C.M Federici
SEGUNDA ENTREGA
El presente relato es exclusivo y lo publicamos por entregas. En este número se publica la segunda entrega
5
Porque sonido de trompeta has oído,
¡oh, alma mía!, pregón de guerra.
Jeremías 4:19
—¡Elías! ¡Dichosos los ojos!
“No ha cambiado gran cosa”, pensé en medio de nuestro abrazo. Mi frente apenas le llegaba al hombro. Le había envidiado su estatura desde el día en que nos conocimos. Sonreía en la misma forma melancólica de siempre, aunque el gris de sus ojos se había oscurecido un poco. En el correr de los años, por cierto, se había doctorado con honores en no sé cuántas materias y hasta salía en las noticias con frecuencia. Un hombre de ciencia con todas las letras. Pero para mí, que había dado un salto mental a la cuarta dimensión, seguía siendo el mismo bromista de la universidad.
—Así que tú también terminaste en estas latitudes, ¿eh? —bromeé.
Al contestarme, vibraba en su voz, inalterado, aquel matiz mezcla de tristeza e ironía de los viejos tiempos.
—Al parecer, todo aquello ha de estar despoblado a estas alturas… —dijo.
—¿Y se nos puede criticar por eso? No somos mártires, sino tipos comunes y corrientes —le retruqué. Solíamos discutir constantemente, pero nos queríamos—. Acá, por lo menos se me abrieron algunas posibilidades. Al menos, yo y mi familia comemos tres veces al día; bueno, yo, cuando tengo tiempo para las tres; y nos podemos vestir decentemente. Pero no bien me estabilice y tenga dónde pararme firme, puedes dar por seguro que voy a volver. Al fin y al cabo, aquella es mi tierra natal. Tal vez atraviese una etapa crítica en estos tiempos, pero ya volverán a encarrilarse las cosas. Entre tanto, uno tiene que arreglárselas como mejor pueda, ¿no?
—En fin, que somos un par de emigrados, y no sentimos culpa —sonrió ácidamente.
—Claro que no estamos al mismo nivel —interpuse—. Yo soy uno del montón, en tanto que tú eres un emigrado prominente… ¡Y no me vengas con falsas modestias, viejo! Estoy bien enterado de tu posición actual. ¡Hasta eres miembro de la “Corporación”!
Vi una nube en sus ojos.
—La “Corporación”… —Levantó una comisura de la boca—. No está mal puesto ese nombre.
Como el ambiente se había puesto algo tenso, cambié el tema. Hablamos de varias cosas, intercambiamos recuerdos, pero al cabo, venciendo reticencias, me fui enterando de sus avatares más recientes. Después de otorgársele un importante nombramiento, en competencia con 235.000 solicitantes de todos los países, se le designó para un sinfín de cometidos de suprema trascendencia, hasta ocupar el cargo de Programador General de Proyectos Especiales en el Pentágono, con facultades excepcionales. La naturaleza de su trabajo, dejó trascender, rondaba el “Top Secret”.
—¿Y qué piensas de… esos? —oí el sonido de mi propia voz, emitida inconscientemente, mientras mis ojos eran atraídos hacia arriba.
—¿Los de las naves? Están esperando.
—¿Esperando? ¿Esperando qué?
—No tengo ni idea —confesó.
Un extraño silencio había descendido sobre los dos, a pesar de la incesante vorágine sonora del cruce de calles donde nos habíamos encontrado. Sentí lo seca que estaba mi boca y supe que me había puesto pálido.
—¿Crees que podrían ser… chinos? —aventuré.
—No creo que tengan nada que ver con los chinos, ni con nadie de ningún otro país —me respondió Elías—. Es como si les faltara algo…, no me preguntes qué, propio del ser humano. No llevan nuestro… sello, diría yo.
—No te entiendo.
Meneó la cabeza.
—O tal vez sea —añadió— que poseen algo especial, algo que el estúpido homo sapiens jamás podría conferir a nada de lo suyo… No sé.
El trajín urbano, en torno nuestro, era como una ráfaga de viento con olor a aceite y sudor ya viejos, atravesada de ruidos. Me lamí los labios. Caminábamos absortos en nuestros pensamientos, esquivando, sin apenas verlos, a los transeúntes que se nos cruzaban y deteniéndonos automáticamente ante el rojo alternado de los semáforos.
—¿Será verdad lo que dice ese Richardson? —no pude retener la pregunta, aunque me sentí un poco ridículo al dirigírsela a Elías.
—¿Qué, eso de la invasión alienígena?
—Eso mismo, sí.
Elías frunció las cejas. Luego hizo un mohín ambiguo, entre ironía y respeto.
—No me parece que estemos enfrentando una amenaza así.
—¿Estás seguro? Pero eso de acecharnos desde el cielo…
—No. No lo creo. No las veo… malignas. No sé cómo explicártelo, pero, creo que, por el contrario, parecen de alguna manera… buenas, puras… —De repente, algo hizo “clic” dentro de él, y esbozó una sonrisa embarazada—. ¡Vaya cháchara para un licenciado en Filosofía! Si alguno de mis colegas me hubiese escuchado, me habría “quemado” de por vida…
No me conformé con que intentase cambiar de tema, e insistí:
—¿Pero entonces por qué están esperando, si no pretenden invadir el planeta?
Se encogió de hombros.
—¿Así que no hay forma de acercárseles?— insistí.
—No, no mientras ellos mismos no lo quieran. Deben de estar resguardados por una cortina de energía (como algunos afirman) o, en el mejor de los casos, un campo de fuerza de naturaleza controlada (que también es una teoría bastante aceptada), lo que impide absolutamente que cualquier cuerpo sólido se les acerque.
Me sentí invadir por una ira infantil, dirigida en parte a Elías y en parte a no sabía qué.
—¡No puedo creer que sea imposible averiguar nada!— rezongué.
Elías me dio unas palmaditas en el brazo.
—Veo que estás realmente interesado en ello— comentó, con una semisonrisa.
—¡Claro que lo estoy! ¡Igual que todo el mundo! ¿Y te causa gracia, sabelotodo?
—¿Gracia, dices? Más bien lástima. ¡Escucha, Juan! No creo que tengamos mucho que ganar riéndonos de ninguno de los nuestros, sabelotodos o no.
Una vez más, mi amigo pretendía eludir el tema, pero no podía ocultar el tono trágico detrás de su ligereza de palabras.
—¡Algo grave ha sucedido!— exclamé, asiéndolo por una mango y obligándole a detenerse en una esquina—. ¡No lo niegues! ¡No puedes engañarme!
—La vieja historia… —Elías sonrió tristemente—. De nuevo nos reúnen a los médicos locos…, para que nos pongamos a crear más horrores. La industria de la muerte organizada vuelve por sus fueros. ¡Lo mismo otra vez, Juan! ¿Entiendes? El viejo coro se entona una vez más.
El significado de todo esto penetró lentamente en la corteza de mi inercia psíquica, hasta que impregnó completamente mis recuerdos, como cuando un ácido corroe el metal.
—¿Tiene algo que ver con esas…?
—¿Naves? ¡No, Juancito del alma! Más bien tiene que ver con la estupidez humana. Tal vez lo de las naves se use como pretexto, aunque parezca descabellado… No, Juan. La decadencia está dentro de nosotros. La llevamos en la médula desde el comienzo de esta comedia que llamamos Historia. ¡El hombre es destructivo por naturaleza!
Continuamos vadeando el océano de asfalto. Corriente humana, frenadas bruscas, bocinazos esporádicos, alguna maldición; el sol brillando entre los rascacielos. ¿Hacía más frío de repente? Me estremecí.
—¿Y no hay nada…, nada que podamos hacer para…? —murmuré, evitando mirar directamente a Elías.
—Lo grotesco del caso—respondió—, es que sospecho que todo está planeado. Bien puede ser que algunos hayan pensado en la guerra como la gran solución de muchos ítems conflictivos. O tal vez la vean como una forma de revitalizar ciertas ideas que se han evaporado, como el santo patriotismo, la inmunidad diplomática, la validez de las elecciones generales, con o sin fraude electoral…, todos los subproductos (a través de una percepción que es en cierto sentido optimista) de la catástrofe bélica. Y al mismo tiempo —agregó, tras una pausa—, el problema de la sobrepoblación se resolvería de manera drástica.
Ahora me doy cuenta de que todas sus palabras debieron grabarse en mi subconsciente con letras de fuego. Por eso las recuerdo tan claramente. Pero luego no asimilé conscientemente ninguna de sus ideas. Pienso que me superaron, en cierto modo. Me dije que el trabajo de la jornada me había agotado demasiado. “Volvamos a lo cotidiano”.
—¿No quieres venir a comer con nosotros, Elías? —lancé, con aire casual.
—¡Claro! Me gustaría mucho. Para revivir aquellos años, ¿eh?
—Para revivir tanto como sea posible —dije, y conseguí sonreír.
6
Y la muerte y el Hades fueron
lanzados en el lago de fuego.
Apocalipsis 20: 14
—¡Es criminal! —La voz indignada de mi hijo resonó sobre el último eco del tono engolado del locutor de tridinoticias. — ¡Están todos locos! ¡Es una atrocidad!
Su hermana menor estuvo de acuerdo. La emoción de mis hijos me tomó por sorpresa. No creí que les afectara tanto.
—Bueno —contemporicé—. La situación puede no ser tan grave como aparenta.
—¡No tan grave! —Eric y Wanda me gritaron a coro—. ¿Estás bromeando, o ya te pesan los años?
—¿Te das cuenta de las consecuencias que podría acarrearle al mundo esa política agresiva? —Las mejillas de mi hijo ardían de pasión—. ¡Nada menos que instarnos a retirar “nuestros dispositivos bélicos” de sus ciudades, o de lo contrario volverán sus bases de misiles contra nosotros! —Eric pasó a la ironía punzante—. ¡Vaya broma! Nos atribuyen la construcción de esas naves, como si fuera posible que…!
—La peor parte —interpuso Wanda, que siempre tuvo una inclinación hacia lo dramático— es que no es una broma de la que nos reiremos. ¡Oh, no! ¡Más bien vamos a llorar sangre! — Mostró el blanco de los ojos—. ¿Quién puede imaginar lo que sucederá si ellos deciden responder con la misma moneda?
—¡Mañana tendremos una marcha de protesta! —proclamó Eric—. ¡La gente necesita enterarse de lo que está pasando! ¡Qué bestialidad! Vienen a ayudarnos, y nosotros…, ¡je-je-je!, los atacamos. ¡Vamos, sí, ataquémoslos! ¡Sí que nos vamos a reír!
Elías enderezó su larga anatomía en el sillón de nuestra salita que ocupaba.
—¿De dónde sacan eso de que “vienen a ayudarnos”? —inquirió.
—¿Y por qué otra razón iban a venir? —retrucó Eric, mientras su hermana lo apoyaba con enérgicos asentimientos de cabeza—. ¿Alguna vez se vio en este mundo algo tan maravilloso como esas naves? ¡Cristo, no se necesita mucha imaginación para concebir todo lo que podrían enseñarnos!
—Lo más triste del caso es que no merecemos ninguna ayuda—dijo Wanda, en tono ácido—. ¡Ya cometimos un sinfín de barbaridades por nuestros propios medios! ¿Qué no haríamos si dispusiéramos de una ciencia más avanzada?
Eric derramó su bilis:
—¡Insensatos! Bases de misiles… ¡Basura! Si llegáramos a provocarlos… ¡Bum! —y chasqueó los dedos de la misma manera que lo había hecho el hombre del bar.
Tanto él como su hermana demostraban absoluta convicción en sus palabras.
“Los niños y los locos…” —me dije, con un esbozo de inquietud. Miré a Elías, pero aparentemente estaba absorto en sus pensamientos y no levantó los ojos del vaso vacío que apretaba en la mano.
—¡Tú y tu dichosa “ufología”! —se rio mi esposa, y agitó el cabello de Eric (una forma infalible de enfurecerlo).
…Con el tiempo, sin embargo, las naves y la supuesta amenaza latente se convirtieron en víctimas del proceso lógico. De ser motivo de preocupación, angustias e incluso horror, pasaron a fusionarse con los cambios anodinos de la vida cotidiana. Pronto no hubo mucha diferencia entre estos tres objetos en el cielo, inmóviles e inmutables, y el crecimiento diario de la barba o de las uñas. Los medios continuaron dedicándoles algún tiempo, pero los artículos y las noticias se volvieron cada vez más eruditos e incomprensibles, y por ende perdieron interés. El mundo fluyó en la corriente incesante de los años: 1984, 1987, 1990… Los escenarios cambiaban; lo inalterable se disolvió en rutina. Pero yo tenía pesadillas, y muchas noches desperté a Clara con mis balbuceos y gemidos apagados:
—¿Qué están buscando? ¿Por qué han venido? ¿A qué están esperando?
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7
Cuando viniere como una destrucción lo que teméis
y vuestra calamidad llegare como un torbellino;
Entonces me llamarán, y no responderé.
Me buscarán, y no me hallarán.
Proverbios 1:27-28
Sus ojos destilaban lágrimas.
—Juan…
—Clara…
cuando sobre vosotros viniere tribulación y angustia.
Nada más que nuestros nombres. Ambos sabíamos que quedaba un montón de cosas sin decir. Pero no sabíamos cómo decirlas. Nadie nos lo había enseñado, me dije. Éramos dos criaturas extraviadas en el seno de una multitud que se había olvidado de nosotros. Sentí mis brazos rodeándola. ¿Pero era yo o algún otro? Ella lloraba, su nariz húmeda contra mi hombro. Pero, ¿era realmente consciente de la persona con la que se estrechaba?
Es fatal: una estupidez debe repetirse de una manera u otra. Es humano, dicen.
Algunos, muy pocos, lograron mantener la cabeza fría. Y trataron de hacerse oír por todos los medios. “Cuando se levanta el sudario, ¡observen!, se comprueba de quién es en realidad el cadáver: su nombre es Humanidad Obtusa. ¡Las madres del mundo os imploran, hombres ciegos y sordos!…”
Pero eran gotas de agua aplastadas contra el pedernal. La máquina de guerra estaba de nuevo en marcha. No era fácil detenerla una vez iniciada la reacción en cadena.
—Según usted, Dr. Moreau, ¿esas naves desconocidas, cuyo propósito se nos escapa, están esperando que nos destruyamos unos a otros para luego desembarcar y recoger los despojos?
La figura delgada y ascética del científico francés apareció en millones de pantallas tridi, y su voz profunda hirió los oídos de una audiencia multitudinaria:
—La información con la que contamos así lo sugiere. Por eso sostengo que estamos cometiendo una insensatez monstruosa. ¡Hombres! ¡Mujeres! ¡Todos cuantos están recibiendo mi mensaje! ¡Piensen! ¡Recapaciten, aunque sea por una vez! ¡La raza humana debe mantenerse unida! ¡Ojos que no son humanos nos observan! Las criaturas alienígenas tienen la intención de aprovecharse de nuestro terrible error. ¡Pero aún no es demasiado tarde! ¡Todavía podemos volver atrás! ¡Hombres! ¡Mujeres! ¡Recuperen la cordura antes de que el proceso se torne irreversible!…
De pronto el rostro enjuto y congestionado del profesor Moreau se disolvió, y en su lugar apareció un anuncio en grandes letras rojas, que el tridi nos arrojó a la cara:
¡Noticia de último momento! En ambos hemisferios, el rearme a gran escala está cobrando impulso… Es activo el movimiento de tropas, y en los aeródromos se alistan las escuadrillas de combate, listas a despegar en cualquier momento, mientras las bases de misiles… —Con un “clic” interrumpí la transmisión, que ya no lograba soportar. Lo que no había forma de detener, por cierto, era el aluvión trágico que se nos echaba encima con la violencia desatada de un tsunami.
