mientras los locales nocturnos y discotecas están llenos de borrachos y drogadictos danzando al ritmo del demonio. Sus pies parecían levitar sobre la tierra y no se manchaban de aquel fango. Mira su móvil: va por el buen camino. De repente, topa con un espejo de pie de un bar de copas nocturno; en él ve reflejada su figura esbelta vestida con su traje de látex negro de policía galáctica, la cartuchera alrededor de su cintura, su cabello rubio largo recogido en una coleta, sus ojos celestes y su boca pequeña con un antojo en el lado izquierdo.

Por fin culminará la venganza que ha deseado todos estos años. Otra vez contempla en su comunicador la foto en que aparece junto a Antonio, con sus ojos verde esmeralda, de cuando los dos eran adolescentes: su primer y único amor. Un pensamiento cruza su mente como un cohete: «Nunca más». Su cuerpo se estremece recordando sus besos y sus abrazos; desde su muerte, hace ya una década, no ha querido estar con ningún otro hombre. Se creaba una atmósfera irreal. Los cuervos sobrevuelan el cielo encapotado de la estación dándole un aspecto tenebroso; amenaza tempestad. Tal vez limpiará las calles del barrio Sodoma del lumpen, como un diluvio universal purificador.

La venganza es un plato que se sirve a su justa temperatura, ni muy caliente ni muy frío, porque si no, no se saborea bien. Intenta que el resentimiento no le nuble el cerebro y no le deje consumar la obra a la que ha dedicado la mayor parte de su vida. La oscura mazmorra donde está enjaulada su alma sufre la crueldad del odio transfigurado en verdugo. Está repleta de aparatos de tortura, cerca de un pozo por el que suben las ratas, y un péndulo de filo cortante baja del techo, como en los tiempos de la Inquisición, para atormentarla.

Jessica gira una esquina y entra en un pequeño callejón; tropieza con unos chicos borrachos que están bebiendo cerveza del planeta Pacífica en el suelo. La insultan y ella escupe en el suelo delante de ellos; sus miradas se cruzan con ira, y sigue su camino. Un murciélago revolotea alrededor de su cabeza; lo observa y su cara tiene forma humana, como si una persona hubiese sido transformada en el animal. Lo ahuyenta con la mano y desaparece. Encuentra el receptáculo; su GPS no falla nunca. Manipula la puerta. Sus ojos celestes brillan de satisfacción, su cuerpo se tensa, se pone en alerta, y un escalofrío le recorre el espinazo. Un pensamiento cruza su mente como un cohete: «Nunca más». Entra en la habitación; los fluorescentes parpadean y emiten un zumbido. Encuentra a Natasha sentada lánguida en el suelo, encogida; la envuelve una manta color ocre, con sus brazos rodeando sus piernas a la altura de las rodillas, su pelo rubio rizado que le cae sobre la espalda está revuelto, su cabeza gacha y sus ojos celestes enrojecidos de llorar.

Jessica desenfunda el arma de plasma de la cartuchera que le rodea la cintura y apunta a Natasha, frunce el rostro y dice con los dientes apretados de rabia:

—Por fin te he encontrado, hermana.

Natasha levanta la cabeza y por primera vez percibe la presencia de Jessica en la estancia. Se miran por un momento a los ojos, que se clavan al igual que garfios, y el tiempo se detiene en un segundo cargado de electricidad que parece siglos. Dice con voz entrecortada:

—Hermana. Por fin has venido.

IMAGEN DE LA PORTADA: CHATGPT

Andrés Ramón Llull

(España, 1972). Escritor español de ciencia ficción.

Descubre nuestros e-books de ciencia ficción y fantasía.

Historias que exploran futuros posibles, mundos extraordinarios y nuevas formas de imaginar nuestra realidad, reunidas en una selección de obras para quienes buscan ir más allá de los límites de lo conocido.

Descubre más desde Teoría Ómicron

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo