Ricardo Cabezas
Pagando las cuentas de alma que pierde la calma por la cocaína
Joaquín Sabina
La ciudad en la noche me recordaba a Bangkok, con sus puestos de comida y el calor húmedo que se mezclaba con los olores de la vegetación y la humedad. El río sobre el malecón emitía continuos gemidos ululantes mientras los turistas retozaban en las embarcaciones rumbo al mar. Me terminaba una cerveza con papas fritas cuando apareció el cliente. Era un tipo alto, de ademanes suaves y respetuosos. Según mis registros, se trataba de uno de los profesores universitarios de mayor renombre en el país. No me importaba. Yo tenía un discurso que podía ajustarse a cada tipo de cliente y condición.
El profesor se acercó a mí con bastante ansiedad. Sin ningún saludo, me soltó:
—¿Puede decirme cuánto vale un alma? ¿Un alma limpia? —preguntó el caballero.
Su rostro lleno de tics y sus labios carnosos y sensuales me recordaban a los de Ted Galcy, el famoso asesino serial que fuera uno de nuestros primeros clientes.
—¿Al menos puede decirme dónde las consigue?
Aquí es inevitable sonreír un poco. Todos quieren conocer los trucos, los tecnicismos, el proceso de adquisición de la materia prima, el efecto de la transferencia liminal sobre el cuerpo o cualquier cosa que les pueda brindar un poco de tranquilidad.
En aquel momento es importante mencionarles nuestro listado de clientes, algunos bastante conocidos y famosos, como políticos, empresarios, estrellas de cine, figuras del hampa con exceso de consciencia… Generalmente, luego de esto entregan el pago sin más demoras.
Pero este caballero era particular. Su curiosidad parecía no tener límites.
Entonces le instruí en las reglas básicas de mi empresa:
- Toda alma es potencialmente una criptoalma.
- Puede haber tantas almas por envoltorio como las que pueda pagar un cliente, pero se deben introducir máximo tres por transferencia.
- Con un mayor número de almas puras se pueden neutralizar los efectos de lo que llamaríamos la mundanidad, especialmente aquella de matices más execrables.
—Antes se vendían indulgencias para el perdón de los pecados —le digo como preámbulo—. Cientos de nobles se arruinaron para que el clero pudiera construir sus catedrales de altas cúpulas y fuertes ojivas. Luego vino el mercado de órganos: un hígado, un riñón, un corazón humano, tan bueno como el que nos había otorgado la naturaleza en un inicio. Pero ahora, señor, le ofrezco algo más importante y primordial.
Le mostré la esfera, repleta de circuitos infinitesimales que se entrelazaban en bobinas y cristales prismáticos de extraña luminiscencia. Le expliqué:
—Esto se parece a un drive USB, pero no se engañe: es tecnología de punta. Puede acumular un código de características particulares; no es electromagnético, ni genético, ni digital, pero está presente en cada uno de nuestros organismos. Que los neurocientíficos y los filósofos sigan rebuznando sobre la naturaleza de la consciencia. Esto, señor —dije señalando la iridiscencia que se formaba en el interior de la esfera—, es algo que no se puede encontrar con tractografías ni con resonancias magnéticas. Las criptos son como integrales escondidas en una secuencia de Fibonacci que, a su vez, se mimetizan con el algoritmo de la destrucción subjetiva. La esfera permite el acople entre lo material y lo inmaterial; el entrecruzamiento de axones, fibras y cortezas cerebrales con electrones y ondas mentales. En ese mar de espacio vacío, de espumas cuánticas unidas por cuerdas infinitesimales, en la última de sus islas, en la rama de la más mugrienta de sus palmeras, se encuentra nuestra criptoalma. Lo esencial, señor —le digo mientras elevo mi botella—, es invisible a los ojos.
Vi cómo sus pupilas se agrandaban, mientras su respiración se hacía más fuerte y ansiosa.
—El trading de almas es algo común desde los tiempos de Gógol —le indico con petulancia—. Solo que no eran almas verdaderas, sino meros nombres en un papel en el que los propietarios llevaban el censo de las defunciones de sus mujiks para disminuir los impuestos. Las almas verdaderas son… Es tan difícil explicarlo en estos tiempos materialistas… Las almas son como fotones, como partículas virtuales carentes de masa, pero que poseen efectos extraordinarios sobre la realidad y la conciencia. Como dice Javier, mi supervisor: «No son almas. Son criptoalmas, en el sentido de que deben ser minadas por métodos de criptografía ontológica en los ambientes más diversos y riesgosos. No todo el mundo puede invertir en ellas».
El cliente dio un resoplido de satisfacción y yo pensé que era mejor que cualquier Chíchikov.
Me adelanto a sus pensamientos, pues sé que me va a preguntar de dónde obtenemos nuestra materia prima. Le indico que mi trabajo me lleva a todas partes, especialmente a las regiones más miserables, donde la guerra y el hambre han hecho sus estragos. Tenemos informantes en cada lugar: en las favelas y prisiones, en hospitales y cementerios, en zonas rurales llenas de adolescentes embarazadas, en un buen número de orfanatos y campos de refugiados… La pureza abunda en este planeta.
—Esta, por ejemplo —le señalo una ampolleta minúscula—, perteneció a una jovencita baggara de Sudán. Usted sabe, la historia de siempre: fugitivos escapando de algún grupo de matones. Sin duda, una excelente cosecha.
—Esta otra —le digo tocando con el anular una cápsula violácea de puntos fluorescentes— era de un chico que vendía fruta en las calles de São Paulo y que fue alcanzado por una bala perdida en el preciso momento en que corría a su casa para llevarle dinero a su mamá exhausta. ¿Conmovedor, no?
Me pregunta entonces cómo funciona el proceso de transferencia.
Sonrío, no por cortesía sino por hábito. Siempre es en este punto donde los clientes dejan de ser curiosos y se ponen pesados.
—Es un proceso sencillo —le digo girando la esfera entre mis manos—. Higiénico, indoloro, pero totalmente irreversible.
El profesor inclina ligeramente la cabeza, como si estuviera analizando los pros y los contras de una operación bursátil.
—Las criptoalmas —continúo en murmullos— se encuentran encapsuladas en un fluido luminal neuropsíquico que las mantiene en un estado latente. Aisladas de las sensaciones y corrupciones del mundo material, conservan intacto su vector ético y moral. Preservamos su pureza, si quiere verlo de esa manera. Cuando se realiza la transferencia, la información de la cripto se superpone sobre las características del nuevo huésped.
—¿Se superpone? —pregunta intrigado.
—Exacto. No es una sumatoria de identidades, sino una sustitución parcial de los elementos éticos y sensibles de la consciencia. Es…, si lo prefiere, como reescribir un código informático o genético sin borrar completamente el anterior. Usted seguirá siendo usted…, pero corregido. Mejorado.
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El hombre guarda silencio. Se está mordiendo los labios mientras intenta imaginar versiones alternativas de sí mismo: alguien mejor, más justo y menos trastornado por la culpa. Le permito fantasear unos segundos con aquel panorama de ensueño mientras pido más cervezas. Luego continúo.
—Los efectos de la transferencia de la criptoalma son veloces. A los pocos minutos ya se observan cambios perceptibles, tanto en un sentido fisiológico como emocional: una sonrisa auténtica, una respiración calmada, unas manos libres de temblores. Disminuyen la frecuencia cardíaca, el sudor nocturno, la hipertensión, el dolor moral… El huésped puede dormir plácidamente, pues ya no lo atemorizan sus malos sueños ni sus fantasías de condenación. Créame.
Mientras me como un bocado de papas grasientas, recuerdo a muchos asesinos y drogadictos que se convirtieron en líderes de megaiglesias después del procedimiento de intercambio. Este es el momento crucial. El profesor suspira y se acaricia el bigote naciente. Mira unos momentos su cerveza y pasa un trago. Luego pregunta por el costo.
—Hay un precio, claro. Nada es gratis en esta vida. Piense en una transacción del estilo «cambio lámparas nuevas por lámparas viejas». Nosotros tomamos algo suyo, pero no tiene que preocuparse: simplemente es algo que ya no necesitará. Una tumefacción psíquica que se ha marchitado por sus acciones, palabras y pensamientos; llamémoslo su antiguo yo, su antigua inocencia perdida. Y bueno —dejo resbalar sin amabilidad—, también tomamos unos cuantos miles o millones de dólares, dependiendo del cliente.
El profesor fija su mirada en el vacío, pero sé que va a aceptar.
—¿Puedo elegir el… producto?
—Claro que sí. Pero… déjeme aconsejarle, para encontrar la mejor opción de acuerdo con su perfil psicoemocional…
—Lo que quiero decir es que… —me interrumpe ansioso— usted mencionó que se pueden incorporar varias almas en un mismo… mmm… receptáculo.