Alguien, allá arriba, se sentó frente a un tablero de control: dispositivo automático para misiles y satélites de ataque.
La elección estaba hecha.
8
Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia;
y quien añade ciencia, añade dolor.
Eclesiastés 1:18
Dije:
—¡Adelante!
Y la puerta corrediza dio paso a Elías. Cuando iba a su encuentro me detuvo, aferrándome por los hombros.
—Escúchame, Juan. ¡No tengo mucho tiempo!
Hice un mohín bajo la insólita presión de sus dedos. El aspecto de su cara me hizo palidecer.
—¡Óyeme, Juan! —Su voz salía estrangulada por la ansiedad—. ¡Es grave!
Sentí un vahído y se me doblaron las rodillas. Los cojines del sofá se hundieron bajo mi peso muerto. No me atreví a preguntar nada, porque me aterraba la eventual respuesta.
Había una mezcla de supremo desencanto y suprema piedad en el tono de mi amigo cuando, con un casi imperceptible meneo de cabeza, murmuró:
—Se acabó, viejo. Es el final.
Levanté el rostro hacia él, igual que un perro pidiéndole comida al amo.
— No —mascullé entre dientes apretados—. No. ¡Dime que no es cierto!
—Lo lamento, Juan. Todo es automático e irreversible. Una vez iniciado, no hay forma de detenerlo.
Las palabras de mi amigo me impactaron como metralla. Silenciosamente, levanté una mano, en ademán de asir su chaqueta, pero quedó en conato. Tenía los miembros yertos. Al fin pude hablar de nuevo.
—¡Elías! ¿No hay esperanza?
Se profundizaron los surcos de su frente. Se oscureció su mirada. Aun así, me obstinaba en negar aquella tremenda realidad. Inconscientemente, sacudía la cabeza de un lado a otro, de un lado a otro… Elías, inclinándose sobre mí, me sacudió con vigor.
—¡Pon mucha atención, Juan! ¡Es vital!… En estos últimos días un pequeño grupo de nosotros se puso a trabajar con un antirradiactivo. Los experimentos dieron un resultado más o menos aceptable. Quiero que lo uses, tú y los tuyos, ¿me oyes?
Todo parecía girar en mi torno. Sentí que se formaba como una niebla en torno mío, más y más espesa… Habría perdido el sentido, de no ser por los sacudones que me daba Elías.
—Estas pastillas… ¡Escúchame! Estas pastillas pueden contrarrestar los efectos de la radiación. No hubo tiempo de efectuar pruebas exhaustivas, pero… ¡Juan! ¿Me estás oyendo?
—Sí —balbucí—. Pastillas. ¿Y cómo se…?
—Si por milagro están de una pieza después de la explosión —explicó en tono neutro—, entonces tú y Clara se toman tres a la vez. A los chicos les das dos. ¿Me entendiste bien?
—Sí —. Contestaba casi sin darme cuenta, como si estuviera en el curso de un mal sueño—. Sí, te entiendo. ¿Qué son?
Mi lengua se movía, pero mi cerebro no captaba los conceptos. Creo que bordeaba el estado de shock. No obstante, como una lluvia lejana, me llegaron las palabras con las que Elías trataba impacientemente de esbozarme el principio en que se basaban las píldoras. Dado que la radiación es más o menos lo opuesto al cáncer, o sea una reducción patológica en el crecimiento celular, en oposición a la proliferación celular incontrolada producida por un carcinoma, este medicamento hacía algo parecido a provocar un cáncer artificial de cierto tipo, que se esperaba pudiera contrarrestar eficazmente los efectos nocivos de la radiación nuclear, al menos hasta cierto punto. Nada de esto tenía significado coherente para mí. Incluso, más tarde, pasado el trance e intentando discernir, para mi tranquilidad mental, aquel galimatías, no pude estar seguro de si Elías había hablado metafóricamente, en una especie de analogía, para simplificarme la cosa. (Tal vez solo lo estaba imaginando todo). De todos modos, una noción me quedó grabada en la mente, sea lo que sea que significase: aquel tubo que Elías había dejado entre mis dedos, apretándolos entre los suyos para cerrar bien mi puño fláccido, con las píldoras que contenía… equivalía a esperanza.
