Kamila Castillo
Antes de que el invierno llegara a la ciudad de Chicago, todos los hogares permanecían con las ventanas cerradas sin dejar que la corriente de aire gélido se desplazara por el interior, éste empañaba los vidrios y la escarcha adornaba los techos.
La baja temperatura hacía que en las calles se formara una capa delgada de nieve, en algunos sectores acumulándose más que en otros, pero con una sensación térmica de -8 grados centígrados, donde las personas salían con grandes abrigos de felpa, gorros y tres pares de calcetines encima. El frío era lacerante. Generalmente solo habían meses de calor en Chicago, debido a esto muchas personas comenzaban a añorar un poco las temperaturas cálidas.
Entre ellos estaba Carl, quien miraba a través de su ventana el vecindario pintado de color blanco, por la reciente nevada, tomándose un chocolate caliente preparado por su madre. Sus manos estaban congeladas, sus orejas igual y no se diga de su nariz.
—Me gusta el frío, pero quiero que el verano llegue para ir a la playa… —le comentó a su madre en voz alta.
—Mmm… a mí me gusta este clima —respondió ella con una sonrisa desde la cocina.
Eran cerca de las cuatro, cuando un aire caliente se extendió por la zona entrando poco a poco por la casa hasta inundarla por completo. Fue como una ola de calor que atravesó toda la ciudad hasta concentrarse en el fraccionamiento donde Carl habitaba.
El hielo comenzó a derretirse, la escarcha a volverse líquida y la población a abrir las puertas de sus casas para dejar que la cálida temperatura se abriera paso entre ellas. Se despojaron de sus grandes abrigos y caminaron con comodidad, sintiendo la calidez rodearlos.
Carl no se quedó atrás, salió feliz retirándose las capas innecesarias de ropa, con los brazos abiertos sintió la brisa chocar con su rostro donde poco a poco se atemperaba.
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La felicidad no llegó muy lejos cuando en el cielo se proyectó un aro de fuego que se iba haciendo más grande conforme los segundos. Ahora lo que antes era regocijo, se convirtió en angustia y desesperación al detectar ese peligro que podría afectar a la ciudad entera.
—¡¿Qué es eso?! —gritó uno de los chicos viendo el escenario.
Entonces, no fue suficiente con la repentina cúspide elevada de temperatura, sino que ahora venía acompañada de humo. Humo que ahogaba, color azul, de olor desagradable. De inmediato comenzó a asfixiar a las personas más vulnerables hasta dejarlas inconscientes en el piso y otras, cómo podían, tapaban sus fosas nasales con la ropa que portaban.
Fue cuando Carl, aún con la mitad del rostro cubierto por tela, pudo observar a un cohete de tamaño inmenso abrirse paso en el campo ubicado a unos metros de donde estaba.
Todos se preguntaron por qué estaba aterrizando un cohete en medio de un tranquilo fraccionamiento y con la curiosidad despertando, el cohete emitió por algún conducto de la nave nubes color anaranjado que producían lluvia en la ciudad.
Se convirtió en un espectáculo cálido ante al ojo humano.
El humo se dispersó por completo solamente abundando el oxígeno relativamente limpio y así como había nubes naranjas, el cielo comenzó a adquirir una tonalidad amarilla intensa dejando a todos pasmados.
Y cuando el cohete aterrizó apagando sus motores, un hombre fornido, vistiendo una camisa lisa azul celeste y pantalones negros, descendió para dar un aviso de volumen lo suficientemente alto para que todos pudieran escuchar con claridad.
—Nosotros somos los dueños del calor.
Gritos de felicidad hicieron eco.
Ya no tendríamos que sufrir de un frío extremoso en la ciudad de Chicago porque los dueños del estado climático habían llegado para quedarse.
IMAGEN DE LA PORTADA: Pexels
Kamila Castillo
Nació en H. Matamoros, Tamaulipas en el año 2007. Gusta de leer misterio y fantasía, así como el suspenso y de vez en cuando un poco de terror. Admira a Edgar Allan Poe por su peculiar forma de redactar sus cuentos y novelas. Ha publicado en revista delatripa: el narratorio, Revista Sombra del Aire, Revista Nudo Gordiano, Revista Pájaro de Letras, Revista Perro Negro de la Calle, Revista Innombrable, Revista Mimeógrafo y algo más con su principal obra “La habitación secreta”, además de sus cuentos adicionales los cuales se titulan “Victima” y “Once Minutos”.