Eso no me lo esperaba. De acuerdo con nuestros registros, el profesor tenía algunos problemas menores (acusaciones de acoso y un intento de asesinato), pero nada excesivamente reprobable que justificara transferencias adicionales.
—Estaríamos hablando de promiscuidad de consciencias —le advierto serio—. Si bien se consigue paz y beatitud, existe un límite teórico de superposiciones psíquicas que puede soportar una persona en un momento determinado: tres o cuatro, según nuestros cálculos. Más allá de este número se presenta una sobrecarga de las percepciones y motivaciones. Será algo mucho peor que sufrir esquizofrenia paranoide por el resto de la vida. Su yo colapsará en la incompatibilidad de múltiples voces intentando dirigir la carne.
—No me importa —dice súbitamente rabioso—. Quiero…, necesito tener más… Supongo que ustedes deben guardar muchas criptos en otro lugar…, en algún depósito de gran tamaño.
Intento sonreír y evito responder a su comentario impertinente. En lugar de eso, le muestro una de las cápsulas magenta del contenedor para distraerlo. Le digo que es de un niño muerto por hipoxia perinatal pocos minutos después de su nacimiento en una barriada de Chittagong. Es como un lienzo en blanco, algo tan puro y tan absurdamente raro que podría absorber cualquier dosis de perversidad existente.
Mueve las manos, hastiado.
—Ya le dije que las quiero todas. Tengo los medios suficientes para pagar. ¿Acaso no me cree?
Hago un gesto de duda. Conforme a lo que habíamos investigado sobre el profesor, este era un hombre de recursos limitados, apenas los suficientes para adquirir uno solo de nuestros artículos: una cripto de calidad mediocre. Entonces me muestra sus cuentas bancarias en una aplicación oculta del celular. La cifra es exorbitante. ¿Será acaso un billonario encubierto en busca de nuevas emociones? Rápidamente, confirmo la información con mis superiores. Revisan historiales crediticios, consultan con centrales de riesgo y se comunican con funcionarios en Suiza y las islas Caimán. La información es exacta y aprueban la compra multitudinaria.
Le digo que en este momento le puedo vender veinte criptos, pues las otras ya están comprometidas en las transacciones de la tarde. También le insisto en el peligro que correrá en esta transferencia múltiple. No me hace caso. Paga el elevado precio que le exigimos. Una larga fila de ceros entra en las cuentas de la compañía y rápidamente aparece también mi abultada comisión. El profesor me mira con ojos de rabia.
—¿Qué ocurre con los cuerpos? ¿Qué ocurre con las almas descartadas por sus dueños?
Hago un gesto de aburrimiento. Pido más cerveza y le ofrezco la mitad de una arepa rellena. No tengo paciencia para hablar ahora sobre seres lobotomizados, postrados en un hospital, marionetas apenas vivas, sin ningún interés ni función. ¿Y las criptos descartadas? ¿A quién le pueden importar? Las encerramos por ahí…
—Procedamos —le digo.
Tomé sus manos y las puse sobre la esfera, la cual se abrió como una fruta madura. La transferencia no requería de intimidad ni secretismos. Por lo general, las hacíamos al aire libre, rodeados de personas. A nadie le molestaba.
Una a una, introduje veinte ampolletas de distintas tonalidades en los compartimentos de transferencia. Luego toqué un pequeño interruptor en la parte superior y la esfera comenzó a girar como si fuera el rotor de una nave. De su interior emergió una luz muy blanca, de gran intensidad, que comenzó a introducirse por cada uno de los poros del profesor. Un ligero estremecimiento lo recorrió, como si se tratara de una corriente eléctrica débil.

Las criptos se fueron implantando en su mente, en su sistema nervioso. Yo esperaba la sobrecarga, el fallo de la conciencia en cualquier momento. Pero su respiración no se alteraba y su pulso se mantenía uniforme. Entonces me pareció que el día se oscurecía, mientras los rasgos del profesor se hacían más desagradables, como los de una caricatura siniestra. En pocos segundos, entre el claroscuro del paisaje, observé que su torso se agrandaba hasta llenar por completo el asiento frente a mí y todas las mesas circundantes. De su espalda surgieron seis apéndices, como alas translúcidas de cuero negro, similares a las de un murciélago descomunal. En el interior de su cuerpo, numerosos ojos miraban vigilantes desde todos los ángulos. Me di cuenta en aquel momento de que estábamos solos en el malecón. Nada se movía en el paisaje cercano: ni la corriente del río, ni los insectos en las lámparas, ni la brisa ululante de la noche.