—Adiós, Juan.
Oí su voz como desde lejos. Tartamudeé:
—¿Y tú…? —extendiendo hacia él la mano con el tubo aprisionado en ella.
—Yo soy solo —respondió, ya encaminado hacia la salida—. Tú tienes familia.
Intenté levantarme del sofá para ir tras él, pero me faltaron fuerzas. Cuando al fin salí a la calle, él se encontraba casi en la esquina.
Y fue entonces, al verlo a la distancia (pisando sobre la extensa mancha de sombra de una de las tres naves) que aquella loca idea surgió de las profundidades de mi desesperación.
—¡Elías! —exclamé, con toda la fuerza de mis pulmones— ¡Las naves! ¡Vinieron a salvarnos de la guerra! ¡Evitarán que nos matemos!
Ya se había alejado demasiado. No creo que me oyera.
9
La tierra fue conmovida, y tembló…
Salmos 18:7
¿Cómo sucedió? ¿Y cuándo? No podría decirlo. Puedo revivir la imagen del intolerable resplandor repentino, la huella violácea en las pupilas heridas; el vértigo sin nombre que sobrevino después; la titánica conmoción total… Y nada más.
Cuando recobré la conciencia, todo en mi torno había desaparecido.
—¡Clara! ¡Eric! ¡Wanda!
Clamaba a las cenizas. Más que eso no quedó, en una caótica confusión de jerarquías, sistemas, enjambres de personas, estructuras de hierro y cemento y patéticos monumentos a desaparecidos generales o ideas obsoletas. Todo se resolvió en un caldo innombrable de muerte e infección. Y polvo…, mucho, mucho polvo.
Me arrastré hacia adelante lo mejor que pude, en una semiinconsciencia punzada por agujas de agónico dolor. Dentro de mi cráneo, una nebulosa informe.
De pronto brotó un claro entre el amasijo de mis embrolladas ideas.
Píldora.
Píldora.
Tómalas.
—¿Píldoras?… ¿Tomar?…
Píldoras. En el tubo.
—¿Tubo?
En tu bolsillo. Elías.
—¡El antirradiactivo!
De una forma u otra, algunos de mis músculos atinaron a llevar el tubo a mi boca. Tragué seis o siete pastillas a la vez…
…El suelo se derritió debajo de mí…
¡Caía!…
Olvido.
La nada.
10
Miré, y no había hombre, y todas
las aves del cielo se habían ido.
Jeremías 4:25
…y todo monte y toda isla
se removió de su lugar.
Apocalipsis 6:14
Ya hace mucho tiempo que vivo así. Me crecen llagas por todo el cuerpo y solo puedo andar en cuatro patas, como un animal. Ya perdí mis últimos harapos; pero no importa tanto, porque me crece mucho el vello. Cuando los dolores me queman demasiado, trago una pastilla, aunque cuesta pasarla por la garganta. No quedan muchas. Pero tampoco me queda mucha vida.
Todavía siguen ahí arriba. Desde la primera vez, no han vuelto a bajar. Nunca sabré quiénes tripulan esas naves blancas…, blancas como gotas de leche, como migas de pan o granos de arroz crudo.
Leche. Migas. Arroz. ¡Qué extraño!… Reparo por primera vez en que ha pasado bastante tiempo desde que tuve hambre o sed. ¿Por qué?
—Un efecto secundario de las pastillas, Juan. (¡Gracias, Dr. Elías!). O un cambio en el metabolismo. Pero sea como fuere, viejo amigo, es mejor para ti de esta manera, ¿no?
Por supuesto que es mejor. Animales, plantas, musgos… Nada quedó vivo. El agua tiene el color de la bilis… En una ocasión, no sé cuándo, vi a un par de esas criaturas caminando sobre dos piernas, sin ojos, deformes, rozando el suelo con sus gruesos nudillos al caminar. Anduvieron sobre piernas grotescamente dobladas un corto trecho, hasta que finalmente se llevaron las peludas manos a los cuellos, y cayeron para no volver a levantarse.
Neanderthal.
Pithecanthropus. (Gracias, Elías.)
No es una evolución, Juan. Es todo lo contrario. Involución… y el fin. Los ríos se secarán (decía Elías) después de que sus aguas se hayan podrido; la tierra se levantará, herida de muerte. Vomitará, escupirá, tendrá convulsiones; y continentes enteros habrán de replegarse sobre sí mismos, entre quejidos que sonarán como cien truenos; cambiarán de lugar y se fraccionarán. El mar invadirá las tierras; lava ardiente evaporará luego las aguas; los volcanes se convertirán en géiseres y las montañas se aplastarán en llanuras.
¡Qué horror, Elías! ¡Tanta muerte!
Lamento los efectos colaterales de las pastillas, Juan. Ya te había advertido que no tuvimos tiempo de hacer todas las pruebas. Te evitarán un proceso de degeneración a la velocidad del rayo (como les pasará a los demás), pero aun así irás lentamente por el mismo camino. ¿No se te alargaron los brazos? ¿No notas que te cuesta cada vez más flexionar los dedos? Tu cráneo comienza a aplanarse; tu mandíbula se ha hecho un hocico babeante. No sabes cuánta lástima me da, camarada. Terminarás de la misma manera que todos los demás, aunque hayas ido más despacio. Ya estás inconsciente más a menudo de lo que eres consciente, ¿no es así? Consuélate, viejo amigo. No va a durar mucho más.
No importa, Elías. Hiciste lo que pudiste. De todos modos no hay para qué seguir viviendo cuando nada vive alrededor. Sin embargo…, ya que tanto he sufrido…, quisiera que al menos me fuese permitido verlos. Saber qué o quienes son…, qué se han propuesto. Después… me iría sin protestar.
¡Elías! ¡Dios! Si se me concediese resistir hasta que bajen… ¡Porque sé que bajarán!… ¡No tarden, por todos los demonios! ¡Bajen ya! ¡Mientras me quede un hálito de vida! ¡Quiero verlos!
…Y mis plegarias, o lo que fueren, son escuchadas.
¡Ya bajan! ¡Ya bajan, Elías! Vuelan a ras de tierra, frente a mí…
¡Oh, Dios, Dios! ¡Qué enormes son!
11
Vi un cielo nuevo, y una tierra nueva.
Apocalipsis 21:1
Ahora que están tan cerca, no podría describir (a pesar de tenerlos ante mis ojos) esta fabulosa belleza… ¡Tuviste razón, sabio Elías! Son algo… fuera de este mundo. Nunca se vio nada tan blanco aquí.
Algo dorado (luz coherente, viejo, rayos láser o algo por el estilo) brota de los vientres de las naves.
Una vez vi una película de movimiento acelerado que mostraba una flor blanca en el proceso de florecer. Esto es algo similar. Tan hermoso, tan… Un millón de manantiales surgen por doquier. Mil millones de perfumes aroman el ambiente, un billón de colores olvidados vuelven a relucir… ¡Esto es un milagro!
La tierra torturada parece volverse más suave y derretirse… apelmazarse enseguida… Pierde instantáneamente su apariencia de cadáver, y de sus propias cenizas veo resurgir la vida. La muerte se retira, en vapores nauseabundos que no tardan en disiparse, ahogados por el aura fragante que exhalan las naves.
Ante mis ojos deslumbrados, la Vida recomienza.
Ahora el suelo es rico, nutriendo plantas verdes y lozanas, salpicadas de la policromía de sus flores; árboles poderosos, rebosantes de frutas; bosques enteros de lujuriante esplendor. Oigo el murmullo manso de los arroyos, me arrulla el suspiro de la brisa. Veo que el cielo recobra su azul.
¡La vida despierta de nuevo, Elías!
Mi corazón retumba contra mis costillas. Y nada más…
…Cuando vuelvo en mí, ya brilla la luz acariciante la luna, y cientos de ojillos amistosos me miran desde el telón cobalto de la noche. ¡Qué placer me da respirar este aire sano!… La tierra me recibe como un cojín amable. Una sonrisa aletea en mis labios. Descansaré. ¡Qué paz!