Sentí una voz ubicua que parecía invadir mis percepciones inmediatas, atragantando cualquier reacción consciente. Me sentí mareado. Súbitamente entristecido. La Voz me hizo saber que habíamos tomado cosas que no nos pertenecían. Cosas inmortales y sensibles que llevaban dentro de sí una chispa imperecedera, tan majestuosa, tan antigua como la esencia misma del universo. Nuestras criptoalmas, todas ellas, eran propiedad exclusiva del Hacedor y debían volver a Él. A través de los eones, la creación se había infectado de una maldad inherente y primordial. Primero se habían contaminado las rocas y los objetos inanimados; después, las plantas, los animales y los seres con un mayor grado de consciencia. Ahora la red de corrupción había llegado hasta el Empíreo y había consumido la voluntad de los ejércitos celestiales. Finalmente, se había apoderado de la cordura del Gran Rey. Eran pocos los siervos que estaban en condiciones de restaurar el orden de las cosas. Por suerte, él (uno de los últimos mensajeros no contaminados) había encontrado nuestro particular negocio mientras buscaba desesperadamente una solución para su infortunio. Nuestro comercio, nuestra Empresa, era tan aberrante que merecía ser destruido para restaurar el equilibrio moral del libre albedrío. Por otra parte, los productos que nosotros comerciábamos con impunidad serían el mejor purgante para las dolencias del Ser Supremo y serían requisados en el acto.
Tomando mi maletín con el resto de las criptoalmas, la abominación teológica emprendió un vuelo rápido, elevándose hacia la estratosfera hasta desaparecer como una luciérnaga entre la estela de un avión.
Seguramente iría en dirección a los almacenes de la empresa y los vaciaría por completo. La transacción había sido una estafa divina, desesperada pero necesaria para el resurgimiento de su orden ancestral. Revisé mi tableta, los estados de cuenta de la compañía y el valor en picada de las acciones. Los estados financieros se precipitaban en el pozo de los deseos fugaces. Me había quedado sin trabajo, sin ahorros, sin ningún colchón de reserva. Los otros empleados estarían pasando por una situación similar. Imaginé a los jefes, a los directores ejecutivos y a los gerentes regionales lanzándose desde las ventanas de los rascacielos, sin poder soportar la pobreza venidera.
Abajo, en el malecón, las personas y los ruidos de la naturaleza volvieron a aparecer. El sol empezaba a salir en la lejana línea del mar. Escuchaba risas animadas, pequeñas risas que poco a poco se hicieron irónicas y luego macabras. Eran las risas de cientos de espíritus desvalidos, animados por la venganza.
No le había comentado al falso profesor sobre las criptos desechadas por sus dueños durante el intercambio, las almas que eran parte del pago por la transferencia. Eran como sus dueños anteriores: despreciables, asesinas, psicópatas. No tenían ninguna comprensión de la economía del bienestar psíquico que las había condenado a una obsolescencia programada. No creo que tuvieran mucho afecto por mí ni por sus antiguos usuarios. Ahora, después de mi inoportuno encuentro con aquel ángel de la precariedad, estarían libres, rondando las mansiones de las celebridades, los palacios presidenciales, las oficinas de los CEO, los malecones tropicales… No se sentirían alegres después de hallarse encerradas tanto tiempo en un limbo artificial, frío como el abismo del espacio…
Y yo ya estaba demasiado borracho, demasiado abatido para intentar correr…
DECLARACIÓN DE USO DE INTELIGENCIA ARTIFICIAL
En la elaboración de este cuento se utilizó brevemente la herramienta ChatGPT para un diálogo corto al comienzo de la página 3 del manuscrito. Sin embargo, el autor revisó, editó y validó todo el contenido final.
IMAGEN DE LA PORTADA: CHATGPT
Ricardo Cabezas
(Bogotá, Colombia, 1981). Biólogo y docente universitario. Desde muy temprana edad le han interesado la poesía, la ciencia ficción y la fantasía. Tiene cuentos y poemas publicados en revistas electrónicas y fanzines como Molok, Axxon, Anapoyesis, Phoenix, Ficciorama, Minatura, Fantastique y Cosmocápsula. En 2011 participó en el taller literario Renata, de Ibagué, y actualmente forma parte del grupo Ciencia Ficcionarios de Colombia, dedicado a la difusión y el aprendizaje de la ciencia ficción latinoamericana y global.







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