Hasta mañana…
12
¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será.
¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que
se hará; y no hay nada nuevo debajo del sol.
Eclesiastés 1: 9
Me despierto con la sensación de que ya no estoy solo.
Fuerzo mi mirada atormentada y alcanzo a distinguir, a través de la exuberante vegetación que me rodea, una prodigiosa forma viviente.
Contengo la respiración. Es… como si la piedra se hubiese hecho carne. Arte vivo. Abre sus ojos celestes con el candor asombrado de un recién nacido. Es evidente que aún ignora toda su perfección.
Quiero saludarlo, pero mi voz se estrangula en lo más profundo de mi garganta.
Es el Hombre de la Nueva Tierra. Yo soy la resaca reptante de la especie extinta.
Me siento enfermo. Mis pensamientos divagan y se confunden. Mareos, niebla y…
…¿Un grito?
Abro los ojos (había perdido el conocimiento). ¿Fui yo quien gritó? No, no puedo modular así, tales matices…, de una armonía prístina. Debió de ser la voz del Hombre Nuevo.
Lo busco con los ojos hasta que lo encuentro. Sentado a la orilla de un pequeño arroyo, restaña uno de sus costados (¿se ha herido a sí mismo?) con el agua fresca.
Y no está solo. Una soberbia criatura (no puedo mirarla sin pestañear) lo acompaña. Mármol y melocotones maduros; flores y auroras. Una noche en miniatura se cierne sobre su espalda. ¿De qué otro modo podría describirla? ¿Con qué la compararía?
Ahora el hombre se levanta y la toma de la mano. De espaldas a mí (nunca me vieron; no saben que los vi, Elías) empiezan a caminar… Siento que la tierra se licúa bajo mi abdomen atormentado…, se me escapa. Clavo los dedos en ella para afianzarme. ¡No puedo irme ahora! ¡Ahora no!…
…No tengo idea de cuánto tiempo ha pasado. Ya no veo. Casi no puedo oír tampoco. Sé que están deambulando cerca, pero no sé por dónde. Tampoco me imagino lo que están haciendo.
¿Qué fue lo último que vi antes de perder el conocimiento? ¿Realmente vi ese arbusto nudoso, rebosante de frutas carmesíes? ¿O fue algo que soñé en mi delirio? ¿Había en verdad una figura retorcida que se escabulló sinuosa entre los pies de la pareja? ¿O me engañaron mis sentidos perturbados?
¿De dónde viene esa canción? Oh, retorzámonos otra vez… ¿Eres tú, Elías?… como hicimos el último verano… Entiendo. Nos retorcemos de nuevo. Como el último verano… Él último… Como el último año… ¿Estoy soñando? ¿Ya estoy muerto? ¿Elías? … Retorzámonos otra vez… Otra vez…
Y ese fue el final. No hubo más palabras. Ante los ojos helados de los siete hombres que se apretujaban alrededor de la mesa de ébano —habían sido Siete Grandes; ahora no eran sino un grumo de humanidad común, en minúsculas, petrificada, lívida y sudorosa— ante sus ojos vueltos hacia abismos insondables, el Cilindro, silencioso, reluciente, continuaba girando…, girando…, girando.
Ellos miraban. No podían hacer otra cosa.
IMAGEN DE LA PORTADA: Pexels
C.M Federici
Montevideo, Uruguay, 1941. Escritor profesional desde 1961. Publicaciones en revistas nacionales, americanas y europeas, desde la legendaria “Nueva Dimensión” hasta las más recientes “Próxima” y “Planetas Prohibidos”. Traducido a varias lenguas. Participé en antologías internacionales, entre ellas “Lo Mejor de la Ciencia Ficción Latinoamericana”, “The Penguin World Omnibus of Science Fiction”, “Tales from the Planet Earth” y “El Futuro es Ahora”. Tengo 12 libros publicados. También incursioné en la Historieta, como dibujante y guionista. Se me otorgaron diversos premios en certámenes nacionales e internacionales.
